Capítulo 21 — La verdad de la montería
El pantano viejo no salía en los mapas turísticos.
No tenía merenderos cuidados ni barandillas nuevas ni carteles que explicaran aves, rutas o atardeceres.
Era una bolsa de agua oscura entre encinas bajas y tierra partida, una cicatriz quieta a pocos kilómetros de San Brezo, donde los chavales habían ido a beber cerveza a escondidas, donde algunos hombres pescaban sin licencia y donde, según Julia, los perros se negaban a ladrar de noche.
Jimena no había estado allí desde niña.
Recordaba poco: un verano seco, Mateo tirando piedras al agua, Tomás enfadado porque se habían manchado los zapatos, Rocío diciéndoles que no se acercaran al borde.
En su memoria, el pantano era un lugar aburrido y prohibido, demasiado lejos de la casa para ser cotidiano y demasiado cerca de Las Encinas para ser ajeno.
Ahora, bajo el cielo morado de la tarde, parecía otra cosa.
Un sitio donde se tiraban cosas que no debían volver.
Rafa aparcó el primer coche junto a un camino de tierra, antes de la última curva.
Paco iba con él. Daro detuvo el de Manolo detrás, apagó el motor y se quedó unos segundos con las manos sobre el volante.
Jimena notó que ya no le temblaban tanto, aunque el cuerpo entero seguía en tensión.
Santiago, en el asiento trasero, no había pronunciado palabra durante el trayecto.
El agua se veía entre los árboles.
Negra.
Plana.
Como un ojo cerrado.
—La caseta está al otro lado —dijo Paco al bajar—. Antigua estación de bombeo. Medina la compró hace años a través de un primo. Decía que venía a pescar.
Rafa miró el terreno.
—Claro. Pescar pruebas.
Daro no sonrió.
Jimena bajó del coche y cerró despacio. El aire olía a jara, polvo y humedad estancada. A lo lejos, una chicharra insistía como si no supiera que el día se estaba terminando. El silencio del pantano no era silencio de paz. Era de espera.
Alicia sonó en el móvil limpio de Rafa.
—Ubicación recibida. Os veo parados.
—Hemos llegado —dijo Rafa.
—No entréis sin mirar salida, ventanas y si hay coches ocultos.
Rafa miró alrededor.
—Nos estás malacostumbrando a vivir.
—Alguien tiene que compensar vuestra vocación de cadáver.
Jimena cogió el teléfono.
—Alicia, si encontramos la cinta…
—No la reproduzcáis en cualquier sitio. Ya sé que vais a ignorarme si aparece Medina con un televisor de la guerra civil, pero dejo constancia de mi oposición técnica.
—¿Puedes seguir grabando la llamada?
—Sí. Y todo lo que digáis desde ahora queda guardado. Pero cuidado: una confesión hecha en mitad de una amenaza sirve menos que una hecha con testigos tranquilos.
Rafa soltó una risa breve.
—Aquí tranquilos no hay ni los grillos.
Jimena devolvió el móvil.
Daro abrió el maletero y sacó una linterna.
Rafa le dio otra. Paco llevaba la suya. Santiago no tenía nada en las manos.
Parecía más desprotegido así, sin teléfono, sin traje perfecto, sin Álvaro diciéndole dónde colocarse.
Solo un hombre joven demasiado cansado frente a un lugar donde quizá todo iba a terminar de nombrarse.
—Si mi padre aparece —dijo Santiago—, no le dejéis hablar conmigo a solas.
Daro lo observó en silencio.
—No pensaba.
Santiago aceptó la aspereza.
Jimena lo observó un segundo.
—¿Crees que vendrá?
Santiago miró el camino que dejaban atrás.
—Si Nico ha hablado, mi padre ya sabe que sabemos lo de Medina. Vendrá. O mandará a alguien.
—¿Y Tomás? —dijo Rafa.
Jimena miró hacia la dirección de Las Encinas, invisible tras los árboles.
—No lo sé.
Era verdad.
No sabía ya qué haría su padre. Eso era nuevo.
Durante años, habría podido anticipar sus movimientos: cerrar, ordenar, negar, proteger la casa aunque tuviera que sacrificar a quienes vivían dentro.
Pero algo en Tomás se había resquebrajado en la plaza.
No lo suficiente para volverlo inocente.
Sí lo suficiente para volverlo imprevisible.
Caminaron.
El camino hasta la caseta era estrecho, lleno de piedras sueltas y ramas bajas. A medida que avanzaban, el pantano aparecía y desaparecía entre los troncos. La luz caía rápido. En algunos puntos, el agua reflejaba el cielo con un brillo metálico. En otros, era una mancha sin fondo.
Jimena caminaba entre Daro y Rafa.
No porque la hubieran colocado allí.
Porque el camino no daba para más.
Aun así, notaba la presencia de Daro a su lado como una pregunta constante.
Después del coso viejo, después de que no peleara, después de que admitiera que le temblaban las manos, algo se había abierto entre ellos y había quedado abierto sin que ninguno supiera cruzarlo.
No era el momento. Quizá nunca había momento para algo así.
O quizá todas las cosas importantes nacían precisamente en lugares imposibles, cuando nadie podía permitírselas.
Daro se detuvo.
Levantó una mano.
Todos se quedaron quietos.
—Coche —susurró.
Jimena contuvo la respiración.
Más adelante, detrás de una curva, se veía un reflejo oscuro entre los árboles. Un vehículo aparcado junto a la caseta. No era el de Álvaro. No era el de Tomás.
—Medina —dijo Paco.
La caseta apareció unos metros después.
Era una construcción baja, de paredes desconchadas, tejado de uralita y puerta metálica verde.
Tenía una ventana pequeña con reja y otra trasera tapada con una madera.
