Capítulo 19 — Abrir la tierra #3
—Hoy intentarán usar la deuda de la finca para moverla antes de que la verdad salga.
Intentarán decir que esto es una extorsión.
Que Daro busca dinero. Que mi madre recuerda mal.
Que el pueblo exagera. Que los documentos son falsos o están incompletos.
Quizá digan que yo estoy manipulada. O loca.
O enamorada. O todas las palabras que se usan cuando una mujer deja de obedecer.
La plaza se removió.
La última palabra había entrado bien.
Demasiado bien.
—Por eso no voy a hablar más a puerta cerrada —dijo Jimena—. Lo que haya en Las Encinas se va a revisar con abogados, con copias, con nombres y con testigos. Y si la finca tiene que caer para que deje de sostenerse sobre silencio, caerá.
Rocío apretó los párpados un instante.
Daro levantó la mirada hacia ella.
Santiago también.
Jimena sintió el peso de la frase.
Caerá.
No era amenaza.
Era duelo.
Porque una parte de ella amaba Las Encinas.
Esa era la verdad más incómoda.
Amaba las cuadras, la luz de la tarde sobre el olivar, la respiración de Estrella, la ermita de Santa Lucía, los caminos que la habían visto crecer.
Amaba incluso algunas piedras de la casa que la había encerrado.
Y precisamente por eso no podía seguir llamando amor a la conservación de una mentira.
—No puedo devolver lo que se quitó —dijo—. Ojalá pudiera decir lo contrario. Pero sí puedo impedir que se esconda otra vez.
Bajó del escalón.
Durante unos segundos nadie aplaudió.
Fue mejor.
El aplauso habría sonado falso.
En su lugar, el pueblo empezó a hablar.
No como rumor.
Como memoria.
Un hombre mayor se acercó a Puri y dijo que su padre había guardado una carta.
La nieta de los Barroso llamó a su madre.
Doña Amparo abrazó a la hija de Jacinto.
Manolo entró al bar a por más café con los ojos rojos y la excusa de que había polvo.
Rafa se acercó a Daro sin tocarlo. Rocío permaneció junto a la fuente, recta, pálida, como si el cuerpo no hubiera recibido aún permiso para derrumbarse.
Entonces llegó Tomás.
No solo.
Su coche entró por la calle principal de la plaza y se detuvo con un frenazo demasiado brusco junto al Ayuntamiento. Bajó primero él. Después Álvaro de la Vega, impecable, con un móvil en la mano. Tras ellos apareció Medina, vestido de civil, aunque su forma de caminar seguía esperando uniforme.
El pueblo se calló.
No entero.
Lo justo.
Tomás miró la plaza.
Vio a Rocío junto a la fuente.
A Jimena.
A Daro.
A la gente con fotografías en las manos.
Al bar abierto.
A Puri en la puerta de la panadería.
Algo en su rostro cambió.
No era solo enfado.
Era la comprensión de que había llegado tarde a su propia versión.
—Jimena —dijo.
Su voz cruzó la plaza.
Ella se volvió.
—Papá.
Él caminó hacia ella.
La gente se apartó, pero no del todo. Ya no abrían un pasillo con obediencia. Abrían hueco para mirar mejor.
—¿Qué has hecho? —preguntó Tomás.
Jimena resistió su mirada.
—Lo que tú no hiciste.
El golpe fue público.
Tomás lo sintió.
Álvaro intervino enseguida, alzando la voz lo justo para que lo oyeran alrededor.
—Esto que estáis escuchando es una manipulación. Hay documentos sacados de contexto, grabaciones antiguas, intereses económicos evidentes y una familia dolida intentando convertir una desgracia en oportunidad.
Puri soltó desde la panadería:
—Habla más alto, Álvaro, que la mentira te ha salido fina y no llega al fondo.
Varias personas murmuraron.
Álvaro la ignoró con dificultad.
