Breathe Out (Silver Springs 1) 6. Solo es un primer día. Keyla Blake
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6. Solo es un primer día. Keyla Blake

Keyla Blake

Me despierto antes que el sol, con el silencio llenando la habitación, y, aunque suelo odiar el ruido, hoy agradezco este vacío. Estoy en otra casa, en otra cama, en otro cuarto, pero nada de esto es mío, y eso hace que me sienta bastante rara.

La brisa del mar entra por la ventana y arrastra consigo un perfume a sal y a esperanza, aunque de lo último no tengo mucho. Al menos no todavía.

El momento de felicidad me dura poco tiempo porque me duele casi todo por culpa de la ansiedad: el pecho, las costillas, incluso los párpados.

La casa Corazón Azul huele a mar y a lavanda, pero no a esa del supermercado, sino a una fragancia verdadera: la que crece libre, la que no se puede comprar en ninguna parte.

La habitación es preciosa, lo reconozco, aunque me falten fuerzas para apreciarla todo lo que me gustaría. Las cortinas de lino dejan que la luz se filtre suave, como si el sol me acariciara. Una silla de mimbre descansa junto al ventanal, y en una estantería los libros están ordenados por colores.

¿Quién haría algo así?

El tipo de detalle que solo puede concebir un loco… o alguien con obsesión por el orden. Quizá, de algún modo retorcido, es justo lo que necesito.

Todo en este lugar parece estar pensado para hacerme sentir bien. Como si estuviera construido para mí, única y exclusivamente, pero un eco de voces venenosas aparece siempre dentro de mi cabeza.

Huye.

Vuelve a casa.

Escóndete en esa habitación y no salgas nunca más.

La ansiedad es mi peor enemiga, o mi mejor amiga, según lo mires. Es como una señora paranoica a la que todo le da miedo y te envía mil mensajes erróneos con tal de protegerte. Al final, por estadística, alguna vez acierta. Y es ese uno entre muchos, curiosamente, al que le adjudico todo el poder.

Las manos me sudan, como de costumbre. La camiseta se me pega a la espalda, haciendo que me incomode más todavía. La boca está pastosa, como si hubiera dormido con una piedra entre los labios, así que me obligo a respirar.

Una.

Dos.

Tres veces.

No sirve, pero ya que estoy aquí lo voy a intentar: voy a intentar hacerlo lo mejor que pueda.

Esto lo haces por ti, me recuerdo.

O al menos, hazlo para que Will y Maggie no se hayan gastado sus ahorros en balde.

Hacer el esfuerzo de hablar conmigo misma para calmarme no suele servirme de mucho, pero al menos es un avance.

El suelo frío recibe mis pies descalzos y, contra todo pronóstico, me hace sentir bien.

Observo mi reflejo en el espejo y mis ojos marrones me devuelven la mirada: todavía tengo la piel dorada por el verano, y unas ojeras de mapache como complemento estrella.

Me lavo la cara, me pongo crema solar. No tengo problemas con el exterior; la batalla siempre ha sido interna.

Con mi cuerpo la relación es ambigua. A veces hasta me gusta: mis caderas anchas, un vientre normal que descansa sobre una cintura estrecha y unos pechos más pequeños de lo que me gustaría.

El conflicto viene cuando miro mis brazos y las marcas que tengo en ellos.

Pequeñas cicatrices pálidas que salpican mi piel para avergonzarme.

«Una marca de nacimiento», según mi tía Maggie. Es la única explicación posible, ya que no recuerdo cómo llegaron hasta ahí, pero sé que me acomplejan.

Deshago el moño que me hice anoche y me recojo el pelo con un lazo azul. Siempre he sentido que mi cabello es una forma de hablar sin palabras. Me gusta expresarme a través de mi exterior.

Mientras trato de atar mi vestido amarillo pastel a la cintura llaman a la puerta. Mi corazón se sacude como si quisiera escapar.