Junto a la entrada había un coche gris viejo, cubierto de polvo en los bajos.
La matrícula coincidía con la que Paco recordaba haber visto alguna vez en el pueblo, aparcada lejos del cuartelillo.
No parecía haber más coches.
Eso no tranquilizó a nadie.
Rafa hizo una seña. Él y Paco rodearon la caseta por un lateral. Daro avanzó hacia la puerta con Jimena a dos pasos. Santiago se quedó detrás, mirando hacia el camino.
Antes de que Daro llamara, la puerta se abrió.
Medina apareció en el umbral.
No llevaba arma visible.
No llevaba uniforme.
Llevaba una camisa clara, pantalón oscuro y una chaqueta demasiado fina para el frío que empezaba a caer.
Parecía más viejo que en el depósito. Allí, bajo la luz sucia del pantano, la autoridad se le había caído de los hombros y solo quedaba un hombre cansado, de piel amarillenta, ojos hundidos y boca apretada.
Miró a Daro.
Después a Jimena.
Después a Santiago.
No pareció sorprenderse.
—Habéis tardado menos de lo que esperaba.
Daro avanzó un poco.
—¿Dónde está la cinta?
Medina soltó una risa seca.
—Los jóvenes siempre empezáis por el final.
—Mi tío empezó por el principio —respondió Daro—. Y acabó muerto.
La frase borró cualquier resto de risa.
Medina se hizo a un lado.
—Entrad.
Rafa apareció por detrás de la caseta.
—No.
Medina levantó la mirada hacia él.
—¿También tú?
—Sobre todo yo.
Paco se colocó al otro lado, junto a una ventana.
Medina miró la escena.
—No voy a salir corriendo.
—Eso dicen los que saben dónde correr —dijo Rafa.
Jimena dio un paso.
—Vamos a hablar fuera.
Medina la miró.
—Tu padre habría entrado.
—Lo sé.
La respuesta lo descolocó.
Santiago se acercó lentamente.
—¿La tiene usted?
Medina lo miró con una tristeza rara.
—Tú no deberías estar aquí.
Santiago sonrió sin nada.
—Eso me lo han dicho toda la vida sobre los sitios donde ya estaba.
Medina bajó la vista.
Luego giró hacia el interior de la caseta.
—La tengo.
Daro avanzó.
Rafa lo sujetó por el brazo.
—Despacio.
Medina entró y volvió a salir con una caja metálica pequeña, de esas que se usaban para guardar documentos en oficinas antiguas. La dejó sobre una mesa de piedra junto a la puerta. Sacó una llave de su bolsillo, abrió el cierre y levantó la tapa.
Dentro había papeles, un sobre marrón, una cinta pequeña y una grabadora vieja con adaptador, envuelta en plástico.
Jimena tuvo la impresión de que el aire se le cerraba en la garganta.
La cinta tenía una etiqueta.
No estaba escrita por Rocío ni por Isabel.
Era letra de Medina, limpia, administrativa.
MONTERÍA / DESPUÉS
Después.
Daro extendió la mano.
Medina cerró la caja de golpe antes de que la tocara.
Rafa dio un paso.
—Cuidado.
Medina no levantó la voz.
—Si la coges ahora, harás lo que hice yo. Llevarte un trozo y creer que puedes decidir cuándo pesa.
Daro lo miró con odio.
—No te atrevas a compararnos.
—No nos comparo. Te aviso.
—No quiero avisos de quien firmó una mentira.
Medina recibió la frase sin moverse.
—Firmé más de una.
El silencio del pantano entró entre ellos.
Jimena notó que aquello no era una confesión todavía. Era un hombre dejando caer piedras para comprobar cuánto ruido hacían.
—¿Por qué la guardó? —preguntó, aunque ya temía la respuesta.
Medina la miró.
—Porque soy cobarde, no idiota.
Rafa soltó una risa baja.
—Gran epitafio.
Medina asintió.
—Probablemente.
Apoyó ambas manos sobre la caja.
—Cuando llegué a Las Encinas aquella mañana, Julián Rivas aún respiraba. Eso ya lo sabéis. Rocío gritaba. Isabel miraba desde la galería como si ya nos estuviera juzgando a todos. Tomás estaba blanco. Álvaro, no. Álvaro estaba entero. Eso fue lo primero que me dio miedo.
Santiago dejó caer los párpados un segundo.
Medina siguió:
—Había sangre. Mucha. Pero no tanta como para que todos hubieran decidido ya que no había nada que hacer.
Daro se acercó un paso.
—¿Quién disparó?
Medina lo miró.
No respondió.
Daro dio otro paso.
—¿Quién disparó?
—Eso está en la cinta.
—Dilo.
—No.
Daro se abalanzó.
Esta vez sí.
Rafa y Paco lo sujetaron a la vez. Jimena se movió, pero no llegó a tocarlo. Daro forcejeó un segundo, solo uno, con una violencia que parecía más dolor que fuerza. Luego se detuvo. Respiraba como si acabara de salir del agua.
Medina no retrocedió.
—Si te lo digo yo, será otra versión de un viejo sucio —dijo—. Escúchalo de la boca que toca.
Daro temblaba.
Jimena se acercó a él.
—Daro.
Él no la miró.
—Suéltame —dijo a Rafa.
—¿Vas a pegarle?
Daro tardó.
—No.
Rafa lo soltó.
Paco también.
Medina abrió la caja otra vez.
Sacó la cinta.
—No está completa.
Jimena sintió un cansancio feroz.
—Nada lo está nunca.
—Esta vez es por deterioro, no por conspiración —dijo Medina—. La guardé mal al principio. Luego mejor. Hay saltos. Ruido. Pero se oye lo importante.