Bravío Capítulo 14 — El depósito
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Capítulo 14 — El depósito

No fueron a Cáceres enseguida.

Eso fue lo más difícil.

La carretera parecía llamarlos desde antes de que salieran de la calle industrial.

Jimena llevaba la llave en el bolsillo como se lleva una astilla bajo la piel: pequeña, constante, imposible de olvidar.

Cada semáforo les parecía una pérdida de tiempo.

Cada coche delante, una provocación. Cada minuto que no avanzaban hacia el depósito era un minuto que Tomás, Álvaro, Bruno, Santiago o cualquiera de sus hombres podía utilizar para llegar antes.

Y aun así, no fueron.

Rafa condujo sin hablar durante varios kilómetros.

Daro iba en el asiento del copiloto, rígido, con la mirada clavada en la ciudad que pasaba al otro lado del cristal.

Jimena, detrás, sostenía el móvil entre las dos manos, sin atreverse a comprobar si la grabación seguía allí.

Le daba miedo que no estuviera. Le daba miedo que sí.

La voz de Bruno seguía dentro de su cabeza.

Una parte prueba que Julián Rivas estaba vivo después del disparo. La otra dice por qué lo dejaron morir.

Y después la de Santiago:

Una voz diciendo que no llamen al médico todavía.

No era una frase.

Era un cuchillo.

Daro no había dicho nada desde que subieron al coche. Ni una palabra. Ni una maldición. Ni una pregunta. Ese silencio empezaba a ocupar demasiado espacio.

Rafa lo miró de reojo.

—No has entrado al ring.

Daro dejó pasar un segundo antes de hablar.

—Lo digo por si te lo has perdido, con tanto drama alrededor.

—Lo sé.

—Pues dilo.

Daro giró apenas la cabeza.

—¿Qué?

—Que no has entrado.

—No soy un crío.

—No. Los críos presumen más y sangran menos.

Jimena vio la mandíbula de Daro apretarse.

Rafa siguió mirando la carretera.

—Dilo.

El silencio volvió.

La ciudad se abrió en una avenida más ancha, llena de tráfico, autobuses, motos y gente cruzando cuando no debía. Madrid no sabía nada de Julián. No sabía nada de la cinta. No sabía nada de la llave. Y quizá por eso seguía moviéndose sin piedad.

—No he entrado al ring —dijo Daro al fin.

La frase salió como si le arrancaran algo.

Rafa no discutió.

—Bien.

—No necesito premio.

—No era un premio. Era para que lo oyeras en tu propia voz.

Jimena miró la nuca de Daro.

Él no se volvió.

Pero sus hombros bajaron un milímetro.

A veces, pensó ella, sobrevivir no tenía forma de victoria. A veces era solo eso: no entrar en el lugar exacto donde otros esperaban verte caer.

El móvil de Jimena vibró.

Lola.

¿Está vivo?

Jimena miró a Daro.

Respondió:

Sí. No ha peleado.

La respuesta llegó casi al instante.

Dile que no pienso aplaudirle por hacer lo mínimo, pero bien.

Jimena casi sonrió.

Le enseñó el mensaje a Daro desde atrás.

Él lo leyó por encima del hombro.

No sonrió.

Pero algo en su boca cambió lo justo para que Jimena lo viera.

—Está enfadada —dijo.

—Está asustada —respondió Jimena.

Daro guardó silencio.

Rafa tomó una salida.

—Vamos a casa de Maribel. Alicia revisa la grabación, miramos la dirección y decidimos. Nadie se mete tres horas de carretera con medio Madrid oliéndonos el cuello sin saber si la dirección es trampa, depósito o poema de Bruno.

Jimena quiso protestar.

No dio ese paso.

Su cuerpo entero quería ir a Cáceres, pero una parte nueva de ella, pequeña y difícil, empezaba a entender que la urgencia era el idioma de los hombres que los estaban empujando. Bruno quería prisa. Tomás quería control. Santiago quería que eligiera una verdad contra otra. Álvaro quería precio.

