Breathe Out (Silver Springs 1) 4. Corazón azul. Keyla Blake
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4. Corazón azul. Keyla Blake

Keyla Blake

Es curioso cómo en la vida nos cruzamos con personas que comparten el mismo espacio y tiempo que nosotros durante unos segundos.

Y, sin embargo, un instante después, seguimos caminos opuestos, como si nada.

Dos vidas que se tocan y se separan, igual que miles de otras que se rozan sin darse cuenta.

Ha sido agradable hablar con él.

Pero ahora me toca embarcarme en mi propia aventura.

La que más me aterra.

A la salida del aeropuerto hay un SUV azul grisáceo con el logo de Velvet Hollow. Al volante, un hombre de unos sesenta años, con una barba blanca bien recortada y una sonrisa amable baja la ventanilla.

— Bonjour, mademoiselle Keyla. Soy Lucien. Bienvenue à Maine —saluda con un amable acento francés que, en otras circunstancias, me habría parecido encantador—. Pero puedes llamarme señor Lulú. Todo el mundo lo hace cuando me coge confianza.

Asiento, fingiendo una sonrisa. Hay algo en este hombre que me inspira ternura. Lucien trata de romper el hielo con frases en francés y comentarios amables, pero yo apenas puedo seguirle el ritmo. Tengo que concentrarme en el paisaje para no empezar a hiperventilar.

Muy bien, niña tonta.

Sigue así.

Que nadie note que estás nerviosa o te dejarán aquí mismo, en la carretera.

Tiempo después, el coche toma una curva y, de pronto, la ciudad aparece como un dibujo a acuarela.

Lo veo todo desde el asiento de atrás, con la frente apoyada en el cristal frío de la ventanilla.

Es como si alguien hubiese abierto una paleta de colores al borde del mar.

Las fachadas de las casas parecen sacadas de un cuento de hadas: una es azul cielo, otra, rosa chicle con molduras blancas…

, todas con la bandera ondeando como si supieran que alguien nuevo está llegando y quisieran darle la bienvenida.

Una bandada de pájaros atraviesa el cielo, oscureciendo el sol en pequeños parpadeos. Hay carteles de peces sonriendo y escaparates llenos de conchas y flores, también hay puestos de algodón de azúcar cerrados por la temporada.

—¿Primera vez en Silver Spring? —pregunta, mirándome por el retrovisor.

Asiento con la cabeza, sin despegar la mejilla del cristal. Me cuesta articular palabras. No porque no quiera hablar, sino porque me da miedo oír mi propia voz en este momento.

—En primavera, el mar muestra su mejor cara —añade con una sonrisa—. Creo que te va a gustar esto, niña, lo presiento.

—La verdad es que parece un sitio muy bonito.

—Querida, este lugar es muy especial. Ya lo verás.

Lucien sonríe y deja que la radio llene el silencio con una canción instrumental de piano que encaja a la perfección con el paisaje.

Con Ludovico Einaudi de fondo, me atrevo a bajar la ventanilla para que el aire llene al completo mis pulmones.

Las calles se van estrechando a medida que nos alejamos del centro.

Pasamos por un pequeño muelle con barcas amarradas y una librería diminuta de fachada verde menta.

Me la imagino por dentro: estanterías desordenadas, olor a madera y café, y una mujer mayor con gafas redondas y moño gris recomendando novelas a los transeúntes que pasan por allí.

A medida que avanzamos, los arroyos serpentean junto a la carretera y los campos están salpicados de mimosas, las flores favoritas de la abuela. Por un momento, siento que el paisaje me tranquiliza.

—¿Sabes? Llevo veinticinco años viviendo aquí, querida —dice Lucien, con una sonrisa sincera—. Ayudar a otras personas me mantiene vivo.

El coche se adentra en un camino estrecho de piedra, bordeado de pasto alto que baila con el viento.

Por alguna razón, el cielo tiene un matiz rosado, como si quedaran restos del amanecer atrapados entre las nubes.

Siento cómo se me encoge el estómago. El vértigo no tiene tanto que ver con la altura como con la dirección. Sé a dónde vamos.

A lo lejos, un faro se alza en lo alto del acantilado, como si fuese un guardián dormido que espera pacientemente su turno para salir.

A la derecha del sendero, justo antes de llegar a él, aparecen varias casas a bastante distancia entre sí, pero destaca una que está situada casi en su base con un cartel de madera pintado a mano con letras redondas que nos saluda con un B IENVENIDOS A C ORAZÓN A ZU L : DONDE TODO COMIENZ A DE NUEVO .

Lucien se gira y me mira con dulzura.