—Las Encinas atraviesa una situación patrimonial compleja. Eso no convierte en delito cada operación histórica ni autoriza a nadie a difamar apellidos con generaciones de trabajo detrás.
Daro movió el cuerpo antes que la cabeza.
Rafa lo detuvo con una mirada.
Jimena fue quien habló.
—No hace falta que difamemos. Basta con abrir los papeles.
Álvaro sonrió.
—¿Qué papeles, Jimena? ¿Los que tú dices haber visto? ¿Los que te entrega un hombre que ha llegado a vuestra finca fingiendo ser seguridad? ¿Los que aparecen convenientemente cuando la familia Albares está al borde de perderlo todo?
Santiago avanzó desde el lateral de la plaza.
Álvaro lo vio.
Su expresión se endureció.
—No —dijo.
Una palabra dirigida solo a su hijo.
Santiago no obedeció.
Se colocó junto a Jimena.
La plaza murmuró con más fuerza.
—Yo escuché la cinta —dijo Santiago.
Álvaro dejó caer los párpados un instante.
Medina se movió.
Tomás miró a Santiago como si no supiera aún si odiarlo o pedirle ayuda.
Santiago habló más alto:
—Y estaba allí hace quince años.
La plaza entera se quedó sin moverse.
No era lo mismo que lo dijera Rocío.
No era lo mismo que lo dijera Daro.
Lo decía un De la Vega.
El hijo.
El protegido.
El prometido perfecto.
—Julián Rivas no murió en el acto —dijo Santiago—. Yo lo vi respirar. Y callé.
Su voz tembló.
No cayó.
—Tenía quince años. Eso explica mi miedo, no lo limpia.
Mi padre me sacó de Las Encinas y me enseñó qué debía recordar y qué no.
Durante años obedecí. Después hice cosas que no puedo justificar con lo que me hicieron.
Usé a Mateo Albares. Intenté controlar a Jimena.
Quise que la verdad saliera solo si yo podía decidir la forma. Eso también es culpa.
Álvaro avanzó hacia él.
—Santiago, basta.
Santiago lo observó con una calma ensayada.
—No.
La palabra cruzó la plaza como una ruptura limpia.
Álvaro no llegó a tocarlo.
Porque todos miraban.
Y esa era la fuerza nueva de San Brezo: los ojos.
Medina dio un paso al frente.
—Como representante de la autoridad…
Doña Amparo lo cortó desde la fuente:
—Tú ya representaste bastante.
La plaza murmuró más fuerte.
Medina palideció.
La hija de Jacinto levantó la voz:
—Mi padre está vivo. Y habló.
Medina la miró.
No como autoridad.
Como hombre descubierto.
Entonces Tomás habló.
No fuerte.
Pero todos callaron igual.
—Basta.
La vieja palabra.
El viejo tono.
Durante un segundo, Jimena notó que la plaza podía volver a obedecerlo por costumbre. Tomás Albares seguía siendo Tomás. Muchos le debían jornales, favores, desprecios o miedo. La autoridad no desaparece porque alguien diga una verdad. Se resiste. Busca cuerpo.
Rocío se adelantó.
—No.
Tomás le dedicó una mirada de propietario cansado.
—Rocío.
—No vas a cerrar esto en la plaza como cerraste el despacho.
La frase lo dejó sin aire.
Ella se situó junto a Jimena.
Madre e hija.
No iguales.
No reconciliadas por completo.
Pero juntas.
Tomás bajó la voz.
—Van a destruirnos.
Rocío lo miró con una tristeza inmensa.
—Tomás, ya lo hiciste tú.
El pueblo escuchó.
Tomás inclinó la cabeza.
La frase fue más dura que cualquier grito porque no tenía odio suficiente para defenderse de ella.
Álvaro levantó el móvil.
