Capítulo 14 — El depósito #3
Solo una pausa del miedo.
La carretera siguió.
La tarde se apagó por completo antes de llegar a Cáceres.
La ciudad apareció en luces amarillas, rotondas, edificios bajos, señales de dirección y ese aire de lugar antiguo rodeado de periferia nueva.
Rafa no entró al centro. Siguió las indicaciones de Alicia hacia las afueras, por una carretera secundaria junto a naves, solares y almacenes.
El depósito estaba donde el mapa decía.
Un edificio largo, sin belleza alguna, con fachada gris, puerta metálica, cámaras en las esquinas y un letrero discreto:
Archivo y Depósito Documental Sierra Oeste S. L.
A esa hora aún había una luz encendida dentro.
Y una furgoneta blanca aparcada junto a la entrada lateral.
Rafa no se detuvo delante. Pasó de largo.
—Ahí está.
Daro miró por el retrovisor.
—La furgoneta.
Jimena tuvo la impresión de que el corazón le golpeaba en la garganta.
—Hemos llegado tarde.
—Todavía no sabemos a qué —dijo Rafa.
Dieron la vuelta por una calle trasera y aparcaron lejos, junto a un descampado. La noche olía a polvo, gasolina y humedad de río distante. No había casi nadie. Un perro ladró en alguna nave cercana. Un camión pasó por la carretera y desapareció.
Alicia llamó.
—Os veo parados.
—Estamos fuera —dijo Rafa.
—Hay actividad en la furgoneta. No tengo cámara directa, pero el móvil de señuelo que dejé rastreando matrículas ha pillado movimiento de una empresa conectada con la sociedad de transporte. Mucho cuidado.
—¿Plan? —quiso saber Daro.
Alicia respondió sin dudar:
—Entráis como clientes. Jimena habla. No vosotros.
Daro se volvió hacia atrás.
—No.
Jimena ya estaba abriendo la puerta.
—Sí.
—Jimena.
—Tengo apellido, llave y cara de saber pedir cosas sin explicar demasiado. Tú tienes cara de amenaza y Rafa de haber venido a romper una pared.
Rafa lo pensó.
—No se equivoca.
Daro maldijo por lo bajo.
Jimena sacó el bolígrafo de Lola y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
No sabía por qué.
Le dio valor.
Caminaron hacia el depósito como si no estuvieran asustados.
Eso era algo que Jimena sí sabía hacer.
En recepción había un hombre joven con camisa azul y cara de querer cerrar. Levantó la vista al verlos entrar. Detrás de él, una puerta daba a un pasillo largo con luces blancas. Se oía el zumbido de fluorescentes y, más lejos, el movimiento de algo pesado.
—Buenas noches —dijo Jimena.
El hombre miró el reloj.
—Estamos cerrando.
—Será rápido.
—Si viene por entregas, tiene que pedir cita.
Jimena sonrió con la educación exacta que había aprendido en casas donde una sonrisa podía abrir puertas o esconder cuchillos.
—Vengo por una consigna antigua trasladada desde la estación de Cáceres. A nombre de Julián Rivas.
El hombre cambió de cara.
Muy poco.
Pero cambió.
Daro lo vio.
Rafa también.
—No sé de qué me habla —dijo el empleado.
—Sí lo sabe.
La sonrisa de Jimena no se movió.
El hombre tardó un segundo en hablar.
—Necesito referencia.
Jimena sacó la llave.
La dejó sobre el mostrador.
No la soltó del todo.
El empleado la miró como si fuera una cosa que no quería reconocer.
—Eso no basta.
—Entonces llame a quien le haya dicho que avisara si alguien venía con ella.
El silencio fue suficiente.
El empleado miró hacia el pasillo.
Demasiado rápido.
Dentro, algo golpeó.
Una caja.
O una puerta.
Daro se movió apenas.
Jimena mantuvo la mano sobre la llave.