— Voilà, mademoiselle. Bienvenue à votre nouveau départ .

Al bajar del coche, tengo la sensación de que algo dentro de mí se apaga, como si me estuviera viendo desde fuera, ocupando un cuerpo que ya no se siente del todo mío.

Es una desconexión sutil, casi imperceptible al principio, pero lo suficientemente real como para inquietarme.

No es la primera vez que me pasa y, por desgracia, reconozco esa forma en la que el mundo empieza a alejarse, aunque yo siga estando aquí.

Me obligo a pensar con rapidez, a agarrarme a algo que me devuelva al presente antes de que sea demasiado tarde. Me inclino con decisión y agarro mi pierna con ambas manos. La muevo con firmeza, como si al hacer ese gesto pudiera recordarle a mi cuerpo que sigue siendo mío.

Y, aunque la sensación no desaparece del todo, al menos me permite avanzar.

Esto parece sacado de una postal. Hay varios grupos de animales pastando en la hierba que rodea el camino: caballos de pelaje brillante, vacas peludas con cara de pocos amigos, pollitos amarillos que corren como si tuviesen prisa por crecer.

La imagen me saca una sonrisa. De esas pequeñas, pero al mismo tiempo siento un vuelco en el pecho. Esto le encantaría al tío William.

Y esa punzada de nostalgia lo tiñe todo por un segundo.

Antes de que pueda pensar más, una mujer con una trenza larga y la cara más dulce que he visto nunca se acerca al coche. Lleva un jersey de lana gruesa y una carpeta apretada contra el pecho.

—Bienvenida a Corazón Azul, Keyla —dice con voz cálida, como si ya me conociera—. Soy Cordelia. Tu tía Maggie nos ha hablado mucho de ti.

Asiento con una mueca que pretende ser una sonrisa, pero la verdad es que no sé qué cara estoy poniendo en este momento. Cordelia me observa con amabilidad, como si no le hiciera falta que yo aportase nada a la conversación para saber cómo llevar la situación.

—¿Te apetece que te enseñe un poco el sitio o prefieres ir directa a tu habitación? —pregunta, con ese tipo de voz que no presiona, que deja espacio.

Dios. Voy a vomitarle encima de los zapatos burdeos de último diseño que veo que lleva puestos. Ya me puedo hacer una idea de lo que dirían mis nuevos compañeros: «Oye, ¿conocéis a la nueva?». «Sí, se llama Keyla Blake. No te lo vas a creer, pero ¡ha vomitado en los zapatos de la directora!».

—Prefiero… —dudo, porque ni yo sé lo que prefiero, por el amor de Dios—. Quizá que me expliques un poco todo, si no es molestia.

—No me molesta en absoluto —responde enseguida—. Lucien se encargará de llevar tu maleta a tu habitación. Mira, como has podido ver durante el camino, en este complejo hay varias casas, y esa del fondo es la tuya. ¡Es ideal! —dice emocionada—. Creo de corazón que te gustará mucho.

Es enorme y absolutamente preciosa. El señor Lulú me guiña un ojo desde el asiento del conductor y empieza a descargar el equipaje.

Camino al lado de Cordelia mientras cruzamos un sendero de piedra que bordea un jardín enorme.

A lo lejos se oye el relincho de un caballo.

El corazón se me para y me entran ganas de llorar al recordar al mío, pero una chispa de felicidad se adentra en mi interior para recorrer todo mi cuerpo.

Si en este sitio hay caballos, ya tengo un lugar por el que empezar.

—Esa es Cassiopeia —dice, sonriendo—. Tiene alma de actriz de película de drama. Si no la saludan al pasar, monta un espectáculo.

Me sale una risa breve, inesperada.

—¿Todos los caballos tienen nombre? —pregunto, por decir algo.

—Todos, y la mayoría tienen nombre de constelación. Fue idea de Ellie, una de las terapeutas. Dice que hay que recordarle a la gente que puede encontrar luz incluso en la oscuridad.

Trago saliva. Me encantaría poder creer eso.

Pasamos junto a un invernadero, un par de bancos de madera pintados de azul y una fuente de piedra. Hay un grupo de chicos sentados alrededor de una mesa de pícnic, riendo por algo que uno ha dicho. Ninguno me mira demasiado y eso me alivia, ya que no me gusta llamar la atención.

—Tu habitación está en la parte norte —me explica Cordelia, girando hacia un sendero al lado del faro—.

Compartes casa con otras cuatro personas, pero tu cuarto es solo tuyo.

Puedes cerrarlo con llave, decorar las paredes o mover los muebles si quieres.

