Capítulo 18 — El principio #4
Solo confirmación.
Rafa salió del almacén con el móvil en la mano.
—La cinta va a la farmacia. La hermana de Amparo abre en cinco minutos por la puerta de atrás. Alicia ya tiene el vídeo de la pantalla subiendo. No es perfecto, pero se ve y se oye bastante.
Rocío apareció detrás de él, con la cara agotada.
Santiago también, pálido y silencioso.
Jimena miró a su madre.
Luego a Daro.
Luego a la calle por donde Puri se había ido.
—No podemos guardar esto solo para un abogado —dijo.
Rafa frunció el ceño.
—Un abogado ayuda.
—Sí. Pero no basta.
Rocío la miró.
Entendió antes que nadie.
—El pueblo.
Jimena aceptó con un gesto mínimo.
—San Brezo tiene que saber que esos nombres eran suyos antes de que Las Encinas los convirtiera en linderos.
Daro exhaló antes de volver a mirarlo.
—Jimena…
—No voy a hablar por tu familia.
—Eso es justo lo que estás haciendo.
La frase dolió.
Porque tenía parte de verdad.
Jimena la aceptó.
—Entonces habla tú.
Daro la observó en silencio.
Ella aguantó sin moverse.
—O hablamos juntos. O habla Puri. O Manolo. O quien pueda. Pero no Tomás. No Álvaro. No Bruno. No Medina. No ellos.
Daro guardó silencio.
No todavía.
Rocío se acercó a Jimena.
—Si haces eso, tu padre no podrá recogerlo.
—Lo sé.
—Álvaro tampoco.
—Lo sé.
—Las Encinas puede no sobrevivir.
Jimena miró a su madre.
Pensó en la finca blanca bajo el sol.
En Estrella.
En Julia y Paco.
En la ermita.
En la nave.
En el comedor donde tantas veces había aprendido a callar con cubiertos de plata.
En los nombres escritos detrás de una fotografía.
Los Mora.
Los Cruz.
Los Vargas.
Los Barroso.
—A lo mejor no tiene que sobrevivir igual —dijo.
Rocío cerró los párpados un momento.
Cuando los abrió, había dolor.
Y alivio.
—No —dijo—. Igual no.
Santiago, desde la sombra, habló:
—Mi padre intentará destruirte.
Jimena se volvió hacia él.
—Ya lo sé.
—No. No lo sabes. Mi padre no solo tapa. Si no puede comprar una versión, fabrica otra. Dirá que Julián robó documentos. Que Daro busca dinero. Que tú estás manipulada. Que Rocío no recuerda bien. Que Puri y los demás quieren aprovecharse. Que Tomás está enfermo. Que la cinta está cortada.
—¿Y tú qué vas a decir?
La pregunta lo dejó quieto.
Santiago miró hacia la calle.
Luego a Rocío.
Luego a Daro.
Por último, a Jimena.
—Que yo estaba allí.
El silencio se impuso.
Santiago notó la garganta seca.
—Y que Julián respiraba.
Daro lo observó en silencio.
No con perdón.
Pero sí con algo que, quizá algún día, podría dejar de ser solo odio.
—Eso no basta —dijo.
Santiago asintió.
—Lo sé.
—No te limpia.
—Lo sé.
—Puede hundirte.
Santiago soltó una risa mínima.
—Eso también lo sé.
Jimena vio entonces que Santiago no estaba eligiendo redimirse de golpe. Eso habría sido demasiado fácil. Estaba eligiendo perder una versión de sí mismo. Y quizá, para alguien como él, criado para conservar la forma perfecta, perder la versión era el primer castigo real.
Manolo apareció con una caja de zapatos.
—Para la cinta. No tenía cofre de seguridad dramático.
Rafa cogió el pañuelo y lo metió dentro con cuidado.
—Vamos a la farmacia.
Jimena se quedó un segundo mirando el bar.
El Candil, con sus mesas recogidas, su olor a tortilla, sus botellas, sus trastos de boda y comunión, acababa de convertirse en el primer lugar donde el secreto había sido escuchado por más gente de la prevista.
No por nobles.
No por jueces.
Por quienes siempre habían servido copas, vendido pan, limpiado heridas y callado lo suficiente para seguir viviendo.
Al salir por la puerta trasera, el móvil limpio vibró.
Alicia.
Rafa contestó.
—Dime.
La voz de Alicia sonó más tensa que antes.
—Bruno acaba de mover ficha.
Daro se detuvo.
—¿Qué?
—Ha filtrado algo. No sé dónde empezó, pero ya circula en dos grupos del pueblo una versión de que Daro Rivas y Jimena Albares están intentando extorsionar a Tomás con documentos falsos para quedarse con Las Encinas.
Jimena sintió un frío antiguo.
Santiago cerró los párpados un momento.
—Mi padre —dijo.
Alicia continuó:
—Puede ser Álvaro. Puede ser Bruno. Puede ser ambos. Pero hay más.
—¿Qué más? —preguntó Rocío.
Alicia tardó.
—La deuda de Las Encinas se ejecuta mañana si Tomás no firma una cesión de control. Alguien ha adelantado el vencimiento.
Rocío palideció.
Jimena miró a Santiago.
Él no pareció sorprendido.
Solo devastado.
—Álvaro —dijo.
Daro apretó la caja de zapatos con la cinta dentro.
Rafa maldijo por lo bajo.
Alicia siguió:
—No es solo la verdad. Ahora van a usar la finca como rehén.
Jimena miró hacia la plaza, hacia las ventanas apagadas, hacia la panadería de Puri, hacia las calles donde los nombres antiguos seguían viviendo en gente que no sabía todavía cuánto les habían quitado.
Las Encinas, otra vez.
La casa.
La tierra.
La deuda.
El apellido.
Todo volvía al mismo centro.
Pero ya no estaban solos en él.
Jimena respiró despacio.
—Entonces mañana no vamos a escondernos.
Daro no apartó la mirada de ella.
—¿Qué vas a hacer?
Ella pensó en Puri.
En la fotografía.
En Julián diciendo que la finca estaba encima de nombres que no eran suyos.
En Rocío escondiendo una cinta antes de aprender a callar.
En Daro con la voz de su tío todavía clavada.
—Lo que Puri ha dicho.
Rafa frunció el ceño.
—¿Qué ha dicho Puri?
Jimena miró hacia la plaza de San Brezo.
—Que si voy a romper algo, lo rompa bien.
Nadie respondió.
La noche pareció escuchar.
Y por primera vez desde que todo empezó, Jimena no pensó en salvar Las Encinas.
Pensó en abrirla.