Breathe Out (Silver Springs 1) 5. Todo es perfecto. Nate Miller
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5. Todo es perfecto. Nate Miller

Nate Miller

El olor a goma, sudor y madera pulida se me pega al cuerpo como una segunda piel. La charla con el entrenador Wheeler ha terminado hace diez minutos, pero nadie se ha movido todavía. Solo el ruido de las botellas de agua estrujándose y el rasgado del esparadrapo rompen el silencio del vestuario.

Todos están esperando algo: a mí.

Irónico, ¿verdad?

Me paso una toalla por la nuca y me miro al espejo, sin quitarle los ojos de encima a Axel Hayes. Me pregunto qué habré hecho mal en otra vida para compartir posición con este tipo.

Los dos somos escoltas, pero nuestros cuerpos son distintos. Yo soy más rápido, fibroso y mido dos metros. Él es un tanque moreno de piel de dos metros diez, fornido y pesado. Una composición corporal más propia de un pívot que de alguien que tiene que correr por la banda.

—Vamos a dejarnos de tonterías —digo de pie frente a las taquillas—. No podemos permitirnos otro primer cuarto como el de la semana pasada.

Axel se recuesta en el banco, con los brazos cruzados. Me mira con esa media sonrisa burlona que tanto me irrita, consiguiendo sacarme de mis casillas. Sabe elegir el gesto justo para provocarme, pero no lo suficiente para que el puto entrenador le señale sus errores.

—¿Hablas de ti en plural? —pregunta con ese tono ácido que tanto detesto mientras ladea la sonrisa—. Porque el que perdió tres balones en seis minutos fuiste tú, capi.

Un zumbido tenso recorre el vestuario. Mis compañeros sueltan un suspiro casi inaudible mientras se vendan los dedos.

Hoy toca partido de pretemporada y estos días ya resultan duros de por sí sin tener que aguantar imbéciles como toque extra.

—¿Me está hablando el mismo tío que tiene un porcentaje de tiros libres del treinta por ciento? —replico, dando un paso hacia él—. No estás aquí para contar chistes, Hayes. Si tienes algo que aportar, hazlo en la cancha. Si no, cállate y corre.

Wheeler carraspea desde un rincón, pero no interviene. Ya nos conoce. Sabe que esto es una olla a presión y que, si no soltamos vapor aquí dentro, explotaremos fuera.

—Nate tiene razón. —Chase habla desde su taquilla mientras se ajusta la cinta del pelo—. Tenemos que cerrar el rebote defensivo y dejar de mirar el balón como si fueran margaritas. No nos sirve de nada si Hayes mete veinte puntos y después nos pasan por encima en defensa.

Hayes dirige su mirada de ojos castaños hacia él, pero no dice nada.

Es tan jodidamente bueno como gilipollas.

Mi rival en las estadísticas. Mi némesis.

No me puedo creer que mi única competencia en la NCAA y yo estemos en el mismo equipo: los Silver Bears.

Y esa es la parte jodida, porque, en el fondo, sé que sin él tampoco vamos a ningún lado.

Nadie en mi equipo se esfuerza lo suficiente.

Cole destaca en rapidez, dinamismo y tenacidad desde su posición de base.

Su estatura de uno noventa le permite esos movimientos, pero no aprovecha todas sus cualidades, y así no jugamos a nada.

Chase, el alero moreno de ojos azules, se levanta, lanza su botella vacía al cubo y, mientras se ajusta el cordón del pantalón, me mira:

—¿Cuál es el plan de hoy, capitán?

Respiro hondo porque no puede haber margen de error, al menos no para mí.

El Draft está a la vuelta de la esquina: una carrera de fondo que durará tan solo unos meses, pero ya es el último apretón.

Los ojeadores están en todas partes y se fijan en absolutamente todo: actitud, cohesión, liderazgo, control del partido.

Cada pase erróneo es una condena. Cada fallo, un rasguño en mi expediente.

—Vamos a jugar de forma inteligente —digo alzando la voz, mirándolos por encima de sus cabezas—.

Cole, tú controla el tempo. No queremos jugadas de circo, queremos mente fría.

Chase, necesito que cierres la cintura como un puto bloque de cemento.

Pensad que os va la vida en ello. Y si el balón llega abierto a Hayes o a mí cuando cualquiera de los dos esté en el campo, que sea porque la jugada ha sido limpia, no porque estemos improvisando. ¿Estamos?

Hayes resopla. Por favor, que no abra la boca. Estoy a punto de reventar y tengo que demostrar, primero a mí mismo, que puedo con este equipo de pacotilla.

—Mira tú por dónde, don perfecto quiere jugar en equipo —dice mientras aproxima su cara a la mía.

—La perfección es lo que me ha traído hasta aquí —le suelto, acercándome hasta invadir su espacio personal—. Quiero ganar. Punto. ¿Tú puedes hacer algo con eso, o necesitas otra excusa para defender como una abuela?

El silencio es absoluto. Hayes saca pecho, sosteniéndome la mirada. Veo la rabia en sus ojos oscuros, pero al final asiente una sola vez.

—Lo veremos en la cancha.

