Capítulo 24 — La casa abierta #4
—Ayer Clara me pidió que fuera otra vez al hospital. Jacinto quería contarme algo de Julián. Una tontería. Que cantaba fatal. Que una vez se cayó a una alberca intentando impresionar a una chica. Cosas así.
Jimena sonrió con tristeza.
—Eso no es una tontería.
—No.
Daro respiró hondo.
—Me di cuenta de que yo había venido buscando la forma en que murió. Y ahora estoy empezando a encontrar pedazos de cómo vivió.
Jimena notó que la frase le cerraba la garganta.
—Eso es bueno.
—Sí. Y duele como si no lo fuera.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Él la observó en silencio.
—Cada vez hablas más como alguien que se ha acostumbrado a que todo duela por dos lados.
—He tenido buena escuela.
Daro bajó la vista.
—¿Tomás?
Jimena miró la casa.
—Está en Las Encinas. En una habitación de invitados. Mamá no quiere que se vaya todavía porque hay documentos que solo él sabe ubicar. Tampoco quiere que vuelva a su cuarto. Dice que una cosa es colaborar y otra restaurar la monarquía.
Daro casi sonrió.
—Rocío da miedo.
—Sí.
—Bien.
Jimena no discutió.
—Sí.
La palabra quedó entre ellos.
Luego Daro dijo:
—No sé qué somos.
Jimena apretó los párpados un instante.
Lo había esperado.
También lo temía.
—Yo tampoco.
—Hay días en que te miro y veo todo lo que se abrió gracias a ti.
Ella no respondió.
—Y hay días en que veo Las Encinas.
La frase dolió.
No porque fuera injusta.
Porque no lo era.
—Lo entiendo.
—No quiero que lo entiendas demasiado rápido. A veces me cabrea.
Jimena sostuvo los ojos en él.
—¿Que lo entienda?
—Que no me lo discutas.
Ella soltó una risa triste.
—Puedo discutírtelo si te ayuda.
—No.
Daro apoyó la espalda contra el muro.
—También hay días en que pienso que, si me alejo, le doy otra victoria a toda esta mierda.
A Jimena le pareció que el corazón se le movía.
—No quiero que te quedes por desafiar a muertos.
—No.
Él no apartó los ojos de ella.
—Si me quedo cerca, no va a ser por Julián. Ni por tu padre. Ni por demostrarle nada a nadie.
—¿Y por qué sería?
Daro tardó.
No porque no supiera.
Porque decir algo limpio en medio de tanta suciedad exigía cuidado.
—Porque cuando todo empezó a caerse, tú no soltaste la llave.
Jimena evitó sus ojos.
El bolsillo donde la había llevado tantos días estaba vacío ahora. La llave de Jacinto estaba registrada, guardada, convertida en prueba. Ya no le pertenecía. Quizá nunca le perteneció.
—Tenía miedo —dijo.
—Ya.
—Mucho.
—Ya.
—Todavía.
Daro asintió.
—Yo también.
Jimena lo observó un instante.
La confesión fue pequeña.
En otro mundo habría pasado desapercibida.
En el suyo, era enorme.
Daro acortó la distancia.
No demasiado.
Lo justo para que el aire entre ambos cambiara.
—No puedo prometerte que no vaya a doler.
Jimena le sostuvo los ojos.
—No te lo pediría.
—No puedo prometerte que no necesite irme algunos días.
—Lo sé.
—Ni que no odie tu apellido a ratos.
Jimena sintió la punzada.
Respiró.
—Lo sé.
Daro levantó una mano y le tocó la mejilla, como en la calle de El Candil, pero esta vez no la retiró enseguida.
—Pero puedo prometer que si me voy, no será para castigarme en un ring. Ni para desaparecer sin decirlo. Ni para dejar que Bruno, Álvaro o Tomás decidan qué parte de mí habla.
Jimena respiró hondo un instante.
Cuando los abrió, él seguía allí.
—Eso sí puedes prometerlo.
—Sí.
—Entonces yo puedo prometer que no voy a intentar convertir Las Encinas en algo perdonable para que me quieras mejor.
Daro respiró.
La frase le entró.
—Bien.
—Y que no voy a pedirte que me mires sin historia.
—Eso sería imposible.
—Lo sé.
—Pero puedo mirarte con toda.
Jimena tuvo la impresión de que algo se le quebraba y se le asentaba al mismo tiempo.
—Eso suena difícil.
—Lo es.
—¿Y quieres?
Daro la miró como si la pregunta fuera absurda y necesaria.
—Sí.
No hubo música.
No hubo campanas.
No hubo una casa ardiendo al fondo ni una promesa de futuro limpio.
Solo el amanecer subiendo sobre los olivos, una ermita donde una mujer escondió una cinta, una finca herida, un pueblo despertando con papeles en las manos y dos personas que no podían borrar lo que había entre sus apellidos, pero tampoco negar lo que había ocurrido entre sus cuerpos mientras buscaban la verdad.
Jimena se acercó.
Daro esperó.
Se besaron junto al muro de Santa Lucía.
No fue un beso que arreglara nada.
Fue mejor.
Fue un beso que no fingía.
Cuando se separaron, Daro apoyó la frente contra la suya.
—Lola va a decir que era cuestión de tiempo y que somos idiotas.
Jimena sonrió.
—Tiene razón.
—En las dos cosas.
—Sí.
Él soltó una risa baja.
Real.
Breve.
Viva.
Desde Las Encinas llegó el relincho de Estrella.
Jimena miró hacia la finca.
Esta vez, no entendió que la casa la llamara para obedecer.
La llamaba porque estaba abierta.
Porque había trabajo.
Porque había heridas.
Porque algunas tierras, cuando se abren, no solo enseñan huesos.
También dejan pasar aire.
Daro se colocó a su lado.
No delante.
No detrás.
A su lado.
Y juntos miraron Las Encinas bajo el sol nuevo, no como una herencia limpia ni como una condena cerrada, sino como algo más difícil y más verdadero:
una tierra con nombres,
una casa sin derecho al silencio,
y una historia que, al fin, ya no pertenecía solo a quienes la habían escrito.