Bravío Capítulo 23 — La declaración de Tomás Albares #3
95%

Capítulo 23 — La declaración de Tomás Albares #3

Ella abrió los ojos.

—¿Bien?

—Sí. No quería que solo te doliera por mí.

La honestidad fue tan dura que Jimena casi dio un paso atrás.

No llegó a hacerlo.

—No.

—Porque esto no puede sostenerse si tú solo estás aquí por mí.

Jimena tuvo la impresión de que aquello era lo más parecido a una confesión que podían permitirse en esa calle.

—No estoy solo por ti.

Daro mantuvo la vista en ella.

—Pero también.

Ella no apartó los ojos.

—Sí.

Él cerró la mano y la abrió despacio.

Como si todavía recordara el temblor del coche, el ring que no pisó, la violencia que no usó, las verdades que lo habían atravesado sin darle un cuerpo al que pegar.

—Ahora no sé estar con eso.

—Lo sé.

—No quiero hacerte daño porque eres Albares.

La frase dolió.

Más que si la hubiera acusado.

—Y yo no quiero pedirte que no te duela mi apellido.

—Pues estamos jodidos.

Jimena soltó una risa pequeña.

Rota.

Real.

—Sí.

Daro la observó en silencio.

Durante un segundo, la calle pareció desaparecer. No el pueblo. No la verdad. No la muerte. Nada de eso desaparecía. Pero entre ambos se abrió un espacio mínimo donde no había documentos ni apellidos, solo dos personas demasiado cansadas para mentirse y demasiado vivas para apartarse del todo.

Daro levantó una mano.

No la tocó al principio.

La dejó en el aire, cerca de su cara, pidiendo permiso sin saber pedirlo.

Jimena se acercó un centímetro.

Él le rozó la mejilla con los nudillos.

Un gesto breve.

Casi torpe.

Nada que pudiera resolver una novela.

Pero sí algo.

—Ahora no puedo más —dijo él.

Jimena movió la cabeza.

—Yo tampoco.

—Pero no te vayas lejos.

Ella bajó la cabeza.

—No.

No fue promesa eterna.

No era el momento de promesas hermosas.

Fue una ubicación.

Estoy aquí.

Por ahora.

Cerca.

Daro retiró la mano.

Desde dentro del bar, Rafa salió con cara de quien preferiría estar cargando sacos antes que emociones.

—Siento interrumpir lo que sea que no estabais haciendo.

Daro se apartó un poco.

Jimena respiró.

—¿Qué pasa?

Rafa miró hacia el bar.

—Tomás va al hospital con Clara y doña Amparo.

Rocío quiere ir también. Andrés va a acompañarlos para tomar declaración a Jacinto si el médico lo permite.

Alicia ha mandado la grabación de Tomás y la declaración de Medina a dos abogados más.

Medina está de camino a Cáceres para entregarse o para decir que se entrega, ya veremos. Y tenemos otro problema.

Daro soltó:

—Claro.

—Álvaro ha salido de Las Encinas.

Jimena se tensó.

—¿Rafa? ¿Paco? ¿Julia?

—Bien. Julia llamó. Álvaro no forzó. Salió por la puerta principal como si siguiera siendo suyo el aire. Se llevó al abogado y a sus dos hombres.

—¿A dónde?

Rafa miró a Daro.

—Nadie lo sabe. Pero antes de irse dejó un mensaje.

Jimena notó que el frío volvía.

—¿Para quién?

—Para Santiago.

Volvieron al bar.

Santiago estaba de pie junto a la mesa, mirando su móvil.

Tenía el rostro de alguien que acaba de recibir una herida sin sangre.

Rocío estaba a su lado, pero no lo tocaba.

Tomás, todavía sentado, parecía no entender si debía acercarse o si ya había perdido el derecho a consolar a cualquier persona viva.

Jimena se acercó.

—Santiago.

Él levantó la vista.

—Ha mandado una foto.

Le enseñó el móvil.

La imagen estaba tomada en la habitación de Santiago en la casa de los De la Vega. Una habitación elegante, ordenada, con cama impecable, escritorio de madera oscura y una pared llena de fotografías de infancia. En el centro, sobre la cama, alguien había colocado varias carpetas médicas.

Y encima, una nota manuscrita.

Si quieren saber qué recuerdas de verdad, tendrás que leer lo que te hicieron olvidar.

A Jimena le pareció que el estómago se le cerraba.

Santiago apagó la pantalla.

—Mi padre no ha terminado.

Tomás habló, casi en un susurro:

—Álvaro nunca deja una versión sin respaldo.

Rocío miró a Santiago.

—No tienes que ir hoy.

Santiago soltó una risa mínima.

—No sé si tengo que ir o si tengo que no ir. Ya no distingo cuándo elegir es mío.

Jimena entendió la frase con una precisión dolorosa.

Daro también, quizá.

Porque habló desde la puerta:

—No vas solo.

Santiago mantuvo la sonrisa un segundo de más.

No hubo gratitud inmediata.

Hubo algo más incómodo.

—No te debo eso.

—No he dicho que me lo debas.

—Después de todo…

—Después de todo, si Álvaro tiene algo más para romperte la cabeza, mejor que no te pille solo.

