Capítulo 16 — Rocío habla #2
—Jacinto —dijo ella—, dijiste que recordabas quién le quitó la otra parte a Julián.
Álvaro se acercó a el teléfono.
Paco abrió la puerta del despacho sin llamar.
No entró del todo.
Solo apareció allí, grande, silencioso, y miró a Álvaro como quien entiende que ya no hace falta fingir modales.
Jacinto tardó en responder.
—No fue en el monte. Fue antes. En la nave. Julián sacó una cinta pequeña de la cámara y se la dio a alguien.
Rocío entendió que el cuerpo entero se le tensaba.
—¿A quién?
—A usted.
El despacho desapareció.
Solo a medias.
Pero casi.
Rocío escuchó su propia respiración antes que la de Jacinto.
A mí.
La frase abrió una habitación cerrada dentro de su cabeza.
La nave vieja. La luz blanca de la mañana entrando por rendijas.
Julián con barro en las botas aunque todavía no habían salido al monte.
Su cara seria. Su mano tendiéndole algo envuelto en un pañuelo.
Ella diciendo que no quería saber. Él diciendo que precisamente por eso.
Ella negando con la cabeza, asustada, mirando hacia la puerta. Él hablando bajo.
Si no vuelvo, no se lo des a Tomás.
Rocío se llevó una mano al pecho.
No había olvidado.
Tampoco era tan sencillo.
Había enterrado.
Que era peor.
—No —susurró.
Jacinto lloraba al otro lado o respiraba así por dolor.
—Sí, doña Rocío. Se la dio a usted. Yo lo vi desde la puerta. Luego usted salió por el patio chico. Después volvió sin el pañuelo.
Rocío cerró los párpados un momento.
El patio chico.
La ermita.
Santa Lucía.
No la segunda llave.
Algo más.
Ella había escondido algo antes de la montería.
Antes del disparo.
Antes de verlo respirar en el remolque.
Antes de que Tomás le dijera que estaba histérica.
Antes de pasar quince años creyendo que su único pecado había sido callar después.
También había guardado antes.
Y luego había tenido tanto miedo de haber guardado que se obligó a no recordar dónde.
—¿Dónde lo puse? —preguntó, pero no sabía si hablaba con Jacinto o consigo misma.
Jacinto respondió:
—No lo sé. Pero Isabel sí lo supo.
Rocío abrió los ojos.
Isabel.
Su suegra.
La mujer que la había mirado aquella tarde como si viera más de lo que Rocío era capaz de decir. La mujer que no la abrazó, porque en Las Encinas los abrazos eran raros, pero le dejó una taza de tila junto a la cama y dijo:
Las cosas escondidas no desaparecen. Solo esperan a que alguien deje de tener miedo.
Rocío se cubrió la boca.
Álvaro habló por primera vez:
—Cuelga.
Su voz era baja.
No ordenaba.
Amenazaba.
Paco entró un paso.
—No.
Álvaro lo miró.
—Tú no pintas nada aquí.
Paco sonrió sin alegría.
—Llevo quince años pintando menos de lo que sé.
Santiago miraba a Rocío.
—¿Qué cinta? —preguntó.
No a su padre.
A ella.
Y Rocío comprendió entonces algo terrible: Santiago tampoco sabía todo. Había sido usado con tanta precisión que incluso su culpa estaba incompleta.
Jacinto respiró al otro lado.
—Doña Rocío… dígale a Daro que Julián no tuvo miedo por él. Tuvo miedo por la niña.
Rocío frunció el ceño.
—¿Qué niña?
—Lola. Era pequeña. Él decía que si aquello salía mal, los Rivas volverían a pagar lo de otros. Que pasaba siempre. Que por eso tenía que haber copia.
Rocío sintió las lágrimas bajar por fin.
No pudo frenarlas.
No quiso.
—Se lo diré.
—Y dígale… dígale a Jimena que perdón. Yo le di la llave tarde.
Rocío tragó con esfuerzo.
—Se lo diré.
Jacinto tosió.
Doña Amparo volvió al teléfono.
—Basta por ahora. Se agota.
—Amparo.
—Está vivo, Rocío. Esta vez está vivo.
La frase la partió.
Esta vez.
Rocío colgó despacio.
Durante unos segundos, el despacho fue una habitación sin presente. Álvaro miraba el teléfono. Santiago miraba a Álvaro. Paco miraba a todos. Julia apareció detrás de Paco con la taza de café que ya nadie iba a beber.
Rocío dejó el auricular en su sitio.
Luego levantó la vista hacia Álvaro.