—No hemos venido a discutir con usted —dijo—. Ni a causarle un problema. Pero si esa llave corresponde a un depósito trasladado, usted sabe que hay registro. Y si hay registro, hay responsabilidad.
El hombre bajó la voz.
—No deberían estar aquí.
Rafa sonrió sin humor.
—Hoy nos lo han dicho mucho.
Jimena preguntó:
—¿Quién está dentro?
El empleado no respondió.
Daro se acercó al mostrador.
—Mírame.
El hombre lo hizo.
—¿Quién está dentro?
La cara del empleado perdió color.
—Han venido a retirar una caja.
—¿Quiénes?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
El hombre miró a Jimena, no a Daro.
Como si con ella fuera menos vergonzoso tener miedo.
—Un señor mayor. Y otro hombre. Han enseñado autorización.
—¿Nombres?
—No puedo…
Jimena apretó la llave contra el mostrador.
—Uno se llama Tomás Albares.
El empleado no respondió.
No hizo falta.
Daro apretó los párpados un instante.
Tomás había llegado antes.
Jimena sintió el impulso de correr hacia el pasillo.
No llegó a hacerlo.
Alicia en su cabeza: No entréis como protagonistas imbéciles.
Respiró.
—¿La caja sigue aquí? —preguntó.
El empleado humedeció los labios.
—Creo que sí.
—¿Cree?
—Han tenido un problema con la autorización. El sistema pide doble firma de retirada porque la consigna original tenía dos referencias vinculadas.
Rafa murmuró:
—Bendita burocracia.
Jimena inclinó la cabeza.
—¿Qué segunda referencia?
El empleado miró la llave.
—No puedo decirlo.
Daro apoyó las manos sobre el mostrador.
—Escucha…
Jimena lo cortó.
—Puede.
El empleado la miró.
—¿Qué?
—Puede decirlo. Otra cosa es que tenga miedo. Eso lo entiendo. Pero si esos hombres retiran esa caja y contiene material relacionado con una muerte encubierta, usted no será empleado. Será parte de la cadena.
El golpe fue exacto.
No cruel.
Exacto.
El hombre bajó la cabeza.
—Hay otra llave.
Jimena sintió frío.
—¿Quién la tiene?
—No figura nombre. Solo código.
—¿Qué código?
El empleado dudó.
Daro acortó la distancia.
El hombre habló deprisa:
—R. A.
Rocío Albares.
Jimena no pudo moverse.
R. A.
No Tomás.
No Álvaro.
Rocío.
Su madre.
Daro la observó en silencio.
Rafa también.
Jimena notó que la casa entera de Las Encinas se abría en su cabeza con otro mapa. Rocío no solo había visto. No solo había callado. Quizá Isabel no solo había dejado una carta. Quizá las mujeres de la casa habían guardado algo más que miedo.
—La segunda llave la tiene mi madre —dijo.
No era pregunta.
El empleado no respondió.
Desde el pasillo llegó una voz.
Tomás.
—¿Qué está pasando ahí fuera?
Jimena cerró la mano sobre su llave.
Su padre apareció al fondo del pasillo.
No estaba solo.
Medina venía detrás.
Y entre ambos, sobre un carro metálico, había una caja gris de archivo precintada con una etiqueta antigua, amarillenta por los bordes.
Tomás vio a Jimena.
Durante un segundo, pareció no entender cómo había llegado allí.
Luego miró la llave en su mano.
Y, por primera vez desde que ella tenía memoria, su padre pareció verdaderamente asustado.
—Jimena —dijo.
Ella no avanzó hacia él.
Tampoco hacia atrás.
—No la toques.
Tomás miró la caja.
Después a su hija.
—No sabes qué hay aquí.
Jimena sintió la voz de Rocío en el teléfono.
Estoy de pie.
Sintió el bolígrafo de Lola en el bolsillo.
Sintió a Daro a su lado, no delante.
