Bravío Capítulo 18 — El principio
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Capítulo 18 — El principio

No escucharon la cinta en Las Encinas.

Rocío fue la primera en decirlo.

Lo dijo con la cinta envuelta en el pañuelo sobre las rodillas, sentada en el asiento trasero del coche de Rafa, con Jimena a un lado y Santiago al otro, mientras la finca desaparecía detrás de ellos por el camino bajo.

No levantó la voz. No hizo falta. Había frases que nacían con la autoridad justa cuando una mujer llevaba quince años esperando poder pronunciarlas.

—En la casa, no.

Rafa la miró por el retrovisor.

—No pensaba parar allí a merendar.

Daro iba delante, con una mano apoyada sobre la ventanilla y la mirada perdida en la carretera negra. La luz del salpicadero le partía la cara en dos: una mitad dura, otra casi inexistente.

—Necesitamos un reproductor —dijo.

Su voz sonó seca.

Demasiado seca.

Jimena la reconoció ya. Era la voz que usaba cuando estaba a punto de quedarse sin espacio por dentro.

—Alicia dijo que no en cualquier aparato viejo —recordó ella.

—Alicia no está aquí.

—Precisamente por eso vamos a hacerle caso.

Daro se limitó a callar.

Rafa soltó un ruido que podía ser aprobación.

—Manolo.

Jimena levantó la cabeza.

—¿El del Candil?

—Paco dijo que su hermano grababa bodas. Si hay en San Brezo un trasto capaz de tragarse una cinta de hace quince años sin morirse en el intento, estará en el almacén de Manolo, entre cajas de vermut viejo y santos de procesión.

Santiago habló desde el asiento trasero, por primera vez desde que subió al coche.

—Mi padre irá allí si se le ocurre.

Rafa lo miró por el retrovisor.

—¿Y a ti se te ocurre?

Santiago no apartó la mirada.

—Sí.

—Entonces no me gusta.

—A mí tampoco.

Jimena se volvió hacia Santiago.

La oscuridad le hacía parecer más joven.

No más inocente. Solo más cansado. Tenía la camisa manchada de polvo de la nave y una pequeña herida en el nudillo, quizá de rozarse contra la madera al salir por el hueco.

No se había quejado. Tampoco había pedido nada.

Desde que había dejado atrás a Álvaro, parecía existir en una especie de suspensión, como si el cuerpo hubiese seguido al grupo antes de que la cabeza aceptara del todo la traición.

—¿Dónde iría tu padre? —quiso saber Jimena.

Santiago miró la cinta sobre las rodillas de Rocío.

—Primero a la casa. Después a la ermita. Cuando no encuentre nada, a los sitios donde crea que podéis hacerla hablar. El Candil es uno de ellos.

—Entonces no vamos —dijo Daro.

Rocío levantó la vista.

—Sí vamos.

Daro se giró un poco.

—Si Álvaro puede pensarlo…

—Álvaro lleva quince años pensando por mí —lo cortó Rocío—. Esta noche no voy a cambiar de sitio cada vez que su miedo adivine el camino.

El silencio que siguió tuvo una forma nueva.

Daro no discutió.

Jimena miró a su madre y sintió algo parecido al orgullo, pero más doloroso. Rocío no sonaba valiente de una manera limpia. Sonaba aterrada y, aun así, cansada de doblar esquinas para que los hombres peligrosos no tuvieran que correr.

Rafa cogió el móvil limpio y llamó a Alicia.

—Vamos al Candil.

La voz de Alicia llegó con ruido de teclas.

—Eso es mala idea.

—Necesitamos que nos digas cómo hacerla menos mala.

—Me estáis envejeciendo.

—Eso dice Maribel de mí desde los diecisiete.

—No metáis la cinta en nada sin probarlo antes. Que Manolo busque otra cinta del mismo formato, aunque sea una comunión. Limpiar cabezales si puede. Nada de rebobinar a lo bruto. Nada de tocar la cinta con los dedos. Y grabad la pantalla con varios móviles limpios si conseguís reproducirla.

—¿Algo más?

—Sí. Si el aparato empieza a hacer ruido raro, paradlo. La verdad no sirve si la convertís en confeti magnético.

Rafa miró a Daro.

—Has oído a la desagradable.

Daro dejó la frase en el aire.

Rocío sostuvo el pañuelo con ambas manos.

Jimena vio sus dedos: finos, blancos, tensos, con una uña rota que su madre ni siquiera habría tolerado visible en otro momento.

Aquella pequeña imperfección la conmovió más que las lágrimas.

Rocío Albares, la mujer impecable de Las Encinas, llevaba la verdad envuelta en un pañuelo viejo y una uña rota de haber arrancado madera detrás de una santa.

—Mamá —dijo en voz baja.

Rocío la miró.

—¿Qué?

Jimena no supo qué iba a decir hasta que lo dijo.

—No tienes que ser fuerte todo el rato.

Rocío sonrió apenas.

—No sé hacer esto de otra manera.

—Puedes aprender.

—¿Esta noche?

Jimena miró al suelo a la cinta.

—Estamos aprendiendo muchas cosas rápido.

Rocío no contestó.

Pero apoyó la cabeza contra el respaldo y respiró hondo, solo un momento.

Santiago habló sin mirar a nadie:

—Mi padre no va a parar.

Daro tensó la mandíbula.

—El mío tampoco paró —dijo Rocío.

Todos se quedaron quietos.

Ella abrió los ojos.

—Perdón. He dicho “el mío” sin pensar. Quería decir Tomás.

Jimena sintió un golpe pequeño en el pecho.

No corrigió a su madre.

A veces la verdad se escapaba por una palabra equivocada.

