Bravío Capítulo 22 — La última versión #4
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Capítulo 22 — La última versión #4

Sonó a hombre agotado diciéndole al diablo de su juventud que, al menos por una vez, dejara de hablar.

Álvaro lo evaluó con desprecio tranquilo.

—¿Perdona?

Tomás le sostuvo los ojos.

—He dicho que te calles.

Santiago miró a Tomás.

Jimena no se quedó atrás.

Durante un segundo, los tres entendieron algo terrible: Tomás habría podido decir eso quince años antes.

No se atrevió a hacerlo.

Lo decía ahora.

Tarde.

Pero lo decía.

Álvaro recogió su chaqueta del respaldo de una silla.

—Id. Declarad. Llorad en plazas. Que el pueblo se emocione, que Rocío se crea libre, que Rivas descubra que la verdad no le devuelve nada. Yo seguiré aquí cuando se os pase la épica.

Daro se acercó a él.

—No.

Álvaro le dedicó una mirada breve y limpia de culpa.

—¿No?

—Vas a seguir donde te dejen.

Álvaro sonrió.

—¿Y tú vas a decidir eso?

Daro negó.

—No. Esa es la diferencia.

Rafa abrió la puerta.

Paco salió primero con el abogado, que ya no protestaba. Julia se quedó en el despacho, junto a la librería, mirando a Álvaro con los brazos cruzados y el pómulo marcado. Jimena se detuvo.

—Julia.

—Yo me quedo.

—No.

Julia sonrió sin humor.

—Niña, yo conozco esta casa mejor que cualquiera de ustedes. Si el señor De la Vega quiere salir por un sitio que no sea la puerta, tendrá que pasar por mí o por las ratas. Y las ratas me tienen respeto.

Rafa intervino:

—Me quedo yo.

Jimena no apartó la mirada de él.

—Rafa…

—Vosotros llevad a Tomás y a Santiago. Yo me quedo con Julia y Paco hasta que llegue quien tenga que llegar. Además, llevo quince años queriendo estar en una habitación con un De la Vega sin deberle educación.

Álvaro sonrió.

—Qué vulgaridad.

Rafa le devolvió la sonrisa.

—Es mi encanto.

Paco asintió.

—Yo también me quedo.

Jimena dudó.

Daro habló en voz baja:

—Es mejor.

Ella lo observó en silencio.

Tenía razón.

No le gustó.

Tomás salió del despacho como un hombre que abandona una habitación donde había vivido demasiado tiempo. Santiago lo siguió sin mirar a Álvaro. Jimena iba detrás.

Antes de cruzar la puerta, Álvaro habló:

—Santiago.

Él se detuvo.

No se volvió.

Álvaro dijo, más bajo:

—Si sales con ellos, no vuelvas a mi casa.

Santiago cerró los párpados un momento.

Jimena notó que aquella frase tenía quince años de antigüedad y acababa de pronunciarse por primera vez de forma honesta.

Santiago se volvió.

Miró a su padre.

—Nunca fue mi casa.

Álvaro no respondió.

Santiago salió.

En el pasillo, la casa pareció respirar.

No aliviada.

Herida.

Caminaron hacia la salida de servicio. Tomás avanzaba despacio, como si cada paso fuera una pérdida concreta. Daro iba junto a Jimena. Santiago detrás. Al pasar junto al comedor, Tomás se detuvo.

Jimena también se movió.

El comedor estaba a oscuras.

La mesa larga apenas se distinguía bajo la luz que entraba desde el pasillo. Allí Santiago había puesto una mano sobre su rodilla. Allí Tomás había ordenado sonrisas. Allí Rocío había servido silencios. Allí Jimena había aprendido a cortar carne sin hacer ruido aunque quisiera gritar.

Tomás miró la habitación.

—Creí que conservar esto era amaros.

Jimena sintió un cansancio enorme.

—No.

Él asintió.

—Ya.

No pidió absolución.

Eso fue lo único decente.

Siguieron.

Afuera, la noche había caído.

El aire de Las Encinas olía a tierra caliente, caballos y tormenta lejana. Los coches esperaban en el camino bajo. Daro abrió la puerta trasera para Tomás. Tomás lo miró.

—Daro.

Daro no se movió.

—No me pida perdón ahora.

Tomás cerró la boca.

Daro mantuvo la vista en él.

—No porque no tenga que pedirlo. Porque si lo hace ahora, en mi cara, antes de decírselo a la hija de Jacinto y a Lola, voy a odiarlo por elegir otra vez el momento que le conviene.

Tomás recibió cada palabra.

Asintió.

—Tienes razón.

Daro apartó la mirada.

—Eso tampoco ayuda.

—Lo sé.

Tomás subió al coche.

Santiago subió al otro lado.

Jimena se quedó fuera un instante, mirando la casa.

Las Encinas ya no parecía intocable.

Tampoco parecía vencida.

Parecía abierta de mala manera, con las luces encendidas en habitaciones que habían vivido demasiado tiempo cerradas.

Daro se colocó junto a ella.

—¿Estás bien?

Jimena soltó una risa mínima.

—No sé qué significa eso hoy.

—Ya.

Miraron la casa en silencio.

En una ventana del despacho se recortó la figura de Álvaro.

Solo.

O eso parecía.

Jimena sintió un escalofrío.

—No ha terminado.

Daro siguió su mirada.

—No.

—Pero ya no está escribiendo solo.

Daro clavó los ojos en ella.

La noche les dejaba poco rostro.

Quizá por eso fue más fácil sostener la mirada.

—Eso sí —dijo él.

Subieron al coche.

Cuando salieron por el camino bajo, Las Encinas quedó atrás con Álvaro dentro, Rafa y Paco vigilando, Julia de pie en la casa como una guardiana sin uniforme y Tomás camino de San Brezo para decir, por fin, una verdad que no podía salvarlo.

Jimena miró por la ventanilla hasta que la finca desapareció entre los árboles.

No sintió triunfo.

Sintió duelo.

Y algo más difícil.

La sospecha de que una casa puede empezar a caer mucho antes de derrumbarse.

Y que, a veces, el primer golpe no lo da quien la odia.

Lo da quien se niega por fin a seguir sosteniéndola torcida.