Sintió todo el miedo heredado intentando hablar por ella.
No lo dejó.
—No —dijo—. Pero tú sí.
Medina avanzó medio paso.
—Señorita Albares, esto es material restringido.
Rafa soltó una risa áspera.
—Qué casualidad. Siempre aparece la ley cuando conviene cerrar cajas.
Daro no miraba a Medina.
Miraba la caja.
Como si pudiera oír a Julián dentro.
Tomás habló más bajo:
—Vete a casa.
Jimena resistió su mirada.
—Abre la caja.
—No.
—Entonces la abro yo.
El empleado de recepción retrocedió.
Nadie más se movió.
Tomás parecía debatirse entre ordenar, suplicar o mentir.
Eligió lo único que sabía hacer sin quebrarse.
—Esa caja no te pertenece.
Jimena levantó la llave.
—Esta sí.
Y entonces, desde el móvil limpio que llevaba Rafa, entró una llamada.
Alicia.
Rafa contestó en altavoz.
—Ahora no.
La voz de Alicia sonó tensa.
—Sí, ahora. Rocío acaba de llamar a casa. Dice que busquéis una etiqueta con las iniciales I. A. y que no dejéis que Tomás abra la caja sin ella.
Jimena miró a su padre.
Tomás apretó los párpados.
Isabel Albares.
La abuela.
La otra mujer muerta dejando instrucciones desde un sitio donde los hombres creían que solo guardaban polvo.
A Jimena le pareció que el miedo se le convertía en algo distinto.
Algo más frío.
Más firme.
—¿Qué hicisteis? —preguntó.
Tomás no respondió.
Medina sí.
—Esto no puede abrirse aquí.
Daro habló por primera vez.
—Mi tío tampoco podía morir allí. Y mira.
La frase golpeó el pasillo.
Tomás miró a Daro.
Durante un segundo, no fue el dueño de Las Encinas. Fue un hombre viejo, cansado, acorralado por la cara del sobrino de un muerto.
—No fue como crees —dijo.
Daro se adelantó.
—Entonces abre la caja y enséñame cómo fue.
Tomás miró a Jimena.
No a Daro.
A ella.
Y Jimena entendió, con un dolor casi físico, que su padre seguía esperando que fuera su hija antes que testigo. Que lo protegiera sin saber. Que dudara. Que bajara la voz por sangre.
La caja gris estaba entre ellos.
La llave en su mano.
Otra llave en alguna parte con las iniciales de Rocío.
Una etiqueta de Isabel.
La cinta quizá dentro.
O una parte.
O el principio.
La causa.
No solo la culpa.
Jimena apoyó la llave sobre el mostrador y la empujó hacia el empleado.
—Busque la referencia de Isabel Albares.
El empleado miró a Tomás.
Tomás no dijo nada.
Ese silencio fue permiso y derrota.
El hombre tecleó con manos temblorosas.
Todos esperaron.
El pasillo blanco zumbaba.
La caja gris parecía cada vez más pequeña.
Cada vez más insoportable.
El empleado tragó con esfuerzo.
—Hay una nota de custodia.
—Léala —dijo Jimena.
—No puedo…
—Léala.
El hombre miró la pantalla.
Su voz salió débil:
—“No entregar a Tomás Albares ni a Álvaro de la Vega sin presencia de Rocío Albares o descendiente directa informada.”
Jimena tuvo la impresión de que el pecho se le abría.
Tomás bajó la cabeza.
No mucho.
Bastaba.
La abuela Isabel no había confiado en los hombres de su casa.
Había confiado en que algún día una mujer llegaría informada.
Tarde.
Pero llegaría.
Jimena tomó la llave de nuevo.
Miró a su padre.
—Estoy informada.
Nadie discutió.
Y por primera vez, la caja dejó de parecer algo que ellos buscaban.
Empezó a parecer algo que la había estado esperando.