Capítulo 22 — La última versión #3
—Nunca dije que lo fuera.
—Grababa, escondía, negociaba.
—Sí. Para no morirse solo contra gente como tú.
Álvaro inclinó la cabeza, casi divertido.
—Aprendes.
Santiago habló:
—¿Qué hay después?
Álvaro levantó apenas las cejas.
—Tú.
Santiago se quedó quieto.
A Jimena le pareció que la habitación cambiaba.
—¿Qué significa eso? —dijo ella.
Álvaro no apartó los ojos de su hijo.
—Después de la montería, Santiago no recordaba con claridad. Lloraba. Repetía que había disparado al aire. Que Julián le había dicho algo. Que Jacinto tenía el arma. Que Tomás gritaba. Un caos. Un niño inútil en mitad de adultos inútiles.
Santiago apretó los dientes.
Álvaro continuó:
—Así que hice lo que debía. Lo saqué de aquí. Lo mantuve lejos. Le di una versión que pudiera sobrevivir. Y cuando la versión no bastó, llamé a médicos.
Tomás inclinó la cabeza.
Jimena sintió frío.
—¿Qué médicos?
Santiago dio un paso atrás.
No parecía saber.
Álvaro lo miró casi con ternura.
—Dormías mal, hijo. Tenías ataques. Decías cosas. Veías a Julián vivo. Veías a Jacinto con la escopeta. Veías a Tomás mirando hacia otro lado. ¿Qué querías que hiciera? ¿Dejar que te rompieras?
Santiago susurró:
—¿Qué médicos?
Álvaro habló con suavidad.
—Especialistas. Gente discreta. Te ayudaron.
—No.
La palabra salió rota.
—Te ayudaron a vivir.
—Me ayudaron a olvidar lo que a ti te convenía.
Álvaro no lo negó.
Eso fue la respuesta.
Santiago se tambaleó.
Jimena se acercó por instinto, pero él levantó una mano. No para rechazarla con dureza. Para no caerse encima de nadie.
Daro miró a Álvaro con asco.
—Le borraste trozos.
—Le salvé de ellos.
—No —dijo Santiago.
Su voz volvió distinta.
Más baja.
Más peligrosa de lo que había sonado nunca.
—Me salvaste de poder elegirme.
Álvaro se acercó.
—Todo lo que eres lo has podido ser porque yo cargué con la forma por ti.
Santiago lo miró como si eligiera cada palabra.
—Todo lo que soy lo voy a tener que desmontar porque tú lo construiste encima de un muerto.
Álvaro levantó la mano.
Esta vez no parecía seguro de si iba a tocarlo, sujetarlo o golpearlo.
Santiago no se movió.
Daro sí.
Se interpuso antes de que la mano llegara.
Álvaro lo miró con una mezcla de desprecio y furia.
—Quita.
Daro le sostuvo los ojos.
—No.
—No tienes derecho a ponerte entre mi hijo y yo.
Santiago habló desde detrás de Daro:
—Ya no está entre tú y yo. Está donde tú no deberías haber estado nunca.
Álvaro bajó la mano.
La habitación quedó suspendida.
Entonces sonó un teléfono.
El de Álvaro.
Él miró la pantalla.
Bruno.
No contestó.
Rafa sonrió sin alegría.
—Mira. Tu socio de barro.
—Bruno no es mi socio.
—Claro —dijo Daro—. Solo recogéis basura en el mismo contenedor.
Álvaro apagó el teléfono.
Jimena se acercó al escritorio y cogió los trozos rotos del documento.
—Vamos a San Brezo.
Tomás clavó los ojos en ella.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Jimena…
—No vas a firmar una versión aquí. Vas a declarar delante del abogado, de Rocío, de Daro, de la hija de Jacinto y de quienes tengan que oírlo. Luego ante quien corresponda. Pero la primera vez que digas la verdad completa no va a ser en un papel redactado por Álvaro.
Tomás miró hacia otro lado.
—No sé si puedo.
Jimena tuvo la impresión de que una parte de ella quería ablandarse.
La hija.
La niña.
La que todavía buscaba un padre debajo del hombre.
No dejó que esa parte mandara.
—Puedes —dijo—. Lo que pasa es que esta vez no te sirve para salvarte.
Tomás levantó los ojos.
Le dolió.
Bien.
Álvaro soltó una risa.
—Qué orgullo debes de sentir. Tu hija habla como una sentencia.
Tomás le dedicó una mirada fría.
—Sí.
Álvaro se inmovilizó.
Tomás repitió, más bajo:
—Sí. Lo siento.
No era una disculpa para Jimena.
Era otra cosa.
Un reconocimiento absurdo y tardío, pequeño frente a los muertos, insuficiente frente a Rocío, inútil frente a Daro. Pero estaba allí.
Jimena no supo qué hacer con él.
No tuvo que hacerlo.
La puerta se abrió de golpe.
Julia había salido al pasillo sin que nadie lo notara y volvía con el teléfono fijo inalámbrico en la mano.
—Es doña Rocío.
Jimena lo cogió.
—Mamá.
La voz de Rocío sonó firme.
—No traigas a Tomás solo.
—No pensaba.
—Ni a Álvaro.
Jimena miró a Álvaro.
—¿Qué?
—No lo traigas. Si entra en San Brezo ahora, lo convierte en espectáculo. Que vaya la Guardia Civil a por él cuando toque. Que se quede ahí, con la casa oyéndolo.
Álvaro sonrió, como si la idea de quedarse en Las Encinas no le molestara.
Rocío siguió:
—Pero Santiago sí.
Jimena miró al hombre junto a Daro.
—Está aquí.
—Y Tomás. Y la declaración de Medina. Y la cinta. Lo demás ya tendrá su puerta.
Jimena entendió.
Rocío había aprendido deprisa.
O quizá, como ella, solo se había enterado.
—Vale.
—Y Jimena.
—Dime.
—No dejes a Álvaro solo con nadie que todavía se sienta hijo suyo.
Jimena miró a Santiago.
—No lo haré.
Colgó.
Álvaro aplaudió despacio, una vez.
—Rocío dirigiendo operaciones. Me conmueve.
Tomás se levantó.
Despacio.
—Cállate, Álvaro.
La frase no fue grandiosa.
No sonó a redención.