Bravío Capítulo 19 — Abrir la tierra #2
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Capítulo 19 — Abrir la tierra #2

En su orgullo.

En su miedo.

En la forma en que no soportaba perder autoridad delante de empleados, vecinos o De la Vega.

—Saldrá.

Santiago asintió despacio.

—Sí. Si cree que la casa está siendo tomada simbólicamente, saldrá.

Puri miró a Santiago.

—Tú hablas raro, pero ahí tienes razón.

Manolo empezó a bajar sillas de las mesas.

—Entonces habrá que abrir el bar.

Rafa lo miró.

—¿Ahora sí?

—Si el pueblo va a ver arder apellidos, que al menos desayune.

A las ocho, San Brezo ya estaba despierto del todo.

La plaza no se llenó de golpe. Primero llegaron quienes fingían pasar por allí.

Una mujer que iba a comprar pan y se quedó demasiado tiempo junto a la fuente.

Dos jubilados que colocaron una silla en la sombra como si aquello fuera una mañana cualquiera.

Un muchacho con casco de moto apoyado en la pared.

Puri abrió la panadería y no entró nadie porque todos se quedaron fuera esperando que alguien dijera lo que todo el mundo estaba oyendo sin haberlo escuchado aún.

Luego llegó doña Amparo desde el hospital, con la bata aún bajo el abrigo y cara de no haber dormido.

No venía sola. La acompañaba la hija de Jacinto, una mujer de ojos hinchados y manos pequeñas, que abrazó a Manolo al llegar y después se quedó en silencio, mirando a Jimena como si no supiera si culparla, agradecerle o pedirle que no usara más el nombre de su padre.

Jimena se acercó a ella.

—No voy a hablar de Jacinto sin tu permiso.

La mujer la miró con desconfianza.

—Mi padre dijo que te dio una llave.

—Sí.

—Y por eso acabó en el hospital.

Jimena recibió la frase sin defenderse.

—Sí.

—No solo por eso —intervino doña Amparo.

La hija de Jacinto la miró.

—Pero también.

Jimena no discutió.

—También.

Aquello pareció desarmar algo en la mujer.

No la rabia.

La necesidad de pelear contra una excusa.

—Si hablas —dijo—, di que mi padre no era un viejo borracho.

A Jimena se le cerró la garganta.

—Lo diré.

—Y que trabajó en esa finca cuarenta años.

—Sí.

—Y que se fue sin caja buena porque tu padre lo echó como si sobrara.

Jimena bajó la vista un segundo.

Luego la levantó.

—También.

La mujer asintió y se apartó.

Daro había oído.

Guardó silencio.

A las ocho y media, Rocío llegó.

No desde Las Encinas.

Desde la farmacia.

Entró en la plaza por la calle estrecha, acompañada por Julia y Paco. Llevaba un vestido sencillo, una chaqueta oscura y el pelo recogido. No iba maquillada como en las comidas. No llevaba pendientes de familia ni bolso caro. Parecía una mujer que había dormido poco y decidido algo irreversible.

San Brezo se calló al verla.

Rocío Albares no solía entrar en la plaza a esa hora. No así. No sin Tomás. No sin la distancia elegante que la había protegido y aislado durante años.

Jimena fue hacia ella.

—Mamá.

Rocío le cogió la mano.

No la soltó.

—¿Estás segura?

Jimena miró alrededor.

El pueblo. La fuente. La panadería. El bar.

Las caras conocidas y las desconocidas. Daro, junto a Rafa.

Santiago, apartado, recibiendo miradas cada vez menos discretas.

Puri con los brazos cruzados. Doña Amparo junto a la hija de Jacinto.

La fotografía de las familias en manos de varias personas ya, multiplicada en móviles, ampliada, discutida, nombrada.

—No —dijo Jimena—. Pero voy a hacerlo.

Rocío apretó sus dedos.

—Entonces yo primero.

Jimena se volvió hacia ella.

—¿Qué?

Rocío no respondió.

Subió los dos escalones de piedra junto a la fuente.

No pidió silencio.

No hizo falta.

La plaza entera fue callando como se callan los pueblos cuando una mujer que siempre ha hablado bajo decide hacerlo en alto.

Rocío miró las caras.

Algunas la odiaban desde hacía años sin saber exactamente por qué.

Algunas la compadecían. Algunas la habían servido en Las Encinas.

Algunas habían recibido regalos de Navidad de la finca, trabajo temporal, favores pequeños, desplantes grandes.

Algunas sabían. O creían saber. O esperaban por fin poder confirmar lo que sus madres habían murmurado al cerrar ventanas.

—Soy Rocío Albares —dijo.

La voz le tembló un poco.

Pero no cayó.

—Y durante quince años callé una parte de lo que sabía sobre la muerte de Julián Rivas.

El silencio fue absoluto.

Hasta los pájaros parecieron irse a otra calle.

Daro cerró los párpados un momento.

Jimena sintió el temblor de su propio cuerpo.

Rocío siguió:

—Julián no murió en el acto, como se dijo.

Llegó vivo a Las Encinas. Yo lo vi respirar.

Pedí que llamaran a un médico. No lo hice con suficiente fuerza.

No insistí lo suficiente. Dejé que me apartaran.

Dejé que me dijeran que estaba histérica.

Dejé que el miedo por mis hijos, por mi casa y por mi vida se convirtiera en silencio.

Un murmullo recorrió la plaza.

Doña Amparo bajó la cabeza.

La hija de Jacinto se tapó la boca.

Puri no se movió.

Rocío no se defendió.

