Breathe Out (Silver Springs 1) 3. Cuestión de valentía. Keyla Blake
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3. Cuestión de valentía. Keyla Blake

Keyla Blake

Una azafata con un moño rubio me sonríe de manera mecánica al revisar mi billete.

Respiro hondo y arrastro mi maleta por el pasillo estrecho mientras siento que las paredes se cierran sobre mí.

Avanzo contando las filas hasta que me topo con un obstáculo: una pierna larguísima, enfundada en un pantalón deportivo negro, me bloquea el paso.

Intento esquivarla, pero la maleta se queda enganchada. Otra vez la ley de Murphy.

—Perdón… —murmuro.

Tiro del asa, pero la maleta se tambalea y, como si fuera una broma del destino, la cremallera del bolsillo exterior revienta. Mi libro, mis auriculares y mi bote de pastillas de emergencia acaban rodando por la moqueta.

—Ay, mi madre… —susurro, sintiendo que me arde la cara.

El dueño de la pierna ni se inmuta. Está dormido, con unos cascos enormes puestos y con una gorra que le cubre hasta la nariz. Pero el chico de la fila de al lado se levanta de un salto.

—Tranquila, te ayudo.

Cuando alzo la vista me topo con unos ojos de color verde jade y las manos empiezan a sudarme más de lo que me gustaría. Los primeros cinco minutos que paso mientras hablo con desconocidos siempre son los peores.

—N-no te preocupes, no pasa nada.

—Sí pasa.

Lo último que recoge antes de levantarse y de que yo cierre la maleta es el libro que me estoy leyendo. Me lo tiende con una sonrisa leve después de echarle un vistazo.

—Ups. Parece que tu libro ha tenido un aterrizaje forzoso.

Mierda.

El libro nuevo que me compré hace un rato en el aeropuerto ahora tiene las esquinas machacadas y una raja en la portada.

—Mientras se pueda leer no hay problema.

Mentira. Odio que mis libros tengan desperfectos.

El desconocido me sonríe antes de mirar con ojos de asesino al chico que está dormido.

—A Hayes le encanta ocupar todo el espacio, como si el avión fuera suyo —añade, lanzándole una mirada dura—. ¡Eh! Quita la pata.

Le da una patada seca en la espinilla. El tal Hayes se despierta de golpe, se quita los cascos y le lanza una mirada cargada de odio.

—¿Qué te pasa, Miller? ¿Ya estás tocando los cojones antes de despegar?

—Aparta las piernas del pasillo, Hayes. La gente quiere pasar.

Se sostienen la mirada un segundo demasiado largo. Hay una tensión ahí que no tiene nada que ver con la amistad. Hayes chasquea la lengua y se acomoda en su asiento de mala gana.

—Gracias —consigo decir, abrazando el libro.

Me dejo caer en mi asiento (el 17A, con ventana) y el chico de ojos verdes se sienta en la misma fila, en el pasillo. El asiento de en medio queda vacío, un pequeño milagro. Intento hacerme lo más invisible posible para pasar desapercibida el resto del vuelo.

No hables.

No molestes.

Ponte los cascos y desaparece.

Si te meas, te aguantas.

Decidida a continuar con mi lectura actual para distraerme del todo, busco el punto de libro y algo se desliza entre las hojas hasta caer sobre mi regazo.

Es una foto de la fachada de mi casa sacada desde la acera de enfrente.

Debe de ser de hace unos meses, ya que estaba todo nevado.

Le doy la vuelta para ver si hay alguna nota escrita, pero solamente hay una palabra garabateada con prisa: diciembre.

Sonrío por primera vez en toda la mañana, agradeciendo este calorcito en el pecho.

Maggie. Ha tenido que ser ella. Seguro que la metió en el libro anoche, mientras yo hacía la maleta, para que en estos meses pudiese tener cerca mi hogar.

Es algo típico de ella…, siempre dejándome las migas de pan para que encuentre el camino de vuelta.

Supongo que es su forma de decirme que, vaya a donde vaya, siempre estarán allí esperándome.

Al menos ella, porque Will todavía no me ha llamado hoy. ¿Acaso no se da cuenta del paso tan grande que estoy dando? Siento que no lo está valorando lo suficiente…

—En Silver Springs hace mucho que no nieva. —La voz del chico interrumpe mis pensamientos.

Me giro hacia él pensando en la cara de tonta que debía de estar poniendo mientras miraba la foto y tardo un segundo en darme cuenta de que es objetivamente guapo. Tiene los rasgos marcados, la piel clara y el pelo un poco revuelto con efecto húmedo.

