Bravío Capítulo 19 — Abrir la tierra
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Capítulo 19 — Abrir la tierra

A San Brezo le bastó una noche para oler la sangre.

No la sangre de Jacinto en el suelo de El Candil, ni la de Mateo seca bajo una gasa, ni la que Daro llevaba guardada en la memoria familiar desde que era niño.

Aquella sangre ya estaba asumida por el pueblo con la resignación antigua de los sitios donde el dolor se comenta en voz baja y luego se barre la puerta a primera hora.

Lo que San Brezo olió esa noche fue otra cosa.

Miedo de los grandes.

Y ese olor, cuando aparece, despierta hasta a quienes llevan años fingiendo dormir.

Antes de que amaneciera, ya había tres versiones circulando por los grupos del pueblo.

La primera decía que Jimena Albares se había fugado con el de Madrid y que ahora intentaban chantajear a Tomás para quedarse con Las Encinas. La había escrito alguien con demasiadas palabras elegantes para ser espontáneo y demasiada intención para ser rumor.

La segunda decía que Jacinto había despertado y había nombrado a medio pueblo antes de volver a perder el conocimiento. Esa era mentira, pero llevaba dentro una verdad más peligrosa: Jacinto había despertado.

La tercera no decía casi nada. Solo una fotografía borrosa enviada desde un móvil viejo: varias familias posando delante de una casa humilde, con una frase debajo.

Antes de que Las Encinas fuera una finca, tuvo muchos nombres.

Esa fue la que hizo daño.

Porque no acusaba todavía.

Recordaba.

Y en San Brezo, recordar era a veces más peligroso que denunciar.

Jimena no durmió.

Nadie durmió mucho.

La cinta quedó guardada en la caja fuerte de la farmacia, bajo la custodia de la hermana de doña Amparo, una mujer delgada, con gafas de cadena y una tranquilidad que daba miedo.

Alicia recibió la grabación de la pantalla, la duplicó, la cifró, la subió a tres lugares y después llamó a Rafa para decirle que, si alguien les rompía los móviles, esta vez solo conseguiría gastar energía.

Mateo seguía en casa de Maribel, vigilado por Lola, Alicia, Trasto y una vecina que ya preguntaba si el muchacho de la ceja era novio de alguien o delincuente de paso.

Jacinto estaba vivo, estable, cansado, protegido por doña Amparo y por el hecho de que el hospital, de pronto, tenía demasiados ojos pendientes de él.

Rocío no volvió a Las Encinas esa noche.

Se quedó en el piso alto de la farmacia, sentada en una silla junto a una cama estrecha, con una manta sobre los hombros y las manos alrededor de una taza que nunca llegó a beber.

Jimena, Daro, Rafa y Santiago se quedaron en El Candil.

No por comodidad.

Por posición.

Manolo cerró la puerta principal y abrió la trastienda.

Puri llegó antes del alba con una bolsa de pan recién hecho y una cara que no admitía agradecimientos.

Detrás de ella llegaron dos hombres mayores, una mujer con bata, el hijo de uno de los Mora, una nieta de los Barroso que trabajaba en Cáceres y había conducido al ver la foto, y el hermano de Manolo, que, al enterarse de que su vieja cámara de bodas había servido para escuchar una cinta de quince años, se sentó en una silla y dijo que él siempre había sabido que grabar comuniones era una tapadera para algo importante.

Nadie se rio demasiado.

Pero la frase ayudó.

A las seis y media de la mañana, el bar olía a café, pan, miedo y pueblo despierto.

Jimena estaba sentada junto a una mesa del fondo, con la fotografía de las familias extendida delante. Puri había empezado a escribir nombres en servilletas.

—Esta era mi madre —dijo, señalando a la niña de trenzas—. Carmen Cruz. Tenía ocho años ahí. Mi abuelo era ese. El de la boina. Decían que firmó porque debía dinero de una cosecha mala, pero mi madre siempre decía que él no sabía que firmaba la huerta entera.

La nieta de los Barroso, una mujer de unos treinta años con chaqueta vaquera y ojeras de viaje, señaló a una pareja junto a la puerta de la casa.

—Estos son mis bisabuelos. Mi abuela contaba que se fueron a Plasencia después de vender. Pero nunca decía vender. Decía perder.

Daro estaba de pie junto a la barra.

No intervenía.

No podía.

Cada nombre parecía entrarle por la piel y encontrar un lugar donde doler.

Jimena lo miraba a ratos, sin insistir, sin buscar que la mirara de vuelta.

Desde que escucharon la cinta, algo entre ellos había quedado a la intemperie.

No más lejos exactamente. Más difícil. Como si la verdad hubiera quitado una tela y debajo no hubiese aparecido un camino, sino una grieta.

Él era Rivas.

Y Vargas.

Ella era Albares.

Aquello no eran solo apellidos.

Eran lados de una escritura antigua que nadie les había enseñado a leer hasta que ya se habían hecho daño.

Santiago estaba sentado solo junto a la ventana.

No había intentado acercarse a Jimena. No había pedido café.

No había dormido. Cuando alguien entraba al bar y lo reconocía, apartaba la vista sin defenderse.

La noticia de que Santiago de la Vega había estado en la nave, en El Candil, en la cinta, en todas partes y en ninguna, aún no circulaba con fuerza.

Pero circularía. San Brezo no perdonaba un silencio tan bonito durante mucho tiempo.

Rafa entró desde la calle con el móvil limpio en la mano.

—Alicia dice que la versión de la extorsión se está moviendo rápido.

Puri resopló.

