Bravío Capítulo 17 — La ermita de Santa Lucía #3
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Capítulo 17 — La ermita de Santa Lucía #3

—Mi padre no va a quedarse quieto.

Rafa miró hacia la puerta de la ermita.

—Por eso nos movemos ya.

Salieron.

La noche pareció más fría.

Mientras cruzaban el olivar de vuelta, se oyó un motor en la distancia.

No dentro de la finca.

Fuera.

En el camino viejo.

Paco apagó la linterna.

Todos se detuvieron.

El motor avanzó despacio, luego se apagó.

Rafa murmuró:

—Tenemos compañía.

Daro se colocó junto a Jimena.

Ella no protestó.

No porque quisiera esconderse.

Porque esta vez él no la tapaba.

La acompañaba.

Unas luces se encendieron un instante entre los árboles, lejos, y desaparecieron.

Santiago susurró:

—No es mi padre.

Rafa lo miró.

—¿Seguro?

—Mi padre no entra sin que lo vean. Quiere que todos sepan cuándo llega.

Daro dijo:

—Bruno.

La palabra cayó en la tierra.

Rocío apretó el pañuelo contra el pecho de Jimena.

—A la casa no.

Jimena la miró.

—¿Qué?

—Si vamos a la casa, nos encierra la casa. Otra vez.

Rafa movió la cabeza una vez.

—Tiene razón.

Paco señaló hacia un camino lateral.

—La nave vieja.

Daro miró la oscuridad.

—No.

—Tiene salida al corral trasero y al camino de servicio. Si alguien entra por la finca, mirará primero casa y ermita. La nave no si cree que ya la registramos.

Jimena pensó en la lata.

En el cartucho.

En la primera noche con Daro.

En todo empezando allí.

—Vamos.

Corrieron sin correr.

Rocío no podía ir rápido, pero no se detuvo. Santiago se quedó atrás un instante para mirar hacia las luces, luego siguió. Daro vigilaba el olivar. Rafa caminaba con el móvil en la mano, hablando bajo con Alicia. Paco los guio por el camino más oscuro hasta la nave.

Entraron por la puerta lateral.

El olor a polvo, aceite viejo y cuero muerto los recibió como la primera vez.

Jimena tuvo la impresión de que el círculo se cerraba.

No exactamente.

Pero sí lo suficiente para dar miedo.

Paco cerró la puerta sin echar el pestillo.

Dentro, la oscuridad era espesa. Rafa encendió una linterna pequeña, apuntando al suelo.

Rocío apoyó una mano sobre una mesa cubierta de sacos viejos.

—Aquí —susurró.

Todos la miraron.

—Aquí me lo dio Julián.

Daro se quedó donde estaba.

Rocío miró el espacio vacío frente a ella, como si la mañana de quince años atrás estuviera todavía suspendida en el polvo.

—Estaba ahí. Con la bolsa. Me dijo que no podía confiar en Tomás. Yo me enfadé. Le dije que Tomás era mi marido. Él me contestó que por eso me lo daba a mí, no a él.

Tomás no estaba allí para oírlo.

Quizá era mejor.

Quizá peor.

Rocío humedeció los labios.

—Le pregunté si estaba acusando a mi familia de algo. Y él dijo…

Se interrumpió.

Daro se acercó un paso.

—¿Qué dijo?

Rocío lo observó como si midiera el daño.

—Que no hacía falta acusar a una familia cuando sus papeles ya hablaban.

Jimena notó que la frase se clavaba en la nave, en las cajas, en la madera vieja.

Fuera se oyó un golpe.

Todos se quedaron inmóviles.

Pasos.

No cerca.

Pero en la finca.

Rafa apagó la linterna.

La oscuridad los cubrió.

Una voz llegó desde fuera, amortiguada por la madera.

No se entendía.

Luego otra.

Más baja.

Daro se inclinó hacia Jimena.

—Quédate quieta.

Esta vez no le molestó.

Rocío apretó la cinta contra su pecho.

Santiago respiraba cerca de la puerta, con el cuerpo tenso.

Entonces su móvil vibró.

El sonido, aunque breve, pareció un disparo dentro de la nave.

Santiago lo apagó de inmediato.

Demasiado tarde.

Fuera, los pasos se detuvieron.

Una voz masculina dijo:

—Ahí.

Rafa murmuró:

—Joder.

Daro se movió hacia la puerta.

Jimena le agarró la muñeca.

Él la miró en la oscuridad.

Ella negó.

No al golpe.

A la trampa.