Santiago notó la garganta seca.

—¿Por qué?

Daro tardó en responder.

—Porque mi tío dijo que tú eras un niño.

La frase cayó en el bar como una mano sobre una herida.

Santiago apretó los párpados un instante.

Daro no suavizó.

—Y porque lo que hiciste después fue cosa tuya. Pero lo que te hicieron entonces, no.

El silencio se impuso.

No era perdón.

No era amistad.

Era una línea trazada con rabia y justicia imperfecta.

Santiago asintió despacio.

—Gracias.

Daro apartó la mirada.

—No lo estropees hablando.

Por fin en mucho tiempo, alguien en el bar soltó una risa verdadera.

Breve.

Agotada.

Humana.

Jimena miró a Rocío.

—Ve al hospital con Tomás y Clara.

Rocío la miró como una madre que aún no sabía cómo dejar salir a su hija hacia otro incendio.

—¿Y tú?

Jimena miró a Daro.

A Santiago.

A la foto en el móvil.

—Voy a casa de los De la Vega.

Tomás se levantó.

—No.

Jimena clavó la vista en él.

—Papá.

La palabra salió antes de que pudiera evitarla.

Tomás la oyó como un regalo que no merecía.

—Álvaro está herido —dijo—. Y cuando Álvaro está herido, no intenta ganar. Intenta que nadie pueda contar la derrota sin sangrar.

Santiago guardó el móvil.

—Por eso voy yo.

Daro respondió:

—Por eso vamos todos.

Rafa levantó una mano.

—Definamos todos antes de que alguien incluya al panadero.

Puri, desde la barra, contestó:

—Yo solo voy si hay que insultar a la madre.

—Probablemente ya se insultó sola teniendo a Álvaro —dijo Manolo.

Rocío dejó caer los párpados, quizá rezando paciencia.

Jimena sintió, de forma absurda y dolorosa, que el mundo seguía ofreciendo momentos de vida incluso cuando todo parecía destinado a romperse.

Andrés recogió sus carpetas.

—Yo voy al hospital con Clara, Rocío y Tomás. Esa declaración de Jacinto, si puede darse, es prioritaria. La de Tomás también hay que formalizarla mañana, pero si Jacinto está consciente…

Clara se levantó.

—Mi padre primero.

Nadie discutió.

Tomás clavó los ojos en ella.

—Sí.

No como dueño.

No como señor.

Como hombre que, al menos esa noche, sabía el lugar que le correspondía.

Jimena miró a su padre una última vez antes de salir.

—Di la verdad en el hospital.

Tomás asintió.

—Sí.

—También si te deja peor.

—Sobre todo si me deja peor.

Ella no supo qué hacer con esa respuesta.

Así que no hizo nada.

Salieron del bar en dos direcciones.

Rocío, Tomás, Clara, doña Amparo y Andrés hacia el hospital, con Manolo al volante de un coche que protestaba en cada curva. Jimena, Daro, Santiago y Rafa hacia la casa de los De la Vega, con Paco aún en Las Encinas junto a Julia, vigilando que la finca no se tragara de nuevo lo que quedaba dentro.

La noche de San Brezo los vio partir.

No con épica.

Con cansancio.

Con ventanas entreabiertas.

Con murmullos.

Con papeles recién firmados sobre mesas de bar.

Con una cinta en una caja fuerte de farmacia.

Con una declaración grabada.

Con un padre camino del hospital para decirle a un hombre vivo que no había sido el único culpable de una muerte.

Jimena subió al coche junto a Daro.

Santiago se sentó atrás.

Rafa arrancó.

La carretera hacia la casa de los De la Vega era distinta a la de Las Encinas. Más recta. Más cuidada. Menos tierra, más seto. Otro tipo de poder. Otro tipo de jaula.

Jimena miró por la ventanilla.

Pensó en Tomás diciendo “mi cobardía tenía finca, apellido, amigos, sargento, abogado y una casa entera alrededor para parecer prudencia”.

Pensó en Clara diciendo que no le quitaran la culpa a su padre, pero tampoco le dejaran la de todos.

Pensó en Daro pidiéndole que no se fuera lejos.

Pensó en Santiago mirando las carpetas médicas de su propia memoria.

Y entendió que la última versión de Álvaro no iba a estar solo en papeles.

Estaría en cuerpos.

En recuerdos intervenidos.

En hijos convertidos en coartada.

En hombres enseñados a obedecer hasta no reconocer su propia voz.

Daro condujo en silencio.

Pero, unos kilómetros después, su mano se movió sobre la palanca de cambios y quedó abierta.

No buscó la de Jimena.

No por completo.

Solo quedó allí.

Ella la miró.

Luego puso la suya encima.

Ni él la cerró del todo.

Ni ella apretó demasiado.

El coche siguió avanzando hacia la casa de los De la Vega.

Y en la oscuridad, con una verdad declarada y otra esperándolos entre carpetas médicas, Jimena comprendió que no solo iban a buscar lo que Santiago había olvidado.

Iban a buscar el método entero con que Álvaro de la Vega había convertido el miedo de un niño en una mentira heredable.