Breathe Out (Silver Springs 1) 2. El último trozo de pizza. Nate Miller
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2. El último trozo de pizza. Nate Miller

Nate Miller

Veintiún años. Maine, Silver Springs.

La casa de Aiden parece sacada de una película. A pesar de llevar viniendo aquí desde que soy un crío, siempre que la veo me parece que ha crecido un poco más. Es un tío que se aburre con facilidad, pero también es la viva imagen del sacrificio, algo que se refleja a la perfección en este lugar.

Piscina climatizada, barra de mármol negro, vistas al mar y una mesa de billar en el jardín. Esto es todo lo que necesito hoy: estar con los dos de siempre y darme un respiro.

De las cámaras.

De mi agente.

De un equipo que no funciona si no doy el cien por cien.

La luz del atardecer tiñe el agua de la piscina, que parece fundirse con el océano del fondo. Me dejo caer en uno de los sofás de la terraza y agarro una cerveza. No suelo beber en temporada, pero hoy no es mañana, así que me lo merezco.

Wyatt y Aiden son mis amigos de la infancia, aunque son un año más mayores que yo. Nos conocimos en la Iron Elite, una academia para jóvenes promesas, cuando tenía tan solo ocho años. Desde entonces no nos hemos separado. Nuestras madres se hicieron amigas y el resto es historia.

Los Celebrini, la familia de Aidy, son… bastante raros, aunque no le gusta hablar mucho de ello.

Cuando éramos niños tenía bastantes limitaciones para pasar tiempo con Wyatt y conmigo, sobre todo cuando se trataba de que él viniese a nuestras casas.

Ahora, sin embargo, él es el rey. Debutó por primera vez en la sub-11 y desde entonces es una estrella del fútbol americano.

Un genio en el campo, y una de las mejores personas que he conocido fuera de él.

Wyatt, por su parte, es jugador de hockey profesional en la NHL.

Y de los buenos. A veces me pregunto cómo demonios habrá llegado tan lejos con la poca seriedad que se gasta el muy cabrón.

Tiene puesta su camiseta de los Stormy Bears mientras sostiene una bolsa de hielo sobre su rodilla.

Así es el hockey, supongo. Gajes del oficio.

Se reclina en el sofá mientras procede a meterse un trozo de pizza pepperoni en la boca.

Wyatt Rourke: pelo negro despeinado, ojos azules como el hielo y una mandíbula cada vez más pronunciada debido a la tensión del hockey. Aiden, por el contrario, tiene el pelo rubio y la piel tostada. Dos polos opuestos, pero igual de insoportables cuando se juntan.

Cuando éramos niños, Aiden era el que más ligaba del grupo, pero siempre le dio igual. Sus ojos verdes siempre han sido para una sola chica.

—¿Otra vez hablando con tu amada, Aiden? —vacila Wyatt con la boca llena.

—Tío, no es mi amada. Al menos no todavía —responde el quarterback colocándose el pelo rubio mientras nos guiña un ojo.

—¿Y tú qué? —dice Wyatt girándose hacia mí—. ¿Ya has llamado a tu representante para mandarlo a la mierda o te va a seguir pasando por encima otra temporada más? Ese tío te tiene cogido por los huevos.

—Déjame en paz, Wyatt. ¿No tienes nada mejor que hacer o qué? —cambio de tema, alzando una ceja.

—Ja, ja. Tú tienes partido, chaval. Es mañana, ¿no?

Aprieto la mandíbula. No quería traer el desastre del equipo a mi cabeza. Hoy no.

—Mañana volamos, así que será en dos días —respondo con frustración, mirando hacia el horizonte, donde las olas rompen contra la costa—. Me pongo malo de pensar en que vamos a hacer el ridículo.

—El Nate que yo conozco es el que lidera, así que ya estás cambiando esa mentalidad, mamonazo —replica Wyatt, estirándose en el sofá.

—Ya, pero es que mi equipo no es un equipo, tío. No han entrenado en todo el puto verano. ¿Lo veis normal? Somos un club de la maldita NCAA y parecen figurantes. No saben qué hacer con el balón.

—Mira, sé que todavía no estás en la NBA —interviene Aiden, poniéndose serio—. Pero eres el capitán de ese barco, así que ahora te toca trabajar duro y tirar del carro hasta tener un pie dentro de lo que viene después. Es tu sueño, Nathie. El de nadie más. Tenlo siempre presente.