—Eso viene escrito por un abogado o por un cobarde con corrector.

—Álvaro —dijo Santiago.

Todos lo miraron.

Él no levantó la vista al principio. Luego sí.

—Mi padre no escribe rumores. Los manda escribir. Pero esa frase de “documentos falsos” es suya. La usa cuando quiere que algo parezca sucio antes de que alguien lo lea.

Jimena mantuvo la vista en él.

—¿Y Bruno?

—Bruno amplifica. Mi padre perfuma.

Puri soltó:

—Qué familia tan fina para oler tan mal.

Santiago aceptó el golpe sin parpadear.

Jimena se levantó.

—Entonces no podemos esperar a que ellos cuenten primero.

Rafa se apoyó contra la barra.

—¿Qué propones?

Jimena miró las servilletas con nombres. La fotografía. La copia del acta del depósito. Su móvil con la grabación de la cinta. Las caras de los vecinos reunidos a una hora en la que nadie acude a un bar cerrado por curiosidad inocente.

—La plaza.

Puri la miró.

—¿La plaza?

—Sí.

Manolo dejó de limpiar una taza que ya estaba limpia.

—¿Ahora?

—Hoy.

Rafa se pasó una mano por la barba.

—Eso es abrir la guerra a plena luz.

Jimena movió la cabeza.

—Ya está abierta. Solo que ellos quieren que parezca una pelea privada entre mi familia y Daro. Si lo dejamos así, ganan. Esto no va solo de Julián. Va de esas familias. De esas tierras. De Jacinto. De Medina. De cómo se ha sostenido Las Encinas.

Daro levantó la vista entonces.

—No uses a mi tío para salvar tu finca.

La frase cayó sin aviso.

El bar entero se quedó callado.

Jimena sintió el golpe en el pecho.

No porque no lo esperara.

Porque él tenía derecho a decirlo.

—No quiero salvarla así —respondió.

—¿Así cómo?

—Tapándola otra vez.

Daro se acercó un poco.

—La plaza no devuelve nada.

—No.

—No resucita a Julián.

—No.

—No cambia que mi abuela muriera sin saber si le robaron con firma.

—No.

—Entonces no me vendas esto como justicia.

Jimena se inmovilizó.

El bar parecía contener la respiración.

Rafa no intervino. Puri tampoco. Rocío no estaba allí para mediar. Santiago apartó la vista, quizá porque conocía demasiado bien esa clase de verdad que deja a todos sin frase cómoda.

Jimena notó la garganta seca.

—No es justicia.

La respuesta descolocó a Daro.

—¿Qué?

—No es justicia. Todavía no. Quizá nunca lo sea como tú la necesitas. Es empezar a impedir que lo vuelvan a contar ellos.

Daro aguantó su mirada.

Ella continuó:

—No voy a ponerme delante de San Brezo a decir que vengo a arreglar lo que mi familia hizo.

No puedo. Sería otra forma de mentira. Pero sí puedo abrir los papeles.

Sí puedo decir que Las Encinas no se levantó solo con trabajo y orgullo.

Sí puedo dejar de defender una versión que me hacía heredera de algo limpio.

La voz le tembló.

No la escondió.

—Y tú puedes decir que Julián Rivas no era un empleado metido donde no debía. O no decir nada. Eso lo decides tú.

El silencio cambió.

No se suavizó.

Cambió.

Daro apartó la mirada.

Miró la fotografía. Las servilletas. Los nombres. La barra del bar. A Puri. A Manolo. A Rafa. A Santiago, sentado en la ventana como una ruina elegante.

—No sé hablar en plazas —dijo al fin.

Puri contestó:

—Nadie sabe hasta que se cansa.

Daro casi sonrió.

Casi.

—Usted siempre tiene una frase preparada.

—Y pan. Cada una usa lo que tiene.

Rafa miró el móvil.

—Hay otra cosa.

Jimena se volvió hacia él.

—¿Qué?

—El vencimiento de la deuda. Alicia acaba de mandar documentos.

No es exactamente subasta todavía. Es una cesión de control si Tomás firma hoy antes de mediodía.

Si firma, una sociedad vinculada a Álvaro toma control de parte de Las Encinas para cubrir deuda.

Si no firma, ejecutan garantías y empieza proceso de embargo.

En cualquier caso, están intentando mover la finca antes de que la verdad pese.

Santiago se levantó.

—Mi padre va a llevar a Tomás al notario.

—¿Cuándo? —dijo Jimena, más seco de lo que pretendía.

—Hoy. Probablemente antes de que esto crezca. Si consigue una firma antes de que haya escándalo público, después dirá que todo es una reacción despechada.

—¿Qué notario? —preguntó Rafa, sin rodeos.

Santiago dudó.

—En Cáceres. Pero quizá mande a alguien aquí primero. Mi padre preferirá que Tomás salga de Las Encinas sin hablar con nadie.

Puri soltó una risa seca.

—Pues que intente cruzar San Brezo sin hablar con nadie hoy.

Jimena notó que algo tomaba forma.

No un plan perfecto.

Una dirección.

—No vamos a esperar en la plaza a que venga la gente —dijo.

Manolo levantó una ceja.

—¿No?

—Vamos a pasar por la plaza camino de Las Encinas.

Rafa la miró.

—¿Para qué?

—Para que el pueblo nos vea ir. Para que los que quieran saber vengan. Para que Tomás no firme en silencio. Para que mi padre tenga que salir de su casa delante de los nombres que estaban en esos papeles.

Daro la observó.

—¿Y si no sale?

Jimena pensó en Tomás.