Capítulo 21 — La verdad de la montería #3
Daro llegó hasta la orilla y se detuvo a pocos pasos del barro. El pantano reflejaba un cielo ya casi negro. No había viento. El agua no se movía. Parecía imposible que algo tan quieto existiera en el mismo mundo que aquella cinta.
Jimena se quedó a su lado.
No habló enseguida.
Daro miraba el agua.
—Jacinto —dijo.
La palabra no tenía una sola emoción.
Tenía demasiadas.
—Sí.
—Me dio pena en el hospital.
Jimena bajó la cabeza un segundo.
—Lo sé.
—Me dio pena cuando lo vi borracho, asustado, viejo. Me dio pena cuando dijo que no fuéramos.
—Daro…
—Disparó a mi tío.
—Sí.
—Y lo usaron.
—Sí.
—Y eso no lo limpia.
—No.
—Y tampoco lo deja igual.
Jimena guardó silencio.
Porque era exacto.
Daro soltó una risa seca, casi inaudible.
—Yo quería un monstruo.
Jimena miró el agua.
—Había uno.
—Álvaro.
—Sí.
—Pero no estaba solo.
—No.
—Nunca están solos.
La frase se hundió entre ambos.
Daro se pasó una mano por la cara.
—No sé qué hacer con Jacinto.
—Ahora no tienes que saberlo.
Él la miró entonces.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Esta vez sí.
No caían todavía.
Pero estaban.
—No me digas eso como consuelo.
—No es consuelo. Es permiso.
Daro apretó la mandíbula.
Una lágrima le bajó por la cara.
No la limpió.
A Jimena le pareció que aquello era más íntimo que cualquier beso.
—Mi tío murió esperando que alguien hiciera lo correcto —dijo él.
—Sí.
—Y nadie lo hizo.
Jimena tuvo la impresión de que la frase también la atravesaba.
Porque su sangre estaba en ese nadie.
Su padre.
Su casa.
Su mundo.
—Lo siento —dijo.
Daro cerró los párpados un momento.
—No puedes cargar con todos.
—No sé cómo no hacerlo.
—Aprende.
Ella soltó una risa rota.
—Mira quién habla.
Daro abrió los ojos.
Durante un segundo, entre el horror y el agua quieta, algo parecido a una sonrisa apareció y desapareció.
Luego la tristeza volvió.
Detrás de ellos, Santiago seguía de rodillas. Rafa estaba junto a él, no tocándolo, pero cerca. Paco hablaba con Medina en voz baja, con una rabia que no necesitaba volumen. La grabadora descansaba sobre la caja metálica como si fuera un corazón arrancado.
Jimena miró a Daro.
—Tenemos que llamar a Rocío.
Él asintió.
—Y a la hija de Jacinto.
Daro apretó los párpados un instante.
—Sí.
—Y a Lola.
La mención de su hermana lo hizo respirar de otra forma.
—Lola no debería oír esto por teléfono.
—No.
—Pero no puedo volver a mirarla sin decírselo.
Jimena aceptó con un gesto mínimo.
—Volvemos.
Daro miró el pantano una última vez.
—No quiero que Jacinto muera antes de escucharlo decirlo.
La frase le dio miedo.
—¿Para qué?
—No lo sé.
Daro tardó un segundo en encontrar la voz.
—Para odiarlo bien. Para no odiarlo mal. Para saber si hay diferencia.
Jimena notó que no tenía respuesta.
Quizá nadie la tenía.
Volvieron a la caseta.
Santiago se había puesto de pie. Tenía tierra en las rodillas y una cara que parecía haber envejecido diez años en minutos.
Miró a Daro.
—Lo siento.
Daro no apartó los ojos de él.
Durante un segundo, Jimena pensó que le diría que no servía. Que lo insultaría. Que le recordaría cada daño.
Pero Daro estaba demasiado roto para la crueldad fácil.
—Tú no disparaste —dijo.
Santiago respiró hondo antes de mirarlo otra vez.
Aquello debería haber sido alivio.
No lo fue.
—No —respondió—. Pero viví como si eso me diera derecho a hacer daño.
Daro no lo contradijo.
Santiago miró a Jimena.
—Voy a declarar.
Rafa levantó la vista.
—¿Ante quién?
—Ante quien haga falta. Contra mi padre. Contra mí. Contra todos.
Medina soltó una risa amarga.
—Declarar no te limpia.
Santiago inclinó apenas la cabeza hacia él.
—Ya lo sé.
Medina sostuvo la mirada del chico.
Quizá, por primera vez, lo vio no como pieza de informe, sino como hombre.
—Entonces quizá sirva de algo.
Paco escupió al suelo.
—Tarde.
Medina asintió.
—Sí.
Nadie discutió eso.
Alicia habló desde el móvil:
—He grabado todo lo que se ha oído por el altavoz, pero necesitamos la copia original y la digital de Medina. Y que Medina declare custodia y manipulación del informe. Ahora. Antes de que se arrepienta o aparezca Álvaro.
Medina miró el teléfono.
—No me voy a arrepentir.
Rafa soltó:
—Eso dicen muchos hasta que ven abogado.
Medina abrió el sobre de la caja y sacó varios papeles.
—Hay copia del informe original, del modificado y de pagos. No todos. Algunos. Lo bastante para que Medina no duerma y Álvaro tampoco.
