Capítulo 14 — El depósito #2
—Estoy asustado.
Lola lo miró.
—Eso ayuda al método.
Jimena se sentó a su lado.
—No tienes que hacerlo.
Mateo soltó una risa débil.
—Sí tengo. No para que me perdonéis. No para compensar lo de Jacinto. Eso no funciona así. Pero si no hago nada útil ahora, me voy a quedar toda la vida siendo el idiota que llevó un vaso porque alguien le dijo que así ayudaba.
No estaba intentando dar pena.
Eso le dio más fuerza.
Jimena asintió despacio.
—Escribe.
Mateo cogió el móvil.
Le temblaban los dedos.
Alicia se sentó junto a él.
—No pongas frases largas. La gente asustada no escribe bonito.
Mateo la miró.
—Qué forma tan precisa de decir que no sea Jimena.
Jimena habría protestado.
No se atrevió a hacerlo.
Mateo escribió:
Estoy con ellos. Jimena quiere ir. No me hace caso. ¿Qué falta?
Alicia leyó y asintió.
—Bien. Suficientemente patético.
—Gracias.
Envió.
Nadie habló.
El móvil tardó menos de un minuto en vibrar.
Mateo miró la pantalla.
La cara se le vació.
—¿Qué dice? —preguntó Jimena, sin apartar la vista.
Mateo leyó en voz baja:
—“Falta el principio.”
Daro frunció el ceño.
—¿El principio de qué?
Mateo siguió leyendo:
—“Todos buscan el final porque creen que ahí está la culpa. Julián grabó antes.”
A Jimena le pareció que la llave volvía a pesar.
Alicia se inclinó.
—Contesta: “No entiendo.”
Mateo escribió.
La respuesta llegó rápido.
Antes de la montería. Antes del disparo. Antes de que todos fingieran sorpresa.
El salón se quedó quieto.
Maribel apareció en la puerta de la cocina, con un paño en la mano.
Incluso ella entendió que algo acababa de moverse.
Daro habló despacio:
—Julián grabó antes.
Rafa se pasó una mano por la barba.
—Entonces la cinta no empieza con el accidente.
Jimena recordó la frase de la foto.
No era su puesto.
Recordó a Santiago hablando de una discusión entre Tomás y Álvaro antes de salir al monte. Recordó a Julián en la fotografía, vivo, apartado, mirando fuera del encuadre. Recordó la lata, la ermita, la carta de Isabel, la voz de Rocío diciendo que lo vio respirar.
Antes de la montería.
Antes del disparo.
Antes de que todos fingieran sorpresa.
—Puede haber grabado una conversación —dijo Jimena.
Daro exhaló antes de volver a mirarlo.
—O una amenaza.
—O por qué estaba donde no debía estar —añadió Rafa.
Mateo miró el móvil.
—Santiago está escribiendo.
El siguiente mensaje apareció.
No se lo digas a Bruno. Si Bruno encuentra el principio, venderá la causa. Si encuentra el final, venderá la culpa.
Lola soltó:
—¿Alguien puede mandar a este señor a un taller de escribir claro?
Alicia, sin embargo, estaba seria.
—No. Está siendo claro a su manera.
Jimena leyó el mensaje varias veces.
La causa.
La culpa.
Dos partes.
No solo quién dejó morir a Julián.
Por qué Julián estaba en medio de algo antes de que sonara el disparo.
Mateo recibió un último mensaje.
Dile a Jimena que mi padre no protegía solo a su hijo. Protegía a Tomás de algo que Julián sabía.
Jimena dejó de respirar.
Tomás.
Su padre.
No como protector de Santiago.
No solo como encubridor después.
Antes.
Daro mantuvo la vista en ella.
Ella no supo qué cara tenía.
Maribel, desde la puerta, dijo en voz más baja de lo habitual:
—Niña, siéntate antes de caerte.
Jimena no se sentó.
No podía.
Si se sentaba, quizá todo lo que llevaba sosteniendo desde Las Encinas se le vendría encima.
