Bravío Capítulo 16 — Rocío habla
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Capítulo 16 — Rocío habla

Rocío Albares llevaba quince años aprendiendo a estar de pie sin que nadie lo confundiera con valentía.

Al principio, después de la montería, estar de pie había sido literal.

Levantarse de la cama aunque el cuerpo le pesara como si le hubieran llenado los huesos de barro.

Vestirse. Bajar al comedor. Sonreír cuando Tomás decía que había que seguir.

Recibir visitas. Aceptar condolencias por una desgracia que todos repetían con la palabra equivocada.

Firmar tarjetas. Mandar flores. Decir “sí”, “claro”, “gracias”, “fue terrible”, “pobre hombre”, “qué pena”, “la vida sigue”.

La vida seguía. Y quizá por eso dolía más.

Seguía el desayuno. Seguían los caballos.

Seguían las comidas con Álvaro de la Vega.

Seguía Santiago creciendo cerca de Jimena, educado, atento, cada vez más parecido a su padre y cada vez más empeñado en no parecerlo.

Seguía Mateo correteando por la galería con un caballo de madera, sin saber que aquel día también le había pertenecido de alguna manera.

Seguía Tomás cerrando puertas, haciendo llamadas, pagando favores, llamándola histérica cuando ella hablaba y frágil cuando callaba.

Y seguía ella.

De pie.

No porque fuera fuerte.

Porque no encontró dónde caer sin que todo el mundo la pisara al pasar.

Aquella noche, Las Encinas estaba demasiado iluminada.

Rocío lo notó desde la escalera. Tomás siempre mandaba apagar luces cuando quería parecer dueño de sí mismo.

Una casa en penumbra parecía más antigua, más seria, más suya.

Pero esa noche las lámparas del vestíbulo, la galería y el pasillo del despacho estaban encendidas, una detrás de otra, como si alguien hubiese abierto todas las heridas buscando dentro.

Julia estaba en la cocina con los brazos cruzados y un cuchillo cebollero sobre la tabla, aunque no estaba cortando nada.

En el fuego quedaba una sartén limpia, recién fregada, y al lado un plato con pan cortado demasiado fino para una cena y demasiado torcido para una visita.

Alguien había abierto una lata de tomate y la había dejado sin tapar.

Aquella pequeña torpeza, en una cocina donde Julia lo cerraba todo al instante, le dijo a Rocío más que cualquier alarma.

Paco esperaba junto a la puerta de servicio, la gorra en la mano.

Ninguno preguntó si Rocío estaba bien.

Eso se lo agradeció.

Había preguntas que, hechas en el momento equivocado, obligaban a mentir.

—Han llegado —dijo Paco.

Rocío asintió.

Ya lo sabía. Había oído el coche antes de que entrara por la cancela. No el de Tomás. Ese todavía no. El coche de Álvaro. Suave, caro, seguro de que todos los caminos existían para dejarlo pasar.

Santiago había llegado con él.

Eso también lo sabía sin que nadie se lo dijera.

Las Encinas respiraba distinto cuando los De la Vega entraban.

Como un animal que reconoce a otro depredador.

—Doña Rocío —dijo Julia—, si quiere, les digo que está acostada.

Rocío miró hacia el pasillo.

Durante años, habría aceptado.

No por cobardía simple. La cobardía simple era más limpia que lo suyo.

Ella habría aceptado porque había niños, porque había empleados, porque Tomás no toleraba escenas, porque una mujer elegante no se rompía delante de los invitados, porque Álvaro siempre encontraba la frase exacta para convertir su dolor en falta de compostura.

Esa noche no.

—No estoy acostada.

Julia asintió.

No sonrió.

Pero algo en su cara se suavizó.

—Entonces le hago café.

—No.

Rocío bajó el último escalón.

—Hazlo para ti.

Julia la miró un segundo.

Luego volvió hacia la cafetera.

Paco abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.

—Si necesita que me quede cerca…

—Quédate.

No dijo “por favor”.

No porque no lo agradeciera.

Porque esa noche no quería sonar como si pidiera permiso para no estar sola.

Las voces llegaban desde el despacho.

Álvaro.

Santiago.

No Tomás todavía.

Rocío caminó hacia allí sin prisa. La casa parecía observarla.

Los retratos del pasillo, las molduras, el suelo antiguo, la puerta del despacho medio abierta.

Había cruzado ese pasillo miles de veces.

Para llevar una bandeja. Para buscar a Tomás.

Para evitar a Tomás. Para fingir que no había oído una llamada.

Para impedir que Jimena entrara siendo niña.

Para esconderle el temblor de sus manos a Mateo.

Aquella noche, cada paso le perteneció.

Álvaro estaba de espaldas a la chimenea, con un vaso en la mano que no era suyo.

Santiago, junto a la ventana, miraba hacia el patio.

Tenía la camisa arrugada y la cara de un hombre que había conducido demasiado y dormido nada.

No parecía el prometido perfecto. No parecía un salvador.

Parecía un muchacho envejecido dentro de un cuerpo caro.

Al verla entrar, Álvaro levantó apenas el vaso.

—Rocío.

Ella cerró la puerta detrás de sí.

Santiago se volvió.

—¿Está Jimena contigo? —preguntó, aunque ya temía la respuesta.

Él negó.

—No.

—Entonces no pronuncies su nombre como si todavía pudieras llamarla.

Santiago miró al suelo.

Álvaro soltó una risa breve, incómoda.

—Veo que esta noche todos habéis decidido hablar como si estuvierais en un teatro.

Rocío sostuvo la vista con una calma frágil.

