1. Solo un paso más. Keyla Blake
Keyla Blake
Veinte años. Portland, Oregón.
Me llamo Keyla y quiero aprender a vivir.
Después de llevar trece semanas sin ir más allá de mi jardín, hoy me preparo para tomar las riendas de esto a lo que llaman vida.
Tengo un ritual para no desmayarme en el intento.
1. Contar siete respiraciones.
2. Mirarme las palmas de las manos y decir mi nombre en alto.
3. Recordar una frase que me haya funcionado antes.
4. Visualizar el camino cercano a mi casa: tres pasos hasta tomar la esquina de la avenida, treinta pasos hasta la entrada, siete escalones hasta mi habitación.
5. Reconocer que estoy asustada y que cada día tengo una nueva oportunidad.
El problema viene en el paso tres. Nunca sé qué frase elegir porque nunca me ha funcionado ninguna.
Hay pocas cosas que me pongan de peor humor que cuando alguien me dice: «Keyla, estate tranquila, ¿vale?». Me hacen sentir que el poder lo tengo yo y me siento culpable por no saber hacer mejor las cosas.
Son las nueve de la mañana y ya llevo una hora vestida, peinada y con el libro que quiero comprarme apuntado en la lista de la compra, como si fuera un paquete de arroz.
Me hago un semirrecogido sujeto por un lazo con detalles florales en mi pelo anaranjado, que cae en ondas hasta la cintura, y me pongo mi armadura favorita: un top verde con escote corazón, una falda de seda color hueso y unos zapatos de tacón bajo.
Sé que la elección de los tacones es estúpida, que su sonido contra el suelo hará que no pase tan desapercibida como me gustaría, pero hoy no quiero ser la chica que se esconde bajo esos jerséis dos tallas más grandes que ella.
Hoy necesito vestir como en realidad me gusta.
Me miro al espejo y finjo mi mejor sonrisa para engañar al cerebro porque lo vi recomendado en un programa de televisión.
La piel bronceada por las horas leyendo en el jardín, las pecas salpicadas en la nariz y los labios demasiado carnosos me devuelven la mirada.
No salgo de casa más que para lo básico, pero al menos tenemos piscina, y eso deja un rastro de verano en mi reflejo.
Sonrío, esta vez de verdad, casi a mi pesar, porque estos colores me hacen sentir un poco más yo. No me visto así por estética: lo hago porque necesito que, al menos por fuera, parezca que tengo algo bajo control. Si me veo bien, me siento más valiente, aunque sé que eso no significa que lo sea.
El coche gris que me regaló el tío Will por mi cumpleaños sigue oliendo a canela, mi olor favorito, aunque lleve meses encerrado en el garaje.
Cierro los ojos un segundo y me repito que no voy a pensar en él ahora, pero lo echo de menos.
Me he propuesto vivir pensando en una cosa cada vez, y lo que me toca para hoy es lograr salir de casa y volver con ese libro en las manos.
Hoy no llueve, lo que quiere decir que nada —absolutamente nada— puede salir mal.
He repasado el plan tantas veces que podría dibujarlo incluso con los ojos cerrados: la ruta más corta hasta la librería, las calles en las que menos gente y ruido de coches hay y mi playlist comfort zone para emergencias.
También la frase que repetiré si me encuentro con alguien: «Solo vengo a por un libro» o «No soy Keyla, me has confundido, soy su hermana gemela, siento decepcionarte».
Salir de casa me agota antes incluso de girar la llave, por eso necesito tenerlo todo bajo control, pero la ansiedad no entiende de listas y mucho menos de rutinas.
Estoy llegando a la puerta marrón acristalada por los laterales.
Sí, la puerta de casa que suele protegerme del mundo que me espera fuera.
Con las llaves en la mano y el bolso en la otra, cierro los ojos y escucho atentamente el latido de mi corazón: tuc, tuc, tuc, tuc, que late como si acabase de correr un maratón.
Espero que algún día podamos hacer las paces y ser amigos.
Hoy salgo a por algo que realmente quiero y esa es mi mayor motivación. Las lágrimas que lloran bajo la lluvia , de Celine Crafort, disponible el viernes 13 en todas las librerías. La verdad, parece un chiste.
Los libros siempre han sido mi lugar seguro, mi refugio más antiguo. Cuando el mundo aprieta demasiado, abro una página y desaparezco. Así: chas. Sin máquinas del tiempo ni tecnología: solo mi sofá, mi chocolate caliente y la nueva vida que viviré las próximas horas.
Crafort es mi autora favorita, la única que parece escribir dejándose los pulmones, el estómago y las tripas en el papel. Todo lo que yo no soy capaz de decir en voz alta, lo dice ella por mí. Parece leerme por dentro, dejarme escrita, y precisamente ahí es donde sucede la magia de la literatura.
Quiero ese libro, quiero tenerlo en mis manos, en mi estantería, en el mueble de mi habitación. Quiero ver la pegatina: «el drama del año» brillando como una promesa en la portada.
Así que sí: creo que ya tengo suficiente gasolina.
