Breathe Out (Silver Springs 1) Prólogo. Keyla Blake
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Breathe Out (Silver Springs 1)

Breathe Out (Silver Springs 1)

Por Alexandra Monet

© inepub.com

Prólogo. Keyla Blake

Prólogo

Keyla Blake

Cinco años. Colorado.

—Sssh. Keyla, no hagas ruido, ¿vale?

Mami empezó a darme besos para tranquilizarme mientras yo abrazaba a mi peluche favorito: Estrellita.

Temblando como un flan, mi cuerpo se estaba preparando para jugar a alguno de los juegos de papá.

Ella solía decirme que este era parecido al escondite, pero su voz no sonaba divertida, así que me sentía confundida.

No me gustaba hablar cuando papá estaba enfadado, y, por los golpes que se escuchaban en el piso de abajo, ese día parecía estarlo. Aunque, a decir verdad…, casi siempre estaba muy gruñón.

Afuera se hizo un silencio absoluto y ella me tapó la boca con las dos manos mientras pegaba la cara a la puerta para escuchar mejor. Su bata olía a cigarrillos y a la colonia que usaba la cajera del supermercado, una señora mayor que siempre me regalaba caramelos de limón.

Mientras me acunaba, empecé a sentirme incómoda debido al frío de los azulejos bajo mi piel. Me dolía el culo de estar sentada y, además, estar quieta durante tanto tiempo hacía que mi cuerpo se pusiera duro como un palito de madera.

Papá nunca solía mostrar un especial interés en mí, salvo cuando quería jugar a algún juego conmigo. El resto de los días solía pasarlo sola, entretenida con las muñecas sucias que me había regalado nuestra vecina Polly.

Muchas tardes, papá no estaba y mamá tenía demasiado sueño para prestarme atención, así que Polly, siempre que podía, me timbraba y venía a buscarme para que fuese a su casa a divertirme con su hijo pequeño, Oliver, que no tenía papá.

Eso le ponía muy triste, así que su mami solía decirle que ella valía por dos y que no le hacía falta uno.

Sabiendo lo que era tener un papá, no entendía por qué Oliver quería uno. Cuando pasaba las tardes con ellos me sentía bastante feliz, pero el mundo se me caía encima cada vez que mamá tocaba la puerta para venir a buscarme.

A través de la puerta escuchábamos sus pasos, su voz sonaba arrastrada por el efecto del alcohol y el ruido de los muebles cayendo a su paso.

—Un, dos, tres: escondite inglés.

La casa se empezó a encoger con nosotras dentro y, aunque no sabía ponerle nombre a lo que sentía porque todavía no me habían enseñado esa palabra, el monstruito que tenía dentro siempre que podía volvía a visitarme.

Antes solía llamar monstruo al animal que vivía en mi pecho. Siempre aparecía cuando menos me lo esperaba: cuando estaba en el cole, cuando cenaba con papá y mamá o cuando me escondía debajo de la cama.

Las pisadas empezaban a escucharse cada vez más lejos y la puerta empezó a emitir un sonido chirriante antes de cerrarse. Nuestra casa era bastante antigua y tanto el suelo como las puertas solían regalarnos diferentes melodías.

—¿Puedo hablar ya? —le susurré a mamá.

Ella no me respondió, pero las lágrimas que bajaban por sus mejillas me hacían saber que algo no iba bien. La piel seca de sus labios cortados se humedecía de ellas mientras me acariciaba el pelo y, con esfuerzo, logró levantarse y abrir el grifo para lavarse la cara.

—No, mi amor, ahora no. Debes irte a dormir y mañana será otro día. Mami te llevará a la cama y te cantará una canción, ¿vale?

Mientras me miraba con los ojos rojos, yo solo podía mirar fijamente cómo el pelo se le pegaba a la frente, como si estuviera cubierto de aceite. Aun así, ella me sonreía y eso me hacía sentir feliz.

—Eres tan bonita —me decía mientras me ponía un mechón de pelo detrás de la oreja—. Tan buena. No dejes que el mundo te rompa, ¿vale? Buscaremos una solución para ti. El mundo te está esperando, pequeña. Solo tienes que aguantar un poco más.

Asentí con la cabeza mientras ella me cogía de la mano y me llevaba a mi habitación: un cuartucho con dibujos en las paredes y una cama pequeñita que no era muy cómoda. Creo que era porque tenía una de sus patas rotas, así que, cuando me tumbaba, solía moverse.

Me encantaba cuando mami me decía cosas bonitas, aunque no era algo que sucediera todos los días.

Una vez lista para dormir, mamá me echó por encima la vieja manta con agujeros pero calentita mientras se acurrucaba a mi lado. En ese momento solo se escuchaba el sonido de su corazón, latiendo por debajo de su jersey verde: pum, pum, pum, pum.

A veces sonaba más despacio y me daba miedo, sentía que se iba a parar para siempre y que ella tendría que viajar al cielo, muy lejos de mí, dejándome sola con papá.

Me habría gustado que alguna vez se quedase a dormir conmigo, aunque en mi habitación hacía mucho frío y tampoco cabíamos las dos. De hecho, mis pies siempre acababan asomándose por fuera del colchón, como si tampoco encontraran sitio donde quedarse.

—¿Sabes, cielito? En el mundo hay sitios donde se puede respirar.

—Pero yo ya respiro, mami. En clase nos explicaron que es porque tenemos dos pulmones, ¿tú no tienes? Yo tengo dos.

—Yo también, cariño, pero hay ciudades donde el aire es un poquito mejor, más limpio. Allí es donde tienes que vivir el resto de tu vida. Un hogar sin gritos, sin lágrimas y sin frío.

—Pero ¿vendrás conmigo?

—Estés donde estés yo siempre estaré contigo —me dijo tragando saliva.

Asentí con la cabeza antes de empezar a acurrucarme. No me gustaba este pijama porque la tela se me pegaba mucho a la piel y, después de jugar con papá, casi siempre me picaban los brazos, por lo que me resultaba todavía más molesto.

A veces me hacía dibujos en ellos sin darse cuenta, pero la mayoría se borraban con el tiempo.

Hoy tenía uno justo encima del codo: una marca redonda, marrón, como si fuese la luna.

Algunas estaban casi del color de mi piel, pero otras se podían ver un poco más.

Parecían hechas con la punta de algo, como si alguien hubiese querido dibujar estrellitas encima de mí.

Una vez le pregunté a mamá cuándo se borrarían del todo y ella se puso a temblar como un trocito de papel con el viento. Mirándome como si estuviese a punto de romperme, me dijo con suavidad:

—Keyla, no debes preguntarle eso a nadie más, ¿me oyes? No debes preocuparte, cariño. Ahora tienes cinco años y eres una chica mayor. Ya se te irán cuando crezcas.

Dejé de mirarla a ella para mirar y tocar con cuidado mis marcas, pero mamá empezó entonces a apretar las manos con fuerza contra su regazo y, por la cara que ponía, parecía que le hiciesen más daño a ella que a mí.