No lloró.

—No vengo a pediros que me perdonéis —dijo—.

No tendría derecho. Vengo a decir que Julián Rivas había descubierto documentos sobre tierras que Las Encinas incorporó a su finca de forma sucia, injusta y, quizá, ilegal.

Documentos que afectaban a familias de este pueblo.

Los Vargas. Los Cruz. Los Mora. Los Barroso. Y puede que más.

Esta vez el murmullo fue más fuerte.

Nombres.

Nombres haciendo daño.

Nombres despertando en bocas que los habían heredado como cuentos tristes.

Rocío levantó la fotografía.

Una copia impresa, mala, pero visible.

—Antes de que Las Encinas fuera una sola finca, tuvo muchos nombres.

La frase ya había circulado.

En su boca se convirtió en otra cosa.

No un rumor.

Una apertura.

Rocío bajó la fotografía.

—Mi hija tiene copias del acta que demuestra que existen documentos y grabaciones bajo custodia.

Daro Rivas tiene derecho a saber qué pasó con su tío.

Las familias de San Brezo tienen derecho a saber qué se hizo con sus tierras.

Y yo tengo la obligación, tarde y mal, pero obligación al fin, de dejar de callar.

El murmullo se convirtió en voces.

—Mi madre decía lo de los Vargas.

—Los Mora perdieron la huerta.

—Mi abuelo trabajó luego de jornalero en tierra que había sido suya.

—Eso lo sabía Medina.

—Claro que lo sabía.

—¿Y Tomás?

—Tomás lo sabía todo.

A Jimena le pareció que la plaza empezaba a moverse bajo sus pies.

No físicamente.

Históricamente.

Daro subió junto a Rocío.

No parecía querer hacerlo.

Lo hizo igual.

La plaza volvió a callar, pero de otra forma.

Daro no miró a Jimena.

Miró a la gente.

—Julián Rivas era mi tío —dijo.

Su voz no era de plaza.

Era baja, áspera.

La gente se inclinó hacia ella.

—Para mí no era una historia de San Brezo. Era el hombre que me enseñó a no cerrar los ojos cuando no podía irme. Me dijeron que murió en un accidente. Luego me dijeron que removerlo era buscar dinero. Luego que era mejor dejar a los muertos quietos.

Respiró.

La frase siguiente le costó.

Jimena lo vio.

Todos lo vieron.

—Ayer escuché su voz por primera vez en quince años.

Alguien en la plaza soltó un sonido.

No una palabra.

Una herida.

Daro notó la garganta seca.

—Y lo que dijo fue que, si le pasaba algo, no había empezado en el monte.

Puri se santiguó despacio.

Daro siguió:

—No estoy aquí para pedirle nada a este pueblo.

Ni para perdonar. Ni para que me miréis como si esto fuera una película con buenos y malos limpios.

Estoy aquí porque mi tío intentó que una verdad no se muriera con él.

Y porque esa verdad no era solo de los Rivas.

Era también de gente a la que le quitaron tierra y luego le enseñaron a llamarlo firma, deuda o mala suerte.

Miró la fotografía en manos de Rocío.

—Mi abuela era Vargas.

La frase recorrió la plaza como viento seco.

Puri bajó los ojos.

La nieta de los Barroso se tapó la boca.

Un hombre mayor murmuró:

—Yo conocí a los Vargas.

Daro apretó los dientes.

—Yo no. Y también eso me lo quitaron.

Jimena tuvo la impresión de que se le llenaban los ojos de lágrimas.

No por ella.

Por él.

Por todo lo que no podía arreglar.

Daro bajó del escalón sin añadir más.

No necesitaba.

La plaza ya lo había oído.

Entonces Jimena subió.

Rocío no le soltó la mano hasta el último segundo.

La mirada de San Brezo cambió al verla. Rocío había confesado. Daro había reclamado. Jimena era otra cosa. Era la hija. La heredera. La señorita Albares. La cara joven de una casa vieja. Para algunos, víctima. Para otros, culpable por sangre. Para muchos, ambas cosas a la vez.

Jimena respiró.

Pensó en Tomás diciéndole que se vistiera.

En Santiago diciéndole que volviera a su vida.

En Daro acusándola de usar a su tío para salvar la finca.

En Puri diciéndole que, si rompía algo, lo rompiera bien.

—Soy Jimena Albares —dijo.

No añadió “hija de”.

No añadió “de Las Encinas”.

Solo su nombre.

—Y hasta hace unos días creía que iba a heredar una finca con deudas, orgullo y demasiadas habitaciones cerradas.

Ahora sé que heredaba también una versión.

Una versión donde Las Encinas se defendía porque era noble.

Una versión donde los Albares habían trabajado más, visto más lejos, sostenido mejor la tierra.

Una versión donde la muerte de Julián Rivas fue un accidente y donde las familias que perdieron lo suyo simplemente no supieron conservarlo.

Miró a Puri.

A la hija de Jacinto.

A los mayores.

A Daro.

—Esa versión era mentira.

Un murmullo fuerte recorrió la plaza.

Jimena no se detuvo.

—No sé aún todo lo que hicieron mi familia y los De la Vega. No sé quién disparó. No sé qué parte firmó cada uno ni qué parte calló por miedo, por interés o por cobardía. Pero sé suficiente para decir aquí, delante de todos, que no voy a defender Las Encinas con otra mentira.

Rafa, junto a la fachada de El Candil, cruzó los brazos.

Santiago la miraba desde un lado de la plaza.

Muy quieto.

Jimena siguió: