Bravío Capítulo 23 — La declaración de Tomás Albares
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Capítulo 23 — La declaración de Tomás Albares

Tomás Albares llegó a San Brezo sentado en el asiento trasero de su propio derrumbe.

No iba esposado. No iba escoltado por guardias.

No iba arrastrado por nadie. Aun así, Jimena tuvo la impresión de que algo invisible lo llevaba sujeto desde la garganta hasta las manos.

Miraba por la ventanilla del coche de Manolo sin ver la carretera, con los dedos entrelazados sobre las rodillas y la cara de un hombre que había tardado quince años en comprender que el silencio no lo había protegido de la ruina.

Solo había elegido el día en que la ruina tendría testigos.

Santiago iba junto a él.

No se hablaban.

No porque no tuvieran nada que decirse. Porque había demasiadas frases entre ambos, de esas que no caben en un trayecto corto ni en un coche ajeno.

De vez en cuando, Jimena veía por el retrovisor cómo Santiago miraba a Tomás, y cómo Tomás no se atrevía a devolverle la mirada.

No eran padre e hijo. No eran enemigos. Eran dos restos de una misma mentira viajando hacia el único lugar donde esa mentira ya no podía seguir mandando.

Daro conducía.

No demasiado rápido esta vez.

Después del pantano, después de la cinta, después de Jacinto, Álvaro y la frase que había condenado a Julián con la calma de un trámite, la velocidad había perdido sentido.

Llegar antes no cambiaba lo escuchado. Llegar tarde tampoco.

Lo único que importaba ahora era llegar con la verdad intacta, o lo bastante intacta para que nadie pudiera volver a convertirla en rumor.

Jimena iba en el asiento del copiloto, con el móvil limpio en la mano y la copia de la declaración manuscrita de Medina doblada dentro de una carpeta.

La llevaba apretada contra el pecho como si fuera una costilla nueva.

Alicia había hecho fotos, copias, respaldos y advertencias.

Había dicho tantas veces “no perdáis eso” que Rafa terminó respondiendo que, si lo repetía una vez más, iba a tatuárselo en la frente de Tomás.

Jimena no se rio.

No podía.

El pueblo apareció abajo, encendido a medias bajo la noche.

San Brezo no dormía. La plaza seguía viva, aunque ya no con el movimiento de la mañana, sino con una vigilia más grave.

Las luces de El Candil estaban encendidas.

También la farmacia. La panadería de Puri tenía la persiana bajada, pero se veía luz por la rendija inferior.

En las esquinas había grupos pequeños hablando bajo, como si el pueblo entero hubiera dejado de ser espectador y se hubiera convertido en una habitación donde nadie encontraba postura para descansar.

Daro aparcó junto a la calle trasera del bar.

Antes de bajar, Tomás habló.

—Jimena.

Ella dejó caer los párpados un segundo.

Luego se volvió.

—Qué.

Tomás tardó.

La palabra hija no salió. Quizá, por fin, entendió que no podía usarla para pedir blandura.

—No sé hacerlo.

Jimena resistió su mirada.

—Lo sé.

—No sé decirlo sin intentar ordenarlo para que parezca menos monstruoso.

—Entonces no lo ordenes.

Tomás bajó la vista a sus manos.

—He pasado media vida arreglando frases.

—Hoy no arregles. Di.

El silencio que siguió fue corto, pero tuvo quince años dentro.

Santiago habló sin mirar a Tomás:

—Y cuando quieras parar, sigue.

Tomás levantó la cabeza hacia él.

Esta vez desde que salieron de Las Encinas, lo miró de verdad.

—Santiago…

El joven negó despacio.

—No me hables como si estuvieras a punto de cuidarme. No ahora.

Tomás cerró la boca.

Aceptó el golpe.

Daro apagó el motor.

—Vamos.

Nadie se movió durante un segundo.

Después abrieron las puertas.

La noche de San Brezo los recibió con un frío que no había estado en el pantano. O quizá era el mismo frío, pero allí, entre fachadas conocidas, farolas amarillas y persianas bajas, resultaba más humano. Más difícil de excusar.

Manolo abrió la puerta trasera antes de que llamaran.

Al ver a Tomás, no dijo nada.

Eso fue peor que cualquier insulto.

Se apartó para dejarlos pasar.

El Candil ya no parecía un bar. Parecía un juzgado pobre, improvisado y más honesto que muchos.

Las mesas estaban apartadas. En una del centro había papeles, móviles cargando, un portátil de Alicia conectado por videollamada, una grabadora prestada por doña Amparo, botellas de agua, cafés fríos y una libreta donde Puri había escrito nombres con una letra fuerte, grande, casi agresiva.

Rocío estaba de pie junto a la barra.

Al ver a Tomás, no se movió.

No fue hacia él.

No retrocedió.

Lo miró como se mira a alguien con quien se ha compartido cama, hijos, casa y silencio, y de pronto se descubre que todavía queda una distancia enorme sin cruzar.

Tomás se detuvo en la entrada.

Rocío no preguntó si estaba bien.

Jimena agradeció esa crueldad justa.

Daro entró detrás de Tomás. Al fondo, junto a una mesa, estaba la hija de Jacinto.

Se llamaba Clara. Jimena había oído su nombre aquella mañana, de labios de Jacinto, y aun así le daba vergüenza haber tardado tanto en mirarla como algo más que una ausencia.

Clara había heredado los ojos de su padre, pero no su forma de agachar la cabeza.

