Bravío Capítulo 22 — La última versión
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Capítulo 22 — La última versión

La carretera hacia Las Encinas pareció más estrecha de lo que era.

Daro conducía demasiado rápido y, aun así, a Jimena todo le parecía lento: las curvas, los árboles, la línea blanca discontinua, el coche de Rafa delante levantando polvo, las luces del salpicadero marcando una velocidad que no alcanzaba para llegar antes del miedo.

El pantano quedaba atrás con su agua negra, su caseta vieja y la voz de Álvaro clavada en la grabadora:

No llamen al médico todavía.

La frase no se iba.

Se había instalado en el coche con ellos.

En el asiento trasero, Santiago permanecía callado.

Ya no parecía el hombre que había entrado en Las Encinas con traje, promesas y una sonrisa cuidadosamente aprendida.

Parecía alguien recién expulsado de su propia historia.

Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas y miraba al frente sin pestañear, como si estuviera viendo la carretera y otra cosa encima: un patio, un remolque, una escopeta en manos de un niño, un padre diciendo cállate hasta convertir el silencio en destino.

Jimena intentó llamar a Julia.

Nada.

Llamó otra vez.

Nada.

Después a la casa.

El fijo sonó hasta que la línea se cortó.

Daro la miró de reojo.

—¿Nada?

—Nada.

—Llama a tu padre.

Jimena sostuvo el móvil un segundo antes de hacerlo.

La palabra padre, después de la cinta, había cambiado de peso.

Tomás no había disparado. Tomás había dicho que llamaran.

Al principio. Esa grieta no lo salvaba. Quizá lo hacía más difícil.

Había habido un instante en que pudo elegir a Julián vivo antes que a Las Encinas intacta. Un instante. Luego no lo sostuvo.

Jimena marcó.

El tono sonó una vez.

Dos.

Tres.

Contestó.

No habló Tomás.

—Jimena.

La voz de Álvaro de la Vega atravesó el coche.

Santiago levantó la cabeza.

Daro apretó el volante.

A Jimena le pareció que se le helaban los dedos alrededor del teléfono.

Puso el altavoz.

—¿Dónde está mi padre?

Álvaro respiró al otro lado con una calma casi elegante.

—En su casa.

—Quiero hablar con él.

—Tu padre no está en condiciones de hablar contigo.

Santiago se inclinó hacia delante.

—Padre.

Un silencio breve.

Después, Álvaro soltó una risa baja.

—Ah. También estás ahí.

Santiago no respondió enseguida.

Cuando lo hizo, su voz no tembló.

—Aléjate de Tomás.

—Qué curioso. Hace unas horas todos queríais destruirlo. Ahora corréis a salvarlo.

Jimena miró la carretera.

—No vamos a salvarlo de la verdad.

—No, claro. Venís a salvarlo de mí. Es una fantasía moral muy cómoda.

Daro habló sin apartar los ojos del camino.

—Si le tocas…

Álvaro lo interrumpió con suavidad:

—Rivas, tu tío murió porque todos los hombres de esa finca supieron ser útiles menos él. No empieces ahora a confundirte de especie.

El coche se tensó.

Jimena miró a Daro.

Él no contestó.

No porque no tuviera rabia.

Porque ya sabía reconocer un anzuelo.

Santiago habló:

—Hemos escuchado la cinta.

La respiración de Álvaro cambió.

Por fin.

No mucho.

Lo justo.

—¿Cuál de ellas?

La pregunta cayó como una confirmación más.

Jimena apretó los párpados un instante.

Siempre había habido más de una.

Siempre más capas, más copias, más hombres guardándose un trozo de veneno para no morir solos.

Santiago respondió:

—La del pantano.

Un silencio.

Después Álvaro dijo:

—Medina siempre fue demasiado sentimental para ser corrupto de verdad.

—Se acabó —dijo Santiago.

—No, hijo. Ahora empieza lo desagradable.