Jimena miró los papeles.
—¿Por qué ahora?
Medina la miró.
—Porque Jacinto ha despertado. Porque Santiago ha dejado de contestar. Porque tu madre habló. Porque tu padre, al final, no se atrevió a destruir la caja. Porque soy viejo. Porque tengo miedo de morirme siendo solo lo que firmé.
—Eso no es justicia.
—No.
Medina miró al suelo.
—Es lo que queda cuando la justicia llega tarde y aun así uno intenta abrir la puerta.
Daro lo miró con una dureza cansada.
—Mi tío no llegó tarde. Llegaron tarde ustedes.
Medina aceptó la frase.
—Sí.
Guardaron la cinta y la copia digital en bolsas separadas.
Alicia dirigió a distancia como si fuera una operación quirúrgica.
Rafa se encargó de que Medina firmara una declaración manuscrita en la que reconocía haber alterado el informe y conservado una copia de la grabación.
Paco firmó como testigo. Jimena también. Santiago también.
Daro tardó en coger el bolígrafo.
Cuando lo hizo, su firma salió dura, inclinada, casi rota.
Después subieron a los coches.
Medina no se fue con ellos.
—Voy al cuartelillo —dijo.
Rafa soltó una carcajada.
—¿A entregarte tú solo?
Medina miró el pantano.
—A llamar a alguien que no me deba favores.
Paco se acercó a él.
Durante un momento pareció que iba a golpearlo.
No dio ese paso.
—Si desapareces, voy a buscarte.
Medina asintió.
—Lo sé.
Volvieron por el camino de tierra en silencio.
Esta vez, Jimena iba en el coche con Daro. Rafa conducía delante en el suyo con Paco. Santiago iba detrás, en el asiento trasero, mirando sus manos como si acabara de descubrir que eran suyas.
El móvil limpio sonó.
Rocío.
Jimena contestó con el corazón en la garganta.
—Mamá.
—¿Lo tenéis?
Jimena miró a Daro.
Él no dijo nada.
—Sí.
Rocío no preguntó enseguida.
Quizá porque ya sabía que la respuesta iba a cambiarla todo otra vez.
—¿Quién? —susurró.
Jimena cerró los párpados un momento.
—Jacinto disparó.
Al otro lado no hubo sonido.
Ni respiración.
Nada.
Jimena siguió, con la voz quebrándose:
—Álvaro le hizo creer que Julián iba a hundir la finca y dejar a todos sin trabajo.
Santiago no disparó a Julián. Disparó al aire.
Jacinto disparó para asustarlo, rebotó o alcanzó mal, no está del todo claro.
Julián quedó vivo. Tomás quiso llamar al principio.
Álvaro dijo que si seguía vivo, hablaría.
Y dijo que no llamaran al médico todavía.
Rocío soltó un sollozo.
No fuerte.
Peor.
Uno pequeño.
Como si todo el cuerpo se hubiera rendido en un solo sonido.
—Lo sabía —dijo.
Jimena se quedó helada.
—¿Qué?
—No lo del disparo. No Jacinto. Pero sabía que Álvaro había decidido. Lo vi en su cara. Cuando dijo que esperáramos. Cuando Tomás dejó de mirarme. Yo sabía que alguien había elegido. Y luego dejé que me convencieran de que no podía estar segura.
Jimena no supo qué decir.
Rocío lloraba.
—¿Daro está ahí?
Jimena miró a Daro.
Él asintió una vez.
Ella puso el altavoz.
—Estoy —dijo él.
Rocío tardó en hablar.
—Daro… no sé qué pedirte. Perdón no sirve.
Daro miró la carretera.
—No.
—Pero lo siento.
Él apretó los párpados un segundo.
—Lo sé.
Rocío lloró más.
No por perdón.
Porque no lo había recibido.
Y aun así no había sido expulsada de la conversación.
Daro añadió:
—Jacinto tiene que decirlo.
—Sí.
—Antes de que lo diga otro.
—Sí.
—Y Álvaro tiene que caer por lo que decidió.
Rocío respiró.
—Sí.
Santiago, desde atrás, habló:
—Mi padre no va a caer solo.
El coche se llenó de esa frase.
Daro lo miró por el retrovisor.
Santiago no apartó la mirada.
—Yo voy a declarar —dijo—. Pero si mi padre ve que Medina habla y que Jacinto puede hablar, hará una cosa antes de defenderse.
Jimena se volvió hacia él.
—¿Qué?
Santiago tragó con esfuerzo.
—Irá a por Tomás.
—¿Por qué? —quiso saber Jimena.
—Porque Tomás puede decir que quiso llamar. Puede decir que Álvaro dio la orden. Puede salvar una parte de sí mismo hundiendo a mi padre. Y mi padre no permitirá que nadie lo cuente antes que él.
Jimena sintió frío.
Tomás.
Las Encinas.
Julia.
Paco fuera de la finca.
—Tenemos que volver —dijo.
Daro aceleró antes de que terminara la frase.
La carretera hacia Las Encinas se abrió delante de ellos como una cuerda tirante.
La verdad de la montería ya no estaba enterrada.
Pero todavía podía matar a alguien antes de hacerse pública.
Y Jimena comprendió, con un cansancio que le llegó hasta los huesos, que saber la verdad no terminaba la guerra.
Solo le quitaba la máscara.