Capítulo 21 — La verdad de la montería #2
—¿Tiene reproductor? —quiso saber Rafa.
Medina señaló la grabadora.
—La pasé a audio hace años. La imagen original está peor. El sonido se salvó lo suficiente.
Alicia, desde el móvil de Rafa, habló de pronto:
—No pongáis el original si tiene copia de audio.
Medina miró el teléfono.
—¿Quién es?
—La persona que va a convertir su cobardía en archivo útil si no hace más tonterías —respondió Alicia.
Esta vez, Medina pareció casi sonreír.
—Bien.
Sacó una tarjeta de memoria de un sobre pequeño y una grabadora digital más moderna.
—Hice copia hace tres años, cuando entendí que Álvaro podía venir a por la original.
Santiago levantó la cabeza.
—¿Mi padre sabía que la tenía?
—Tu padre sospechaba que yo había guardado algo. No sabía qué parte. Nadie sabía nunca todo. Ese fue el modo en que sobrevivimos: repartiéndonos veneno en vasos pequeños.
Jimena sintió un escalofrío.
Medina encendió la grabadora.
—Antes de escucharla, tenéis que saber una cosa.
Daro soltó:
—No.
—Sí.
Medina lo miró.
—La cinta no os va a dar paz. No va a ordenar a los vivos en buenos y malos como os conviene para dormir. Va a decir quién hizo qué. Eso no significa que sepáis qué hacer con ello.
Daro no apartó la mirada.
—Ponla.
Medina pulsó el botón.
Al principio solo hubo ruido.
Viento.
Perros.
Un golpe metálico.
Luego voces.
Lejanas primero.
Después más cerca.
La grabación no tenía imagen, pero el sonido construyó el lugar con una violencia propia. Jimena vio, sin ver, el patio de Las Encinas. El remolque. Los hombres. Las botas. El ladrido de los perros. Rocío llorando. Julián respirando. Todo lo que la casa había tragado durante quince años.
Una voz joven, rota.
Santiago.
—No ha sido… no ha sido…
Álvaro, duro:
—Cállate.
Santiago:
—Padre, yo no…
Álvaro:
—Cállate ahora mismo.
Un ruido de pasos.
Tomás:
—¿Qué ha pasado?
Otro hombre, quizá Paco joven, quizá Jacinto:
—Está vivo.
Rocío, más cerca, desesperada:
—¡Llamad a un médico!
La voz de Rocío joven hizo que la Rocío ausente pareciera estar allí. Jimena sintió un dolor agudo al imaginarla.
Medina pulsó pausa.
Nadie se atrevió a hablar.
Santiago estaba blanco.
—Sigue —dijo Daro.
Medina volvió a pulsar.
Rocío:
—¡Tomás, por Dios, está vivo!
Tomás, temblando:
—Rocío, apártate.
Rocío:
—¡No! ¡No, respira! ¡Mírame! ¡Julián, mírame!
Un jadeo.
No se sabía si era Julián.
Tal vez sí.
Daro apretó los párpados con fuerza.
La cinta siguió.
Álvaro:
—Hay que sacarlo de aquí.
Tomás:
—Hay que llamar.
Álvaro:
—No seas imbécil. Si llamas ahora, viene médico, viene Guardia Civil de verdad, vienen preguntas. El chico estaba fuera de puesto con una escopeta que no debía llevar.
Santiago, llorando:
—Yo no he querido…
Álvaro:
—He dicho que te calles.
Tomás:
—Álvaro, está vivo.
Álvaro:
—Y si sigue vivo, habla.
Silencio.
Un silencio tan brutal que el pantano pareció detenerse.
Daro abrió los ojos.
Jimena sintió náuseas.
Tomás había dicho que había que llamar.
No lo bastante.
No hasta el final.
Pero lo había dicho.
Álvaro había respondido.
Y si sigue vivo, habla.
La cinta continuó.
Medina, más joven, entrando quizá en la escena:
—¿Qué coño habéis hecho?
Álvaro:
—Lo que tú vas a ordenar.
Medina:
—Yo no ordeno nada.
