Breathe Out (Silver Springs 1) 1. Solo un paso más. Keyla Blake #2
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1. Solo un paso más. Keyla Blake #2

Me mira a través de esos ojos azules y me abraza, pero no soy capaz de decirle nada.

Saca de su bolso una botella de agua y me hace beber un sorbo, acariciándome a su vez el pelo, tan distinto al suyo que ya empieza a esconder alguna cana dentro de la trenza que lleva por peinado.

Espera a que el aire decida hacer acto de presencia, inundándome de nuevo, y, cuando cree que es el momento de las palabras, habla.

—Querías ir a por ese libro nuevo, ¿verdad?

Asiento con un leve movimiento de cabeza, sin necesidad de hablar.

Ella también entiende lo que significa para mí.

Creo que mi tía siempre lo supo todo , o al menos sospechaba que había algo más.

A pesar de todas sus preguntas, de los días en los que no salía de mi habitación o de los moratones nuevos que nunca llegué a explicar con claridad, siempre conseguí esquivar la verdad.

O una parte de ella, la más difícil de contar.

Hablar de esto… te rompe por dentro. Te hace sentir pequeña, sucia, culpable de algo que ni siquiera elegiste.

Es como llevar un peso que no sabes dónde colocar sin que los demás te señalen.

Una vergüenza tan profunda que te hace pensar que, si alguien la supiera, si la dijeras en voz alta, todo el mundo te miraría diferente.

Como si fueras débil. Como si tú tuvieras la culpa. Como si fueras el problema.

Y no importa cuánto tiempo pase: cuando por fin lo dices, algo en ti se rompe igual, y es imposible avanzar cuando te olvidas de ti misma.

Todo empeoró el día que el tío Will dejó libre su hueco del sofá, el día que se fue a aquel trabajo sin fecha de vuelta que me separaría de mi mayor apoyo.

Y por eso, aunque ella no sepa todas las cosas que me han llevado al límite, las que solo le he contado a él, sabe que desde entonces la vida se ha convertido en una carrera de fondo para mí, y, aun así, decidió priorizar ese maldito trabajo.

—Te lo compré anoche por internet —interrumpe mis pensamientos mientras me acaricia el pelo y ladea la sonrisa—. Llega esta tarde. Podrás pasarte toda la tarde leyendo, cariño. Y yo haré lasaña sin gluten para mi niña, ¿qué me dices?

Abro los ojos, comprendiendo, y niego con la cabeza.

—Gracias, Mags, pero esta vez quería conseguirlo yo. Me habría gustado mirar más libros, pasar un buen rato conmigo misma. Sentir… sentir que lo puedo hacer, ¿sabes?

—Lo sé, cariño, pero a veces el camino nos impide ir más rápido.

Puede que haya días que esté tronando y no salga el sol.

Puede que haya otros días que todo parezca nublado y después se despeje.

Lo importante es seguir dando pasitos cada día, salga bien o mal.

Meter cada día una moneda en la hucha de tus objetivos.

Maggie me ayuda a incorporarme con calma, sin presionarme.

Camino hasta el lavabo y me enjuago la cara frente al espejo, evitando mirarme demasiado rato.

Solo espero que no entre nadie. No podría soportar que me vieran así, con la nariz roja de tanto llorar y el rímel dibujando a su antojo formas por toda mi cara.

Me sentiría ridícula, como si estuviera exagerando, y ya he vivido eso demasiadas veces.

Me seco con torpeza y, cuando vuelvo junto a ella, me rodea con los brazos sin decir nada.

Avanzamos juntas hacia el coche, paso a paso, con ese nudo en la garganta del que sabe que va a hablar de algo importante.

Me acomodo con cuidado en el asiento, que me recoge con esa calidez que uno solo nota cuando está cansado de verdad.

Maggie enciende la calefacción y yo cierro los ojos, dejando que el aire tibio me envuelva mientras suelto el aliento, despacio, como si intentara vaciarme antes de expresar lo que nunca soy capaz de decir en voz alta.

Los primeros minutos son puro silencio, con el motor como único sonido de fondo. Miro por la ventanilla, intentando distraerme con las ramas de los árboles, que pasan demasiado deprisa como para poder contarlas, pero lo intento igual.

—No puedes seguir así, cielo —dice por fin, después de un rato en el que solo se escuchaba el motor y mi respiración aún algo errática.

Me muerdo el labio con fuerza. No quiero que me vea llorar, pero el nudo en mi garganta es ya una soga.

—Creía que estaba mejor… Yo… —balbuceo, hundiendo los dedos en la seda de mi falda, que ahora se siente ridícula y fuera de lugar.

—Y lo estás intentando, Keyla. Eso ya es más de lo que mucha gente se atreve a hacer. —Maggie aprieta el volante, sus nudillos marcando las primeras arrugas de sus manos—. Pero no tienes por qué librar esta batalla sola. No mientras yo vea cómo te vas apagando cada vez que intentas dar un paso.

Este año ha sido duro para todos. Nunca antes me había sincerado tanto con ella, y eso que no le he contado toda mi verdad con lujo de detalles.

Creo que saber el infierno que estaba viviendo la mató por dentro.

Supongo que, cuando no puedes proteger aquello que más quieres, la culpabilidad llega a tu vida con las maletas llenas de mensajes para ti.