—No soy tu hijo para esto.

Álvaro no contestó enseguida.

Cuando habló, su voz había perdido parte del barniz.

—Eres mi hijo precisamente para esto. Para sostenerte cuando la sangre y la vergüenza te alcanzan. Para no correr a los brazos de quienes usarán tu culpa hasta dejarte sin piel.

Santiago cerró los párpados un momento.

Jimena lo vio luchar contra algo muy viejo.

La voz de Álvaro no gritaba. No necesitaba hacerlo. Era una cuerda puesta alrededor del cuello con educación.

—No te equivoques, Santiago —siguió Álvaro—. Ellos no te quieren libre. Te quieren útil. Igual que yo. La diferencia es que yo, al menos, no te mentí sobre la naturaleza del mundo.

Santiago humedeció la boca antes de hablar.

—Me mentiste sobre mí.

El silencio que siguió fue más largo.

—Ven a casa —dijo Álvaro.

La frase sonó casi suave.

Jimena sintió el peligro de esa suavidad.

—Deja a Tomás —dijo Santiago—. Ahora.

—Tomás está escribiendo.

Jimena dejó de respirar.

—¿Qué está escribiendo?

Álvaro respondió con calma:

—La verdad que puede sobrevivir.

Daro pisó el acelerador.

La línea blanca se volvió una cinta rápida bajo el coche.

—Álvaro —dijo Jimena—. No.

—Jimena, querida, sigues pensando que la verdad es una cosa que se encuentra y se enseña. Qué joven. La verdad es una cosa que se redacta antes de que otros aprendan a leerla.

—No vas a conseguirlo.

—Ya lo conseguí una vez.

La llamada se cortó.

Durante un segundo nadie habló.

Luego Santiago dijo:

—Quiere que Tomás firme algo.

—Una confesión —dijo Jimena.

Daro miró al retrovisor.

—¿Cargando con todo?

Santiago asintió.

—O con la parte suficiente. Jacinto dispara. Tomás mueve. Medina firma. Mi padre queda como quien protegió a un hijo traumatizado de una finca ajena.

Jimena sintió náuseas.

—Y Tomás…

—Tomás está roto —dijo Santiago—. Mi padre sabe trabajar con hombres rotos.

Jimena cerró los dedos sobre el móvil.

Rocío llamó en ese momento.

—Jimena, ¿dónde estáis?

—Camino de Las Encinas. Álvaro está con papá.

Rocío no preguntó cómo lo sabían.

—Voy.

—No.

—Jimena.

—Mamá, no entres en la casa ahora.

Rocío respiró al otro lado.

—Esa frase ya no funciona conmigo.

—No es una orden. Es estrategia.

Hubo una pausa.

Daro la miró un segundo.

La palabra estrategia en su boca sonó rara.

Necesaria.

Jimena siguió:

—Quédate en San Brezo. Con doña Amparo, Puri, el abogado, la cinta y la gente. Si entramos todos en Las Encinas, Álvaro vuelve a cerrar la historia dentro de la casa. Necesitamos que, pase lo que pase allí, fuera haya testigos.

Rocío calló.

Jimena supo que había entendido.

—No dejes que tu padre firme solo —dijo su madre.

La frase le dolió.

Tu padre.

No Tomás.

No mi marido.

Tu padre.

—No lo haré.

—Y no dejes que Álvaro se quede con Santiago.

Santiago levantó la vista.

Jimena lo miró por el retrovisor.

—Está escuchando.

Rocío respiró.

—Entonces que me escuche. Santiago, no vuelvas al sitio donde te enseñaron a callar.

Santiago apretó los párpados un instante.

—Lo intento.

—Inténtalo más fuerte.

La llamada se cortó.

Daro soltó una exhalación que casi fue una risa.

—Tu madre se está volviendo peligrosa.

Jimena miró hacia delante.

—Siempre lo fue. Solo que no lo sabíamos.

