Bravío Capítulo 17 — La ermita de Santa Lucía #2
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Capítulo 17 — La ermita de Santa Lucía #2

Rocío lo miró sin levantar la voz.

No con odio.

No con perdón.

—Tú estabas en el patio. Tenías la escopeta mal colocada. Álvaro te corrigió dos veces. La segunda, te hizo daño en el hombro. Yo lo vi.

Santiago miró hacia otro lado.

Álvaro respondió:

—Le estaba enseñando.

—No —dijo Rocío—. Le estabas quitando el derecho a tener miedo.

Santiago respiró hondo antes de mirarlo otra vez.

A Jimena le pareció que esa frase abría otra herida en la habitación, una que no era suya pero que llevaba años tocando su vida.

Rocío siguió:

—Julián salió de la nave con una bolsa de lona. Estaba enfadado. No alterado. Enfadado. Me vio junto a las cuadras y me llamó. Me dijo que había cosas que no podían seguir en la nave. Que si le pasaba algo, no debía creer la primera versión de nadie.

Daro no respiraba.

Rocío sostuvo la vista con una calma frágil.

—Me habló de Lola.

Daro levantó la cabeza.

—¿Qué dijo?

—Que era pequeña. Que si todo salía mal, no quería que creciera pensando que su familia siempre perdía por mala suerte.

Daro se volvió hacia la ventana.

No para mirar fuera.

Para que nadie le viera la cara del todo.

Jimena sintió el impulso de acercarse.

No dio ese paso.

Rocío notó la garganta seca.

—Me dio una cinta envuelta en un pañuelo. Me dijo que no era toda la verdad, pero que era el principio. Yo le dije que no quería tenerla. Que yo no podía meterme en eso. Él me contestó…

Se detuvo.

Tomás la miraba como si cada palabra lo dejara más lejos de sí mismo.

—¿Qué te contestó? —preguntó Jimena, sin apartar la vista.

Rocío dejó caer los párpados un segundo.

—Que yo ya estaba dentro. Que todos los que vivíamos en Las Encinas estábamos dentro, aunque nos hubieran enseñado a mirar hacia otro lado.

El silencio se impuso.

La casa entera pareció escuchar.

Rocío abrió los ojos.

—Después la escondí. No recuerdo el gesto entero. Recuerdo correr al patio chico. Recuerdo que me temblaban tanto las manos que casi se me cayó. Recuerdo la ermita. Recuerdo a Santa Lucía. Y recuerdo pensar que si Dios veía algo, ya podía empezar por mirar allí.

Julia murmuró algo desde la puerta.

Una oración.

O una maldición.

Con Julia, a veces, eran parecidas.

Jimena miró a Rafa.

—Vamos.

Álvaro se movió.

—No.

Todos se volvieron hacia él.

La palabra había salido demasiado rápida.

Demasiado desnuda.

Santiago mantuvo la sonrisa un segundo de más.

—¿Por qué no?

Álvaro sostuvo la mirada de su hijo.

—Porque esto se está convirtiendo en una locura.

—No has contestado.

—Santiago.

—¿Qué hay en esa cinta?

Álvaro respiró hondo.

—No lo sé.

Santiago dio una risa baja, rota.

—Qué familia tan llena de hombres que no saben.

Tomás habló entonces:

—Yo voy.

Jimena se volvió hacia él.

—No.

—Jimena.

—No.

La repetición fue exacta. Hija y padre, misma palabra, distinto mundo.

Tomás pareció recibirla como se recibe una puerta cerrada en la cara.

—Esa ermita está en mi finca.

Rocío se adelantó.

—Esa ermita la mantuvieron las mujeres de esta casa cuando los hombres solo la usaban para bodas, entierros y fotografías.

Tomás la miró.

—Rocío.

—No vas.

—Tengo derecho.

—No. Tienes miedo.

La frase lo golpeó más que un insulto.

Tomás abrió la boca.

No salió nada.

Álvaro sonrió, pero tampoco se movió.

