La chica invisible
Doce años, Portland, Oregón
No podía respirar. El frío se me instalaba alrededor del corazón, desviándose hacia el pecho como si quisiera escapar de mi cuerpo. Había un hueco ahí, un espacio oscuro que no lograba llenar con nada, ni siquiera con las historias que tanto me gustaban.
El tictac del reloj retumbaba en mi cabeza, marcando los segundos que me separaban del momento más temido del día: el recreo. Para la mayoría, era la libertad, el momento de gritar y correr. Para mí, era la hora exacta en la que esa presión sin nombre empezaba a ahogarme.
Estaba sentada en una esquina, en primera fila.
Mi sitio asignado, mi trinchera. La señorita Parks explicaba con entusiasmo los libros de Roald Dahl, moviendo las manos en el aire, pero yo ya me los sabía de memoria.
Matilda era mi amiga, no la suya. Lo único que quería era meterme dentro de esas páginas y, a poder ser, perder el billete de vuelta.
Al otro lado del cristal, los pájaros volaban en bandada. Me preguntaba si algún día yo también podría volar lejos de allí. Si podría dejar de ser yo.
«Serás feliz cuando no quieras estar en otro lado, siendo alguien más, pequeña Kiki».
La voz de mi abuelo resonó en mi memoria.
Ojalá estuviera aquí. Él siempre me prometía que algún día yo sería la dueña de una librería preciosa, y me traía cuentos los domingos para que se me olvidara que al día siguiente había colegio.
Pero el abuelo se había ido al cielo y yo me había quedado aquí, en la tierra, donde las cosas no eran tan bonitas como en sus cuentos.
Moví las piernas bajo el pupitre, inquieta.
Sabía lo que venía después de ese dichoso timbre.
Sabía que las tortitas que me había preparado el tío Will para desayunar acabarían en el inodoro en cuanto saliera por esa puerta.
El baño del Middle School se había convertido en mi único refugio, el único lugar con pestillo.
Las sentía detrás de mí como sombras que me rodeaban; una nube negra flotando sobre mi cabeza que me atormentaba cinco días a la semana.
Esos ojos vigilando cada paso que daba, escaneando mi ropa, mi pelo o el fallo del día.
Eran esas personas que estaban en esa maldita clase y que cada día hacían que respirara un poco menos.
Cinco minutos.
Me concentré en el movimiento de los árboles tras la ventana. Si no las miras, no existen. Si no las escuchas, no pueden hacerte daño.
La voz de la profesora se alejaba poco a poco mientras me adentraba en mis pensamientos.
Sus palabras se volvían un zumbido lejano, como si estuviera bajo el agua.
Me aferraba a esa sensación porque era mejor que estar allí.
Mejor que sentir el pánico oprimiéndome el pecho cada vez que escuchaba una silla arrastrarse por las baldosas del aula.
Hacía semanas que no escribía nada en mi cuaderno.
Tampoco me apetecía leer demasiado. Estaba dejando de hacer las únicas cosas que me hacían feliz porque…
¿para qué? El objetivo era que se pasase la semana lo más rápido posible.
Aguantar la respiración, hacerme un ovillo en la cama e intentar volverme transparente.
Pero daba igual lo pequeña que me hiciera. Siempre me encontraban.
Un golpe seco en la mesa detrás de mí me hizo dar un salto en la silla. Risitas por lo bajo. Tragué saliva, fijando la vista en la pizarra como si fuera lo más interesante del mundo.
«No parpadees, Keyla». «No te muevas». «No existas».
—Y bien, ¿quién quiere hacer el primer ejercicio? —preguntó de pronto la señorita Parks.
«Que no diga tu nombre. Por favor. Por favor».
—Todos a la vez no, ¿eh? —bromeó ella. Sacar buenas notas tenía un precio: los profesores siempre te usaban de salvavidas.
—Keyla, ¿puedes leer el ejercicio y resolverlo?
Empecé a sentirme mareada.
«Hazlo mal», la voz en mi cabeza gritó. «Hazlo mal para que no noten que te lo sabes. Si aciertas, te llamarán empollona. Si aciertas, te esperarán fuera».
—Página 84, Keyla.
Me temblaban las manos al pasar la hoja. No encontraba el número. Las letras bailaban. Escuché un cuchicheo cruel a mi espalda. Iba a hablar, iba a tartamudear una respuesta incorrecta, pero entonces… Riiiiiing.
El timbre. Mi salvador y mi verdugo.
La clase estalló en ruido e inmediatamente me sentí más ligera. Todo se llenó de las sillas arrastrándose y los gritos de euforia de mis compañeros. Todos salían empujándose, buscando a sus amigos, riéndose con esa facilidad que a mí me parecía tan lejana.
Recogí mis cosas muy despacio, como siempre. Tardaba a propósito, guardando el estuche con calma, deseando ser la última para que el pasillo se vaciara antes de que yo pusiera un pie en él. Nadie me esperaba fuera. Bueno, al menos no para nada bueno.
Me colgué la mochila, fingiendo que no me importaba, que era invisible. Bebí un trago de agua para tragarme el nudo de la garganta.
Uno, dos, tres.
Respiré por la nariz.
Parecía que había silencio en el pasillo.
Uf, por los pelos.
Hoy te has librado, niña tonta.
Caminé hacia la salida, sintiendo un alivio momentáneo. Pero esa calma era mentira. Esa calma era la que precede a la tormenta.
Crucé el umbral de la puerta y el mundo se paró cuando las vi apoyadas en la pared de enfrente. Seis ojos acechándome. Mis depredadores.
—Oye, pelo zanahoria… —dijo una voz melosa que me heló la sangre.
El pasillo se volvió minúsculo a la vez que mi estómago daba un vuelco.
Hoy tampoco iba a poder volar.