Bravío Capítulo 22 — La última versión #2
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Capítulo 22 — La última versión #2

—¿Qué más puede haber?

Ella no respondió.

Rafa levantó la mano.

Escucharon.

Álvaro continuó:

—Crees que la cinta del pantano te hunde.

No entiendes nada. La cinta te deja como cobarde, no como monstruo.

Puedes vivir siendo cobarde. Hay cargos, hay acuerdos, hay enfermedades oportunas, hay médicos que hablan de estrés, de trauma, de presión.

Lo que no puedes permitir es que salga lo de después.

Tomás dijo:

—No.

—Rocío sobrevivió porque no sabía todo. ¿Vas a quitarle también eso?

Jimena notó que la casa entera se inclinaba.

Daro murmuró:

—Después.

Santiago dejó caer los párpados un segundo.

—Siempre hay después.

Jimena abrió la puerta.

No llamó.

No empujó con violencia.

Solo abrió.

El despacho quedó a la vista.

Tomás estaba sentado detrás del escritorio, con una pluma en la mano y varios documentos delante.

Tenía la cara pálida, la camisa arrugada y los ojos de alguien que llevaba demasiado tiempo mirando una salida que no sabía usar.

Álvaro estaba de pie a su lado, inclinado sobre él con una mano apoyada en el respaldo de la silla.

Junto a la librería esperaba un hombre joven con traje, maletín y una incomodidad creciente. En la mesita había una copa rota.

Álvaro se irguió al verlos.

No pareció sorprendido.

Solo molesto.

—Qué manía con entrar sin anunciaros.

Jimena miró a su padre.

—Suelta la pluma.

Tomás la observó con una paciencia que no tenía nada de ternura.

Durante un segundo fue padre, no dueño.

Y obedeció.

La pluma cayó sobre el escritorio con un sonido pequeño.

Álvaro sonrió.

—Tarde. Hay borrador firmado.

Santiago entró detrás de Jimena.

—Rompe el documento.

El abogado dio un paso.

—No creo que…

Rafa lo miró.

—Tú respira y no creas demasiado.

El hombre cerró la boca.

Álvaro observó a su hijo.

—Has venido.

—Sí.

—Qué dramático.

Santiago avanzó.

—Aléjate de Tomás.

Álvaro soltó una risa seca.

—¿Ahora proteges Albares? Ten cuidado, hijo. La compasión mal colocada es una forma muy vulgar de suicidio.

—No lo protejo a él.

Santiago se detuvo frente a su padre.

—Estoy impidiendo que vuelvas a usarme.

La frase no era exacta para Tomás.

Pero sí para la habitación.

Álvaro la entendió.

—Tú no eres el centro de esto.

—Me pusiste en el centro cuando tenía quince años.

—Te salvé.

Santiago negó despacio.

—Me encerraste dentro de una versión y luego me llamaste salvado porque la puerta estaba acolchada.

Álvaro se acercó.

—Escúchate. Hablas como ellos.

—No. Hablo por primera vez sin ti dentro de mi boca.

Tomás dejó caer los párpados.

La frase lo alcanzó también.

A Jimena le dolió escucharlo porque conocía esa sensación. Saber que la voz propia había sido ocupada durante años por frases heredadas.

Álvaro perdió paciencia.

—Santiago, aparta.

—No.

—He dicho que apartes.

—Y yo he dicho que no.

El aire se volvió eléctrico.

Daro se colocó junto a Jimena.

No delante.

Junto.

Rafa cerró la puerta tras ellos.

Paco permaneció cerca de Julia, que había entrado al despacho a pesar del golpe en la cara y miraba a Álvaro como si ya estuviera eligiendo en qué cajón guardaría el recuerdo de verlo caer.

Jimena se acercó al escritorio.

Cogió el documento.

Álvaro no la detuvo.

Quizá pensó que no se atrevería.

Jimena leyó.

Era peor de lo que esperaba por lo limpio que sonaba.

Una declaración de Tomás Albares reconociendo haber ordenado el traslado de Julián Rivas tras un accidente provocado por Jacinto en circunstancias confusas.