No ha levantado la mirada de mi casa ni parece buscar contacto visual. Está en su mundo y parece cómodo, seguro de sí mismo.

Huele a limpio, a algo fresco, como si hubiese mezclado su jabón con notas de sándalo y limón.

—La verdad es que lo prefiero, no me gusta cuando hace tanto frío.

—A mí me encanta el frío y odio el calor del verano. Me hace sudar y tener que ducharme dos o tres veces al día.

—Los que preferís el frío sois unos psicópatas.

—¿Qué? Eso vosotros. El calor es agotador, pegajoso e incómodo.

—Lo prefiero a tener que ponerme cuatro capas de ropa…

El avión empieza a moverse por la pista y mi corazón se acelera de nuevo. Cierro los ojos de golpe y me mantengo a oscuras dentro de mi cabeza, como si estuviese en mi habitación.

—¿Te da miedo volar? —pregunta él.

La voz de mi compañero de viaje me saca de mi ensimismamiento. Lo encuentro mirándome, con una expresión entre divertida y tranquila, como si estuviera acostumbrado a lidiar con los nervios de los demás.

—Me da miedo todo lo que haya podido crear el ser humano.

—Pues ya somos dos. —Carraspea—. Aunque por trabajo cojo bastantes vuelos, así que no me queda otra.

—Ah, ¿sí? —Me gusta interesarme por la vida de las personas—. ¿En qué trabajas?

—En nada interesante. —Por su tono parece desganado con su trabajo.

—¿Ese empleo poco interesante hace que tengas que viajar tanto? —pregunto con la intención de animarle—. Seguro que es mejor de lo que te parece.

—Viajar tanto no es la peor parte, pero estoy cansado, supongo.

Parpadeo un par de veces cuando me doy cuenta de que ya estamos despegando. Estaba tan ensimismada intentando controlar todas mis sensaciones corporales hablando con él que no me he dado cuenta de que ya estamos volando.

—¿Y tú qué haces? —pregunta, pensativo.

—Nada interesante. —Es lo único que se me ocurre responder mientras rezo para que no me haga preguntas comprometidas.

¿Dónde vives?

¿En qué trabajan tus padres?

¿A dónde vas cuándo aterrice el avión? ¿Vienes o vas?

Con la mirada sesgada veo cómo sonríe.

—Pues sí que estamos buenos —pronuncia por fin—. ¿Tú también estás cansada?

—Digamos que estoy… perdida. Dándome un tiempo para saber lo que necesito para empezar a hacer algo que de verdad valga la pena con mi vida.

—Suena valiente.

—Yo lo llamaría más bien cobardía.

—Pues ojalá tener un poco de tu cobardía.

Nos quedamos mirando unos segundos mientras medito una posible respuesta. Nunca sé si estoy diciendo algo lo suficientemente útil, así que siempre pienso varias posibles respuestas antes de contestar.

—¿Quieren algo del carrito? —interrumpe una de las azafatas.

—Un zumo de naranja —responde el desconocido.

—¿Y usted? ¿Quiere algo? —dice dirigiéndose a mí mientras le sirve.

—Un chocolate caliente, por favor.

—Aquí tienen. Son diez dólares.

Me pongo a rebuscar en la cartera y, sin que me dé tiempo, veo que el chico de mi lado acerca su tarjeta al lector.

—Todo junto, por favor.

Espera ¿qué?

—No, no. De ninguna manera —le suplico—. Déjame pagar, por favor.

Keyla, eres idiota.

—No me supone ningún esfuerzo, no te preocupes.

—Pero es tu dinero, yo… yo…

—Es mi dinero y por eso lo uso como quiero, ¿no? —responde mientras se guarda la cartera en el bolsillo—. Además, tener cinco dólares menos no me va a dar ningún dolor de cabeza. Tómatelo como una disculpa por el comportamiento de mi compañero.

Miro el chocolate humeante y luego a él.

—Muchas gracias —respondo avergonzada—. ¿Sueles invitar siempre a todas las desconocidas de los aviones?

—No, solo a las torpes.

—¡Oye! Que no soy torpe. Ha sido culpa de tu amigo.

—Ese imbécil no es mi amigo —escupe con desprecio.

Vaya.

Qué carácter.

—Por cierto, me llamo Nate —dice alargando la mano.

—Keyla.

—Encantado de conocerte, Keyla la valiente.