Saber cómo habían sido estos años para mí…

Llegamos a casa y el motor se detiene, pero, antes de bajarnos del coche, disfrutamos del silencio de Portland que se cuela por las rendijas unos segundos más, recordándome que mañana será otro día en el que podré encerrarme a leer y solo salir al jardín para jugar con nuestro perro mientras disfrutamos del sol.

—¿Sabes? Hace unos días hablé con mi amiga Eloise, la del colegio. Su hijo Tom pasó por una situación parecida a la tuya. Tuvo algunos baches en el instituto y…, bueno, la situación en su casa también es complicada —dice despacio, midiendo cada palabra, como si tanteara el terreno antes de pisarlo.

Me giro hacia ella, sintiendo una punzada de miedo.

—¿Y…?

—Resulta que hay un lugar muy especial en un pueblecito de Maine llamado Silver Springs.

Está entre las montañas, cerca de unos acantilados, y tiene unas vistas al mar alucinantes.

Sé que no es precisamente cerca, pero he estado echando un vistazo a su programa y tiene muy buena pinta.

Son especialistas en varios tipos de trastornos y tienen muy buenos resultados en trauma

Hace una pausa, como si esperara que yo saliera corriendo del coche.

—¿Quieres mandarme lejos? —pregunto con un hilo de voz.

—No digas eso, cariño. Simplemente quiero que vivas, no que sobrevivas. —Maggie abre la puerta del coche y el aire fresco me araña la nariz—. Anda, vamos dentro. Te he impreso algo para que lo veas con calma mientras preparo la cena.

Tan pronto giramos la llave, una bola marrón peluda viene corriendo hacia nosotras, en especial hacia mí, para placarme como un jugador profesional de fútbol americano. Arlo, nuestro caniche, me lame toda la cara, dándome la bienvenida a casa, el único lugar donde por fin puedo respirar.

Sigo a mi tía por el pasillo, arrastrando los pies hasta la cocina con Arlo en brazos. Allí, sobre la encimera, descansa un folio impreso, algo arrugado por las esquinas.

—¡Aquí está! «Velvet Hollow: centro de sanación en el corazón de Silver Springs» —lee ella en voz alta, intentando sonar animada.

Cojo la hoja y la observo. Al ser una impresión casera, los colores no son muy nítidos, pero se intuye un conjunto de edificios rodeados de árboles y flores.

Hay fotografías pequeñas de personas montando a caballo y compartiendo tiempo alrededor de una hoguera, con termos de té en el centro, quemando nubes de algodón.

Todo parece… distinto. Un lugar fuera del mundo. Y me parece bonito, aunque la idea de pasar tiempo con gente ahora mismo me produce escalofríos.

—No es un hospital —aclara Maggie rápidamente, bajando la voz al ver mi expresión—.

Ni un centro psiquiátrico. No te encontrarás médicos con batas blancas, medicación o habitaciones en las que sentirte encerrada.

Es… acompañamiento especial para ti, Keyla.

Lo que llevamos meses buscando aquí, con la única diferencia de que será terapia que combina lo individual con lo grupal.

Se acerca a la nevera para sacar agua y añade, como quien no quiere la cosa:

—Sé que tienen un establo, así que por fin podrías rodearte de caballos, tu animal favorito. Podrás leer, escribir… Además, he revisado sus menús y tienen opciones para todo, así que no tendrás que preocuparte por el gluten.

Me quedo callada, pasando el dedo por el borde del papel. Por un momento siento que soy un estorbo. Supongo que esto se ha puesto demasiado difícil, que yo soy demasiado difícil. Un caso perdido.

—¿Quieres que me ingresen? —pregunto, levantando la vista.

Maggie deja la botella sobre la mesa y se acerca a mí, mirándome con una intensidad que me desarma.

—Quiero que vuelvas a ser tú. Y si para eso necesitas un lugar donde reconstruirte sin las presiones del mundo real, entonces sí. Quiero que te vayas, pero solo si tú estás dispuesta.

Bajo la mirada, dudando de mí misma.

—¿Y si no me ayuda? —susurro.

—¿Y si sí? —responde ella con ternura—. Presiento cosas buenas para ti allí, pececito.

Levanto la vista, sin la fuerza suficiente para luchar contra su fe en mí, y asiento despacio.

—¿Cómo es exactamente ese sitio? La casa, digo. Aquí apenas se ve.

—Espera, te lo enseño mejor.

Maggie saca su móvil del bolsillo, desbloquea la pantalla y busca algo rápido. Me lo extiende para que vea una foto en alta resolución.

—Según tengo entendido, dependiendo del problema que tengas, vas a una casa u otra. Esta de aquí —dice ampliando la imagen con los dedos— creo que sería la tuya.

En la pantalla, una casa enorme se alza justo al borde del mundo, donde el océano rompe con furia contra los acantilados.

Parece sacada de una postal de otoño. Tiene tejados de madera azul y paredes blancas que le dan un aire acogedor y nostálgico.

A su lado, un faro blanco con franjas vigila las rocas.

La vegetación lo acaricia todo, flores silvestres que se atreven a asomar pese al viento. El cielo en la foto está salpicado de nubes suaves y transmite paz y soledad; ese tipo de emoción inmensa que te dan los lugares en los que el mar siempre está cerca.

—De acuerdo —digo, devolviéndole el móvil con las manos un poco temblorosas—. Puedo… puedo intentarlo.

Maggie junta las palmas y se las lleva al pecho, cerrando los ojos un segundo, y cuando los abre, sonríe de verdad por primera vez en mucho tiempo.