El sonido de la puerta al cerrarse me indica que el juego ha comenzado y que tengo una misión. Si lo consigo, podré tacharlo de la lista de metas a corto plazo que escribo todas las semanas en mi cuaderno. Si no, ya veremos.
El aire me golpea en la cara como una señal de que comienza mi primer reto. Empiezo a escuchar el ruido y doy el primer paso. El tráfico se alza ante mí, como si fuese una montaña que tengo que escalar para llegar a la cima: Books & Blooms. Mi lugar favorito, mi librería de confianza.
Los pasos de los peatones y los gritos de los niños ponen banda sonora a mi cabeza. Procedo a ponerme mis auriculares color azul bebé mientras me coloco los pelos sueltos que se pelean con el viento y se pegan al gloss .
Ay, madre.
Llevo semanas sin conducir, entre que se acabaron las clases y yo empecé a faltar a ellas, pero hoy me he levantado valiente. Es mejor eso que subirme a un autobús lleno de gente tosiendo, hablando por teléfono o intentando evitar que su hijo pegue un moco debajo de mi asiento.
Conduzco hasta el centro comercial con los nudillos blancos sobre el volante y la música lo bastante alta como para que tape mis pensamientos. Rezo por encontrar un aparcamiento que esté lo suficientemente cerca de la entrada, pero lo bastante vacío de coches para poder aparcar tranquila.
Bingo. Hoy es mi día de suerte.
Me miro en el retrovisor y hago unas respiraciones. Mis ojos marrones me devuelven la mirada mientras me digo a mí misma: «Solo un paso más. Solo un pasito a la vez».
Salgo del coche, decidida, intentando que el miedo no me haga dar la vuelta. Guardo las llaves en el bolso y camino directa hacia la entrada.
Los primeros pasos son un triunfo, pero conforme más me acerco, mi pulso va en crescendo . El suelo se inclina ante mí, como si estuviera dentro de unas arenas movedizas, mientras mis manos se van humedeciendo.
El olor a perfume de señora mezclado con el de palomitas dulces empieza a darme náuseas.
Los ruidos van multiplicándose mientras voy sumando pasos.
El eco de mis pisadas resuena a medida que voy llegando a la librería.
Las conversaciones ajenas son como mensajes de alerta en mi piel, avisándome de que tenga cuidado.
Esa piel que tiene memoria, pero que a veces no distingue lo que recuerda.
La librería está ahí, al fondo. Ya puedo verla: parece sacada de un cuento.
Es preciosa. Tiene unas ramas curvas de cerezo en plena floración alrededor del cartel, con unos farolillos antiguos colgando entre las hojas.
La fachada es de madera oscura y el escaparate de cristal está rebosante de libros.
El exterior tiene un pequeño altar literario: mesas de madera envejecida con pilas de libros perfectamente alineados, algunos con títulos brillantes, otros con las ediciones especiales de mis sueños.
Detrás de los cristales se pueden intuir un sinfín de estanterías que construyen algo parecido a un laberinto, solo con mirarlas te invitan a perderte allí, a convertirte en otra persona.
Empiezo a sentir esa sensación de lo imperceptible, como un cosquilleo que conozco bien. Se instala en mí esa opresión en el pecho mientras noto cómo se van durmiendo mis brazos. Así es como comienza cada una de las veces.
Pienso en el rosa, mi color favorito. Pienso en el olor a comida los domingos a mediodía que inunda toda la casa. Pienso en la sensación de meterme dentro de la cama cuando hace mucho frío.
Pero nada de eso funciona.
Vuelvo a intentar lo de siempre: una, dos, tres veces, pero no entra. El aire se me atasca a medio camino, como si mis pulmones hubieran decidido cerrarle la puerta. Me llevo la mano al pecho para intentar relajar mi corazón, que parece que no sabe cómo funcionar.
Mi universo se empieza a reducir en el trayecto y decido que es el momento de llamar a mi tía, pero el mundo se me va apagando por el rabillo del ojo. Al fondo veo un letrero luminoso con el símbolo de un carrito de bebés. Está cerca, puedo llegar. Sé que puedo, pero dudo de si será hoy.
Haciéndome amiga de la pared voy hasta el baño. Me encierro en el primer cubículo que veo y me dejo caer al suelo, jadeando como si llevara días sin beber. Tengo la boca seca, las mejillas empapadas y la presión arterial por las nubes.
Agarro el teléfono y marco el número que conozco tan bien sin mirar el teclado. Empiezo a sentir calor.
—Keyla, ¿todo bien, cariño? —Escucho su voz al otro lado del teléfono, como un salvavidas.
No.
Nada va bien.
—Tía Ma… —digo sin fuerzas—. No puedo… —jadeo—. Estoy en el centro comercial…, en el baño que está cerca de la librería.
No digo nada más porque no hace falta. Ella sabe dónde encontrarme. Ojalá fuera la primera vez que me pasa.
En menos de diez minutos su coche ya está aparcado en doble fila y ya ha llegado corriendo al baño. Escucho unos pasos que se aproximan a gran velocidad. Me encuentra hecha un ovillo en el suelo, con los brazos apretados al pecho.
—Estás empapada, cariño —me dice mientras se sienta a mi lado, secándome con un poco de papel.