Las Encinas apareció al fondo cuando la tarde terminaba de apagarse.

No había belleza en aquella llegada. No esta vez.

La fachada blanca parecía dura, clavada en la tierra como una mentira demasiado pesada para caer de una vez.

Había luces encendidas en el despacho, en la galería y en el porche principal.

Un coche negro estaba aparcado frente a la puerta.

El de Álvaro. Otro, más discreto, esperaba junto al camino lateral.

—No estamos solos —dijo Daro.

Rafa frenó delante del portón de servicio, no del principal. Daro aparcó detrás. Bajaron casi al mismo tiempo.

Paco salió del primer coche con la linterna en una mano y una rabia muda en la cara. Rafa miró hacia las ventanas del despacho.

—Entramos rápido.

Jimena negó.

—No por delante.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

Daro no apartó la mirada de ella.

—Cuadras.

Ella asintió.

Santiago bajó del coche y se quedó mirando la casa.

Las Encinas lo recibió con la misma autoridad antigua con que había recibido a Jimena toda su vida. Solo que a él le hablaba con otra voz. La de Álvaro. La de una infancia convertida en instrucción.

—Santiago —dijo Jimena.

Él la observó en silencio.

—No te quedes ahí.

Él asintió.

Caminaron hacia las cuadras.

No corrieron, aunque el cuerpo lo pedía.

Rafa iba delante con Paco. Daro caminaba junto a Jimena.

Santiago, detrás. Al entrar en las cuadras, Estrella golpeó el suelo con fuerza, inquieta.

Los caballos notaban la tensión de la casa, o quizá Jimena necesitaba creer que no eran solo los humanos quienes sabían cuándo algo iba a romperse.

Julia apareció desde el pasillo de servicio antes de que llegaran a la cocina.

Tenía un golpe en el pómulo.

Pequeño.

Pero visible.

Jimena tuvo la impresión de que algo se le incendiaba dentro.

—¿Qué te han hecho?

Julia levantó una mano.

—Nada que no vaya a devolver con intereses si me dejan una sartén y cinco minutos.

Daro se tensó.

Rafa soltó una maldición.

Paco se acercó a ella.

—Julia.

Ella mantuvo la vista en él.

—No empieces tú también.

—¿Quién? —dijo Jimena, más seco de lo que pretendía.

Julia respiró por la nariz.

—Uno de los hombres de Álvaro. Me apartó de la puerta del despacho. No me caí con elegancia.

—¿Papá?

—Dentro. Con Álvaro. Lleva media hora. Al principio discutían. Luego dejaron de gritar. Eso me gusta menos.

—¿Y el otro coche?

—Un abogado. O algo con traje y cara de no mancharse. Ha subido papeles.

Santiago cerró los puños.

—Está haciendo que firme.

Julia lo miró.

No con cariño.

No con confianza.

Pero sin desprecio.

—Pues dense prisa, niño De la Vega.

El apelativo le dolió.

Se le notó.

Pero no se detuvo.

Avanzaron por el pasillo de servicio.

La casa olía a café frío, cera y miedo reciente. Jimena pasó junto al comedor sin mirar. Junto al salón azul. Junto al retrato de su abuelo, que parecía más ridículo que solemne a esa hora. Todo lo que antes imponía respeto empezaba a parecer decorado de una obra demasiado vieja.

Del despacho salían voces.

Álvaro:

—Firma.

Tomás:

—No.

La respuesta de su padre hizo que Jimena se detuviera un segundo.

No.

La palabra, en su boca, sonó oxidada.

Álvaro habló más bajo:

—Tomás, no te queda casa, no te queda nombre y no te queda hija obediente. Te estoy ofreciendo conservar algo.

Tomás respondió:

—Me estás ofreciendo morir como tú prefieras.

—Te estoy ofreciendo que Rocío no escuche en un juzgado lo que todavía no sabe.

Jimena sintió frío.

Santiago se puso blanco.

Daro miró a Jimena.