Aquí todo es flexible mientras te haga sentir segura.

Asiento sin decir nada, aún demasiado absorbida por el entorno, por la lentitud extraña con la que mi cuerpo parece reaccionar a cada nueva información.

—Te dejo este formulario para que lo rellenes cuando te sientas con fuerzas —añade, entregándomelo con delicadeza—.

No es para asignarte grupo, eso ya está hecho con todo lo que nos contó Margaret.

Solo queremos conocerte un poco mejor con tus propias palabras, y solo lo leeremos tu terapeuta y yo, nadie más.

Seguimos caminando antes de entrar en una casa azul bebé preciosa con vistas al mar.

—Te enseño tu cuarto y luego te dejo un rato tranquila, ¿te parece?

Subimos por unas escaleras de madera barnizada. La luz entra por una ventana alta y tiñe las paredes de tonos rosados. Al fondo del pasillo, a la derecha, hay una puerta blanca con molduras doradas. En el centro, una flor tallada abre sus pétalos como si intentase decirme algo.

— Voilà . Bienvenida al que será tu refugio durante los próximos meses —dice Cordelia con una sonrisa cálida.

Creo que mis ojos responden por mí, ya que empiezo a mirarlo todo con ellos muy abiertos, asombrada por lo bonito y especial que parece todo.

Ella me da un suave golpecito en el hombro y se marcha, dejándome sola, y empiezo a respirar un poco mejor.

Una pared entera de cristal da al mar, y el sol y el agua hacen un paisaje perfecto, dibujando un naranja rosado en el atardecer.

La cama es enorme y está cubierta con un edredón de flores.

En la ventana hay una fila de macetas con geranios y petunias, y en la estantería, libros, piedras pintadas y una cajita de música en forma de carrusel.

Me siento en el borde de la cama, tocando la colcha con cuidado, como si pudiera romper este pequeño remanso de paz con el mínimo movimiento brusco, y me doy cuenta de lo cómoda que es.

Respiro hondo agradeciendo el silencio, porque afuera no se escucha ni un coche, ni un móvil, solo los pájaros y el viento entre los árboles.

Esto se parece a lo que soñaba cuando era niña. Cuando no tenía a nadie con quien hablar y solo me quedaba el salvavidas de imaginarme una vida mejor.

Una casa bonita al lado del mar.

Un espacio propio en el que poder ser yo.

Un lugar en el que empezar de nuevo.

Salgo al pasillo un momento para mirar las vistas a través de los ventanales de la galería y me doy cuenta de que hay otra puerta, entreabierta, al lado de la mía.

Parece llevar a otro cuarto, aunque este está decorado de forma distinta: la pared es amarilla, hay cuadros con lazos pegados alrededor de un espejo y desde aquí parece oler a vainilla.

Cuando estoy a punto de darme la vuelta para volver al mío, escucho unos pasos subiendo la escalera. Me aparto con rapidez, pero llego demasiado tarde.

—¡Hola! —dice una voz enérgica, antes de que siquiera pueda reaccionar—. ¿Acabas de llegar? No te había visto antes.

Tiene el pelo rubio recogido en un moño despeinado mientras dos ondas le caen sobre cada uno de los lados, una camiseta rosa manchada de pintura y una sonrisa amplia que ilumina su mirada de color verde miel.

Siento que el corazón me da un vuelco, como si ante mí estuviera un guepardo, ágil y poderoso. Mis mejillas empiezan a arder de vergüenza, pero la persona que se esconde detrás de esos ojos me transmite bastante tranquilidad.

—Sí…, acabo de llegar —respondo, forzando una sonrisa.

—Soy Avery. —Me abraza sin que me lo espere mientras se presenta.

—M-me llamo Keyla.

Se va a pensar que eres tonta.

¿No sabes presentarte de una manera normal?

—¡Ay! Qué feliz estoy. Ahora ya tengo una amiga. —Me guiña un ojo antes de irse—. Bienvenida a Corazón Azul. Este sitio es una locura, pero de las buenas —añade mientras se deshace el moño y deja caer un mechón rebelde sobre su frente—. Si necesitas algo estoy en la habitación de al lado.

La forma en la que habla hace que, sorprendentemente, me inspire confianza. Siempre suelo estar alerta con los desconocidos, pero por primera vez en mucho tiempo, sonrío de verdad. Lo hago porque dos personas han sido amables conmigo en un solo día, así que se podría decir que han batido mi récord.

Me siento al borde de mi cama y saco el formulario que me dieron para rellenar. Mientras escribo, siento que, quizá, este lugar pueda ser el comienzo que necesito.