Bravío Capítulo 18 — El principio #2
73%

Capítulo 18 — El principio #2

Cuando Alicia dio permiso, Manolo sacó la cinta de prueba y se volvió hacia Rocío.

—Doña Rocío.

El tratamiento ya no sonó servil.

Sonó testigo.

Rocío desató el pañuelo.

Sacó la cinta.

La sostuvo un segundo.

Luego se la dio a Jimena.

—Hazlo tú.

Jimena sintió el peso mínimo del plástico en la mano.

Era absurdo que algo tan pequeño pudiera sostener tanto miedo.

La entregó a Manolo.

Él la introdujo en la cámara con una delicadeza que no parecía propia de sus manos grandes.

La máquina tragó la cinta.

Un clic.

Un zumbido.

Todos dejaron de respirar.

La pantalla se volvió azul.

Después negra.

Después ruido blanco.

Daro dio un paso involuntario hacia delante.

—Espera —dijo Alicia desde el móvil.

La imagen apareció a golpes.

Primero una franja gris.

Luego madera.

Luego suelo de cemento.

La nave vieja.

No como la habían visto ellos, oscura y polvorienta, sino más joven, más llena, menos abandonada.

Había herramientas contra una pared, sacos de pienso, una mesa con papeles, un rayo de luz entrando por una rendija.

La imagen temblaba. Alguien había dejado la cámara apoyada demasiado baja, quizá sobre una caja.

El encuadre cortaba cuerpos a la altura del pecho, dejaba fuera caras por momentos, enfocaba peor de lo que debía.

Pero se veía.

Se veía Las Encinas antes de convertirse en recuerdo.

Se veía la mañana.

Una mano entró en plano.

La mano de un hombre.

Daro inhaló de golpe.

Calló.

No hizo falta.

Julián Rivas apareció de medio lado, joven, delgado, con camisa de trabajo y un chaleco gastado. No miró directamente a la cámara al principio. Ordenaba papeles sobre la mesa con movimientos rápidos, nerviosos pero no torpes. Tenía la cara más seria que asustada.

Jimena miró a Daro.

Él estaba completamente inmóvil.

En la pantalla, Julián habló.

El sonido era bajo, con ruido de fondo, pero la voz llegó.

—Si esto llega a alguien, mi nombre es Julián Rivas. Trabajo en Las Encinas desde hace seis años. Lo que hay en estos papeles no lo encontré robando. Lo encontré porque me mandaron limpiar la nave vieja antes de la montería.

Daro bajó la cabeza un segundo.

Solo un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, no apartó la vista.

Julián levantó un documento frente a la cámara, demasiado cerca. La imagen no permitía leerlo entero. Se distinguían sellos, firmas, el nombre Vargas, el nombre Barroso, una línea con la palabra cesión.

—Mi madre era Vargas —decía Julián—. Mi abuela no firmó esto sabiendo lo que firmaba. No sabía leer bien. Mi tío decía que les pagaron tarde, poco y con amenazas. Yo no lo creí entero. Uno crece pensando que las historias de los viejos son rabia. Hasta que encuentra la rabia escrita con sello.

Rafa bajó la cabeza.

Manolo, junto al aparato, murmuró algo ininteligible.

Rocío lloraba sin hacer ruido.

En la pantalla, Julián dejó el papel.

—He hecho copia. Si me pasa algo, no ha empezado en el monte.

La frase ya la conocían.

Oírla en su voz fue otra cosa.

Daro se dobló un poco hacia delante, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para entrar entero.

Jimena avanzó hacia él.

No lo tocó.

Todavía no.

La imagen se cortó.

Rayas.

Ruido.

Luego volvió.

La cámara estaba ahora más escondida. La imagen apuntaba a la mesa de la nave desde detrás de unas tablas.

Se veían papeles, una esquina de la puerta, sombras moviéndose.

Julián estaba de espaldas. Frente a él, Tomás, joven, más delgado, con una camisa clara y la autoridad intacta.