Ella no podía regalarles el ritmo.

Cuando llegaron al piso de Maribel, la puerta se abrió antes de que llamaran. La vecina del cuarto asomaba la cabeza desde el descansillo de arriba con un moño imposible y una bata de flores.

—Ha pasado otro coche blanco —dijo.

Maribel, desde dentro, gritó:

—María, métete en tu casa.

—Me meto cuando me dé la gana.

—Te vas a partir la cadera por cotilla.

—Y tú te vas a quedar sin información por ingrata.

Rafa suspiró.

—Buenas tardes, María.

—No me hagas buenas tardes, Rafael. ¿Quiénes son estos? ¿Y por qué el guapo viene más pálido que antes?

Mateo apareció detrás de Maribel, con una manta sobre los hombros y una taza en la mano.

—Creo que soy yo.

María entornó los ojos.

—Tú tienes cara de disgustar a tu madre.

—Sí, señora.

—Al menos lo sabe.

Maribel cerró la puerta después de hacerlos pasar.

—La próxima vez traed una banda de música, que así llamáis menos la atención.

Lola apareció desde el salón.

No corrió hacia Daro.

Se quedó quieta.

Lo miró de arriba abajo, buscando sangre nueva, golpes, cualquier señal de que él hubiera incumplido lo prometido aunque fuera por dentro.

—No has peleado.

Daro negó.

—No.

—¿Te han pegado?

—No.

—¿Has pegado tú?

—No.

—Qué día tan raro estás teniendo.

Él soltó aire por la nariz.

—Eso he pensado.

Lola se acercó entonces.

No lo abrazó.

Le dio un golpe con el puño en el brazo.

No fuerte.

Lo justo.

—Bien.

Daro apartó la vista hacia ella.

—¿Eso es todo?

—No te emociones.

Pero no se apartó enseguida.

Y él tampoco.

Jimena miró hacia otro lado, por pudor.

Alicia estaba sentada en la mesa camilla, con el portátil abierto, auriculares puestos y el ceño fruncido.

Trasto dormía debajo, ajeno a la conspiración.

Mateo había mejorado de color, aunque no de orgullo; llevaba una camiseta limpia que no era suya y le quedaba demasiado ancha.

Sobre la mesa había vasos de agua, café, una caja de galletas, gasas, el móvil viejo de Rafa y dos libretas llenas de apuntes de Alicia.

—¿Lo tienes? —quiso saber Rafa.

Alicia se quitó los auriculares.

—Tengo algo.

A Jimena le pareció que se le cerraba el estómago.

—¿Se grabó?

—Sí. Mal, pero sí. Mucho ruido de nave, voces superpuestas, golpes, hombres respirando como si quisieran protagonizar un documental sobre testosterona. Pero hay frases claras.

Daro se aproximó sin prisa.

—¿Cuáles?

Alicia miró a Jimena.

—La parte de Bruno diciendo que hubo una cinta, una copia y que la copia se separó en dos partes. Eso está.

Jimena exhaló despacio.

La prueba existía.

No era perfecta.

Pero existía.

—¿Y lo de “no llamen al médico”? —preguntó.

Alicia tardó medio segundo más de la cuenta.

—Lo de Santiago fuera de la nave no está bien.

Mucho tráfico. Casi no se entiende. Pero Bruno diciendo que una parte prueba que Julián respiraba y la otra dice por qué lo dejaron morir, sí.

Y también se oye a Santiago admitir que Julián respiraba, antes, en la cafetería.

Esa grabación del móvil de Jimena también quedó activa.

Daro se inmovilizó.

—¿Tengo eso?

Alicia asintió.

—Tienes a Santiago diciendo “sí” cuando le preguntan si lo vio respirar. No es una sentencia judicial. Pero no es nada.

No es nada.

La frase se quedó flotando con una crueldad extraña.

Para Daro no era nada y era todo.

