Bravío Capítulo 15 — La custodia de Isabel #3
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Capítulo 15 — La custodia de Isabel #3

No había sido solo miedo a la verdad.

Había sido equilibrio.

Tomás guardaba algo de Álvaro. Álvaro algo de Tomás. Medina cerraba informes. Bruno compraba deudas. Santiago vivía dentro de una culpa que otros moldeaban. Rocío callaba, pero Isabel escondía. Jacinto guardaba una llave. Julián había grabado antes de morir.

No era un secreto.

Era una arquitectura.

—Las Encinas se construyó con esto —dijo Jimena.

Tomás apretó los párpados.

—Las Encinas se construyó antes.

—No. La casa, quizá. Lo demás se construyó con esto.

Su padre no respondió.

Y esa falta de defensa fue una confirmación.

El empleado terminó de registrar la cinta y la libreta.

—Hay un sobre sellado.

Jimena se volvió.

—Ábralo.

Tomás levantó la cabeza.

—No.

Ella miró el sobre.

Era de papel grueso, cerrado con cinta antigua y firmado en la solapa con iniciales.

I. A.

Isabel otra vez.

El empleado lo abrió con cuidado.

Dentro había una sola fotografía.

No de la montería.

No de Julián en el suelo.

No de Santiago con una escopeta.

Era una fotografía antigua de varias familias delante de una casa humilde, quizá en los años setenta u ochenta. Hombres, mujeres, niños. En el reverso, Isabel había escrito:

Los Mora. Los Cruz. Los Vargas. Los Barroso. Antes de que Las Encinas fuera una sola finca, tuvo muchos nombres.

Jimena miró la foto.

La muerte de Julián se agrandó de pronto.

No disminuyó.

Se agrandó.

Porque dejó de ser únicamente una tragedia familiar de los Rivas y los Albares. Se convirtió en la punta visible de algo más hondo: tierra acumulada a costa de otros, papeles firmados bajo presión, familias borradas de una historia que luego los Albares contaban como herencia noble.

Rafa miró la foto por encima de su hombro.

—Joder.

Daro preguntó:

—¿Qué tiene que ver esto con mi tío?

Tomás respondió antes que nadie.

—Julián era nieto de una de esas familias.

Daro se quedó helado.

Jimena no se quedó atrás.

Rocío, al teléfono, susurró:

—No lo sabía.

Tomás la oyó.

—Yo tampoco. Al principio.

Daro se adelantó hacia él.

—¿Qué familia?

Tomás miró la fotografía.

—Los Rivas no aparecen con ese apellido ahí. La madre de Julián era Vargas.

Daro tomó la fotografía.

Sus manos temblaron.

No por miedo.

Por algo que Jimena no supo nombrar.

—Mi abuela.

Tomás asintió.

—Julián encontró papeles de aquellas cesiones. Creo que entendió antes que yo la relación. O antes de que yo quisiera entenderla.

Daro parecía no poder respirar.

—Mi tío no solo trabajaba en una finca.

Nadie se atrevió a romper aquello.

Daro terminó la frase con una voz que no parecía suya:

—Trabajaba en tierra que también había sido de los suyos.

La sala se quedó muda.

Aquella era la consecuencia.

No quién apretó un gatillo.

Todavía no.

Algo peor de una forma más lenta: Julián no había entrado en Las Encinas como un extraño contratado. Había entrado en una finca levantada, al menos en parte, sobre la pérdida de su propia sangre.

Jimena sintió una vergüenza tan grande que no cabía en su cuerpo.

—Daro…

Él levantó una mano.

No quería consuelo.

No allí.

No de ella.

No todavía.

Alicia habló desde el móvil, más bajo:

—Tenéis que salir con copias del acta. Ya.

Rafa miró hacia el pasillo.

—Tiene razón.

El empleado imprimió varios documentos. Jimena firmó. Daro firmó con una mano que todavía no parecía obedecerle. Rocío autorizó por teléfono que se registrara su presencia verbal. Tomás no firmó hasta que el empleado se lo pidió dos veces.

Cuando lo hizo, su firma parecía la de otro hombre.

Medina se negó.

Alicia celebró desde el teléfono:

—Mejor. Que conste negativa.

Antes de cerrar la caja otra vez, Daro tomó una foto de la página de Julián con permiso del empleado y bajo registro. No se llevó la libreta. No pudo. Pero fotografió esa frase:

Si me pasa algo, no ha empezado en el monte.

