Bravío Capítulo 18 — El principio #3
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Capítulo 18 — El principio #3

Alicia, desde el móvil, tampoco dijo nada.

Rocío lloraba ahora abiertamente.

No con aspavientos. No con gritos. Lloraba sentada en una silla de almacén, delante de una televisión vieja, viendo a la mujer que fue coger una prueba que después se obligó a olvidar para poder sobrevivir.

Santiago estaba inmóvil.

Jimena miró a Daro.

Él seguía de espaldas, bajo su mano.

La camisa negra subía y bajaba con una respiración rota.

—Daro —dijo ella.

Él negó con la cabeza.

No quería palabras.

Jimena dejó la mano donde estaba.

La cinta siguió.

De pronto la imagen volvió.

Todos se tensaron.

Ya no era nave.

Era exterior.

La cámara estaba torcida, quizá dentro de la bolsa de Julián, grabando sin que nadie la sujetara. Se veía un trozo de cielo blanco, ramas, movimiento. Voces distorsionadas. Perros. Hombres riendo lejos. Un motor. La imagen no mostraba casi nada útil, pero el sonido era más claro por momentos.

Álvaro:

—No hoy, Tomás. Si sale hoy, no hay forma de pararlo.

Tomás:

—No iba a salir hoy.

Álvaro:

—Ese hombre ha dicho que tiene copias.

Tomás:

—Yo hablaré con él después.

Álvaro:

—Siempre después. Siempre cuando ya te han visto dudar.

Un golpe.

Tal vez una puerta de remolque.

Luego la voz de Julián, más cerca:

—No era mi puesto.

Jimena notó que la sangre se le helaba.

La frase.

Otra vez.

No escrita.

No recordada.

Dicha allí.

Tomás respondió, tenso:

—Hoy harás lo que se te diga.

Julián:

—No voy a ponerme ahí.

Álvaro:

—Te pondrás donde no estorbes.

La imagen se volvió loca. Tierra. Bota. Cielo. Una mano cubriendo parte de la lente. Luego nada claro.

Santiago, en el almacén, murmuró:

—No.

Jimena no apartó la mirada de él.

Él tenía los ojos fijos en la pantalla.

—¿Qué? —dijo ella.

Santiago no respondió.

En la cinta se oyó una voz joven, temblorosa.

La suya.

Con quince años.

—Padre, yo no quiero ir ahí.

Álvaro, más bajo:

—Cállate.

—No sé…

—Cállate y coge la escopeta como te he dicho.

Santiago adulto apretó los párpados.

En la pantalla, o en el sonido, el Santiago niño respiraba rápido.

Julián dijo:

—Déjelo. Está asustado.

Álvaro:

—Tú preocúpate por lo tuyo.

Julián:

—Lo mío empieza a parecerse mucho a lo suyo.

Después, ruido.

Perros.

Hombres llamando.

La imagen se cortó de golpe.

No en negro.

En azul.

La cinta siguió girando unos segundos más y después se detuvo sola.

Silencio.

Manolo miró el aparato.

—Se ha acabado.

Alicia habló entonces, muy baja desde el móvil:

—No la rebobinéis. Sacadla. Guardadla. Ahora.

Manolo obedeció con una delicadeza casi religiosa.

La cinta salió.

Nadie se movió para cogerla.

Al final, Jimena fue quien la tomó.

La envolvió otra vez en el pañuelo de Rocío.

Sentía que el plástico estaba caliente, aunque sabía que no podía estarlo tanto.

Daro seguía de espaldas.

Jimena se acercó.

—Daro.

Él se volvió.

Tenía los ojos rojos, pero no lloraba. O no todavía. Había en su rostro una mezcla de rabia, dolor y descubrimiento que no encontraba forma humana.

—Mi tío sabía —dijo.

Jimena asintió.

—Sí.

—Sabía lo de las tierras. Sabía lo de mi abuela.

—Sí.

—Y aun así fue al monte.

Rafa habló desde la barra del almacén:

—Porque pensó que podía volver.

Daro soltó una risa rota.

—Todos piensan eso.

