Bravío Capítulo 20 — El último combate
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Capítulo 20 — El último combate

La victoria duró menos que el café.

A mediodía, San Brezo parecía un pueblo distinto y el mismo de siempre.

Había papeles sobre la barra de El Candil, nombres escritos en servilletas, fotocopias recién salidas de la impresora de Manolo y vecinos entrando con escrituras antiguas, recibos guardados por abuelas muertas, cartas de compraventa, libretas de jornales y recuerdos que no valían como prueba, pero sí como herida.

La reclamación había bloqueado la firma de la cesión.

Eso era un hecho.

Durante unas horas, Álvaro no podía quedarse con el control de Las Encinas sin arrastrar a notarios, abogados, registros y sociedades a una zona demasiado iluminada.

La finca seguía en pie. Tomás seguía siendo su dueño formal.

Jimena seguía teniendo una casa que no sabía si quería conservar.

Los nombres borrados habían empezado a escribirse en voz alta.

Pero nada de aquello era justicia todavía.

Era solo una puerta abierta.

Y las puertas abiertas también dejaban pasar enemigos.

A las doce y media, Puri ya había organizado una mesa junto a la panadería donde dos mujeres mayores discutían fechas con una precisión feroz.

Doña Amparo llamaba desde la farmacia a su sobrino abogado, que pedía calma y recibía a cambio una lista de apellidos cada vez más larga.

Manolo juraba que su impresora era buena, pero no milagrosa.

Alicia, desde Madrid, enviaba instrucciones, enlaces, carpetas cifradas y frases cada vez más cortantes a quien intentaba mandarle fotos borrosas de documentos con el pulgar tapando medio papel.

Rocío estaba sentada en El Candil, junto a la hija de Jacinto.

No hablaban mucho.

A veces la hija de Jacinto preguntaba algo sobre su padre joven, sobre la finca, sobre la mañana de la montería.

Rocío contestaba lo que sabía y admitía lo que no.

Eso, más que cualquier confesión solemne, parecía estar desgastándola: no el hecho de hablar una vez en la plaza, sino seguir hablando después, sin poder refugiarse en una frase grande.

Tomás había vuelto a Las Encinas solo.

O casi solo.

Paco lo acompañó hasta el coche y luego regresó al pueblo.

Julia se quedó en la finca porque, según dijo, alguien tenía que vigilar que los cobardes no quemaran la cocina por no saber hacerse un café.

Tomás no había intentado detener a Rocío.

Tampoco había pedido a Jimena que volviera con él.

Se marchó con la espalda rígida y el rostro de un hombre que acaba de descubrir que quedarse callado puede ser también una forma de ruido.

Santiago permanecía en una mesa apartada de El Candil, con el móvil boca abajo delante de él.

No había contestado a las llamadas de Álvaro.

Diecisiete primero.

Veintitrés después.

Luego dejaron de llegar llamadas y empezaron a llegar mensajes.

Santiago no los abría.

Aquella negativa, Jimena lo sabía, no lo convertía en inocente. Pero lo convertía en algo más que el hijo obediente de Álvaro. Y eso quizá era lo primero que su padre no podía perdonarle.

Daro no se sentó en ningún momento.

Iba de la puerta del bar a la plaza, de la plaza a la esquina de la farmacia, de la farmacia otra vez a la puerta. No parecía vigilar algo concreto. Vigilaba el mundo. Jimena lo observaba desde la barra mientras Manolo le ponía delante un bocadillo que ella no había pedido.

—Cómetelo —dijo.

—No tengo hambre.

—Eso ya lo han dicho tres personas hoy. Todos mentían.

Jimena miró el pan.

—No puedo.

Manolo apoyó las manos en la barra.

—Mira, niña. Tu madre ha confesado quince años de silencio.

El de Madrid ha descubierto que su familia no perdió solo un tío, sino tierra y nombre.

Tu padre está desarmado en su propia casa.

Álvaro de la Vega debe estar echando espuma por la boca en algún despacho con cobertura.

Bruno sigue suelto. Y tú estás pálida como una vela de difunto.

Come antes de caerte de forma poco literaria.

Jimena lo observó un instante.

—¿Poco literaria?

—Sí. En mi bar una se desmaya con dignidad o no se desmaya.

Ella partió el bocadillo por la mitad.

No porque pudiera comer.

Porque Manolo tenía razón en algo: el cuerpo, incluso dentro de una revolución, seguía siendo cuerpo.

Daro entró justo cuando ella daba el primer mordisco.

La vio.

—Bien.

Jimena tragó con dificultad.

—¿Perdona?

—Estás comiendo.

—No me felicites como si fuera Estrella aceptando una zanahoria.

—Estrella mordería antes.

—Yo también, si sigues.

Daro casi sonrió.

Casi.

Luego el gesto se le murió al mirar hacia la plaza.

Jimena dejó el bocadillo.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Daro.

Él apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.

—No me gusta que Bruno se haya ido tan tranquilo.

—A nadie.

—No. Quiero decir que se fue sabiendo que tenía otra jugada.

Jimena miró hacia la mesa donde Santiago seguía con el móvil boca abajo.

—¿Álvaro?

—Bruno no trabaja para Álvaro.

—Pero pueden estar usando lo mismo.

Daro asintió.

—O a los mismos.

Rafa entró entonces por la puerta lateral con el teléfono limpio pegado a la oreja.

—Sí. Ajá. No, Alicia, no sé distinguir una notificación push de una patada en los huevos, pero si me mandas la pantalla la leo. Vale. Vale. No grites, que me llega sin cobertura.

Colgó.

Su cara no trajo buenas noticias.