A su lado, Álvaro de la Vega, impecable incluso en una imagen granulada de hacía quince años.

Tomás hablaba bajo.

—Esto no va a salir de aquí.

Julián respondió:

—Ya ha salido.

El silencio de la grabación pareció cruzar el tiempo.

Álvaro se acercó a la mesa.

—Eso es una amenaza muy torpe para un hombre inteligente.

—No estoy amenazando.

—No. Claro. Los hombres como tú nunca amenazan. Solo dicen que quieren justicia y esperan que los demás se asusten.

Julián no retrocedió.

—Mi abuela murió creyendo que había vendido hambre para comprar pan. Ustedes hicieron finca con eso.

Tomás golpeó la mesa con la mano.

La cámara tembló apenas.

—Mide lo que dices en mi casa.

—Su casa está encima de nombres que no son suyos.

Jimena sintió un escalofrío.

La frase llenó el almacén de El Candil como si Julián acabara de decirla allí, vivo, de pie entre cajas de cerveza y un televisor viejo.

Tomás se inclinó hacia él.

—Tu familia cobró.

Julián respondió enseguida:

—Mi familia no sabía lo que perdía.

Álvaro soltó una risa suave.

—Eso pasa mucho. La gente firma cosas que no entiende y luego llama robo a su ignorancia.

Daro se movió.

Rafa lo miró.

No hizo falta sujetarlo.

Daro no podía pegarle a una imagen.

Quizá por eso dolía más.

En la pantalla, Julián miró a Álvaro.

—Usted sonríe porque no era su abuela.

Álvaro dejó de sonreír.

Tomás habló, más bajo:

—¿Qué quieres?

—Que esto salga. Que se sepa. Que las familias sepan.

—¿Dinero?

—No.

Álvaro intervino:

—Todos queréis dinero. Algunos tardáis más en pronunciarlo.

—Yo quiero que dejen de llamar herencia a lo que quitaron.

Rocío se llevó una mano a la boca.

Jimena miró a su madre.

No parecía estar oyendo solo la cinta. Parecía recordar cada rincón de aquella mañana, cada palabra quizá escuchada a medias y enterrada entera.

La grabación siguió.

Tomás se apartó de la mesa y caminó fuera de plano. Su voz llegó desde un lado.

—Si vas a Medina con esto, perderás el tiempo.

Julián respondió:

—Entonces iré a otro sitio.

Álvaro dijo:

—Medina leerá lo que tenga que leer. Y el resto dirá lo que tenga que decir.

—Hay copias.

Álvaro se quedó quieto.

La cámara no enfocaba su rostro completo, pero sí su mano. Una mano que dejó de moverse.

—¿Dónde?

Julián no contestó.

Tomás volvió al encuadre.

—Julián.

Había algo distinto en su voz.

No solo enfado.

Miedo.

—No hagas esto hoy.

—¿Hoy?

—Hay gente. Hay montería. Hay invitados. Hay niños.

Álvaro miró hacia la puerta.

—Hablando de niños, el mío está esperando con una escopeta más grande que él.

Tomás lo observó como si evaluara una falta.

—No metas a Santiago.

—Yo no lo he metido. Lo ha metido la vida en esta familia.

Santiago, en el almacén de El Candil, dejó de respirar.

Jimena lo vio.

Su rostro se había vuelto completamente blanco.

En la pantalla, Julián habló:

—El chico no tiene culpa de lo que hacen ustedes.

Álvaro se volvió hacia él.

—Qué sentimental.

—No es sentimental. Es un niño.

—Tiene quince años. Ya es hora de que aprenda que hay cosas que se sostienen aunque no gusten.

Santiago retrocedió un paso en el almacén.

Su espalda chocó contra una estantería.

Una caja de botellas tintineó.

Nadie lo miró demasiado tiempo.

Quizá por pudor.

Quizá porque la cinta no dejaba espacio.

Tomás dijo:

—Basta, Álvaro.