Reconocía presión sobre Medina. Reconocía haber ocultado documentos patrimoniales.

Mencionaba a Álvaro solo como “presente en la finca tras el suceso” y a Santiago como “menor afectado por el pánico de los hechos”.

La frase final era una obra maestra de cobardía:

Asumo en solitario las consecuencias morales de las decisiones tomadas aquella mañana.

Jimena levantó la vista.

—Qué generoso. Papá se queda con la culpa moral y Álvaro con los años limpios.

Álvaro cruzó los brazos.

—Tu padre está intentando hacer algo digno.

Tomás habló con voz ronca:

—No.

Todos lo miraron.

Él no levantó la cabeza enseguida.

—No era dignidad.

Álvaro lo miró con desprecio.

—Tomás.

Tomás alzó los ojos.

—Era cansancio.

La palabra ocupó el despacho.

A Jimena le pareció que su padre envejecía delante de ella.

—Iba a firmar por cansancio —dijo Tomás—.

Porque durante quince años he confundido rendirme a medias con proteger algo.

Porque si cargaba yo con una versión final, quizá Rocío no tendría que escuchar más, Jimena no tendría que mirar más, Santiago podría vivir con el pedazo de culpa que conoce y Álvaro…

Miró a su amigo.

A su socio.

A su cómplice.

—Álvaro volvería a hacer lo que hace siempre. Salir limpio porque todos los demás creemos que mancharnos por él es una forma de orden.

Álvaro no se movió.

Pero algo en su cara se endureció hasta casi romperse.

—No te pongas poético ahora.

Tomás soltó una risa apagada.

—Nunca se me dio bien.

Jimena miró el documento otra vez.

Luego lo rompió.

Una vez.

Dos.

Tres.

El abogado hizo un gesto de horror.

—Eso era…

Daro clavó la vista en él.

—Papel.

Jimena dejó los trozos sobre el escritorio.

—Ahora habla.

Tomás levantó la vista hacia ella.

—¿Aquí?

—Sí.

—No delante de…

—Delante de todos.

Él miró a Daro.

A Santiago.

A Julia.

A Paco.

A Rafa.

A su hija.

Jimena entendió que Tomás todavía buscaba la sala adecuada para la verdad, como si existiera un lugar digno, higiénico, familiar, donde decir lo indecible sin que manchara demasiado.

No existía.

La verdad de Las Encinas tenía que decirse donde se había fabricado el silencio.

En el despacho.

Con testigos.

—Tomás —dijo Daro—. ¿Qué pasó después?

La pregunta fue directa.

No gritó.

Eso la hizo más dura.

Tomás se apoyó en el respaldo de la silla.

—Después de mover a Julián a la casa, Isabel nos vio.

Jimena tuvo la impresión de que el nombre de su abuela volvía a entrar con fuerza.

—¿Desde la galería?

Tomás asintió.

—Desde la galería. No dijo nada al principio. Solo miró. Yo pensé… pensé que si mi madre no gritaba, quizá todavía había una forma de ordenar aquello.

Rafa murmuró:

—Qué familia.

Tomás no se defendió.

—Rocío intentó acercarse otra vez. Álvaro la apartó. Yo le dije que subiera a los niños.

Jimena sintió un frío antiguo.

—¿Dónde estaba yo?

Tomás respiró por la nariz.

—En la galería pequeña. Con Mateo. Julia os tenía cogidos.

Julia habló desde la puerta:

—Mateo lloraba. Jimena no.

Jimena la miró.

No recordaba eso.

Julia sí.

—Usted no lloraba —repitió Julia—. Miraba. Eso era peor.

Tomás humedeció los labios.

—Después, Álvaro dijo que si Julián sobrevivía, todo saldría. Las tierras. Las copias. Jacinto. Santiago. La finca. Medina estaba allí. Paco estaba allí. Julia en la galería. Mi madre mirando desde arriba. Todos mirando y nadie haciendo lo único que había que hacer.