Álvaro:
—Entonces escucha. El chico ha disparado asustado. No vio a Julián donde debía estar. Julián estaba fuera de puesto. Accidente. Tragedia. Informe limpio.
Santiago:
—Yo no disparé a Julián.
La frase cayó.
Daro se quedó clavado en el sitio.
Jimena dejó de respirar.
Santiago adulto, junto a ellos, abrió los ojos como si acabara de oír una voz que llevaba quince años golpeando desde dentro de una pared.
La cinta siguió.
Álvaro:
—Santiago.
Santiago joven:
—¡Yo no le disparé! Disparé al aire. ¡Padre, yo disparé al aire!
Tomás:
—Entonces quién…
Un golpe.
Un jadeo.
Otra voz.
No clara al principio.
Medina pausó.
Daro se volvió hacia él.
—No.
Medina tardó un segundo en hablar.
—Hay un salto aquí. La cinta está dañada. Después se oye.
—Ponla.
Medina obedeció.
Ruido.
Perros.
Rocío llorando.
Paco:
—No se nos muere aquí como un perro.
Álvaro:
—Nadie se muere si dejáis de gritar.
Tomás:
—Hay que llevarlo.
Álvaro:
—No al hospital.
Tomás:
—A la casa. Ahora.
Medina:
—Si lo movéis así…
Álvaro:
—Tú firma después que llegó muerto.
Medina:
—No puedo.
Álvaro:
—Puedes. Tu hijo entra en la academia el mes que viene, ¿verdad? Sería una pena que ciertas cosas de tu expediente…
Medina joven:
—Hijo de puta.
Álvaro:
—Sí. Pero útil.
Jimena miró a Medina.
El hombre tenía la cara deshecha.
No buscaba compasión.
Eso lo hacía peor.
La grabación siguió.
Santiago joven, más lejos:
—Padre, dime que no he sido yo.
Álvaro:
—Has sido obediente. Ahora sigue siéndolo.
Santiago adulto se dobló hacia delante como si fuera a vomitar.
Jimena se acercó a él, pero se detuvo. No sabía si tocarlo. No sabía si tenía derecho. No sabía si él lo soportaría.
Daro no apartaba la vista de la grabadora.
—Falta quién disparó —dijo.
Su voz no parecía humana.
Medina respiró hondo.
—Sí.
La cinta siguió.
Más ruido.
Un trozo casi inentendible.
Después Tomás, roto:
—Baja el arma.
A Jimena le pareció que la sangre se le helaba.
Otra voz respondió.
No era Álvaro.
No era Santiago.
Era más grave.
Más vieja.
Más rural.
Paco bajó la cabeza.
—No —susurró.
La voz en la cinta:
—Yo solo quería asustarlo.
Daro se volvió hacia Paco.
Paco estaba pálido.
—¿Quién es? —insistió Jimena.
Paco abrió la boca.
No salió nada.
La cinta respondió por él.
Tomás:
—Jacinto, baja el arma.
El mundo se detuvo.
Jimena tuvo la impresión de que el nombre golpeaba cada piedra del pantano.
Jacinto.
Daro dio un paso atrás.
Santiago se cubrió la boca.
Rafa murmuró una maldición.
En la cinta, Jacinto joven lloraba o respiraba como quien no puede creer sus propias manos.
—Yo solo quería asustarlo, don Tomás. Me dijeron que nos iba a dejar a todos sin trabajo. Que si salía lo de los papeles, la finca caía. Que mi hija… que mi hija…
Álvaro, rápido:
—Cállate.
Tomás:
—¿Quién te dijo eso?
Jacinto:
—Usted no. Usted no, don Tomás. El señor Álvaro. Me dijo que Julián iba a hundirnos. Que era un ladrón. Que quería vender papeles a los de fuera. Yo solo… yo solo disparé al suelo. A la piedra. Rebotó. Yo no quería…
Daro hizo un sonido.
No una palabra.
Un sonido de animal herido.
Jimena quiso tocarlo, pero él se apartó antes de que llegara.
La cinta siguió, implacable.
Rocío:
—¡Está vivo! ¡Tomás, está vivo!
Tomás:
—Jacinto, vete.
Jacinto:
—No.