Estaba sentada con doña Amparo a un lado y Puri al otro, las manos cerradas alrededor de un vaso de agua que no tocaba.

Cuando vio a Tomás, se levantó.

—¿Es verdad?

No dijo buenas noches.

No dijo señor Albares.

No dijo nada que suavizara.

Tomás no parpadeó.

Clara acortó la distancia.

—¿Es verdad lo de mi padre?

El bar entero se quedó quieto.

Daro no se movió.

Pero Jimena sintió la tensión de su cuerpo como si estuviera junto a él otra vez en la orilla del pantano.

Tomás respondió con voz ronca:

—Sí.

Clara parpadeó.

Una vez.

Dos.

—Diga qué sí.

Tomás tragó con esfuerzo.

—Tu padre disparó el arma que hirió a Julián Rivas.

Clara se tambaleó, pero no cayó.

Doña Amparo se levantó.

Clara alzó una mano sin mirarla.

—No.

Tomás siguió, como si cada palabra tuviera que atravesarle la carne antes de salir.

—Lo hizo después de que Álvaro de la Vega le hiciera creer que Julián iba a destruir la finca, los empleos y a quienes dependían de Las Encinas. Lo hizo para asustarlo. No para matarlo. Eso no borra que disparó.

Clara abrió la boca.

No salió nada.

Miró a Daro.

Ese gesto fue insoportable.

Como si necesitara pedirle perdón y defender a su padre al mismo tiempo. Como si ambas cosas fueran imposibles y necesarias.

Daro aguantó su mirada.

No la ayudó.

No la castigó.

Solo la sostuvo.

Clara volvió a mirar a Tomás.

—¿Mi padre lo sabe?

Tomás bajó la vista.

—No sé cuánto recuerda.

—No le pregunto eso.

La voz de Clara se rompió por primera vez.

—Le pregunto si ha vivido quince años sabiendo que disparó.

Tomás apretó los párpados.

—Creo que sí.

Clara soltó una risa seca, pequeña, horrible.

—Claro.

Se llevó una mano a la boca.

—Claro, por eso bebía. Por eso no podía dormir cuando había montería. Por eso se ponía malo si alguien hablaba de escopetas. Por eso decía que las llaves pesan aunque sean pequeñas.

A Jimena le pareció que la frase le atravesaba el bolsillo donde todavía llevaba la llave de Jacinto.

Clara miró a Daro otra vez.

—No sé qué decirle.

Daro habló bajo:

—Yo tampoco.

Ella asintió.

Las lágrimas le caían ya, pero su voz salió firme:

—Mi padre disparó. Pero ustedes lo cargaron como un mulo hasta que se rompió.

Tomás aceptó la frase con la cabeza baja.

—Sí.

—Lo echaron.

—Sí.

—Lo dejaron vivir al lado de lo que había hecho, trabajando para ustedes, saludándolos, viendo crecer a sus hijos, sabiendo que si hablaba se hundía él solo.

Tomás apenas pudo decirlo:

—Sí.

Clara dio un paso atrás.

—Entonces no me pida que hoy decida qué siento. Porque si empiezo, no paro.

Tomás le dedicó una mirada de propietario cansado.

—No te lo pido.

—Bien.

Clara volvió a sentarse.

Doña Amparo le puso una mano sobre la espalda. Esta vez Clara no la apartó.

Puri miró a Tomás con un desprecio tranquilo.

—Ahora ya puede hablar. Lo difícil solo acaba de empezar.

El sobrino de doña Amparo, Andrés, un abogado de Cáceres con aspecto de no haber previsto jamás ejercer entre platos de tortilla y botellas de anís, se levantó junto a la mesa. Tenía una carpeta abierta y el móvil preparado para grabar.

—Don Tomás —dijo—, esto no sustituye una declaración formal ante autoridad competente. Pero puede constar como manifestación inicial voluntaria, con testigos presentes. Le recomiendo no hablar sin abogado propio.

Rafa, desde la puerta, soltó:

—Mira, uno sensato.

Tomás miró a Andrés.

—Ya he tenido demasiados abogados propios.

Álvaro no estaba allí y, aun así, ocupó la frase.

Andrés asintió, incómodo.

—Entonces, si decide declarar, diga su nombre completo.

Tomás se sentó frente a la mesa.

No en la cabecera.

Manolo había retirado esa silla.

Jimena no sabía si por casualidad.

Sospechaba que no.

Tomás apoyó las manos sobre la madera. Se le veían más viejas que por la mañana.

Rocío permaneció de pie.

Jimena se colocó junto a ella.

Daro al otro lado de la mesa, no sentado. Santiago, cerca de la pared, con el rostro pálido y los ojos fijos en Tomás.

El portátil de Alicia mostraba solo su inicial y una pantalla oscura. Había dicho que no quería que la vieran llorar de rabia si alguien decía una estupidez jurídica. Pero estaba escuchando.

Andrés activó la grabadora.

—Cuando quiera.

Tomás respiró.

Una vez.

Dos.

—Me llamo Tomás Albares Montes. Soy propietario de la finca Las Encinas. Y durante quince años participé en el encubrimiento de la muerte de Julián Rivas.

No hubo murmullo.

Nadie se permitió la reacción fácil.

Tomás siguió:

—La muerte de Julián Rivas no fue un accidente tal y como se declaró. Fue consecuencia de una cadena de actos, amenazas, silencios y decisiones tomadas antes, durante y después de una montería celebrada en Las Encinas.

La frase sonó preparada.

Tomás se dio cuenta.

Cerró los ojos.

Volvió a empezar, de otra manera.