Sus palabras se clavan en mi cabeza, porque mi madre siempre se ha encargado de hacerme sentir que, más que un sueño, esto es mi obligación. A veces se me olvida que esto es lo que yo quería y no una deuda que tengo que pagarle a alguien que proyecta sus fracasos en mí.

—No es eso, tíos —miento a medias—. Es que siento mil ojos encima. Cada fallo de esta gente me repercute directamente. Quiero ser el mejor, pero quiero serlo por mis logros individuales, ¿entendéis? Soy la referencia de esta liga, pero ellos no me dejan demostrarlo.

—Tienes alma de líder, Nate, pero tu carácter a veces hace que pierdas los papeles. —Wyatt me mira de reojo—. Llevas siendo así desde que nos conocemos.

—Sé que carácter es algo de lo que voy sobrado, pero se me complica cuando tengo que hacer mi trabajo y el del entrenador —digo, tirando el móvil sobre la mesa—. ¿Os lo podéis creer? No es capaz de ponernos ni un solo vídeo para analizar los fallos. Así no se puede mejorar.

Wyatt suelta una carcajada que no me hace ni pizca de gracia. Este imbécil siempre consigue sacarme de mis casillas. ¿Por qué? Porque me conoce demasiado bien.

—Estás muy sensible últimamente. ¿No se estará enamorando la estrellita del equipo? —dice Wyatt mientras me pellizca la mejilla.

Le aparto la mano de un manotazo.

—Cállate. Sabes que paso de eso. No tengo tiempo para líos.

—No tienes ganas, querrás decir —suelta Aiden, dando un trago a su cerveza—. El otro día me llamó Wendy para decirme que la bloqueaste después de…, bueno, ya sabes. Tío, tienes que dejar de hacer esas cosas. No está bien dejar a la gente así.

—No sabe, no contesta —respondo, cogiendo otro trozo de pizza—. Creo que se piensa que soy un trofeo o algo. Ya sabéis que odio las relaciones de interés.

Estoy harto de este tipo de dinámicas. Si ellas se acercan por quien soy, yo asumo que las reglas del juego están claras. Diversión y punto. Ambos salimos ganando. O eso me digo para no sentirme una mierda.

Wyatt me lanza una mirada más seria de lo habitual.

—Tío…, no todo el mundo te ve como a una marca de ropa. Algún día tendrás que empezar a abrir el círculo —dice, haciendo un gesto exagerado con los brazos.

—La gente que vale la pena no se acerca a mí por este circo. Fin del tema, chavales. —Alzo la botella—. Brindemos por llevar todos estos años celebrando el fin del verano juntos.

Chinchín. Los cristales chocan antes de que nos bebamos la birra de un trago. El silencio se instala un par de minutos. Aiden y Wyatt intercambian una mirada.

—Oye, Nathie…, ¿es por tu padre? —pregunta el jugador de hockey, bajando la voz—. No eres como él, hermano. Tú eres mejor. Eres uno de los buenos.

Me tenso de forma automática. Aun así, nos conocemos tanto que para ellos soy transparente. Nunca conocieron a mi padre, al menos no como mi padre. Pero lógicamente son como hermanos para mí, saben mi historia, aunque también deberían saber lo poco que me gusta hablar de ella.

—Es por todo este mundo —respondo, mirando al cielo que empieza a oscurecerse—. Amo el juego, pero odio lo que lo rodea. Todo es interés. Mentiras. Presión. Así es el éxito, supongo.

Wyatt asiente despacio.

—¿Y cuál es el plan? ¿Tener una vida solitaria para siempre? ¿Vivir bajo las órdenes de tu madre y seguir manteniéndola hasta que las ranas críen pelo? Colega, tiene cincuenta tacos.

—No es tan fácil. —Me pongo la sudadera de los Silver Bears Warriors—. No puedo echarla de casa. Seguiré haciendo lo que mejor sé hacer: jugar y callar bocas. Tragar y seguir adelante.

—Suena sano, sí —dice Wyatt con sarcasmo.

—Suena a Nathaniel Miller —anuncia Aiden con orgullo, poniéndome una mano en el hombro.

La verdad es que ni yo mismo sé cómo sigo funcionando, pero mientras el balón siga entrando en la canasta, supongo que nadie hará demasiadas preguntas. Ni siquiera yo.