Tomás:
—Vete de aquí ahora mismo.
Álvaro:
—No irá a ninguna parte hasta que entienda que Santiago disparó.
Santiago joven:
—¿Qué?
Álvaro:
—Tú estabas asustado. Disparaste mal. No viste a Julián. Fue un accidente.
Santiago:
—No.
Álvaro:
—Sí.
Tomás:
—Álvaro, no.
Álvaro:
—Tomás, si quieres salvar tu finca, a tu familia y al chico, escucha.
Jacinto es un jornalero. Si cae, hablará.
Si habla, saldrán los papeles. Si salen los papeles, Las Encinas se hunde.
Si Santiago queda como un niño asustado en un accidente, todos lloran y nadie pregunta por qué Julián estaba allí.
Tomás:
—Julián está vivo.
Y entonces llegó la frase.
La voz.
La que la otra cinta había anunciado.
La que todos habían rodeado sin oír completa.
Álvaro, frío, limpio, definitivo:
—No llamen al médico todavía.
La grabadora siguió reproduciendo ruido.
Nadie se movió.
No llamen al médico todavía.
No era grito.
No era pánico.
No era confusión.
Era una decisión.
Un cálculo.
Una frase dicha por un hombre que entendió que un vivo era más peligroso que un muerto.
Daro se quedó completamente quieto.
Demasiado quieto.
Jimena notó que si alguien lo tocaba, se rompería o mataría.
Santiago cayó de rodillas.
No dramáticamente.
Como si el cuerpo hubiera dejado de aceptar su propia historia.
—No fui yo —susurró.
Nadie respondió.
Porque no había alivio limpio en aquello.
No era él.
Y, aun así, había callado.
Había sido usado.
Y después había usado.
La inocencia del disparo no limpiaba la culpa de lo vivido después.
Paco se cubrió la cara.
—Jacinto —dijo.
La voz se le quebró.
Rafa miró al suelo.
Jimena pensó en la hija de Jacinto. En la mujer exigiendo que dijeran que su padre no era un viejo borracho. En Jacinto despertando en el hospital, pidiendo perdón, recordando quién le quitó la otra parte a Julián, diciendo que no fueran a la estación, que llegó tarde, que dio una llave tarde.
Jacinto había disparado.
Engañado.
Asustado.
Usado para proteger una finca que acabaría echándolo con una caja de cartón.
La tragedia era tan cruel que parecía escrita por la propia tierra.
Medina apagó la grabadora.
Daro sostuvo la mirada sobre él.
—Sigue.
Medina negó.
—Lo demás es informe. Voces. Más llanto. Yo diciendo que no. Luego firmando que sí.
—Ponlo.
—No.
Daro avanzó.
—Ponlo.
Medina sostuvo la mirada.
—No porque quiera protegerme. Porque ya has oído la verdad de la montería.
Daro respiraba como si cada bocanada le cortara.
—Mi tío murió porque Álvaro quiso callarlo.
—Sí.
—Jacinto disparó.
—Sí.
—Por una mentira que Álvaro le metió en la cabeza.
—Sí.
—Santiago cargó con la culpa.
Medina miró a Santiago en el suelo.
—Con una versión. No con cárcel. Otros habrían ido a prisión por menos.
Santiago levantó la cabeza.
Aceptó el golpe sin defenderse.
—Tomás quiso llamar —dijo Jimena.
La frase salió sola.
No como defensa.
Como horror.
Medina la miró.
—Al principio.
Jimena exhaló despacio antes de responder.
Al principio.
Qué medida tan terrible.
Su padre había tenido un instante.
Un instante en que la vida todavía pesaba más que la finca.
Luego no lo sostuvo.
Luego obedeció el cálculo de Álvaro, su propio miedo, los papeles, la ruina, el apellido.
Tomás no había disparado.
Pero había dejado que la frase de otro decidiera el tiempo de Julián.
No llamen al médico todavía.
Todavía.
La palabra era el crimen.
Daro se volvió y caminó hacia el agua.
Jimena fue detrás.
Rafa hizo ademán de seguir, pero ella levantó una mano.
—Déjame.
No sabía si hacía bien.
Fue igual.