Daro respiró.

Se quedó.

La puerta principal de la nave crujió.

Alguien intentó abrir desde fuera.

Paco señaló hacia el fondo, donde antiguamente se guardaban monturas y herramientas.

Jimena recordó el hueco, las tablas, el paso estrecho hacia el corral trasero que usaban de niños para entrar sin que Julia los viera.

Mateo se había quedado atascado allí una vez y Jimena lo había amenazado con abandonarlo si seguía llorando.

—Por allí —susurró.

Rafa aceptó con un gesto seco.

Uno a uno avanzaron entre cajas y muebles cubiertos. La puerta volvió a sonar. Más fuerte. Alguien hablaba fuera. Una voz que Jimena no conocía. Luego otra que sí.

Álvaro.

—Abrid.

Santiago se detuvo.

Todo su cuerpo reaccionó a esa voz.

Rocío dejó de tocarse el anillo y lo miró.

—No.

Santiago no respondió.

Álvaro golpeó la puerta.

—Santiago. Sé que estás ahí.

Daro susurró:

—No contestes.

Santiago tenía la cara blanca incluso en la oscuridad.

Álvaro habló otra vez, más bajo, más peligroso:

—No hagas que entre con ellos.

Ellos.

Bruno.

O los hombres de Bruno.

O los restos de todos los pactos que ya no obedecían del todo a nadie.

Rocío se acercó a Santiago y le puso una mano en el brazo.

Él se estremeció.

No como hombre.

Como niño.

—Ven —dijo ella.

Santiago la miró.

Algo en su rostro se rompió.

Solo a medias.

Más de lo necesario.

Asintió.

Siguieron hacia el fondo.

Rafa abrió el paso entre dos armarios viejos. Paco levantó una tabla. El hueco era estrecho, bajo y lleno de polvo.

—Primero Jimena —dijo Daro.

Ella iba a discutir.

Vio la cinta en manos de Rocío.

No se atrevió a hacerlo.

Pasó agachada, arañándose la chaqueta con una astilla. Al otro lado estaba el corral trasero, oscuro, con olor a tierra y gallinero viejo. Ayudó a Rocío a salir. Luego Santiago. Luego Rafa. Paco. Daro fue el último.

Justo cuando Daro cruzó, la puerta principal de la nave cedió.

Luz de linternas entró por las rendijas.

Voces.

Pasos.

Álvaro dentro.

Bruno quizá.

Jimena apretó el pañuelo contra el pecho.

No tenían la casa.

No tenían el despacho.

No tenían tiempo.

Pero tenían el principio.

Y, por primera vez, no solo lo buscaban los muertos.

Lo protegían los vivos.

Rafa señaló hacia el camino de servicio.

—Al coche.

Corrieron entre sombras.

Detrás, en la nave, alguien gritó el nombre de Santiago.

Él no se detuvo.

No miró atrás.

Eso, pensó Jimena mientras la tierra se levantaba bajo sus botas, también era una forma de empezar a traicionar a los muertos correctamente: dejar de obedecer a los vivos que los habían usado.

Llegaron al coche de Rafa oculto junto al olivar.

Subieron sin orden, sin elegancia, sin respiración.

Rocío entró detrás con Jimena.

Daro delante.

Santiago quedó un segundo fuera, mirando hacia la casa.

Jimena bajó la ventanilla.

—Santiago.

Él no apartó los ojos de ella.

Durante un instante, ella pensó que se quedaría. Que volvería hacia Álvaro. Que la culpa, educada durante quince años, tiraría más fuerte que la verdad recién encontrada.

Pero Santiago subió.

Rafa arrancó.

El coche salió por el camino bajo sin encender luces hasta llegar al último muro. Detrás, Las Encinas quedó iluminada, abierta, llena de hombres buscando una cinta que ya no estaba allí.

Cuando por fin entraron en la carretera, Rocío soltó el aire como si llevara quince años reteniéndolo.

Jimena abrió el pañuelo sobre sus rodillas.

La cinta seguía intacta.

ANTES / ROCÍO

Daro la miró desde el asiento delantero.

—Ahora sí —dijo.

No sonaba triunfante.

Sonaba aterrorizado.

Jimena cerró el pañuelo otra vez.

—Ahora escuchamos.

Nadie se atrevió a hablar.

La carretera nocturna se abrió delante de ellos.

Y en el asiento trasero, entre Rocío y Jimena, el principio de la verdad esperaba, pequeño y oscuro, a que alguien dejara de tener miedo suficiente para darle al play.