Capítulo 20 — El último combate #3
El viejo coso estaba a unos kilómetros de San Brezo, al final de un camino de tierra flanqueado por alambradas rotas.
Rafa conducía. Paco iba con él. Jimena, Daro y Santiago iban detrás en otro coche, el de Manolo, que había insistido en prestarles el vehículo con la condición de que si se lo abollaban al menos fuera “por una causa con papeles”.
Nadie habló durante el camino.
La plaza de tientas apareció entre encinas dispersas, un círculo de muro bajo, tablas podridas y una puerta de hierro vencida. No había público. No había música. No había luces de ring. Solo tierra, sombra, olor a animal antiguo y cielo de tarde apagándose.
Bruno estaba en el centro.
Con él había Nico Aranda.
Jimena lo reconoció por la descripción de Mateo antes de que nadie lo nombrara: un hombre de mediana edad, delgado, con una cicatriz en el cuello y una forma nerviosa de mirar los laterales, como si siempre buscara quién podía traicionarlo primero.
Había dos hombres más junto a la puerta.
No muchos.
Los suficientes.
Bruno aplaudió despacio al verlos entrar.
—Qué solemne todo.
Daro se limitó a callar.
Jimena bajó del coche y caminó junto a él, no detrás.
Santiago lo hizo al otro lado, aunque mantenía distancia.
Rafa y Paco se quedaron un poco más atrás, vigilando.
—No has traído guantes —dijo Bruno a Daro.
—No he venido a pelear.
—Eso has dicho en tu vídeo. Muy emotivo. Un poco seco. Pero bueno, cada uno tiene sus limitaciones expresivas.
Daro no apartó los ojos de él.
—Nico.
El hombre de la cicatriz tragó con esfuerzo.
Bruno pareció divertirse.
—Nico habla si yo digo que habla.
Jimena intervino:
—Entonces ha venido de adorno.
Bruno la miró.
—Has aprendido a pinchar.
—He tenido buenos ejemplos de gente desagradable.
—De nada.
Santiago miraba a Nico.
—Te conozco.
Nico apartó la mirada.
—No.
—Sí. Madrid. Piso de mi padre. Después de la montería.
Bruno observó la escena con interés.
—Vaya. El heredero recuerda.
Santiago acortó la distancia con Nico.
—¿Qué te dio mi padre?
Nico miró a Bruno.
Bruno no dijo nada.
Eso lo asustó más.
—Yo transportaba cosas —dijo Nico.
Su voz era más aguda de lo esperado.
—Cajas. Sobres. Dinero. No preguntaba.
Daro soltó una risa baja.
—Qué epidemia.
Nico lo miró con miedo y orgullo herido.
—Tú también trabajaste sin preguntar, Rivas.
Daro aceptó el golpe sin moverse.
—Por eso sé cuándo alguien miente mal.
Jimena habló:
—¿Qué transportaste después de la montería?
Nico se humedeció los labios.
—Una cinta.
Santiago apretó los párpados un instante.
Bruno sonrió apenas.
—¿A dónde? —preguntó Jimena, sin apartar la vista.
—A Madrid primero. Luego a un despacho. Luego volvió a cambiar.
—¿De quién era el despacho?
Nico miró a Santiago.
—De Álvaro de la Vega.
Santiago no se movió.
Era como si cada confirmación le quitara otra capa de piel.
—¿La cinta final? —preguntó Daro, desconfiado.
Nico notó la garganta seca.
—No sé si era final. Era otra. Se oía mal. Voces. Gritos. Alguien diciendo que no llamaran todavía.
Daro se adelantó.
Rafa hizo un gesto, alerta.
Jimena tuvo la impresión de que el corazón le golpeaba en la garganta.
—¿Dónde está ahora?
Nico miró a Bruno.
Bruno alzó las cejas.
—Adelante.
Nico respiró.
—No la tengo.
Daro se abalanzó medio paso, pero se detuvo.
El cuerpo entero le pidió violencia.
Jimena lo vio.
Daro también.
Y no obedeció.
Nico siguió deprisa:
—No la tengo, pero sé quién la compró hace dos años.
Bruno lo miró, ahora sí con interés peligroso.
—Nico.
El hombre se encogió.
—No voy a cargar con esto solo.
Bruno sonrió sin alegría.
—Qué tarde se vuelve valiente la gente mediocre.
Nico miró a Jimena.
—La compró alguien para sacarla de España. O eso dijo. Un abogado de fuera, intermediario. Pero el pago salió de una cuenta vinculada a Medina.
Paco soltó una maldición.
Santiago abrió los ojos.
Daro se quedó helado.
—Medina compró la cinta —dijo Jimena.
Nico negó.
—No. La cuenta era de su mujer. O de una sociedad de su mujer. No sé. Yo solo vi el justificante porque el idiota que lo movió lo dejó en una carpeta.
Bruno acortó la distancia.
—Cuidado.
Nico retrocedió.
—No. Ya no. Me dijiste que esto era solo apretar a Tomás. Luego al de Madrid. Luego a la chica. Pero ahora está todo en la calle y Álvaro va a dejar que caigamos los que llevamos cajas.