—Tú lo sabías.
Álvaro no respondió.
—Sabías que Julián había grabado antes.
—Julián se metió donde no debía.
Santiago dio un paso atrás.
No grande.
Pero definitivo.
—Papá.
Álvaro no lo miró.
—No hables.
La frase fue automática.
Antigua.
Santiago soltó una risa sin humor.
—Eso sí lo haces bien.
Álvaro giró hacia él.
—He dicho que no hables.
—Y yo llevo quince años obedeciendo.
Rocío vio el momento exacto en que Santiago dejó de parecer un hijo y empezó a parecer un hombre que acababa de descubrir que su infancia había sido utilizada como cerradura.
—¿Qué había en esa cinta? —preguntó Santiago.
Álvaro apretó los labios.
—Nada que puedas arreglar escuchándolo ahora.
—No te he preguntado si puedo arreglarlo.
—Santiago.
—¿Qué había?
Álvaro se acercó a él.
—Había lo de siempre. Hombres hablando demasiado, empleados creyéndose con derecho a opinar, papeles que podían malinterpretarse.
—¿Y por eso Julián acabó respirando en un remolque mientras nadie llamaba al médico?
La frase salió de Santiago como si le quemara.
Álvaro levantó la mano.
Paco se movió.
Pero Santiago no retrocedió.
Esta vez no.
—Tócame —dijo—. Delante de ellos.
Álvaro dejó la mano en el aire un segundo.
Luego la bajó.
Rocío se dio cuenta de que algo se partía en el despacho. No fuerte. No con ruido. Una estructura vieja perdiendo una viga.
La puerta principal se abrió entonces.
Tomás entró en la casa.
Rocío lo oyó antes de verlo: pasos rápidos, voz preguntando por ella, Julia saliendo al pasillo, Paco sin moverse de la puerta. Tomás apareció al fondo, con la cara desencajada de cansancio y carretera. Traía en la mano una copia del acta del depósito arrugada.
Se detuvo al ver la escena.
Álvaro.
Santiago.
Rocío.
Paco.
Julia.
El teléfono fijo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Rocío lo observó como si midiera el daño.
Durante quince años, había esperado que Tomás entrara en una habitación y alguien más contestara por ella. Álvaro. Medina. La versión. El miedo. Incluso su propia educación.
Esta vez contestó ella.
—Jacinto ha despertado.
Tomás palideció.
—¿Qué ha dicho?
Álvaro habló:
—Delira. Está medicado.
Rocío no levantó la voz.
—Ha dicho que Julián me dio una cinta antes de salir al monte.
Tomás la miró como si no entendiera.
Luego entendió.
Su rostro se hundió por dentro.
—Rocío.
—Y ha dicho que Isabel supo que yo la escondí.
Santiago miró a Tomás.
—¿Tú lo sabías?
Tomás negó.
—No.
Álvaro soltó una risa seca.
—Qué cómodo te resulta no saber lo que no puedes controlar.
Tomás se volvió hacia él.
—Tú sí lo sabías.
Álvaro no respondió.
Tomás acortó la distancia.
—Sabías que había otra parte antes de la montería.
—Sabía que Julián estaba jugando a ser juez.
—¿Y no me lo dijiste?
Álvaro sonrió, cansado, venenoso.
—Tomás, tú llevas toda la vida confundiendo que no te cuenten algo con una traición. Es curioso, viniendo de ti.
Tomás pareció a punto de golpearlo.
No terminó de hacerlo.
Quizá porque Santiago estaba delante.
Quizá porque Rocío también.
Quizá porque, por primera vez, la violencia física le habría parecido demasiado honesta.
Rocío se acercó al escritorio y apoyó las manos en la madera.
—Basta.
La palabra salió baja.
Todos la oyeron.
—Basta de hablar como si Julián se hubiera muerto por curioso.
Basta de decir que se metió donde no debía.
Basta de llamarlo accidente, error, desgracia, malentendido, exceso, problema de familia.
Julián encontró papeles que probaban que Las Encinas se había hecho grande pisando a otros.
Encontró nombres. Encontró firmas. Encontró tierra robada con sello.
Y lo que pasó después no fue una desgracia aislada.
Fue la forma en que vosotros arregláis las cosas cuando alguien os mira demasiado.
Tomás dejó caer los párpados.
Álvaro la observó con una dureza fría.
Santiago parecía no respirar.
Paco bajó la cabeza.
Julia, desde la puerta, susurró:
—Ya era hora.
Rocío siguió.
—Yo callé.
La frase le dolió en la boca.
No la suavizó.