Bravío Capítulo 17 — La ermita de Santa Lucía
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Capítulo 17 — La ermita de Santa Lucía

No entraron por la puerta principal.

Jimena no lo decidió al llegar. Lo había decidido antes, en la carretera, con la voz de Rocío todavía viva en el teléfono y la oscuridad de Extremadura abriéndose a ambos lados del coche como una tierra que recordaba demasiado.

Rafa conducía. Daro iba en silencio a su lado.

Jimena, detrás, llevaba la llave de Jacinto en un bolsillo, el bolígrafo de Lola en otro y una copia del acta del depósito guardada contra el pecho, doblada bajo la chaqueta.

No era un arma. No servía para defenderse de un golpe, ni de un hombre armado, ni de un padre decidido a arrastrarla de vuelta a la casa.

Pero pesaba. Pesaba como pesan los papeles cuando empiezan a dejar de ser secretos.

Durante el viaje de vuelta, Alicia llamó tres veces.

La primera para confirmar que Mateo seguía hablando con Santiago por mensajes, aunque cada vez menos; el silencio de Santiago, dijo, podía significar que estaba atrapado en Las Encinas o que había empezado a escoger sus palabras con más cuidado.

La segunda para decir que Lola había encontrado en internet una noticia antigua sobre Depósitos del Oeste y una subcontrata con el Ayuntamiento de Cáceres.

No probaba nada, pero unía fechas. La muerte de Julián, el cierre parcial de consignas, un lote de cajas sin reclamar, una empresa vinculada a otra que aparecía en los documentos de Tomás.

La tercera fue más breve.

—Maribel dice que comáis algo antes de hacer otra estupidez —dijo Alicia.

Rafa miró la carretera.

—Dile a tu madre que luego.

—Ha dicho que ibas a decir eso y que eres idiota.

—También dile que la quiero.

—Ha dicho que eso no cambia que seas idiota.

Daro no sonrió.

Jimena tampoco.

Pero, durante un segundo, la vida fuera de Las Encinas volvió a existir.

Luego se acabó la llamada.

Y la finca apareció al fondo.

No como casa.

Como causa.

Las Encinas estaba oscura en algunas zonas y demasiado iluminada en otras.

La fachada principal brillaba bajo las luces del patio, blanca, solemne, fingiendo una calma que ya no engañaba a nadie.

Desde lejos, la galería parecía la boca cerrada de un animal cansado.

Las cuadras estaban a media sombra. La nave vieja se recortaba al fondo como una espalda vencida.

Más allá, invisible pero presente, la ermita esperaba detrás del olivar.

Rafa apagó los faros antes de llegar al camino de servicio.

—¿Seguro? —preguntó.

Jimena miró la casa.

—Sí.

Daro se volvió un poco hacia ella.

—Entramos por donde Mateo dijo.

—No. Por las cuadras.

—¿Por qué?

Jimena pensó en Estrella. En la primera vez que Daro la había visto respirar allí. En todas las veces que la casa había intentado devolverla al comedor y ella se había escondido entre caballos para recordar que tenía cuerpo propio.

—Porque si entro por una ventana otra vez, parecemos ladrones. Y esta vez no estoy robando nada.

Rafa soltó un gruñido.

—Me gusta la frase. Me disgusta el riesgo.

—Bienvenido al proyecto —dijo Daro.

Rafa aparcó junto al camino bajo, donde los olivos tapaban el coche desde la casa. Bajaron sin cerrar fuerte las puertas. La noche olía a tierra seca, heno y calor guardado en la piedra. A lo lejos, un perro ladró una vez y calló. Jimena caminó primero.

Daro no intentó ponerse delante.

Eso no se le escapó.

Tampoco se le escapó lo que le costaba.

Al llegar a las cuadras, Estrella relinchó.

Jimena se detuvo.

La yegua asomó la cabeza por encima del box, inquieta, moviendo las orejas. En cuanto vio a Jimena, resopló y golpeó el suelo con un casco.

—Hola, preciosa —susurró Jimena.

Daro se quedó a un lado.

Rafa miró alrededor.

—Dos minutos.

Jimena se acercó al box y apoyó la frente contra la testera de Estrella. La yegua olía a calor, pelo, paja y nervio. No era calma exactamente. Estrella nunca daba calma. Daba otra cosa: presencia. Un animal difícil que no fingía docilidad para tranquilizar a nadie.

—No voy a tardar —dijo Jimena, sin saber si se lo decía a la yegua, a sí misma o a la niña que había huido allí tantas veces.

Daro habló bajo:

—No tienes que hacer esto como si no te diera miedo.

Jimena apretó los párpados un instante.

—Sí me da miedo.

—Bien.

Ella se volvió.

—¿Bien?

—Sí. Si no te diera, estaría más preocupado.

La frase no era ternura.

O quizá sí, en el idioma seco de Daro.

Jimena dejó la frase sin respuesta.

Salieron por la puerta lateral de las cuadras y cruzaron hacia la parte trasera de la casa. Antes de llegar al patio, Paco apareció entre sombras.

No preguntó cómo habían entrado.

Solo asintió.

—Doña Rocío está en el despacho.

—¿Y los demás? —dijo Jimena, más seco de lo que pretendía.

—Álvaro, Santiago, don Tomás. Julia ha cerrado la puerta principal por dentro. Álvaro no está contento.

Rafa resopló.

—Qué tragedia.

Paco miró a Daro.

—Jacinto ha vuelto a llamar.

Daro no se movió.

—¿Está bien?

—Vivo. Cansado. Doña Amparo no le deja hablar mucho. Pero ha dicho otra cosa.

Jimena notó que el cuerpo se le tensaba.

—¿Qué?