Daro habló muy bajo:
—¿Dónde está la cinta?
Nico lo miró.
—La tenía Medina.
—¿Ahora?
—No lo sé.
Daro volvió a moverse, pero otra vez se detuvo.
Jimena casi sintió el esfuerzo físicamente.
Bruno observaba.
Esperaba.
Quería que Daro cruzara la línea.
Daro respiró.
Una vez.
Dos.
—Dime dónde vive Medina —dijo.
Nico soltó una risa nerviosa.
—Todo el mundo sabe dónde vive Medina.
Paco intervino:
—No vive allí desde que se separó. Tiene una casita junto al pantano viejo.
Nico asintió rápido.
—Allí. Puede estar allí.
Bruno aplaudió una vez.
—Muy bien. Ya tenemos nueva excursión.
Jimena miró a Bruno.
—¿Por qué nos das esto?
—Yo no os doy nada. Nico está descubriendo su conciencia delante de testigos. Es precioso.
—No.
Jimena se acercó un paso.
—Tú querías que supiéramos que Medina tiene la cinta.
Bruno sonrió con una alegría mal puesta.
—Quería ver qué hacíais con un enemigo pequeño después de pelearos con los grandes.
—Medina no es pequeño.
—Comparado con Álvaro, sí. Comparado con Tomás, a ratos. Comparado conmigo, depende del día.
Daro clavó la vista en él.
—No voy a pelear.
Bruno inclinó la cabeza.
—Ya lo veo.
—¿Entonces qué quieres?
La sonrisa de Bruno desapareció un poco.
—Que entiendas que aunque no entres al ring, sigues en el barro. Y que el barro no premia a los limpios. Solo traga más lento a los que aprenden a moverse.
Rafa avanzó.
—Se acabó.
Bruno abrió los brazos.
—Por mí.
Daro miró a Nico.
—Si mientes…
Nico lo interrumpió, casi desesperado:
—No miento. Pregunta por la caseta del pantano. Allí guardaba cosas. Cosas que no podían estar en el cuartelillo ni en su casa.
Santiago habló:
—Mi padre lo sabe.
Todos lo miraron.
—Si Medina tenía esa cinta, mi padre lo sabe. O lo sospecha. Y si la reclamación de hoy lo ha asustado, irá a por ella.
Jimena notó que el mundo volvía a estrecharse hacia una sola dirección.
El pantano viejo.
Medina.
La cinta final.
La voz que dijo no llamen al médico todavía.
Daro se volvió hacia ella.
—Vamos.
No era una orden.
Era una necesidad.
Jimena hizo un gesto breve.
Bruno los vio moverse.
—Rivas.
Daro se detuvo.
—Has aguantado bien hoy.
Daro dejó la frase en el aire.
—Pero aguantar no es ganar.
Daro se volvió despacio.
La tarde le caía en la cara. Tenía polvo en las botas, ojeras, rabia, vergüenza expuesta en vídeos y la voz de Julián todavía abierta por dentro. Parecía cansado hasta el hueso. Pero estaba de pie. Sin guantes. Sin sangre nueva. Sin haberle dado a Bruno la escena que quería.
—No —dijo—. Pero por primera vez no has elegido tú dónde pierdo.
Bruno dejó de sonreír.
Tampoco era tan sencillo.
Lo justo para doler.
A Jimena le pareció que esa era la verdadera pelea.
No definitiva.
No limpia.
No ganada por completo.
Pero real.
Daro dio media vuelta.
Subieron a los coches.
El viejo coso quedó atrás con Bruno, Nico y dos hombres que ya no parecían tan seguros de quién mandaba en la tierra.
En el camino hacia el pantano, el cielo se volvió morado.
Jimena miró a Daro desde el asiento de al lado.
—No has peleado.
Él no apartó la vista de la carretera.
—Todavía me tiemblan las manos.
Ella apartó la vista.
Era verdad.
Le temblaban.
No de miedo.
De abstinencia de violencia.
De rabia sin salida.
De haber ganado una batalla que no se parecía a ganar.
Jimena posó su mano sobre la suya.
Solo un momento.
Lo bastante para que pudiera apartarla.
Daro no la apartó.
Siguió conduciendo con la otra mano, mirando al frente.
—No sé cuánto puedo sostener esto —dijo.
Jimena miró la carretera.
—No tienes que sostenerlo solo.
Él soltó aire despacio.
—Eso decís todos hoy.
—A lo mejor porque es verdad.
Daro guardó silencio.
Pero giró la mano bajo la suya.
No la cogió del todo.
No todavía.
Solo dejó de tener el puño cerrado.
Al fondo, más allá de los olivos y de la carretera estrecha, el pantano viejo empezaba a aparecer como una mancha oscura bajo el cielo.
Y en algún lugar junto a esa agua quieta, si Nico Aranda había dicho la verdad, esperaba la última cinta.
El final.
La culpa.
La voz que todos habían obedecido cuando Julián Rivas todavía respiraba.