Rocío levantó la cabeza.

—Yo también lo pensé.

Daro mantuvo la vista en ella.

No con odio.

No con perdón.

Con algo más difícil.

—Usted guardó la cinta.

Rocío asintió.

—Y luego callé.

—Pero la guardó.

—Sí.

Daro respiró despacio.

—No sé qué hacer con eso.

Rocío le sostuvo los ojos.

—Yo tampoco.

La honestidad quedó entre ambos sin resolver.

Jimena pensó que quizá no todas las cosas se resolvían en el momento de saberlas. Algunas solo cambiaban de lugar. Dejaban de estar bajo tierra y pasaban a ocupar una habitación donde todos tenían que aprender a caminar alrededor sin negar que estaban allí.

Santiago se separó de la estantería.

Parecía enfermo.

—Mi padre lo colocó.

Daro clavó la vista en él.

—¿Qué?

Santiago humedeció la boca antes de hablar.

—No el disparo. No digo eso. No lo sé. Pero lo colocó. A Julián. A mí. A todos. Él sabía que Julián no quería ir a ese puesto. Sabía que yo tenía miedo. Y aun así…

No terminó.

No hacía falta.

La cinta no había dicho quién disparó.

No había mostrado el momento.

No había cerrado la culpa.

Pero había abierto algo quizá peor: la posibilidad de que aquella montería no hubiera sido una sucesión de errores, sino una escena preparada para arrinconar a un hombre que sabía demasiado. Y en esa escena, Santiago había sido usado como pieza antes de que la sangre lo convirtiera en coartada.

Santiago se llevó una mano a la boca.

—Voy a vomitar.

Manolo señaló un cubo.

—Ahí.

Santiago no llegó a usarlo. Se apoyó contra la pared, respirando con dificultad, hasta que Rocío se levantó y fue hacia él.

Jimena la vio dudar.

Luego su madre apoyó una mano en el brazo de Santiago.

Él se quebró.

No lloró como un hombre elegante.

Lloró como un niño que llevaba quince años sin permiso.

Daro apartó la mirada.

No por compasión.

Por límite.

Jimena tampoco supo qué hacer con esa imagen. Santiago había hecho daño. A ella. A Mateo. A Jacinto, aunque fuera usando palabras limpias y responsabilidades repartidas. Pero también estaba allí, destruido por una verdad que no lo absolvía y que, precisamente por no absolverlo, lo obligaba a mirar.

Rafa rompió el silencio con voz grave:

—Hay que sacar copias ya.

Alicia respondió al instante:

—Grabasteis la pantalla, ¿no?

Jimena miró el móvil limpio que Rafa había dejado apuntando al televisor.

Rafa lo cogió.

—Sí.

—Mandádmelo. Ahora. Y la cinta física tiene que ir a un sitio seguro. No el bar. No la finca. No el coche.

Manolo levantó la mano.

—Mi hermana vive encima de la farmacia. Doña Amparo tiene una caja fuerte pequeña para recetas y cosas de esas.

—Amparo está en el hospital —dijo Jimena.

—Su hermana no. Y Amparo me mataría si dejo que se pierda algo que puede hundir a medio pueblo.

Rafa miró a Rocío.

—¿Confía en Amparo?

Rocío no dudó.

—Sí.

La palabra tuvo peso.

Porque Rocío había confiado en pocas personas y tarde.

Manolo fue hacia la puerta del almacén.

—La llamo.

—No desde tu móvil —dijo Alicia.

Manolo se quedó quieto.

—Esta mujer me va a quitar hasta las ganas de tener teléfono.

—Estoy haciendo servicio público.

Rafa le dio el móvil limpio.

Mientras Manolo llamaba a la hermana de Amparo, Jimena salió al bar principal.

Necesitaba aire.

No fue lejos. Solo hasta la barra, donde las luces bajas hacían brillar los vasos boca abajo y la televisión seguía sin sonido. En la pantalla, un anuncio de coches mostraba una carretera perfecta, vacía, sin muertos ni padres ni tierras robadas.

La puerta principal estaba cerrada.