Las Encinas había sido de Tomás incluso dentro de la boca de Rocío.

Aquello también tendría que cambiar.

San Brezo estaba casi dormido cuando llegaron.

Casi.

En los pueblos, el sueño nunca era completo cuando la desgracia tenía nombres conocidos.

Algunas ventanas seguían encendidas. En la plaza, dos hombres fumaban junto a una farola y se callaron al ver pasar el coche.

La persiana de la panadería de Puri estaba bajada, pero había luz al fondo.

El letrero de El Candil permanecía encendido aunque la puerta principal estuviera cerrada.

Rafa aparcó en la calle de atrás.

—Nada de entrar por delante.

—Cada vez me gustan menos las puertas principales —dijo Jimena.

Daro la miró un segundo.

No sonrió, pero aquella frase quedó entre ellos como algo que entendían.

Rafa llamó dos veces a la puerta trasera del bar.

Una pausa.

Un cerrojo.

Otro.

La cara de Manolo apareció en la rendija.

—Virgen santa.

—No es un buen momento para sermones —dijo Rafa.

—No, si lo digo porque cada vez venís con más gente y peor cara.

Manolo abrió del todo.

El patio trasero de El Candil olía a cerveza, fregona, aceite usado y jazmín nocturno de una maceta enorme que parecía haber sobrevivido por pura terquedad.

Dentro, el bar estaba apagado salvo por la luz de la barra y la televisión sin sonido.

Las sillas estaban subidas sobre las mesas.

Había vasos secándose boca abajo, una caja de refrescos abierta y un plato de tortilla cubierto con papel de aluminio.

Manolo miró a Rocío.

Luego a Santiago.

Luego a Daro.

Luego a la cinta envuelta en el pañuelo.

—Paco me llamó.

Rafa frunció el ceño.

—¿Paco?

—Antes de que se fuera todo al carajo, sí. Dijo que igual veníais. Que preparara el aparato viejo de mi hermano y que cerrara la boca.

—La segunda parte no la has cumplido nunca —dijo Daro.

—Por eso me la recordó.

Jimena miró hacia la puerta principal.

—¿Alguien sabe que estamos aquí?

Manolo hizo una mueca.

—En San Brezo, saberlo no. Sospecharlo, media calle. Puri ha visto pasar el coche y ya habrá construido una versión con más datos que la Guardia Civil.

—¿Eso es malo? —preguntó Santiago.

Manolo lo miró como si acabara de recordar que estaba allí.

—Depende de para quién.

No le ofreció más.

Santiago aceptó el desprecio sin responder.

Manolo los llevó al almacén del fondo.

Era una habitación estrecha llena de cajas de botellas, garrafas de aceite, manteles de plástico, un congelador viejo y estanterías donde convivían adornos de Navidad, una caja de cables, un ventilador roto y una Virgen del Carmen con un dedo partido.

Sobre una mesa había un televisor pequeño de tubo, una videocámara antigua, varios adaptadores y una caja de cintas de bodas con etiquetas escritas a rotulador.

—Mi hermano se creía Spielberg —dijo Manolo—. Grabó medio pueblo. Bodas, comuniones, bautizos, una matanza que mi madre nunca le perdonó porque dijo que había sacado al cerdo con mala luz.

Rafa se acercó al aparato.

—¿Funciona?

—Hace tres años funcionaba.

—Eso en tecnología antigua significa antes de Cristo —dijo la voz de Alicia por el móvil.

Manolo pegó un respingo.

—¿Quién habla?

—La conciencia técnica.

Rafa dejó el móvil sobre una caja.

—Hazle caso si no quieres que te insulte.

—Ya me insultan en este bar sin altavoz.

Alicia empezó a dar instrucciones con una precisión impaciente.

Manolo buscó una cinta vieja de una comunión.

Rafa limpió el polvo del aparato con un trapo que Alicia desaprobó por teléfono con una indignación casi personal.

Daro permanecía junto a la puerta, como si necesitara controlar quién entraba antes de controlar lo que iba a escuchar.

Rocío se sentó en una silla de madera.

La cinta seguía en su regazo.

Jimena se agachó frente a ella.

—¿Quieres esperar?

Rocío la miró.

—No.

—Podemos esperar a Alicia. A un profesional.

—No.

—Mamá.

Rocío bajó la vista al pañuelo.

—Si espero más, volveré a encontrar una razón para no hacerlo.

Jimena no tuvo respuesta.

Porque la creyó.

Santiago estaba apoyado contra una estantería, apartado de todos. Manolo ni siquiera le había ofrecido silla. No por descuido. En los pueblos, la hospitalidad también sabía negar. Santiago lo sabía. Se le veía en la forma en que aceptaba estar de pie.

Daro se acercó a Rafa mientras este conectaba cables.

—Si viene Álvaro…

—No va a entrar por esa puerta sin que Puri lo huela desde la panadería.

—No es broma.

—No estoy bromeando. Esa mujer da más miedo que Bruno cuando lleva rulos.

Manolo probó la cinta de comunión.

La pantalla del televisor se llenó de líneas, ruido y un pitido agudo. Luego apareció una iglesia, un niño con traje marinero y una mujer llorando con un abanico en la mano.

—Funciona —dijo Manolo.

Alicia habló desde el móvil:

—No cantes victoria. Déjala unos segundos. Si mastica esa cinta y no la importante, mejor.

La comunión siguió avanzando.

Un cura movía la boca sin sonido al principio. Luego el audio apareció de golpe, alto, distorsionado.

—Bajad eso —dijo Rafa.

Manolo ajustó el volumen.

Jimena miró a Rocío.

Su madre no miraba la pantalla.

Miraba el pañuelo.