Tomás protegía algo anterior al disparo.
Julián sabía algo.
Álvaro protegía a Santiago, sí.
Pero también a Tomás.
La muerte no era el origen del secreto.
Era el momento en que el secreto se hizo cadáver.
—Vamos a Cáceres —dijo Daro.
Rafa se volvió hacia él.
—Con cabeza.
—Sí.
—No como frase para callarme.
—Con cabeza, Rafa.
Rafa aguantó sin moverse.
Algo en Daro era distinto. Seguía habiendo rabia. Mucha. Pero ya no era una rabia buscando un sitio donde estrellarse. Era una rabia con dirección.
Jimena miró a Alicia.
—¿Cómo lo hacemos?
Alicia empezó a hablar sin levantarse.
—Dos coches. Uno señuelo hacia Cáceres por la ruta más evidente, con móviles viejos generando señal y uno de vosotros mandando mensajes programados.
Otro por ruta secundaria, sin móviles personales encendidos.
Llegáis cuando esté cerrando o justo antes de cierre, no de madrugada.
De madrugada solo van ladrones y protagonistas imbéciles.
Mateo levantó la mano.
—Estoy aprendiendo que la palabra protagonista aquí es insulto.
—Lo es —dijo Alicia.
Rafa miró a Daro.
—Yo conduzco el coche real.
—No —dijo Daro.
—Sí.
—Rafa…
—Si conduces tú, vas a mirar el retrovisor como si quisieras matar al reflejo. Yo conduzco. Tú vigilas. Jimena lleva la llave. Alicia nos guía desde aquí. Lola se queda.
—No —dijo Lola.
Daro se volvió hacia ella.
—Lola.
—No. Esta vez no es no por capricho. Si me quedo aquí, me quedo haciendo algo. No esperando.
Alicia levantó un cable.
—Te necesito aquí. No por entretenerte. Por manos. Si tengo que mover señuelos, contestar mensajes, vigilar ubicaciones y hablar con Rafa, necesito a alguien que no entre en pánico cuando se abra una ventana rara.
Lola miró a Alicia.
—¿Me estás contratando como ayudante criminal?
—Temporal, sin sueldo y con riesgo emocional.
—Acepto.
Daro quiso protestar.
Lola lo señaló.
—No digas nada. Estoy aquí, informada y decidiendo. Es literalmente lo que querías aprender hace diez minutos.
Daro cerró la boca.
Mateo habló:
—Yo también me quedo.
Jimena clavó la vista en él.
—Mateo.
—No puedo viajar así sin ser un estorbo. Y Santiago me contesta a mí. Si necesita enviar algo, lo hará por aquí. Puedo seguir escribiéndole.
—No quiero que te use más.
Mateo miró al suelo.
—Ya me usó. Ahora al menos puedo leer la etiqueta.
Lola lo miró de reojo.
—Otra frase casi buena. Vas a tener que parar o me obligas a respetarte.
—Sería incómodo para todos.
Jimena sintió una ternura extraña hacia ellos dos, sentados en aquel salón, tan distintos y tan jóvenes, convertidos por los adultos en piezas y negándose torpemente a seguir siéndolo.
Maribel puso una mano sobre el hombro de Mateo.
—Tú te quedas en mi sofá y no haces heroicidades digitales sin que mi hija te supervise.
—Sí, señora.
—Y si vomitas, cubo azul.
—Entendido.
La preparación duró menos de una hora.
Alicia limpió móviles, programó mensajes, creó una ruta falsa hacia Cáceres capital y otra hacia la antigua estación, dejó un dispositivo viejo en el coche de Manolo, que aceptó hacer de señuelo hasta Talavera y luego volver con la excusa de llevar piezas a un cliente.
Maribel preparó bocadillos como si aquello fuera una excursión terrible.
Rafa llamó a un conocido de Cáceres, alguien que había trabajado en mudanzas judiciales y podía confirmar, sin hacer preguntas, si el depósito seguía abriendo hasta tarde algunos días.
Daro revisó el coche real dos veces.
