Bravío Capítulo 23 — La declaración de Tomás Albares #2
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Capítulo 23 — La declaración de Tomás Albares #2

—Julián encontró documentos que probaban irregularidades en la incorporación de tierras a Las Encinas.

Tierras de familias de San Brezo. Vargas, Cruz, Mora, Barroso y probablemente otras.

No puedo afirmar ahora mismo todo el alcance, pero sí que hubo firmas obtenidas con abuso, deuda, engaño o presión.

Yo lo sabía. No todo, pero lo suficiente para saber que no quería mirarlo.

Puri bajó la vista a sus manos.

Un hombre mayor, sentado junto a la puerta, se santiguó.

Tomás continuó:

—Julián me advirtió de que había copias. Me dijo que aquello debía saberse. Yo lo amenacé con consecuencias laborales. Álvaro de la Vega intervino. Él entendió antes que yo el peligro que suponía Julián. No solo para mí. También para él.

Santiago no parpadeaba.

—La mañana de la montería, Álvaro habló con Jacinto.

Yo no escuché toda la conversación. Después comprendí lo suficiente.

Le hizo creer que Julián iba a entregar documentos que destruirían la finca y que todos los trabajadores perderían su sustento.

Jacinto llevaba años dependiendo de Las Encinas.

Su hija también dependía de ese sueldo. Álvaro usó eso.

Clara respiró hondo.

Tomás la miró un instante.

No pidió perdón.

Siguió, que era más difícil.

—Jacinto cogió un arma. No sé si pretendía disparar a Julián o asustarlo.

La cinta y lo que después dijo indican que quiso asustarlo.

El disparo hirió a Julián. Santiago de la Vega, que entonces tenía quince años, disparó al aire o en dirección distinta.

Durante años permitimos que se instalara la confusión de que Santiago había disparado a Julián.

Esa confusión protegía a Jacinto, pero sobre todo nos protegía a nosotros.

Santiago bajó la cabeza.

Tomás lo observó como si evaluara una falta.

—Álvaro utilizó a su hijo como coartada emocional. Yo lo permití porque me convenía. Porque si el relato era el de un menor asustado en una montería, nadie miraría las tierras, los papeles ni las amenazas previas.

Daro cerró los puños.

Jimena vio los nudillos blancos.

Tomás siguió:

—Julián llegó vivo a la casa.

Rocío respiró hondo antes de volver a abrirlos.

—Mi mujer lo vio. Pidió un médico. Yo también dije que había que llamar.

Su voz se quebró.

No buscó consuelo.

—Lo dije. Pero no lo sostuve. Álvaro dijo que si Julián seguía vivo, hablaría. Dijo que no llamaran al médico todavía. Medina llegó. Se le presionó para alterar el informe. Se movió a Julián. Se retrasó la asistencia. Y Julián murió.

Daro dio un paso atrás.

Como si necesitara más espacio para no ir hacia Tomás.

Clara lloraba sin ruido.

Rocío abrió los ojos y miró a Tomás.

No había sorpresa.

Solo la confirmación dicha por fin sin paredes.

Tomás continuó:

—Yo no disparé. Eso es cierto. Y durante años me agarré a esa verdad pequeña para no mirar la grande: que pude intentar salvarlo y elegí salvar Las Encinas.

Elegí salvar mi nombre. Elegí salvar una versión de mi familia.

Después permití que Rocío fuera tratada como una mujer nerviosa.

Permití que Jacinto cargara con una culpa en silencio.

Permití que Santiago fuera moldeado por su padre.

Permití que Daro Rivas creciera con una mentira sobre su tío.

Permití que mi hija viviera en una casa donde la obediencia se confundía con protección.

Jimena sintió la frase como un golpe lento.

No porque la limpiara.

Porque la nombraba.

Tomás levantó la vista hacia ella.

—Y permití que Mateo fuera usado porque me resultaba más fácil verlo como un hijo débil que preguntarme quién lo estaba rodeando.

La mención de Mateo cayó con un dolor distinto.

Jimena pensó en su hermano en casa de Maribel, con una manta, una ceja abierta y una culpa que no le pertenecía entera.

—Esto no lo digo para reducir mi responsabilidad —dijo Tomás—. Lo digo porque durante quince años reduje todo. Reducí una muerte a accidente. Una amenaza a discusión. Una finca robada a herencia. Una esposa a nervios. Una hija a deber. Un hijo a estorbo. Un muerto a problema.

Nadie respiró bien.

Tomás notó la garganta seca.

—No sé cómo se repara algo así.

Miró a Daro.

—No sé si se repara.

Daro apretó la mandíbula y no contestó.

Tomás aceptó ese silencio.

—Pero declaro que Álvaro de la Vega ordenó no llamar al médico mientras Julián Rivas seguía vivo.

Declaro que Medina alteró el informe bajo presión y beneficio.

Declaro que yo participé en el encubrimiento, permití la falsificación de los hechos y oculté documentos patrimoniales relativos a Las Encinas.

Declaro que cualquier cesión, venta, refinanciación o transmisión de la finca debe considerarse afectada por reclamaciones históricas y por documentación que oculté deliberadamente.

Andrés, el abogado, levantó la mirada.

Aquello sí tenía peso jurídico.

Alicia, desde el portátil, murmuró:

—Bien. Eso sí. Sigue, viejo miserable.

Nadie la corrigió.

Tomás no parecía haberla oído.

O sí.

Siguió:

—Declaro también que mi firma en cualquier documento preparado hoy por Álvaro de la Vega o sus representantes no debe considerarse libre, informada ni suficiente, porque se intentó obtener bajo presión y con ocultación de hechos relevantes.

Andrés escribió algo deprisa.

Rafa soltó aire.

