Bravío Capítulo 24 — La casa abierta #3
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Capítulo 24 — La casa abierta #3

La primera noche regresó a Las Encinas con Julia y durmió en el cuarto de Isabel.

Abrió las ventanas aunque hacía frío. Sacó de los armarios la ropa vieja de la abuela, encontró cartas, fotografías, servilletas con notas, recibos, pequeñas pruebas de una mujer que había esperado demasiado y aun así había dejado migas suficientes para que otra pudiera seguirlas.

Mateo volvió de Madrid tres días después, con Lola y Alicia.

Maribel quiso venir también, pero dijo que alguien tenía que quedarse vigilando a Trasto, que era claramente el más sensato de todos.

Lola llegó a San Brezo con una mochila, cara de no haber dormido y un enfado que usaba como abrigo.

Cuando Daro le contó la verdad de Julián y Jacinto, no lloró al principio.

Le pidió que se callara. Luego le pidió que siguiera.

Después se encerró en el baño de El Candil durante veinte minutos y salió con los ojos rojos, diciendo que odiaba a todo el mundo y que alguien le pasara una tortilla si pretendían que siguiera viva.

Mateo fue al hospital a ver a Jacinto.

No para pedir perdón por el vaso. No todavía.

Solo para quedarse en la puerta con Clara y decirle que Santiago lo había usado, pero que eso no borraba lo que él hizo.

Clara lo miró mucho rato y al final respondió que en ese pueblo nadie sabía qué hacer con culpas repartidas, así que podían empezar por no mentir más.

Santiago declaró.

Contra su padre.

Contra los médicos.

Contra sí mismo.

No se volvió bueno de repente. No dejó de ser orgulloso, torpe, a ratos demasiado elegante para pedir perdón sin parecer que ensayaba.

Jimena no volvió a confundir su dolor con excusa.

Mateo tampoco. Pero cuando entregó las carpetas y dijo en voz alta que había intentado controlar a Jimena porque confundía amor con posesión y protección con miedo heredado, algo de la cadena se quebró de forma visible.

Más tarde, Santiago pidió hablar con Jimena a solas.

Ella le dijo que no. No con crueldad, pero sí con una claridad que no dejó sitio a la costumbre.

Podía reconocer lo que le habían hecho sin devolverle el lugar que había ocupado en su vida.

Podía escuchar su declaración sin volver a ofrecerle su intimidad como absolución.

Santiago asintió, y esa vez el gesto no pareció elegante: pareció, por fin, pequeño.

Álvaro cayó como caen los hombres acostumbrados a no caer: negando hasta que los papeles hablaron más que él, despreciando hasta que los nombres se acumularon, sonriendo hasta que su propia sonrisa empezó a parecer prueba.

Bruno desapareció unos días.

Luego reapareció a través de abogados, sociedades y amenazas indirectas.

Rafa dijo que a las cucarachas no se las derrota con discursos, sino quitándoles comida, grietas y oscuridad.

Alicia añadió que también con documentación fiscal.

Entre ambos, y con la ayuda inesperada de antiguos hombres del ring que empezaron a hablar después del vídeo de Daro, la red de Bruno dejó de ser invisible.

No desapareció. Pero empezó a costarle más fingir que era solo un empresario con mala fama.

La justicia no llegó como en los libros de infancia.

No llegó limpia.

No llegó entera.

Llegó a trozos, con papeles incompletos, plazos, contradicciones, recursos, declaraciones que dolían y titulares que se equivocaban.

Hubo quien dijo que Jimena Albares había traicionado a su padre.

Hubo quien dijo que Daro Rivas buscaba compensación.

Hubo quien dijo que Rocío hablaba tarde.

Hubo quien dijo que Jacinto era asesino y nada más.

Hubo quien dijo que los viejos papeles de tierras no importaban porque el tiempo lo cura todo, como si el tiempo fuera un juez y no, tantas veces, un cómplice.

Pero también hubo otra cosa.

Los nombres volvieron.

Vargas.

Cruz.

Mora.

Barroso.

Otros.

Aparecieron en escritos, en conversaciones, en fotografías ampliadas, en labios de nietos que ya no sabían pronunciar la historia completa pero podían empezar a preguntar.

La plaza de San Brezo dejó de mirar Las Encinas como se mira una casa ajena e intocable.

Empezó a mirarla como se mira una deuda.

Y Jimena, por primera vez, dejó de defenderla.

La abrió.

No como gesto poético.

Como trabajo.

Habitaciones revisadas. Archivos entregados.

Jornales pendientes comprobados. Contratos leídos.

La ermita inventariada. La nave vieja precintada hasta que los peritos terminaran.

Estrella trasladada temporalmente a las cuadras bajas, porque Jimena se negó a que la yegua siguiera respirando polvo de abogados y guardias.

Una semana después de la declaración de Tomás, Jimena volvió a la ermita de Santa Lucía al amanecer.

Fue sola.

O creyó ir sola.

Encontró a Daro apoyado en el muro exterior, con las manos en los bolsillos y la cara levantada hacia la luz primera.

—Me estás siguiendo —dijo ella.

—Llegué antes.

—Eso no responde.

—No.

Jimena se acercó al muro.

El campo olía a mañana fría, tierra húmeda y hierba. Las Encinas se veía a lo lejos, menos majestuosa con la luz limpia. Más casa. Más problema. Más ruina posible.

Daro miraba la ermita.

—Lola quiere venir mañana.

—¿A la ermita?

—A todo. Dice que si su familia perdió tierra en esta finca, al menos quiere insultarla con conocimiento de causa.

Jimena sonrió.

—Eso suena a Lola.

—También ha dicho que tú le caes regular.

—Eso es mejor que mal.

—En su idioma, casi una declaración de amor.

Se quedaron en silencio.

La luz crecía despacio sobre los olivos.

Jimena apoyó los brazos en el muro.

—¿Cómo está Jacinto?

Daro tardó en responder.

—Vivo.

—¿Y tú?

Él soltó una risa baja.

—Vivo.

—No era la misma pregunta.

—Lo sé.

No dijo más enseguida.

Jimena no lo apuró.

Daro miró hacia la casa.