Álvaro se acercó a Julián.

—Escúchame bien. Si tienes copias, guárdalas. Te conviene. A los hombres que no saben negociar les duran poco las verdades en la boca.

Julián no se movió.

—Entonces procure que no me pase nada hoy.

Álvaro sonrió.

La sonrisa se oyó antes de verse.

—Procura tú no morirte hoy. Los muertos no negocian.

La frase ya la habían oído contada por Jacinto.

En la cinta fue peor.

Porque no sonó como una amenaza de película.

Sonó como algo que Álvaro dijo casi con pereza.

Como si la muerte fuera un argumento más en una conversación entre hombres.

La imagen se llenó de interferencias.

Manolo se inclinó hacia el aparato.

—No toques —advirtió Alicia desde el móvil.

—No estoy tocando.

—Te oigo pensar en tocar.

—Esta mujer da miedo.

La cinta volvió.

Esta vez el encuadre era distinto. Más cercano. La cámara parecía estar en manos de Julián. La imagen temblaba mientras caminaba por la nave. Se veía el suelo, una bota, un trozo de puerta, luz exterior. Luego la imagen giró y apareció Rocío joven.

A Jimena le pareció que su madre se quedaba sin aire.

Rocío, en la pantalla, tendría poco más de treinta años. Estaba junto a las cuadras, con una chaqueta clara y el pelo recogido. Parecía nerviosa. No tenía aún la quietud elegante que Jimena había conocido toda su vida. Parecía más rápida, más viva, más capaz de correr si algo ardía.

—No puedo ayudarte —decía aquella Rocío.

Julián, fuera de plano, respondió:

—No le estoy pidiendo que me ayude. Le estoy pidiendo que guarde esto.

La cámara bajó. Se veía un pañuelo. Una cinta pequeña. Los dedos de Julián envolviéndola.

Rocío joven negó con la cabeza.

—Dáselo a Tomás.

—No.

—Es mi marido.

—Por eso.

La Rocío del almacén bajó la cabeza.

En la pantalla, su versión joven miró hacia la casa.

—No sabes lo que me estás pidiendo.

—Sí.

—No. No lo sabes.

La voz de Julián cambió.

No se volvió dura.

Se volvió triste.

—Doña Rocío, usted ya está dentro. Todos los que viven aquí están dentro aunque les hayan enseñado a mirar hacia otro lado.

Jimena tuvo la impresión de que la frase, repetida por su madre horas antes, volvía a nacer con la voz correcta.

Rocío joven empezó a llorar.

—Tengo dos hijos pequeños.

—Yo tengo una sobrina.

El silencio de la pantalla fue breve.

Pero lo bastante largo para cambiar algo.

Julián siguió:

—Se llama Lola. Tiene dos años. Si esto sale mal, crecerá pensando que los Rivas pierden porque sí. Que nos toca. Que somos de mala suerte. No quiero eso para ella.

Daro se dio la vuelta.

No podía mirar.

Se apoyó con una mano en la pared del almacén, la cabeza baja.

Jimena se acercó entonces.

Despacio.

No le tocó al principio.

Luego apoyó una mano en su espalda, entre los omóplatos.

Daro se tensó.

No se apartó.

En la pantalla, Rocío joven cogió el pañuelo.

—¿Qué hay aquí?

—El principio.

—¿Y el final?

Julián tardó.

—Espero no necesitarlo.

La imagen tembló.

Rocío joven escondió el pañuelo bajo su chaqueta y se alejó casi corriendo hacia el patio chico. La cámara la siguió un momento. Luego bajó al suelo. La mano de Julián entró en plano, como si estuviera apagando.

Antes de que la imagen se cortara, se oyó una voz lejos.

Tomás.

—¡Julián!

La pantalla se volvió negra.

El zumbido de la cinta siguió unos segundos.

La habitación se quedó sin voz.

Manolo se quedó con los dedos cerca del botón de pausa sin atreverse a tocarlo.