Capítulo 24 — La casa abierta #2
Esta vez, lo que había en sus ojos no era solo dolor.
Era algo más frío.
Más adulto.
—No era inútil. Era mío.
Álvaro abrió la boca.
Santiago no lo dejó.
—Me quitaste incluso la posibilidad de recordar mal por mi cuenta.
La frase rompió algo.
No en Álvaro.
En Santiago.
Jimena lo vio. Daro también. No se dobló. No lloró. No gritó. Pero algo en él se separó definitivamente del hombre que tenía delante.
Álvaro se acercó un paso.
—Santiago.
—No.
Una palabra.
La misma.
Pero ya no era la negativa de un hijo aprendiendo a pronunciarla.
Era una puerta cerrada.
Santiago recogió las carpetas.
—Esto se entrega.
—No vas a entregar expedientes médicos privados.
—Son míos.
—También contienen nombres de profesionales, pagos, tratamientos…
—Pruebas de que me moldeaste como pieza de un encubrimiento.
Álvaro endureció la voz.
—No saldrás de esta casa con eso.
Daro se colocó junto a Santiago.
—Sí sale.
Álvaro miró a Jimena.
—¿Y tú? ¿También vas a defenderlo ahora? ¿Al prometido que te vigiló, que usó a tu hermano, que quiso devolverte a una vida arreglada por otros?
Jimena no apartó la mirada.
—No lo defiendo de lo que hizo.
Miró a Santiago.
—Eso tendrá que responderlo él.
Volvió a mirar a Álvaro.
—Lo defiendo de ti.
Santiago apretó los párpados un segundo.
Álvaro soltó una risa amarga.
—Qué nobleza tan selectiva. Todos queréis salvaros diferenciando heridas. Esta cuenta, esta no. Este daño viene de antes, este no. Esta culpa es propia, esta heredada. Al final descubriréis que nadie sale limpio.
Daro respondió:
—Ya lo sabemos.
Álvaro levantó apenas las cejas.
Daro avanzó hacia él.
—Esa es la diferencia. Tú sigues creyendo que si todos están sucios, nadie puede señalarte. Pero algunos estamos dejando de pedir limpieza para empezar a pedir cuentas.
Álvaro no contestó.
No enseguida.
El móvil de Rafa sonó.
Alicia.
—Tenéis coches entrando por la finca —dijo desde el altavoz—. No sé si son policía, abogados o más ricos cabreados, pero no os quedéis ahí admirando la decoración.
Álvaro sonrió.
—Por fin algo de sensatez.
Rafa se acercó a la ventana.
—Son Guardia Civil.
Jimena sintió una sacudida.
—¿Medina?
Alicia respondió:
—Medina llegó a Cáceres. Declaró lo suficiente para que alguien serio moviera el culo. Andrés también ha llamado. Tomás está declarando en el hospital con Jacinto despierto. Clara está allí. Rocío también. Se está abriendo todo a la vez.
Álvaro quedó inmóvil.
Por una vez aquella noche, su casa no le respondió.
No pudo ordenar las luces.
No pudo cerrar la verja antes de que el mundo entrara.
Santiago recogió las carpetas contra el pecho.
Álvaro lo evaluó con desprecio tranquilo.
—Todavía puedes quedarte.
La frase sonó distinta.
Pequeña.
No suplicante.
Álvaro no suplicaba.
Pero sí humana, por primera vez en la noche.
Santiago lo vio también.
Eso lo hizo más duro.
—No —dijo.
Álvaro tardó un segundo en hablar.
—No vas a saber quién eres sin odiarme.
Santiago sostuvo las carpetas.
—Entonces empezaré por ahí.
No añadió nada.
Salió del despacho.
Jimena, Daro y Rafa fueron detrás.
Álvaro no intentó detenerlos.
En el vestíbulo, dos agentes entraban acompañados de un hombre de paisano.
No venían con teatralidad. No hubo esposas inmediatas ni frase de película.
Solo nombres, preguntas, documentos, la voz de Rafa explicando poco y la de Alicia al teléfono explicando demasiado rápido.
Álvaro apareció en el marco del despacho con la copa otra vez en la mano, como si hubiese decidido que, si el mundo entraba en su casa, al menos lo encontraría con un gesto digno.
Jimena no se quedó a verlo.
Santiago tampoco.
Eso fue lo que más daño le hizo a Álvaro, aunque nadie lo dijo.
Que su hijo no mirara la escena.
Que su salida no fuera venganza, sino abandono.
Cuando cruzaron la verja con las carpetas en el coche, Santiago respiró como si hubiera estado bajo tierra.
No lloró.
No habló.
Solo apoyó la cabeza contra el cristal y apretó los párpados.
Daro condujo.
Jimena iba a su lado.
Rafa, detrás, hablaba con Alicia en voz baja.
—Hospital —dijo Santiago de pronto.
Daro lo miró por el retrovisor.
—¿Seguro?
—No quiero esconderme en otra casa.
Nadie discutió.
Fueron al hospital.
El edificio estaba iluminado con una frialdad que no se parecía a ninguna casa.
Allí los secretos olían a desinfectante, café de máquina y plástico.
En la sala de espera, Rocío estaba sentada junto a Clara.
Doña Amparo hablaba con Andrés en voz baja.
Tomás estaba de pie junto a una ventana, con los hombros caídos, mirando la noche del aparcamiento.
Al ver entrar a Jimena, no se movió. No quiso reclamar ese primer gesto.
Rocío sí.
Se levantó y abrazó a su hija.
—¿Estás bien?
Jimena dejó caer los párpados contra el hombro de su madre.
—No del todo.
—Bien.
Jimena casi sonrió.
—¿Bien?
—Ya no me creo a nadie que diga que está bien.