—Entonces ¿quién va? ¿La niña, el boxeador y la viuda arrepentida?

Rafa se acercó a él.

—Yo elegiría mejor la siguiente frase.

Álvaro ni lo miró.

Jimena sí.

—Voy yo. Va mi madre. Va Daro. Va Rafa. Paco nos acompaña. Julia se queda en la casa. Santiago…

Se detuvo.

Santiago la miró.

No pidió.

No suplicó.

Solo estaba allí, cargando con una culpa que empezaba a abrirse por sitios que quizá ni él conocía.

—Santiago viene si mi madre quiere —dijo Jimena.

Álvaro soltó una risa breve.

—Qué generosa.

Rocío miró a Santiago.

—Puedes venir.

Él tardó un segundo en hablar.

—Gracias.

—No es perdón.

—Lo sé.

—Ni confianza.

—También lo sé.

—Es que fuiste un niño allí antes de ser un hombre aquí. Y quizá necesitas mirar el sitio correcto.

Santiago asintió.

Álvaro se acercó a él.

—Si cruzas esa puerta, no vuelvas a llamarme padre esperando que responda.

Santiago se quedó quieto.

La frase no sonó como amenaza explosiva.

Sonó peor.

Como un contrato.

Durante años, Santiago habría obedecido antes de perder esa palabra.

Jimena lo vio en su cara: el temblor, la memoria, el niño de quince años con una escopeta y un padre diciéndole cómo sostenerla.

También vio al hombre que había usado a Mateo, que había intentado encerrarla con amor, que había llamado protección a demasiadas formas de control.

Santiago levantó la vista.

—No sé si alguna vez respondiste.

La habitación se quedó sin aire.

Álvaro no se movió.

Santiago cruzó hacia la puerta.

No volvió a mirarlo.

Salieron por el patio trasero.

La noche había enfriado la piedra. Las luces de la casa quedaron detrás, amarillas, tensas. Paco caminaba primero con una linterna. Rafa al final, vigilando la oscuridad. Rocío iba junto a Jimena. Daro no se separaba de ellas. Santiago caminaba unos pasos atrás, solo.

La ermita estaba al otro lado del olivar viejo.

Jimena conocía ese camino desde niña. De día parecía más corto. De noche, cada árbol adquiría una forma de testigo. Las ramas de los olivos se retorcían contra el cielo. La tierra crujía bajo las botas. Un pájaro nocturno se movió entre las copas y Rocío se sobresaltó.

Jimena le cogió la mano.

No lo pensó.

Rocío la apretó.

—Perdón —dijo su madre.

Jimena miró al frente.

—Ahora no.

—Tengo que decirlo.

—Sí. Pero no para que yo te conteste mientras caminamos hacia una cinta escondida hace quince años.

Rocío soltó una risa mínima.

—Eso es muy razonable.

—Lo estoy intentando.

—Has crecido demasiado en dos días.

—No. Solo me he enterado.

Rocío no respondió.

Porque era verdad.

La ermita apareció entre sombras.

Pequeña, encalada, con la puerta de madera vieja y la cruz oscura contra el cielo. Santa Lucía, pensó Jimena. Patrona de la vista. Qué ironía cruel que en Las Encinas hasta la santa de los ojos hubiera tenido que esconder pruebas para que alguien aprendiera a mirar.

Paco abrió con la llave antigua que seguía oculta bajo la piedra del muro, donde Jimena la había dejado de niña y donde tantas veces había fingido que nadie más sabía buscar.

El interior olía a humedad, cera vieja y flores secas.

La linterna iluminó bancos pequeños, paredes encaladas, un altar sencillo, una imagen de Santa Lucía con los ojos en un platillo y una expresión serena que esa noche parecía casi insoportable. Detrás del altar, la sombra era más densa.

Rocío se quedó en la entrada.

No podía avanzar.

Jimena lo notó enseguida.

—Mamá.

—Dame un segundo.

Daro dejó que hablara el silencio.

Rafa tampoco.

Santiago permaneció junto a la pared, con el rostro pálido.