Jimena llamó a Rocío.
No contestó.
Dejó un mensaje breve.
—Mamá. Voy a buscar lo que todos quieren. No voy sola. Aguanta.
No dijo más.
No podía.
Cuando bajaron al garaje del edificio, ya estaba atardeciendo. Madrid empezaba a volverse naranja en los bordes. El coche que usarían era de Maribel, un utilitario antiguo con una abolladura en la puerta y un rosario colgado del retrovisor.
—No lo rayéis más —dijo Maribel—. Es viejo, no invencible.
Rafa miró el coche.
—Esto no pasa de cien.
—Pues no huyáis a más de cien. Mira qué fácil.
Lola abrazó a Daro antes de que él pudiera prepararse.
Fue rápido.
Fuerte.
Casi violento.
—Vuelves —dijo.
Daro dejó caer los párpados y la abrazó de vuelta.
—Vuelvo.
—Con todo.
—Con todo.
Lola se apartó y miró a Jimena.
Durante un segundo, ninguna de las dos dijo nada.
Luego Lola sacó algo de la mochila.
Un bolígrafo negro.
—Por si hay que firmar, apuntar o clavárselo a alguien en la mano.
Jimena lo cogió.
—Gracias.
—No ha sido un momento bonito.
—No.
—Bien.
Pero sí lo fue.
Mateo, apoyado en la pared del garaje, miró a Jimena.
—Si Santiago escribe algo importante, te lo mando por Alicia.
—No te dejes arrastrar.
Él sonrió sin ganas.
—Estoy sentado con una manta y vigilado por una señora que quiere llamarme Prudencio. Mi margen de arrastre es limitado.
Jimena lo abrazó con cuidado.
Mateo se quedó rígido al principio.
Luego la abrazó también.
—No mueras —murmuró.
—No pensaba.
—Ya, pero últimamente improvisamos todos.
Daro subió delante con Rafa.
Jimena atrás.
Alicia les entregó un móvil limpio.
—Solo esto. Si llamo, contestáis. Si suena otro teléfono, no existe. Si veis un coche siguiéndoos durante más de tres cambios de vía, me lo decís. Si alguien os espera allí, no entráis. Si entráis aunque os diga que no, al menos dejadme insultaros antes.
Rafa arrancó.
—Qué juventud tan mandona.
Alicia sonrió.
—Qué vejez tan dependiente.
Salieron del garaje.
La ciudad los tragó.
Durante la primera hora, nadie habló demasiado.
Rafa conducía con una tranquilidad que Jimena agradeció más de lo que esperaba.
Daro vigilaba sin invadir el silencio. Jimena miraba por la ventanilla cómo Madrid se deshacía poco a poco en carretera, polígonos, gasolineras, campos oscuros.
Volver hacia Extremadura no se parecía a salir de Las Encinas.
Era como caminar hacia la herida con los ojos abiertos.
A medio camino, Alicia llamó.
Rafa puso el altavoz.
—Habla.
—El señuelo ha funcionado. Alguien siguió el móvil viejo hasta la salida de Talavera. Manolo está bien, cabreado y orgulloso. Dice que le deben gasolina y una historia completa.
—Que espere sentado —dijo Rafa.
—Además, Mateo recibió mensaje de Santiago.
Jimena se inclinó hacia delante.
—¿Qué dice?
Alicia leyó:
—“Si va al depósito, que no abra nada delante de empleados. No todos saben lo que guardan, pero algunos cobran por avisar.”
Daro miró a Rafa.
—Nos esperan.
—Puede —dijo Alicia—. Pero no necesariamente dentro. También puede estar avisando de verdad.
Jimena bajó la cabeza un segundo.
Santiago ayudando y manipulando a la vez.
Como siempre.
—¿Rocío? —preguntó.
Alicia tardó un poco.
—No ha llamado. Pero Maribel habló con Julia usando el fijo de Las Encinas. Tu madre está en casa. Paco también. Tomás no ha vuelto.
Jimena soltó aire.
No alivio.