Santiago apareció detrás con las carpetas.
Rocío sostuvo la vista con una calma frágil.
No le preguntó.
Solo entendió.
—¿Son…?
Él asintió.
—Lo que me hicieron olvidar.
Rocío apretó los párpados un instante.
—Lo siento.
Santiago miró al suelo.
—Usted no.
Rocío sostuvo su rostro con una severidad dulce.
—No decidas tú qué parte siente una mujer que vio a un niño romperse y no supo salvarlo.
Santiago no tuvo respuesta.
Tomás se acercó despacio.
Miró las carpetas.
Luego a Santiago.
—No lo sabía.
Santiago soltó una risa breve.
—Esa frase se está quedando sin sitio.
Tomás bajó la cabeza.
—Sí.
No añadió nada más.
Eso fue, quizá, lo único correcto.
Clara se levantó.
Tenía los ojos hinchados y la cara de alguien que había llorado tanto que ya no le quedaba expresión para protegerse.
—Mi padre quiere ver a Daro.
Daro se quedó donde estaba.
Jimena notó que el aire cambiaba.
—No tienes que hacerlo —dijo ella.
Él no la miró.
Miró la puerta del pasillo.
—Sí.
—Daro.
—No porque se lo deba.
Respiró.
—Porque si no entro, me lo voy a imaginar toda la vida.
Clara lo miró.
—Ha dicho que no quiere que le perdones.
Daro soltó aire.
—Bien.
—Ha dicho que quiere decirlo antes de que otros lo digan por él.
Daro asintió.
—Eso sí.
Entró solo.
Jimena se quedó fuera con Rocío, Santiago, Tomás, Rafa, Clara y doña Amparo.
Nadie se sentó. Nadie hablaba. A través de la puerta cerrada no llegaban palabras, solo un murmullo bajo, pausas, un sonido que quizá era llanto o quizá respiración asistida.
Jimena miró a Tomás. Él no apartaba los ojos del suelo.
—¿Le dijiste? —preguntó.
Tomás asintió.
—Que no fue él solo.
—¿Y?
Tomás respiró por la nariz.
—Me dijo que eso era peor.
A Jimena le pareció que sí.
Que probablemente lo era.
La puerta se abrió quince minutos después.
Daro salió.
No parecía más tranquilo.
No parecía destruido.
Parecía alguien que había entrado con una rabia y salido con otra cosa que todavía no sabía dónde poner.
Clara se levantó.
—¿Está…?
—Vivo —dijo Daro.
Ella asintió.
—¿Qué te ha dicho?
Daro no apartó la mirada de ella.
No quiso repetirlo todo.
Eso también fue respeto.
—Que disparó. Que Álvaro le habló antes. Que pensó en ti. Que fue cobarde. Que cuando vio a mi tío respirar quiso decirlo, pero Tomás le ordenó irse y él obedeció porque obedecer era lo único que sabía hacer sin morirse de miedo.
Clara lloró en silencio.
Daro tragó con esfuerzo.
—Y que Julián le dijo antes de salir que nadie conserva una finca si para eso tiene que matar lo que queda de uno.
Tomás se sentó.
Como si la frase lo hubiera golpeado en las piernas.
Rocío se cubrió la boca.
Jimena tuvo la impresión de que Julián, por fin, estaba en una habitación con todos ellos y ya no como cadáver.
Como voz.
Daro miró a Clara.
—No lo perdono.
Ella asintió con fuerza.
—Vale.
—Pero no voy a dejar que cargue solo.
Clara se rompió.
Doña Amparo la sostuvo.
Daro dio un paso atrás.
Jimena se acercó a él, pero se detuvo antes de tocarlo.
Él mantuvo la vista en ella.
—Ahora sí.
Ella entendió.
Lo abrazó.
No fue un abrazo hermoso.
Fue torpe, duro, con demasiada gente alrededor y demasiados muertos dentro. Daro tardó un segundo en responder. Luego la rodeó con los brazos y apoyó la frente contra su hombro.
Jimena sintió cómo temblaba.
No lo sostuvo para salvarlo.
Lo sostuvo porque estaba allí.
Porque él se lo había pedido sin palabras suficientes.
Porque a veces quedarse cerca era lo único que no sonaba a mentira.
Aquella noche no terminó.
Se deshizo en llamadas, declaraciones, copias, médicos, firmas y amaneceres parciales.
Medina entregó la copia original de la cinta y señaló a los profesionales que habían cubierto informes.
Andrés formalizó las primeras declaraciones y pidió medidas urgentes sobre la finca y la documentación hallada.
La Guardia Civil, esta vez desde fuera del círculo de Medina, abrió diligencias.
Álvaro de la Vega no durmió en su casa. Tampoco fue todavía una caída completa.
Las caídas de los hombres como él eran lentas, llenas de abogados, llamadas y puertas que aún intentaban abrirse desde dentro.
Pero ya no estaba solo con la versión.
Eso, en San Brezo, bastó para que al amanecer nadie hablara de rumores.
Hablaban de declaraciones.
De cintas.
De tierras.
De nombres.
En los días siguientes, Las Encinas dejó de ser intocable.
No cayó de golpe. Las casas grandes rara vez dan esa satisfacción.
Quedó intervenida, discutida, rodeada de reclamaciones, abogados, peritos y familias que empezaron a sacar papeles de cajas de zapatos.
Parte de la finca quedó bloqueada. Parte fue señalada como objeto de revisión histórica.
Parte tendría que venderse para pagar deudas que ya no podían esconderse.
Tomás dejó la administración. No por nobleza, sino porque nadie sensato habría vuelto a dejarle las llaves de una casa que había confundido propiedad con impunidad.
Rocío no volvió al dormitorio principal.