Paco bajó la voz.

—Que aquella mañana Julián no salió al monte con miedo de morir. Salió enfadado.

Daro bajó la cabeza un segundo.

Paco siguió:

—Y que eso es peor, porque los hombres enfadados todavía creen que vuelven para terminar la discusión.

Nadie encontró una frase útil.

La frase se quedó entre los cuatro, pegada al olor de las cuadras y la noche.

Jimena miró hacia la casa.

—Vamos.

Entraron por la puerta de servicio.

Julia estaba en la cocina con los brazos cruzados. El cuchillo ya no estaba en su mano, pero seguía sobre la tabla, visible, como una declaración doméstica. Al ver a Jimena, se le humedecieron los ojos. No la abrazó. Julia no abrazaba cuando había trabajo que hacer.

—Su madre está esperando.

—¿Está bien?

Julia la miró.

—Está despierta.

En esa casa, aquella noche, era suficiente.

Jimena cruzó el pasillo de servicio, pasó junto a la despensa, la puerta del comedor, la galería interior.

Todo parecía demasiado familiar y completamente distinto.

Las paredes seguían allí. Los cuadros. Las lámparas.

El olor a madera encerada, flores viejas y miedo antiguo.

Pero algo se había movido. No en la casa.

En ella.

Antes, Las Encinas la recibía como quien recupera algo suyo.

Esa noche, Jimena entró como quien vuelve a un lugar ocupado.

El despacho estaba cerrado.

Paco llamó una vez.

—Soy yo.

La llave giró desde dentro.

Rocío abrió.

Jimena no tuvo tiempo de prepararse para verla.

Su madre parecía más pálida, más delgada, con el pelo recogido de cualquier manera y el rostro sin la máscara perfecta que había llevado durante años.

Tenía los ojos rojos. No de llorar ahora, sino de haber llorado y seguir haciendo cosas.

Llevaba una chaqueta sobre los hombros y una firmeza extraña en la boca.

Jimena pensó que nunca la había visto tan cansada.

Ni tan viva.

—Mamá.

Rocío la abrazó.

No con delicadeza.

No como en los salones, donde los abrazos parecían tener distancia incluso con los cuerpos juntos.

La abrazó con fuerza, con miedo, con una desesperación breve que casi hizo que Jimena se doblara.

Durante unos segundos, no hubo cinta, ni caja, ni Julián, ni Tomás, ni Álvaro.

Solo su madre sujetándola como si necesitara comprobar que no se había convertido también en una cosa perdida.

—Estás aquí —dijo Rocío.

—Sí.

—No has entrado por la puerta principal.

Jimena dejó caer los párpados contra su hombro.

—Me lo pediste tú.

Rocío la apartó lo justo para mirarla.

—Por fin me haces caso en algo útil.

Jimena soltó una risa pequeña, rota.

La risa murió al ver el interior del despacho.

Tomás estaba sentado junto a la chimenea apagada, con la espalda vencida y una copa intacta en la mano.

Álvaro permanecía de pie cerca de la librería, impecable incluso en la derrota, aunque la tensión de su rostro lo traicionaba.

Santiago estaba junto a la ventana, separado de su padre, mirando hacia el patio como si hubiera pasado años observando una salida que no se atrevía a usar.

Al ver entrar a Daro, Álvaro se endureció.

—Esto es absurdo —dijo—. ¿También él?

Daro mantuvo la vista en él.

—Sobre todo yo.

Tomás no dijo nada.

Medina no estaba.

Jimena lo notó enseguida.

—¿Dónde está Medina?

Rocío respondió:

—Se fue. Dijo que esto había dejado de ser prudente.

Rafa soltó una risa.

—Bonita manera de decir que la rata huele agua.

Álvaro lo miró con desprecio.

—¿Quién es este hombre?

—El que todavía no le ha roto la cara a nadie por respeto al mobiliario —dijo Rafa.

Julia apareció detrás con una bandeja de café que nadie había pedido.

—Y porque le he dicho que no manche.

Rocío cerró la puerta.

No con llave.

No todavía.

Jimena miró a su padre.

—Tenemos copia del acta.

Tomás asintió despacio.

—Lo imaginaba.

—Y fotos de la libreta de Julián.

La mano de Álvaro se cerró junto al cuerpo.

Santiago se volvió.

—¿Qué libreta?

Jimena lo observó un instante.

—¿Tú tampoco sabías eso?

La pregunta no era acusación.

No por completo.

Santiago negó.

—No.

Álvaro habló con frialdad:

—Julián escribió muchas cosas. Eso no las convierte en verdad.

Daro avanzó un poco.

—Ten cuidado.

Álvaro le dedicó una mirada breve y limpia de culpa.

—Siempre volvemos al mismo punto contigo.

—No. Antes tú hablabas y yo apretaba los dientes. Ahora tengo la letra de mi tío en un móvil.

El silencio se endureció.

Rocío intervino:

—La cinta anterior no está aquí.

Todos la miraron.

Ella respiró despacio.

—No en el despacho. No en la caja. Creo que la escondí en la ermita.

Tomás levantó la vista.

—Rocío…

—No.

Una sola palabra.

Tomás se calló.

Jimena vio ese gesto y sintió algo difícil de nombrar. Durante años, su madre había cedido terreno antes incluso de que Tomás lo pidiera. Aquella noche, un “no” suyo podía detenerlo. No porque él la respetara de pronto. Porque ella había dejado de apartarse.

—Jacinto dice que Julián me la dio antes de salir al monte —continuó Rocío—. Yo no lo recordaba bien. O no quería recordarlo. Pero desde que me lo dijo, han vuelto partes.

Santiago se acercó un paso.

—¿Qué partes?