Daro cerró los puños.

—Llamar.

—Sí.

Tomás levantó los ojos hacia él.

—Llamar.

—¿Y por qué no lo hiciste?

La voz de Daro salió baja.

Tomás clavó los ojos en él.

—Porque fui cobarde.

La respuesta fue tan simple que pareció insuficiente.

Daro avanzó un paso.

—No.

Tomás no se movió.

—Sí.

—Mi tío no murió porque tú fueras cobarde como quien no se atreve a saltar una valla.

—No.

Tomás aceptó el golpe.

—Murió porque mi cobardía tenía finca, apellido, amigos, sargento, abogado y una casa entera alrededor para parecer prudencia.

Daro se quedó callado.

Jimena notó que esa frase no limpiaba a Tomás.

Lo condenaba mejor.

Tomás miró a Álvaro.

—Y porque él decidió antes que yo terminara de decidir.

Álvaro sonrió.

—Ahí está. Por fin.

—Sí —dijo Tomás—. Ahí está.

Santiago habló:

—¿Qué hizo?

Tomás no pudo mirarlo.

—Álvaro ordenó que no llamaran. Que esperáramos. Que el médico podía llegar después, cuando ya…

No terminó.

No hacía falta.

Daro sí necesitaba oírlo.

—Cuando ya estuviera muerto.

Tomás asintió.

—Sí.

Santiago respiró hondo antes de mirarlo otra vez.

—¿Y tú?

Tomás levantó la vista hacia él.

—Yo dejé que lo ordenara.

Santiago abrió los ojos.

Tomás siguió:

—Y luego dejé que usara tu nombre. Dejé que dijera que habías disparado tú.

Dejé que tu padre te sacara de aquí con esa mentira encima porque me convenía que el niño rico cargara con una culpa que nunca llegaría a juicio antes que admitir que un jornalero había sido manipulado para defender una finca levantada sobre papeles podridos.

Santiago pareció recibir cada palabra como una piedra.

—¿Sabías que yo no había disparado?

Tomás negó.

—No al principio. Después sí. O lo sospeché. Me daba igual. No porque no me importaras. Porque ya había elegido no saber lo que me obligara a actuar.

Santiago se quedó sin moverse.

La crueldad de la frase no estaba en el desprecio.

Estaba en su exactitud.

Álvaro intervino:

—Qué emocionante veros competir por quién se arrastra mejor.

Rafa avanzó hacia él.

—Tú espera tu turno.

Álvaro lo ignoró.

Miró a Tomás.

—¿Y qué esperas conseguir? ¿Que tu hija te mire con menos asco? ¿Que Rivas te perdone? ¿Que Rocío vuelva a dormir en tu cama? No hay redención, Tomás. Solo ruina con público.

Tomás no parpadeó.

—Tú siempre confundiste redención con absolución. Yo ya sé que no voy a tener ninguna de las dos.

Álvaro perdió la sonrisa.

Santiago lo miraba.

Jimena lo siguió.

Daro también.

Por una vez, Álvaro de la Vega parecía rodeado no por enemigos, sino por versiones que ya no podía corregir a tiempo.

El abogado intentó moverse hacia la puerta.

Paco le bloqueó el paso.

—Quieto.

—Yo no he hecho nada.

Julia, con el pómulo marcado, dijo:

—Eso en esta casa nunca ha sido defensa suficiente.

El hombre se quedó donde estaba.

Jimena miró a Álvaro.

—¿Qué hay después de la cinta?

Él levantó una ceja.

—¿Después?

—Lo has dicho. Has amenazado a mi padre con lo de después. ¿Qué más hay?

Álvaro sonrió despacio.

No como antes.

Más cansado.

Más venenoso.

—Hay muchas formas de destruir una familia, Jimena. La verdad es solo una de las más vulgares.

Daro avanzó hasta quedar cerca.

—Habla.

Álvaro lo observó como quien calcula una pérdida.

—Tu tío no era un santo.

Daro no se movió.

El golpe ya no entró como Álvaro esperaba.