Wheeler por fin se levanta. Golpea las manos dos veces para atraer nuestra atención. Tiene la frente perlada de sudor. Sabe que esto es un puto corralillo y se le está descontrolando.

—Tenéis cinco minutos antes de salir. Quiero que lo que hagáis ahí fuera tenga sentido. Y, sobre todo, que se note que no estáis jugando solos. Esto no va de estrellas, sino de compañerismo.

Nos miramos entre todos y, con un atisbo de esperanza, siento que podemos conseguirlo. Un maldito enjambre de egos, sí, pero un equipo, al fin y al cabo.

Me ato las zapatillas con fuerza, hasta que los dedos se me ponen blancos. Las pulsaciones se me empiezan a disparar, avisando a mi cuerpo de que tendrá que estar alerta los próximos cuarenta minutos de juego activo. Mientras lo hago, una frase da vueltas en mi cabeza. Empiezo a sudar.

Tienes que estar a la altura, Nate. O todo esto habrá sido en vano.

No soy un héroe. Tampoco un villano. Solo alguien que hace lo que tiene que hacer: limpiar su apellido, hacer honor a lo que fue.

El baloncesto no es un sueño, es un plan. Y cada día que paso entrenando, perfeccionando, estudiando a mis rivales, cumplo una parte de ese plan. No me interesa el discurso motivacional de «sigue tu pasión». No vine aquí a sentirme inspirado, sino a ser grande en lo mío.

Pero no como él. No como mi padre.

Cuando suena el pitido de inicio, el ruido de la grada desaparece. Solo estoy yo con mis latidos. El aire comprimido que entra en los pulmones. El contacto de la suela contra el parqué.

El resto del equipo está intentando competir, pero el nivel no es suficiente.

—Hayes, estás leyendo el pick and roll medio segundo tarde. Nos van a reventar si sigues así.

—¿El qué? —responde ahora desde la posición defensiva.

—Cuando uno te tapa al defensor y tú aprovechas para avanzar. ¿Eres nuevo o qué?

—Tranquilo, joder, no te había escuchado bien. Es solo el primer partido amistoso, relájate.

En este momento me planteo por qué este tío tiene que ser uno de los motivos por los que cada noche me quedo lanzando cuando los demás ya están en las duchas. Puede que tenga talento, pero no tiene hambre. No como yo.

Echo un vistazo al marcador, aunque no significa nada. No estamos jugando por puntos. Jugamos por respeto. Por minutos. Por un lugar en el quinteto titular.

—Otra ronda. —Lanzo el balón hacia uno de los novatos, sin mirar—. Diez posesiones más. Luego podéis iros a jugar al Fortnite o lo que sea.

Lo que la gente no entiende es que esto no se trata solo de jugar bien. Se trata de no desaparecer. En una liga donde cada día hay alguien más joven, más explosivo, más vendible…, si bajas el ritmo, te comen.

Y yo, pese a la presión, no me dejo comer.

Eso sí: estoy hecho polvo. Estoy tan cansado que me duelen hasta los dedos de los pies. Me siento como si me hubieran escurrido el cuerpo como una puta toalla.

Seis días a la semana de entrenamiento, dos partidos, una dieta de mierda que me tiene con hambre cada dos horas y una madre que cree que si no me despierto a las siete de la mañana soy un vago.

¿Y todo para qué? ¿Para que un comentarista calvo en X diga que «me falta garra»?

Que lo follen a él. Que los follen a todos.

No sé cómo, pero ganamos. Otro triple, otra maldita ovación, otro mensaje de mi madre con un «Sigue así, hijo, sigue así y la NBA será tuya».

Claro que sí, mamá.

Sigo. Sigo y sigo y sigo. Como un jodido robot. Como si no pudiera parar ni un segundo, no sea que empiece a parecerme a él.

Dios, qué asco.

Lo noto en los hombros, en la espalda y en la mandíbula, que me duele de tanto apretar los dientes. En ese tic que me da cuando alguien menciona su nombre.

Mi padre también era un prodigio. El niño dorado. El que iba a cambiarlo todo. Pero un día se desmoronó y ahogó su talento con cocaína y alcohol del caro, dejándome con el agua hasta el cuello. Dejándome sin padre.

Yo no voy a acabar así.

Yo no puedo acabar así.

Por eso entreno hasta sangrar. Pongo mi mejor sonrisa cuando están las cámaras. Cumplo con el gimnasio, con la nutricionista, con los contratos.

Juego como si tuviera el corazón en llamas, porque tengo el corazón ardiendo en la palma de mi mano. Pero hay días —como hoy— en los que me pregunto cuánto más me va a durar la gasolina.

A veces, cuando mi madre me llama para hablar de mi marca personal, de los patrocinadores, de lo bien que quedo en la cámara, solo quiero gritarle:

«¿Sabes que soy una persona y no un producto? ¿Alguna vez vas a llamarme porque te interesa algo de mi vida que no sea mi trabajo?».

Pero no lo digo. Claro que no lo digo, joder.

En vez de eso, me ducho, me visto y salgo al mundo con la cara del hijo perfecto. Del jugador perfecto. Del hombre que nunca —nunca— va a repetir los errores de su padre, el «gran» Bobby Miller, aunque tenga que destruirme en el proceso.