Jimena miró a Rocío.

Su madre estaba llorando.

No mucho.

Pero lloraba.

No por Tomás.

O no solo.

Quizá por la versión de sí misma que había necesitado escuchar aquello quince años antes.

Tomás bajó la cabeza.

—Y declaro que Rocío Albares dijo la verdad cuando afirmó que Julián Rivas respiraba.

El bar entero pareció inclinarse hacia ella.

Rocío se cubrió la boca.

Tomás la observó con una paciencia que no tenía nada de ternura.

—La dijiste desde el principio. Y yo hice que pareciera una debilidad.

Rocío cerró los párpados un momento.

Durante años había cargado con esa frase invisible: yo lo vi respirar.

La había repetido en habitaciones donde nadie quería oírla.

La había callado en comidas, en noches, en la crianza de sus hijos, en su propio cuerpo.

Ahora Tomás la decía delante de otros. No se la devolvía limpia. Pero la sacaba de la jaula.

—Termine —dijo Rocío.

La voz le salió temblorosa.

No blanda.

Tomás asintió.

—No tengo nada más que añadir en este momento.

Andrés detuvo la grabadora.

Nadie se atrevió a romper aquello.

El Candil estaba lleno de gente, pero el silencio tenía la densidad de una iglesia después de una mala noticia.

Luego Clara se levantó.

Todos la miraron.

Se acercó a Tomás despacio, como si cada paso pudiera cambiar de intención antes de llegar. Él no se movió. No levantó las manos. No pidió calma. No pidió perdón.

Clara se detuvo frente a él.

—Mi padre tendrá que decir lo suyo.

Tomás asintió.

—Sí.

—Y si no puede, lo diré yo con lo que haya.

—Sí.

—Pero usted va a venir al hospital.

Jimena contuvo la respiración.

Daro también.

Tomás levantó la vista.

—Si quieres.

Clara apretó la mandíbula.

—No quiero. Tiene que venir.

Tomás asintió de nuevo.

—Iré.

—Y le va a decir a mi padre que no fue él solo.

La voz se le rompió al final.

—Porque si se muere creyendo que fue él solo, yo quemo Las Encinas con mis manos.

Nadie dijo que no.

Ni siquiera Tomás.

—Se lo diré —respondió.

Clara lo miró con una rabia que no buscaba aliviarse.

—No se lo diga bonito.

—No.

—No le quite la culpa.

—No.

—Pero no le deje cargar con la de ustedes.

Tomás dejó caer los párpados.

—No.

Clara se apartó.

Daro salió del bar.

No bruscamente.

No dando un portazo.

Solo salió.

Jimena lo siguió con la mirada, pero no se movió enseguida. Miró a Rocío. A Tomás. A Santiago. A Clara. A los papeles. A la grabadora.

Rocío asintió una sola vez.

Ve.

Jimena salió.

Encontró a Daro junto a la pared lateral de El Candil, en la calle estrecha que olía a humedad, piedra vieja y humo de cocina. Estaba de pie, las manos apoyadas contra la pared, la cabeza baja. No lloraba. Ya no. O quizá sí, pero no hacia fuera.

Jimena se quedó a unos pasos.

—No sé qué decir.

Daro soltó una risa sin sonido.

—Hoy todo el mundo está muy honesto con eso.

Ella se acercó un poco.

—¿Quieres que me vaya?

—No.

La respuesta fue inmediata.

No dulce.

Necesaria.

Jimena se quedó.

Durante un rato no hablaron.

Desde dentro llegaban voces bajas, sillas moviéndose, Manolo diciendo que nadie tocara la grabadora con las manos llenas de grasa, Puri preguntando dónde estaba una copia, Alicia soltando una frase que no se entendió pero sonó insultante.

La vida insistía.

Era casi ofensivo.

Daro habló sin levantar la cabeza.

—Jacinto disparó.

—Sí.

—Tomás encubrió.

—Sí.

—Álvaro decidió.

—Sí.

—Medina firmó.

—Sí.

—Santiago calló.

Jimena tragó con esfuerzo.

—Sí.

Daro levantó la cabeza y miró al cielo estrecho entre las fachadas.

—Y mi tío murió en medio de todos esos síes.

La frase le rompió algo a Jimena.

No tenía respuesta.

Daro se volvió hacia ella.

—¿Sabes qué es lo peor?

—No.

—Que ahora entiendo a Jacinto un poco.

Jimena no se movió.

—No lo perdono. No puedo. No sé si podré nunca. Pero entiendo el miedo. Entiendo creer que si cae la casa cae todo lo que te da de comer. Entiendo disparar contra el suelo para asustar a un hombre y que la vida te cambie por un rebote.

Bajó la mirada.

—Y odio entenderlo.

Jimena dio un paso más.

—Entender no es absolver.

—Eso decís mucho los que necesitáis vivir con cosas complicadas.

—Sí.

Él no apartó los ojos de ella.

—También es verdad.

—Sí.

Daro respiró despacio.

—No sé qué hacer con tanta verdad.

Jimena pensó en Las Encinas, en la plaza, en las cintas, en Rocío, en Tomás, en su propia vida convertida en una habitación sin muebles.

—Quizá por eso la escondieron tanto tiempo —dijo—. Porque no basta con encontrarla. Luego hay que aprender a vivir sin las mentiras que ocupaban sitio.

Daro la observó.

—Hablas como si te doliera de verdad.

La frase podía haber sido cruel.

No lo fue.

Jimena la recibió como la pregunta que era.

—Me duele.

—Las Encinas.

—Sí.

—Tu padre.

—Sí.

—La idea que tenías de ti.

Jimena sostuvo el silencio un segundo.

—Sí.

Daro asintió lentamente.

—Bien.