Jimena se levantó.

—¿Qué?

Rafa miró primero a Daro.

Luego a ella.

—Bruno acaba de filtrar otra cosa.

Daro se inmovilizó.

—¿Qué cosa?

Rafa soltó aire.

—Vídeos tuyos.

Jimena notó que el nombre de Daro se hacía pesado en la habitación.

Él no preguntó de qué vídeos.

Eso fue peor.

—¿Del ring? —insistió ella.

Rafa no discutió.

—Peleas antiguas. Algunas muy feas. Cortadas para que parezca que ibas allí a reventar gente por gusto.

Alicia dice que ya circulan en grupos de Madrid y San Brezo.

Con texto: “Este es el hombre que pretende extorsionar a Las Encinas por dinero.” Y otro: “Daro Rivas, cobrador de Bruno Salvatierra, utiliza a Jimena Albares para acceder a patrimonio familiar.”

El bar pareció inclinarse.

Manolo dejó de moverse.

Daro se quedó callado.

No se enfadó.

No golpeó la pared.

No maldijo.

Solo se quedó quieto de una forma que a Jimena le dio miedo.

—Eso es mentira —dijo ella.

Daro la observó en silencio.

—No todo.

La frase entró despacio.

—¿Qué significa?

Él apartó la vista.

Rafa respondió por él, con una dureza cansada:

—Significa que los vídeos son reales. El texto es basura. Pero los vídeos son reales.

A Jimena le pareció que algo se le encogía en el estómago.

No por ver a Daro peleando. Sabía que había peleado.

Sabía que su pasado no estaba limpio. Pero una cosa era saber y otra imaginar aquellas imágenes circulando por los mismos móviles que hacía horas reproducían la foto de los Vargas y los Cruz.

Bruno no intentaba desmentir la verdad. Intentaba ensuciar al hombre que podía encarnarla.

Daro se volvió hacia la puerta.

—Voy a por él.

Rafa se interpuso antes de que diera dos pasos.

—No.

—Apártate.

—No.

Jimena rodeó la barra.

—Daro.

Él no la miró.

—Ahora no.

—Ahora sí.

—Jimena, no.

La forma en que dijo su nombre la habría detenido unos días antes.

Ya no.

—Eso es exactamente lo que quiere.

Daro soltó una risa baja, sin humor.

—Claro que lo es.

—Entonces no se lo des.

—No sabes lo que ha enseñado.

—No necesito verlo para saber que lo ha cortado como le conviene.

Daro se volvió hacia ella.

En sus ojos había algo demasiado oscuro.

—He hecho cosas que le convienen, Jimena.

La frase cayó limpia.

Sin defensa.

Sin orgullo.

—He peleado por dinero. He cobrado por trabajos que no pregunté lo suficiente. He aceptado favores de Bruno. He roto huesos a hombres que no siempre eran peores que yo. ¿Quieres que te lo diga más bonito para que encaje con lo de Julián?

Jimena sintió el golpe.

Rafa miró hacia otro lado.

Manolo fingió ordenar vasos.

Santiago, desde su mesa, levantó la cabeza.

Daro siguió, más bajo:

—Mi tío era mejor que yo.

—Eso no significa que tú seas lo que Bruno dice.

—No. Significa que Bruno no necesita inventarlo todo.

Aquello le dolió más que la rabia.

Porque no era Daro atacándola.

Era Daro atacándose antes de que el mundo terminara de hacerlo.

Jimena avanzó hacia él.

—Mi familia hizo cosas peores con papeles, Daro. No por eso voy a dejar que Álvaro cuente mi vida por mí.

Él la observó en silencio.

—No compares.

—No estoy comparando culpas. Estoy diciendo que si dejas que Bruno decida qué parte de ti es la única verdadera, mañana hará lo mismo con Julián, con tu abuela, con Rocío, conmigo, con todos.

Daro respiraba más fuerte.

—No sabes lo que se siente al verte convertido otra vez en lo peor que has sido.

Jimena mantuvo la vista en él.

—No. Pero sé lo que se siente al descubrir que lo mejor que te enseñaron de tu casa era mentira.

El silencio que siguió fue distinto.

No arregló nada.

Pero detuvo el movimiento.

Rafa habló con voz baja:

—Bruno no quiere que le pegues porque tenga miedo. Quiere que le pegues delante de alguien.

Santiago se levantó lentamente.

—O que vuelvas al ring.

Daro se volvió hacia él.

—Tú cállate.

Santiago aceptó la hostilidad.

—No. Esto lo conozco. Mi padre lo hace de otra forma, pero es lo mismo. Te ensucian una parte real y luego te ofrecen el escenario para limpiar la mancha. Si entras, ya estás dentro de su versión.

Daro apretó los dientes.

—No necesito lecciones tuyas.

—Lo sé.

—Entonces cállate.

Santiago no se calló.

—Bruno no va a pelear contigo. Va a ponerte delante a alguien. Un hombre al que puedas romper. Un hombre que quizá también le deba dinero. Y cuando lo hagas, todos verán lo que Bruno necesita que vean.

Daro acortó la distancia.

Rafa se movió.

Jimena hizo lo mismo.

Pero Daro se detuvo antes de que nadie lo tocara.

Eso fue lo que les recordó a todos lo cerca que había estado.

Y lo lejos que aún podía elegir quedarse.

El móvil de Rafa volvió a sonar.

Alicia.

Rafa contestó en altavoz.

—Dime algo que no empeore la mañana.

—No puedo. Bruno acaba de mandar un mensaje al móvil viejo que usamos anoche. Para Daro.

Daro bajó la cabeza un segundo.

—Léelo.