Capítulo 20 — El último combate #2
La voz de Alicia perdió parte de su ironía.
—“Si quieres contar tu parte antes de que yo cuente el resto, ya sabes dónde acaba un hombre lo que empieza. Esta noche. Último combate. Después te doy a Nico Aranda y lo que sabe de la cinta final.” Hay una ubicación.
Rafa maldijo.
Santiago palideció.
—Nico Aranda estuvo allí después de la montería.
Todos lo miraron.
Jimena tuvo la impresión de que el nombre se abría otra vez.
—¿Cómo que estuvo?
Santiago tardó un segundo en encontrar la voz.
—No en Las Encinas. En Madrid. Con mi padre. Semanas después. Yo lo vi una vez en el piso donde me tuvo. Mi padre le dio algo. Un sobre o una cinta, no sé. Me dijo que no saliera del cuarto. Salí igual.
Daro se giró por completo hacia él.
—¿Por qué no lo dijiste?
—Porque lo recordé ahora. Porque entonces no sabía quién era Nico. Porque llevo quince años con recuerdos puestos en cajones que no he abierto hasta que empezasteis a romper la casa.
Daro parecía a punto de decir algo brutal.
No terminó de hacerlo.
Jimena notó que todos estaban al borde del mismo agujero.
Bruno lo sabía.
Los estaba llamando por su nombre más oscuro.
A Daro, con el ring.
A Santiago, con Nico.
A Jimena, con la finca.
A todos, con la cinta final.
Rafa colgó y dejó el móvil sobre la mesa.
—No vas.
Daro prefirió callarse.
Lola habría dicho lo mismo. Jimena casi pudo oírla desde Madrid, insultándolo por adelantado.
—Daro —dijo ella.
Él no apartó los ojos de ella.
Y en esa mirada Jimena entendió que esta vez no bastaba con decir no.
No porque Daro quisiera pelear.
No solo.
Porque Bruno le había ofrecido algo que nadie más tenía: Nico Aranda, el hombre que Mateo había visto con Santiago, el nombre que conectaba la deuda, el ring y quizá la parte final de la cinta. Negarse podía ser sensato. Pero también significaba dejar una pista en manos de Bruno.
Jimena respiró despacio.
—No puedes ir como él quiere.
Rafa se volvió hacia ella.
—No empieces.
—He dicho como él quiere.
Daro no apartó los ojos de Jimena.
—¿Y cómo quieres que vaya?
—No a pelear.
—Lo llama combate.
—Pues le damos otro.
Santiago frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Jimena miró a Rafa.
—Bruno ha filtrado vídeos. Quiere que Daro reaccione con violencia para convertirlo en lo que dicen esos vídeos.
—Sí —dijo Rafa.
—Entonces hay que contestar antes de ir.
—¿Con qué? —preguntó Manolo.
Jimena miró a Daro.
La idea no le gustaba.
A él tampoco iba a gustarle.
—Con la verdad de Daro.
Daro se endureció.
—No.
—Escúchame.
—No.
—Daro.
—No voy a ponerme delante de medio pueblo a contar mis miserias para que me acaricien la cabeza.
—No es eso.
—Sí es eso.
Jimena se acercó.
—No. Es quitarle a Bruno la exclusiva de tu vergüenza.
La frase lo dejó quieto.
Rafa evitó sus ojos, como si reconociera el golpe y no supiera si aprobarlo.
Jimena siguió:
—No tienes que contarlo todo. No tienes que pedir perdón por existir. Pero si Bruno va a enseñar imágenes tuyas peleando, alguien tiene que decir por qué ese ring existía, quién ganaba dinero, a quién atrapaba y cómo funcionaba la deuda. No eres el único chico que pasó por allí, ¿verdad?
Daro miró a Rafa.
Rafa respondió:
—No.
—Entonces no va solo de ti.
Daro soltó una risa rota.
—Qué fácil lo hacéis sonar.
—No es fácil.
—Tú hablas bien.
—Sí. Y tú dices la verdad aunque te arranque la boca.
Él mantuvo la vista en ella.
La frase había salido con más intimidad de la que Jimena pretendía.
No la retiró.
Daro apartó la vista primero.
Rafa se pasó una mano por la cabeza.
—Podemos grabar una declaración. No plaza. No espectáculo. Una declaración clara. Daro, yo y alguno más que haya pasado por ese sitio si localizamos a alguien. Alicia la guarda. Si Bruno filtra vídeos, se filtra contexto.
—¿Contexto? —dijo Daro—. Qué palabra tan limpia.
Rafa lo miró.
—Pues barro con fecha, si te gusta más.
Manolo levantó la mano.
—Yo conozco a uno de Mérida que peleó en ese local. Venía por el bar hace años. Ahora trabaja de repartidor. Igual habla si sabe que Bruno está saliendo en la foto.
Rafa asintió sin teatro.
—Llámalo.
Daro exhaló antes de volver a mirarlo.
Se notaba que cada solución le dolía casi tanto como la trampa.
Jimena lo entendió entonces: el último combate no iba a ser evitar pelear. Iba a ser soportar ser visto sin convertir la vergüenza en puñetazo.
Eso era mucho más difícil.
A las tres de la tarde, grabaron la declaración en la trastienda de El Candil.
No hubo escenario.
No hubo luz bonita.
Manolo colocó el móvil sobre una caja de vino.
Rafa se sentó primero. Daro se negó tres veces y a la cuarta se sentó a su lado, con la espalda recta y las manos entrelazadas.
Jimena no apareció en la imagen. Lo decidió él, y ella lo respetó.
No porque quisiera apartarla, sino porque aquella parte no podía contarla por ella.
Rafa habló primero.
