Capítulo 13 — La otra mitad #3
Como si por primera vez entendiera que su hija había aprendido a defenderse de él usando las herramientas que él mismo había dejado sobre la mesa.
Álvaro habló:
—No vas a salir de aquí con esa llave.
Santiago se interpuso antes de que nadie lo esperara.
Entre su padre y Jimena.
—Sí va a salir.
Álvaro lo miró con una furia fría.
—Apártate.
—No.
Tomás miró a Santiago como si acabara de volverse loco.
Bruno observó la escena con interés renovado.
Daro no bajó la guardia.
Álvaro se acercó a su hijo.
—No sabes lo que estás haciendo.
Santiago sonrió apenas.
Una sonrisa triste, agotada.
—Eso también me lo dijiste entonces.
Álvaro levantó la mano.
Esta vez sí llegó a tocarlo.
No fue un golpe.
Fue una mano en el hombro.
Firme.
Paternal para quien mirara mal.
Una sujeción para quien supiera ver.
Santiago se la quitó.
La nave entera lo vio.
—No vuelvas a tocarme así —dijo.
Álvaro perdió la máscara durante medio segundo.
Tomás habló a Jimena:
—Si sales con él, no podré protegerte.
Jimena no apartó la mirada de él.
—Nunca fue protección.
—No sabes lo que he tenido que hacer.
—Entonces cuéntalo.
Tomás guardó silencio.
Jimena sintió una tristeza inmensa.
Ahí estaba.
El límite de su padre.
Podía ordenar, callar, encubrir, pagar, amenazar, controlar.
Pero no podía decir la verdad si la verdad lo dejaba sin trono.
—Eso pensaba —dijo ella.
Bruno levantó una mano.
Los hombres de la entrada no se movieron más.
—Dejadlos salir.
Álvaro se volvió hacia él.
—¿Qué haces?
—Negocio.
—No hemos terminado.
—Claro que no. Por eso salen vivos.
La frase enfrió el aire.
Daro tomó a Jimena del brazo un instante, no para arrastrarla, sino para indicarle el movimiento. Ella asintió. Rafa se colocó al otro lado. Santiago permaneció frente a Álvaro, bloqueándolo el tiempo justo.
Jimena pasó junto a Tomás.
Su padre no la tocó.
Eso fue lo único que le agradeció.
Cuando estuvo a su altura, él dijo en voz baja:
—Tu madre no aguantaría perderte.
Jimena se detuvo.
Lo miró.
—Entonces deja de ponerla en sitios donde siempre pierde algo.
Tomás no respondió.
Salieron despacio.
La nave siguió mirándolos.
Daro no apartó la vista de los hombres de Bruno hasta cruzar la persiana. Rafa salió detrás. Santiago fue el último.
Ya fuera, el aire de la tarde olía a neumático caliente y aceite. Le pareció casi limpio después de la nave.
Jimena respiró una vez.
Luego otra.
No había ganado.
Lo sabía.
Tenía una dirección, una llave, una grabación incierta y más enemigos mirando.
Pero había salido con la llave.
Y Daro no había entrado al ring.
Eso, esa tarde, era una victoria imperfecta.
Santiago salió a unos pasos de ellos.
Daro se volvió de inmediato.
—Tú no vienes.
Santiago lo miró como si eligiera cada palabra.
—No he pedido permiso.
—Me da igual.
Jimena levantó una mano.
Estaba cansada de interponerse entre hombres, pero más cansada aún de que decidieran sin ella.
—Santiago.
Él la observó en silencio.
—¿La dirección es real?
—Sí.
—¿Hay algo que no nos hayas dicho?
La pregunta lo alcanzó.
Santiago apartó la vista.
—Sí.
Daro rió sin humor.
—Qué raro.
Jimena no apartó los ojos de Santiago.
—Dilo.
Santiago miró hacia la nave.
Luego hacia la calle, donde el coche de Tomás seguía aparcado y el de Álvaro también. Ninguno había salido aún.
—Si la parte de la cinta que está en ese depósito es la que creo, no solo se oye que Julián respiraba.
Jimena tuvo la impresión de que el cuerpo se le tensaba.
—¿Qué se oye?
Santiago notó la garganta seca.
—Una voz diciendo que no llamen al médico todavía.
Daro se quedó sin moverse.
Rafa murmuró algo que no llegó a palabra.
Jimena notó que la llave le pesaba como hierro.
—¿Qué voz?
Santiago dejó caer los párpados.
Cuando los abrió, no miró a Daro.
La miró a ella.
—No estoy seguro.
—Mientes.
—No estoy seguro de querer estar seguro.
La respuesta fue peor que una confirmación.
Detrás de ellos, dentro de la nave, algo estalló contra el suelo. Un grito. Luego otro. La conversación que habían dejado dentro acababa de romperse.
Rafa abrió el coche.
—Nos vamos. Ya.
Daro no se movió durante un segundo.
Jimena lo tomó de la muñeca.
No fuerte.
Solo lo justo.
Él miró su mano.
Luego a ella.
Y se movió.
Subieron al coche.
Santiago quedó fuera, solo, entre la nave y la calle, como un hombre que había traicionado demasiado tarde y demasiado poco.
Antes de que Rafa arrancara, Jimena bajó la ventanilla.
—Si quieres ayudar, no nos sigas.
Santiago sonrió con tristeza.
—Eso no suena a confianza.
—No lo es.
Rafa arrancó.
El coche salió de la calle industrial justo cuando la persiana de la nave volvía a subir a su espalda y varias voces se mezclaban en un ruido de órdenes, pasos y rabia.
Daro iba en silencio.
Jimena lo siguió.
En su bolsillo, la llave seguía allí.
En el móvil, quizá, una grabación.
En la memoria, una frase nueva:
No llamen al médico todavía.
No era la verdad completa.
Pero por primera vez, la verdad ya no parecía enterrada.
Parecía esperándolos.
En Cáceres.
En un depósito.
En la otra mitad de una cinta que todos habían intentado convertir en silencio.