A través del cristal, vio una sombra moverse en la acera.

Se tensó.

Luego reconoció a Puri.

La panadera estaba de pie frente al bar, con una bata gruesa sobre el camisón y los brazos cruzados. A su lado había un hombre mayor que Jimena no conocía bien y una mujer con el pelo envuelto en un pañuelo. No llamaban. No hablaban. Solo esperaban.

Jimena abrió la puerta.

—Ahora no.

Puri la miró.

No con veneno esta vez.

Con una seriedad antigua.

—Manolo me ha mandado una foto.

Jimena permaneció quieta.

—¿Qué foto?

Puri levantó un papel impreso de mala calidad. Alguien, quizá Manolo, había sacado una captura de la fotografía encontrada en la caja de Isabel. Las familias delante de la casa humilde. Los Mora. Los Cruz. Los Vargas. Los Barroso.

Puri señaló a una niña de trenzas en la esquina.

—Esa era mi madre.

Jimena no supo qué decir.

El hombre mayor dio un paso.

—El de atrás era mi abuelo.

La mujer del pañuelo habló:

—Los Cruz vivían donde ahora están los boxes nuevos.

A Jimena le pareció que el suelo del bar se movía bajo sus pies.

Las Encinas salía de la cinta.

Salía de los papeles.

Salía de la caja.

Y entraba en la boca de San Brezo.

Puri miró hacia el interior del bar.

—No sabemos qué tenéis ahí dentro, niña. Pero si habla de tierras, aquí hay más muertos que Julián esperando desde hace mucho.

Jimena humedeció la boca antes de hablar.

—No puedo contarlo todavía.

—No te he pedido que lo cuentes.

—Entonces…

Puri mantuvo la vista firme.

—Te estoy diciendo que, cuando lo hagas, no lo hagas en el comedor de tu casa.

La frase entró limpia.

Jimena pensó en Tomás. En Álvaro. En Bruno. En Medina. En todos los hombres que habían convertido la verdad en algo que se negociaba entre puertas cerradas.

Puri tenía razón.

Si aquello salía, no podía salir como una confesión privada.

Tenía que salir donde hubieran sido borrados los nombres.

En el pueblo.

Con testigos.

Con consecuencias.

Detrás de Jimena, Daro apareció en la entrada del almacén.

Oyó lo suficiente.

Puri lo miró.

—Tú eres el Rivas.

Daro asintió.

—Sí.

Puri bajó un poco la voz.

—Tu abuela tenía genio.

Daro se quedó clavado en el sitio.

—¿La conoció?

—Yo era niña. La recuerdo gritando en la plaza porque decía que los papeles no daban de comer si te quitaban hasta la huerta. Mi madre me mandó callar. Aquí nos mandaban callar mucho.

Daro no pudo responder.

Puri no intentó suavizar.

—Julián se parecía a ella.

Daro miró al suelo.

Jimena tuvo la impresión de que algo entre ellos, entre ella y Daro, cambiaba de sitio otra vez. No se rompía. No se acercaba de forma simple. Se llenaba de más historia de la que dos personas podían cargar sin hacerse daño.

Ella era una Albares.

Él era un Rivas y un Vargas.

Las Encinas estaba entre ambos, ya no como finca, sino como deuda.

Daro habló con la voz muy baja:

—No sé qué hacer con todo esto.

Puri lo miró con una dureza casi amable.

—Primero respirar. Luego no dejar que los de siempre lo expliquen por ti.

La panadera se volvió hacia Jimena.

—Y tú, señorita.

Jimena casi pidió que no la llamara así.

No llegó a hacerlo.

Esta vez el título sonó distinto.

No como reverencia.

Como desafío.

—Si vas a romper algo, rómpelo bien.

Puri se alejó con los otros dos antes de que Jimena pudiera contestar.

La calle quedó otra vez casi vacía.

Casi.

Al fondo, junto a la esquina, un coche oscuro arrancó sin luces y desapareció.

Daro lo vio.

Jimena también se movió.

—Nos han visto —dijo ella.

—Sí.

No hubo sorpresa.