Se sentó despacio en una silla, como si las piernas hubieran recordado tarde el cansancio.

Lola se colocó detrás de él, de pie.

No le tocó el hombro.

Pero se quedó cerca.

Jimena miró a Alicia.

—¿La dirección?

Alicia giró el portátil.

En pantalla apareció un mapa con una zona marcada a las afueras de Cáceres. Un polígono discreto, lejos del centro, cerca de una carretera secundaria. El lugar figuraba con un nombre administrativo anodino: Archivo y Depósito Documental Sierra Oeste S. L.

—No es exactamente judicial —dijo Alicia—. Es una empresa privada que trabaja para administraciones, juzgados, aseguradoras y empresas que subcontratan almacenamiento documental. Cambió de nombre dos veces. Antes se llamaba Gestión Documental Alborada. Antes de eso, Depósitos del Oeste.

Rafa se inclinó.

—¿Tiene sentido con lo que dijo Bruno?

—Sí. Podría haber recibido material de consignas antiguas, archivos abandonados, cajas sin reclamar. Legalmente es un pantano.

Mateo miró la pantalla desde el sofá.

—Santiago dijo que las consignas privadas se trasladaron.

—Eso encaja —dijo Alicia—. Pero hay más. El administrador actual tiene relación con una sociedad de transporte. Y esa sociedad aparece cruzada con una de las empresas de los papeles de Tomás.

Jimena tuvo la impresión de que la red se tensaba.

—Mi padre sabía dónde podía estar.

—O sabía quién podía moverlo.

Daro levantó la vista.

—¿La furgoneta?

Alicia abrió otra ventana.

—La furgoneta que salió hacia Extremadura hizo parada en una gasolinera a mitad de camino. No puedo seguirla en tiempo real sin hacer cosas que prefiero no hacer con mi madre gritando en la cocina, pero la dirección probable es esta zona o Cáceres.

Maribel gritó desde la cocina:

—Yo no grito. Proyecto autoridad.

Alicia siguió:

—Si vais, no podéis ir todos. No podéis ir en el coche de Daro ni en el de Manolo. No podéis usar tarjetas. No podéis llevar móviles personales encendidos. Y, sobre todo, no podéis entrar como si fuerais los protagonistas de una serie mala.

Mateo levantó la mano.

—Cada vez me duele más no ser útil físicamente, pero sí puedo ser útil humillándome.

Lola lo miró.

—Eso ya lo haces sin esfuerzo.

—No, digo con Santiago.

Jimena se volvió hacia él.

—¿Qué quieres decir?

Mateo dejó la taza sobre la mesa.

—Santiago me ha escrito dos veces.

La habitación se tensó.

Daro se levantó.

—¿Y lo dices ahora?

—Estabais en el ring, no en una reunión de vecinos.

Lola le arrebató el móvil del sofá.

—Oye.

—No tengo fuerzas para esconderlo, tranquila.

Lola leyó.

—“¿Dónde estás?” “Mateo, contesta.” “Si estás con tu hermana, dile que no vaya a Cáceres sin mí.” —Levantó la vista—. Hay un tercero.

Mateo asintió.

—Léelo.

Lola dudó.

Eso bastó para que Jimena se lo quitara con suavidad.

El mensaje decía:

No dejes que Jimena use la llave sola. Tu padre no sabe lo que falta. Mi padre sí.

Jimena notó que el aire se volvía más frío.

—¿Qué significa?

Mateo negó.

—No lo sé.

—¿Santiago te lo diría?

Mateo sonrió sin ganas.

—Santiago me diría lo que quisiera que yo creyera.

—Pero te contestaría.

—Sí.

Daro cruzó los brazos.

—Ni hablar.

Mateo lo miró.

—No he dicho que vaya a verlo. He dicho que puedo escribirle.

—Puede servir —dijo Alicia—. Si Santiago cree que Mateo está asustado y separado de vosotros, quizá suelte algo.

Mateo tragó con esfuerzo.