—Keyla. —Una voz dulce, femenina y joven—. Buenos días, soy Cordelia. ¿Puedo pasar?

Trago saliva antes de responder:

—Sí…, claro.

Cordelia entra con un pantalón de gasa, un jersey de volantes y esa sonrisa que parece abrazar. Se sienta a mi lado en la cama, manteniendo una distancia prudente.

—¿Qué tal has dormido?

—Bien…, creo. Estaba cansada del viaje. Este sitio es… precioso.

—El descanso es vital en estos procesos. Por eso cuidamos hasta los colchones. Hoy será un día tranquilo. Te explicaré cómo funcionan los grupos, luego desayunaremos todos juntos y tendrás tu primera reunión. Todo sin presiones, ¿vale?

La palabra «grupo» me golpea y mi estómago se queja. Ella lo percibe, pero no me pregunta sobre ello.

—Hay descafeinado, matcha, smoothies, tartas sin gluten… Tu tía nos habló de tus intolerancias.

—Sí…, el estrés ha arruinado mis digestiones —admito, llevándome una mano al abdomen—. Rara vez paso una semana sin dolor de tripa.

—Aquí no tendrás problema con nada, y ya verás como eso se termina solucionando —responde con optimismo.

Lo dice como si fuese sencillo. Como si comer rodeada de desconocidos no fuera un infierno en sí mismo.

—¿Puedo… quedarme aquí un ratito más?

—Claro, Keyla. Tú marcas el ritmo. —Sus palabras son un refugio—. He revisado tu formulario y los informes previos, así que ya puedo confirmarte que este grupo es el correcto para ti.

—¿Eso es bueno?

—Aquí clasificamos según el trastorno. Quienes tienen TOC, por ejemplo, viven en espacios minimalistas. Tú… tienes un trastorno de estrés postraumático complejo que ya trabajarás con tu psicóloga. Por eso estás en la casa más tranquila. No tienes ansiedad porque sí. Hay raíces. Y vamos a buscarlas.

—No sé si quiero. He venido aquí empujada por mi tía. No sé si va a funcionar.

—Sé que estás asustada, y no voy a mentirte: va a doler. Pero, si lo vemos como un viaje hacia ti misma, será distinto. El trauma complejo no nace de un solo golpe, sino de muchos que se van encadenando sin haber sanado el anterior. Vamos a romper esa cadena.

Debido a lo nerviosa que estoy anticipando, no estoy entendiendo bien lo que me quiere decir, pero tal vez convivir con otros que están igual de rotos que yo me alivie. Al menos no tendré que fingir que soy normal. Respiro hondo.

—¿Y… los grupos? Me cuesta relacionarme con la gente.

—Keyla, el ser humano necesita tribu. La soledad no elegida es veneno.

Inhalo y asiento con la cabeza.

—Dame dos minutos para calzarme.

—Te espero fuera —dice.

En cuanto me quedo sola, el miedo vuelve a trepar por mi garganta. En unos minutos, empieza la mañana más larga de mi vida. Cojo el móvil y escribo a la tía Maggie.

«Que tengas buen día. Sé que no nos dejan usar mucho el móvil, pero quería decirte que ya voy a empezar».

La respuesta llega al instante, como si tuviera el teléfono pegado a la mano.

«Buenos días, mi chica especial. Escúchame: no te saltes ninguna norma. Mantente siempre con el grupo y no salgas sola de la zona de las casas, ¿entendido? Te queremos. Todo va a salir bien».

Frunzo el ceño al leerlo. ¿«No salgas sola»? Maggie siempre ha sido protectora, pero desde ayer está paranoica. Supongo que echarme de menos le está pasando factura.

Me calzo las sandalias y salgo al pasillo. Cordelia me espera, colgando una llamada en su propio móvil. Me mira de arriba abajo y sonríe.

—Estás preciosa —me dice mientras me pone la mano en el mentón—. Vamos. Todos tuvieron un primer día alguna vez.