—Y tú sigues hablando como si hubieras comprado la sala.

La sonrisa de Álvaro desapareció.

Santiago la observó con una mezcla de sorpresa y algo parecido a alivio. Como si ver a Rocío de pie, hablando así, confirmara una sospecha antigua: que ella siempre había tenido voz, aunque nadie le hubiese dejado sitio para usarla.

—¿Dónde está Tomás? —preguntó Álvaro.

—Camino de aquí o de su propia ruina. A estas alturas quizá es lo mismo.

Álvaro dejó el vaso sobre la mesa.

—Rocío, no conviene que pierdas la calma.

Ella sonrió.

No porque tuviera ganas.

Porque la frase era vieja.

Vieja hasta el asco.

—Llevo quince años conservándola para que hombres como tú podáis llamar paz a lo que era miedo. No me hables de calma.

Santiago se movió apenas.

—Rocío…

—Tú tampoco.

El golpe fue más suave, pero entró.

Santiago se quedó quieto.

Rocío lo miró con un dolor que no estaba preparado para volverse ternura.

—Todavía no sé qué parte de ti me da más pena, Santiago. Si el niño que temblaba aquella mañana o el hombre que decidió repetir con Mateo lo que hicieron contigo.

Santiago palideció.

Álvaro dio un paso.

—No le hables así a mi hijo.

Rocío se volvió hacia él.

—¿Como si lo hubiese visto crecer? ¿Como si lo hubiera visto aprender a sonreír cuando quería controlar? ¿Como si supiera exactamente de quién heredó la mano suave y la amenaza limpia?

Álvaro apretó la mandíbula.

—Estás fuera de lugar.

—No. Estoy en mi casa.

La frase salió sola.

Y, al decirla, Rocío comprendió que no la había creído en años.

Mi casa.

No la casa de Tomás.

No la finca de los Albares.

No el decorado de una vida sostenida con silencio.

Su casa.

También suya.

Aunque la hubiera odiado.

Aunque la hubiera temido.

Aunque hubiese querido sacar a Jimena de allí tantas veces y se hubiese quedado sin valor antes de llegar a la puerta.

El teléfono sonó.

No el móvil. El fijo del despacho.

Los tres miraron el aparato.

Rocío supo antes de cogerlo.

No por intuición mágica. Por agotamiento. Hay llamadas que una espera durante tanto tiempo que, cuando llegan, no sorprenden. Solo confirman.

Descolgó.

—¿Sí?

La voz de doña Amparo llegó con ruido de hospital detrás.

—Rocío.

A Rocío se le aflojaron las rodillas.

Se sostuvo en el borde del escritorio.

—¿Jacinto?

—Ha despertado. Está débil. No puede hablar mucho, pero insiste en que sea contigo.

Rocío dejó caer los párpados un segundo.

Durante un instante, no estuvo en el despacho.

Estuvo en el patio de la feria, viendo a Jacinto en el suelo.

Estuvo quince años atrás, viéndolo joven, con las manos llenas de trabajo, evitando mirar demasiado lo que sabía.

Estuvo en todas las veces en que él había bajado la cabeza porque conservar el empleo era otra forma de proteger una vida.

—Pásamelo —dijo.

Doña Amparo no hizo preguntas.

Hubo un roce, una voz de fondo, un pitido suave.

Después, una respiración rota.

—Doña Rocío.

El tratamiento casi la destrozó.

—Jacinto.

—Perdóneme.

Rocío apretó el teléfono.

—No.

—Tenía que haber hablado antes.

—No.

—Sí.

La voz le salía gastada, como si cada palabra tuviera que subir una cuesta.

Álvaro se había quedado inmóvil.

Santiago también.

Rocío los miró a ambos y no apartó el teléfono.

—Te escucho.

Jacinto respiró con dificultad.

—Antes de salir al monte… Julián llevaba una cámara pequeña. No de esas grandes. Una de cinta. Decía que había grabado papeles, voces… no sé. Yo lo vi en la nave, guardándola en una bolsa de lona.

Rocío respiró hondo antes de volver a abrirlos.

La nave.

Siempre la nave.

—Sigue.

—Discutió con don Tomás antes de montar en el remolque. No fuerte. Peor. Bajo. Don Tomás le dijo que no era asunto suyo. Julián dijo que cuando se roba tierra, acaba siendo asunto de quien la pisa.

Rocío oyó a Álvaro moverse.

No le miró.

Jacinto tosió al otro lado.

—Álvaro estaba allí.

Santiago levantó la cabeza.

Álvaro no dijo nada.

—¿Qué hizo? —preguntó Rocío.

—Sonrió. Como sonríe cuando ya ha decidido algo.

Rocío sintió frío.

Jacinto siguió:

—Julián le dijo que había copia. Que no bastaba con quitarle la cámara. Que no era tan tonto. Álvaro se acercó y le habló al oído. No oí todo. Solo una parte.

Rocío abrió los ojos.

—¿Qué parte?

Jacinto respiró.

—“Entonces procura no morirte hoy, porque los muertos no negocian.”

El silencio del despacho se volvió sólido.

Santiago miró a su padre.

Álvaro seguía de pie, con la cara cerrada.

Rocío no podía respirar bien.

Jacinto susurró:

—Después Santiago apareció. Venía blanco. No quería salir al monte. Decía que se encontraba mal o algo así. Álvaro le puso la escopeta en las manos. Julián miró al chico… y le dio pena. Eso me acuerdo. Le dio pena.

Santiago apretó los párpados un instante.

Rocío vio, con una claridad insoportable, al niño de quince años al que todos habían convertido en coartada antes incluso del disparo.