Dijo que Bruno Salvatierra llevaba años utilizando peleas clandestinas para convertir necesidad en deuda.
Dijo que había chicos sin dinero, hombres salidos de gimnasios, porteros, repartidores, exboxeadores y chavales que creían que resistir golpes era una forma de salir de la pobreza cuando en realidad era una forma de quedarse bajo otra mano.
No adornó. No justificó. No nombró a quien no había dado permiso.
Luego habló Daro.
Miró a cámara una vez.
Después no volvió a mirarla.
—Me llamo Daro Rivas —dijo—. He peleado en sitios donde no debía. He cobrado dinero por hacerlo. He aceptado trabajos de Bruno Salvatierra. No todo lo que aparece en esos vídeos es falso. Lo falso es para qué se está enseñando ahora.
Respiró.
El silencio entre frase y frase fue casi insoportable.
—No soy Julián Rivas. No soy mi tío. No voy a usar su nombre para parecer mejor de lo que he sido.
Pero Bruno no enseña esos vídeos porque le importe la violencia.
Los enseña porque quiere que la verdad sobre Las Encinas parezca una pelea de pobres buscando dinero.
Y porque sabe que si me devuelve al ring, me devuelve a un sitio donde él decidía el precio de mi cuerpo.
Jimena, fuera de plano, tuvo la impresión de que los ojos le ardían.
Daro siguió:
—No voy a entrar esta noche para limpiar mi nombre a golpes. Si Bruno quiere hablar de Nico Aranda, de las cintas, de las deudas o de quién ganó dinero con hombres rotos, que hable delante de testigos. Si quiere pelea, que busque a otro. Yo ya he perdido bastante obedeciendo escenarios ajenos.
No dijo más.
No hizo falta.
Rafa apagó la grabación.
El silencio de la trastienda fue largo.
Manolo se limpió la nariz con el dorso de la mano y dijo que había polvo, otra vez.
Rafa miró a Daro.
—Bien.
Daro se levantó.
—No digas nada.
—He dicho bien.
—Pues no lo digas.
Rafa movió la cabeza una vez.
Pero lo miró con una ternura seca que Jimena casi no se atrevió a presenciar.
A las cuatro, Alicia tenía el vídeo guardado y preparado para difundirse si Bruno seguía moviendo los suyos.
A las cuatro y media, el hombre de Mérida llamó a Manolo y aceptó grabar un audio anónimo confirmando que las peleas de Bruno no eran combates libres, sino deuda con público.
A las cinco, dos vídeos de Daro ya circulaban por San Brezo con comentarios de asco, morbo, duda y algunos silencios significativos.
A las cinco y cuarto, Alicia publicó la respuesta en los mismos canales por donde entraba la basura.
No pidió permiso.
Solo avisó después.
—Perdón —dijo por teléfono—. Se me resbaló el dedo ético.
Daro no se enfadó.
Eso ya fue una señal de cansancio extremo.
A las seis, Bruno envió otra dirección.
No era el viejo local de Usera.
Era una finca abandonada a las afueras de San Brezo. Una plaza de tientas en ruinas que había pertenecido a una ganadería menor antes de que Las Encinas absorbiera parte de sus pastos.
El mensaje decía:
Sin ring, entonces. Tierra. Ven si quieres que Nico hable. Trae a la heredera si tanto decide.
Rafa leyó el mensaje y maldijo con una creatividad que hizo que Puri, desde la puerta, dijera que algunas palabras sobraban pero el sentimiento era correcto.
Jimena miró a Daro.
—No.
Él no apartó la mirada.
—No vamos a pelear.
—Eso dices ahora.
—Y lo dije antes.
—Daro.
—No voy por Bruno. Voy por Nico.
Santiago se acercó.
—Yo voy.
Daro sostuvo la mirada sobre él.
—No.
—Nico me vio con mi padre. Si está allí, quizá hable al verme.
—O te usa.
Santiago asintió.
—Probablemente.
A Jimena le pareció que estaban otra vez ante una trampa, pero no exactamente igual. Bruno había perdido el ring como escenario. Ahora ofrecía tierra. Una plaza de tientas abandonada, una finca absorbida, un lugar que podía hablar tanto como los papeles.
—No iremos solos —dijo.
Rafa soltó:
—No deberíamos ir.
—Lo sé.
—Y aun así.
Jimena miró hacia la plaza, donde la gente seguía entrando y saliendo con documentos.
—Y aun así.
Daro se volvió hacia ella.
—Bruno te ha pedido a ti.
—Porque cree que eso te hará perder la cabeza.
—Puede tener razón.
—Entonces no se la des.
La frase, tantas veces repetida ya, no sonó gastada.
Sonó como un pacto difícil.
Rafa organizó el movimiento con la paciencia furiosa de quien sabe que nadie va a obedecer la opción sensata.
No avisaron a mucha gente. Solo a Alicia, que dejó ubicaciones compartidas y amenazó con llamar a todos los cuerpos de seguridad existentes si algo se apagaba.
A doña Amparo, que a su vez avisó a su sobrino abogado.
A Paco, que apareció con una linterna, una navaja y la expresión de quien llevaba demasiado tiempo esperando poder hacer algo más que callar.
Rocío quiso ir.
Jimena le dijo que no.
Rocío aceptó con una mirada que no era obediencia.
Era confianza.
—Entonces vuelves —dijo.
—Vuelvo.
—Y no negocias la cinta.
—No.
—Y no dejas que Daro se rompa solo.
Jimena miró a su madre.
—No sé si me deja hacer otra cosa.
Rocío le tocó la cara.
—Entonces aprende a quedarte cerca sin pedirle que sea fácil.
La frase le dolió por lo cierta.
Salieron al caer la tarde.