Luego la caja quedó sellada de nuevo, esta vez bajo incidencia, con acceso bloqueado hasta que se determinara custodia legal.

No era suficiente.

Pero ya no estaba invisible.

Salieron al aparcamiento sin hablar.

La furgoneta blanca seguía allí.

Vacía.

O aparentándolo.

La noche de Cáceres estaba quieta, seca, llena de sonidos pequeños de polígono: un motor lejano, un perro, un fluorescente fallando sobre una puerta.

Tomás caminó hasta su coche, pero se detuvo antes de abrir.

—Jimena.

Ella se volvió.

Daro siguió caminando unos pasos y luego se detuvo también, sin mirarlos.

Rafa esperó junto al coche de Maribel.

Medina se apartó para hacer una llamada.

Tomás parecía más viejo bajo la luz amarilla del aparcamiento.

—No quería que supieras esto así.

Jimena sintió una risa amarga subirle a la garganta.

No la dejó salir.

—¿Cómo querías que lo supiera?

Tomás no respondió.

Porque no había respuesta.

—No querías que lo supiera —dijo ella.

Él apartó la vista.

—No.

La sinceridad llegó tarde.

Llegó pobre.

Pero llegó.

A Jimena le pareció que le dolía como duelen las cosas que una ya no puede usar para salvar nada.

—Mamá sí quería —dijo.

Tomás levantó los ojos.

—Tu madre quería muchas cosas que yo no supe escuchar.

Esa frase casi pareció una disculpa.

Casi.

Jimena no estaba preparada para aceptarla.

—Pues empieza ahora.

—¿Cómo?

Ella miró hacia el depósito.

—No vuelvas a tocar esa caja. No llames a Álvaro. No llames a Bruno. No llames a Santiago para que arregle lo que tú rompiste. Y si de verdad te queda algo de padre, protege a mamá sin encerrarla.

Tomás la miró con una expresión que ella no supo descifrar.

—No sabes lo que Álvaro hará si esto sale.

—No.

Jimena le sostuvo los ojos.

—Pero empiezo a saber lo que hicisteis para que no saliera.

Tomás no dijo nada.

Y esa vez, por primera vez, pareció no tener una orden preparada.

Jimena subió al coche de Maribel.

Daro entró detrás, en silencio.

Rafa arrancó.

Durante varios minutos nadie habló.

Cáceres quedó atrás.

El depósito quedó atrás.

La caja quedó atrás y no.

Jimena miró a Daro.

Él sostenía el móvil con la foto de la página de Julián abierta. La miraba sin verla.

—Daro —dijo.

Él no respondió.

—Lo siento.

Esta vez la frase era demasiado pequeña.

Lo sabía.

Aun así, era lo único honesto que tenía.

Daro cerró el móvil.

Miró por la ventanilla.

La noche le partía la cara en sombras.

—Mi abuela nunca habló de esas tierras.

Jimena se quedó callada.

—A veces decía que la gente pobre no pierde cosas. Se las quitan y luego les enseñan a llamarlo mala suerte.

La frase le dolió a Jimena como si se la hubiera dicho a ella.

Quizá porque también era para ella.

Daro respiró despacio.

—Yo vine por mi tío.

Miró al frente.

—Y resulta que mi tío vino por todos.

Jimena no supo qué responder.

Rafa conducía sin intervenir.

La carretera se abrió delante de ellos.

El móvil limpio sonó.

Alicia.

Rafa contestó.

—Dime.

La voz de Alicia no traía calma.

—Hay movimiento en Las Encinas.

Jimena se enderezó.

—¿Qué movimiento?

—Lola habló con Julia. Álvaro acaba de llegar allí. Y Santiago también.

Daro giró la cabeza.

Jimena tuvo la impresión de que el cansancio desaparecía de golpe.

—¿Mi madre?

—Está dentro. Con Paco y Julia. Pero hay algo más.

—¿Qué?

Alicia tardó un segundo.

—Jacinto ha despertado.

Jimena cerró los párpados un momento.

Daro dejó de respirar.

—¿Qué ha dicho? —insistió él.

Alicia habló más bajo:

—Ha pedido hablar con Rocío. Dice que recuerda quién le quitó la otra parte a Julián antes de que salieran al monte.

El coche siguió avanzando en la oscuridad.

El silencio cayó sobre todos.

La verdad no estaba completa.

Pero acababa de abrir otra puerta.

Y esa vez, al otro lado, no esperaba una caja.

Esperaba un hombre vivo.