—Si seguís con esto, la cesión se firma hoy. Las Encinas no sobrevivirá a una guerra judicial, mediática y financiera. Pensad bien si queréis quedaros sin finca y sin nombre por una cinta incompleta.
Jimena clavó la vista en él.
—No me amenaces con perder una jaula.
Álvaro sonrió.
—Las jaulas también dan techo.
—A costa de alas ajenas, sí.
Puri murmuró:
—Esa ha sido buena.
Rafa, sin apartar los ojos de Álvaro, dijo:
—Hoy está inspirada.
Álvaro no miró a ninguno.
Solo a Jimena.
—Cuando esto termine, no tendrás nada.
Jimena sintió el miedo entrar.
Porque quizá era cierto.
Podía perder Las Encinas. Su apellido limpio.
Su lugar. Su futuro previsto. La comodidad incluso de odiar desde dentro.
Podía perder también a Daro, porque la verdad entre sus familias quizá abría una herida demasiado grande.
Podía perder a Santiago, aunque no sabía si aquello era pérdida o desintoxicación.
Podía perder la imagen de su madre, de su padre, de sí misma.
Todo.
Miró a Daro.
Él la miraba también.
No con promesa.
No con rescate.
Con presencia.
Después miró a Rocío.
A Puri.
A la hija de Jacinto.
A la fotografía en manos de los vecinos.
—Entonces habrá que empezar desde nada —dijo.
Álvaro dejó de sonreír.
Un coche llegó a la plaza.
Negro.
No elegante como el de Álvaro.
Discreto.
Pesado.
Bruno bajó de él con chaqueta oscura y expresión amable.
La plaza se tensó de otra manera.
Bruno miró alrededor, como quien entra en un mercado y calcula puestos, precios, mercancías.
—Vaya —dijo—. Me pierdo el desayuno y montáis una revolución.
Daro se colocó medio paso delante de Lola, aunque Lola no estaba allí. El gesto fue instintivo, inútil, revelador.
Bruno lo vio.
—Tranquilo, Rivas. Hoy no vengo por tu hermana.
—No vengas por nadie —dijo Daro.
Bruno enseñó los dientes.
—Todos venimos por alguien.
Miró a Jimena.
—Señorita Albares. Te advertí que la verdad cambiaba el precio de las cosas.
Jimena no apartó la mirada.
—Y yo te dije que no me llamaras señorita.
—Cierto. Jimena, entonces. Muy bien. Has encarecido la finca y abaratado el apellido en una sola mañana. Eso tiene mérito.
Tomás se volvió hacia él.
—¿Qué haces aquí?
Bruno lo miró.
—Cobrar actualidad.
Álvaro intervino:
—No es el momento.
—Álvaro, el momento lo acabas de perder delante de una panadera. Permíteme disfrutar de la ironía.
Puri levantó la barbilla.
—Cuando quieras te vendo una barra, que te hace falta miga.
Un murmullo nervioso recorrió la plaza.
Bruno rió.
No se ofendió.
Eso lo hacía más peligroso.
—Vengo a hacer una oferta —dijo.
A Jimena le pareció que todo se tensaba.
—No.
—No la he dicho.
—No.
Bruno siguió como si no la hubiera oído:
—La deuda de Las Encinas puede ejecutarse hoy. O puede comprarse. Yo puedo impedir que Álvaro se quede con el control. Puedo dar tiempo para ordenar papeles, abogados, investigaciones y toda esa liturgia de la justicia que tanto os emociona cuando creéis que va a llegar antes que el hambre.
Daro acortó la distancia.
—¿A cambio de qué?
Bruno lo miró.
—De la cinta original.
La plaza no entendió del todo.
Los que sabían, sí.
Jimena tuvo la impresión de que la mañana se volvía afilada.
Rocío apretó su mano.
Bruno habló más alto:
—No para destruirla. Para custodiarla.
Rafa soltó una carcajada.
—Tienes una cara de custodio que conmueve.
Bruno no lo miró.