Rocío miraba la imagen de la santa como si ella pudiera devolverle la mañana entera.

—Yo vine aquí corriendo —dijo—. O eso creo. Llevaba el pañuelo apretado contra el pecho. Me dio miedo esconderlo bajo la losa porque era donde yo me escondía de niña… pensé que Tomás podría conocerlo. O Isabel. O cualquiera. Pero detrás de la santa…

Se acercó un paso.

Luego otro.

Jimena caminó con ella.

Rocío alzó la mano hacia la base de la imagen.

La madera del pedestal estaba vieja, barnizada muchas veces.

En la parte trasera, casi contra la pared, había una tablilla un poco distinta.

No se veía si no se buscaba. Isabel había tenido razón: los hombres de Las Encinas rezaban poco y miraban menos.

Rocío tocó la tabla.

Las manos le temblaban.

—No puedo.

Jimena cubrió su mano con la suya.

—Sí puedes.

—No.

Jimena la miró.

—Entonces lo hacemos juntas.

Rocío respiró hondo antes de volver a abrirlos.

Asintió.

Entre las dos empujaron la tablilla. No cedió al principio. Paco se acercó con una navaja y la introdujo en la rendija.

—Permítame.

Rocío apartó la mano.

Paco hizo palanca con cuidado. La madera soltó un crujido bajo.

La tablilla se abrió.

Dentro había un hueco pequeño, oscuro, lleno de polvo.

Y algo envuelto en un pañuelo amarillento.

Rocío se llevó una mano a la boca.

Daro dejó de respirar.

Jimena metió la mano.

Sacó el paquete.

El pañuelo estaba rígido por el tiempo, atado con un nudo torpe. Al deshacerlo, apareció una cinta pequeña, igual que la del depósito, dentro de una funda transparente, con una etiqueta escrita a mano.

No por Isabel.

Por Rocío.

Las letras eran jóvenes, temblorosas, pero suyas.

ANTES / ROCÍO

Su madre soltó un sollozo.

No se tapó.

No pidió perdón.

Solo lloró mirando aquella prueba de que, antes de callar quince años, había hecho algo. Algo pequeño. Algo asustado. Algo incompleto. Pero algo.

Daro se apoyó en el respaldo de un banco.

La cinta parecía demasiado frágil para lo que acababa de mover.

Santiago se acercó un paso.

—¿Esa es…?

—El principio —dijo Jimena.

La palabra resonó en la ermita.

El principio.

No el disparo.

No el remolque.

No el médico que no llamaron.

Antes.

La causa.

Rafa sacó el móvil limpio y llamó a Alicia.

—La tenemos.

La voz de Alicia llegó al altavoz:

—No la reproduzcáis ahí si no tenéis equipo.

Daro respiró hondo con desesperación.

—No me jodas.

—Te jodo por salvar la cinta. De nada. Necesito verla, o alguien que tenga un reproductor seguro.

Paco habló desde la puerta:

—Manolo el del Candil tiene uno antiguo.

Todos lo miraron.

—¿Manolo? —insistió Jimena.

—Su hermano grababa bodas. Guardan trastos de media comarca en el bar. Puede que funcione.

Alicia respondió:

—No en un aparato lleno de polvo sin revisar.

—Entonces ¿qué? —dijo Daro.

Rocío habló, todavía mirando la cinta.

—Isabel tenía uno.

Jimena se volvió hacia ella.

—¿Dónde?

—En su cuarto. Armario bajo. Lo usaba para ver vídeos familiares. Tomás quiso tirarlo cuando murió. Ella le dijo que si tocaba una sola cinta suya, volvería del infierno a corregirlo.

Rafa murmuró:

—Cada vez me cae mejor la difunta.

Alicia suspiró desde el móvil.

—Vale. Pero antes de meter la cinta hay que limpiar cabezales, probar con otra, mirar que no se la coma.

Rafa miró a Jimena.

—Volvemos al cuarto de Isabel.

Jimena cerró el pañuelo alrededor de la cinta.

—Sí.

Santiago habló: