Capítulo 13 — La otra mitad #2
Pero Santiago, durante un segundo, no fue el hombre que la controlaba. Fue el chico de quince años atrapado bajo una orden demasiado grande. Y eso no borraba lo que había hecho. Solo lo volvía más trágico.
Daro habló con voz baja:
—Mi tío respiraba.
Santiago inclinó apenas la cabeza hacia él.
Toda la humanidad que pudiera haber en él se volvió culpa.
—Sí.
—Y tú callaste.
—Sí.
No hubo excusa.
No en esa palabra.
Daro se acercó a él.
Rafa se movió al mismo tiempo, pero esta vez no lo sujetó. Solo se mantuvo cerca.
Jimena tuvo la impresión de que todo podía romperse ahí.
Daro tenía delante a Bruno, a Tomás, a Álvaro y a Santiago. Todos eran, de una forma u otra, hombres de la muerte de Julián. Todos estaban demasiado cerca. La nave entera parecía esperar que eligiera uno y descargara quince años en su cara.
Daro respiró.
Una vez.
Dos.
No pegó.
El esfuerzo fue visible.
Más grande que cualquier golpe.
—Entonces vive con eso —dijo.
Santiago recibió la frase como si fuera merecida.
Álvaro, en cambio, pareció perder algo.
—No tienes derecho a hablarle así a mi hijo.
Daro giró hacia él.
—¿Derecho?
Tomás intervino:
—Basta.
Pero la palabra ya no mandaba.
Solo sonaba.
Bruno dejó el sobre marrón sobre la mesa y dio un golpecito con los dedos.
—Qué curioso. Durante años, todos quisisteis que el chico De la Vega pareciera inocente. Ahora no soportáis que parezca culpable.
Álvaro lo miró.
—Tú no sabes nada de mi hijo.
—Sé que lo usaste como escudo y luego como excusa. Es bastante.
Santiago apretó los párpados.
Álvaro se volvió hacia Bruno.
—Dime cuánto quieres.
Bruno soltó una risa suave.
—Ahí está. La frase familiar.
—No hemos venido a perder el tiempo.
—No, habéis venido porque la señorita ha movido una llave y os ha entrado miedo de que el muerto empiece a hablar desde un depósito.
Tomás miró el sobre.
—¿Qué hay ahí?
Bruno apoyó la mano encima.
—Una dirección.
Jimena notó que la llave le pesaba en el bolsillo.
—¿Del depósito?
—De uno.
—¿Uno?
—La burocracia española tiene una imaginación lenta pero resistente. Cuando cerraron aquellas consignas, las cosas pasaron por más de un lugar. Parte acabó en un depósito municipal. Parte en manos privadas. Parte desapareció antes de ser registrada.
Daro apretó los dientes.
—Hablas mucho para no decir nada.
—Hablo lo justo para que nadie salga de aquí pensando que corre hacia una respuesta fácil.
Rafa dio un paso.
—Bruno.
—Rafa.
—Precio.
Bruno pareció divertirse.
—Siempre fuiste el más práctico.
—Y tú el más pesado.
Bruno cogió el sobre.
—Quiero la llave.
—No —dijo Jimena.
La respuesta salió inmediata.
Bruno la miró con paciencia.
—No te he pedido que la entregues sin recibir nada.
—No voy a entregarla.
Tomás habló desde el otro lado:
—Dámela a mí.
Jimena casi rió.
—No.
—Es una prueba que pertenece a nuestra familia.
Daro se volvió hacia él con una incredulidad fría.
—¿A vuestra familia?
Tomás no lo miró.
Solo miraba a Jimena.
—Hija.
La palabra le atravesó de una forma antigua.
Esta vez Jimena no dejó que decidiera por ella.
—No uses eso ahora.
Tomás endureció el rostro.
—Soy tu padre.
—Lo sé. Ese es el problema.
Álvaro hizo un gesto de impaciencia.
—Esto es absurdo. La llave no sirve sin saber dónde usarla. Bruno tiene la dirección. La chica tiene la llave. Rivas tiene hambre de justicia. Tomás tiene miedo. Santiago tiene culpa. Ya estamos todos descritos. Hagamos el intercambio.
La claridad brutal de Álvaro dejó una pausa incómoda.
Santiago lo miró con una tristeza nueva.
—Ni siquiera lo escondes.
—Es tarde para esconder.
—No para decir la verdad.
Álvaro se acercó a él.
—La verdad no te va a salvar.
Santiago lo sostuvo la mirada.
—No estoy intentando salvarme.
A Jimena le pareció que algo cambiaba.
No suficiente para confiar.
Pero sí para escuchar.
Bruno, en cambio, no parecía interesado en redenciones. Movió el sobre entre los dedos.
—La dirección por la llave. Y Daro no pelea esta noche.
Lola, pensó Jimena.
Daro también lo pensó. Se le vio.
Bruno sabía dónde apretar.
—¿Y Lola? —insistió Daro.
Bruno lo miró.
—Tu hermana no me interesa si tú recuerdas que no eres invencible.
—Eso no es garantía.
—No. Es mercado.
Daro avanzó un paso.
—Dime que no la vas a tocar.
Bruno no perdió la calma.
—Nadie toca a la niña mientras este acuerdo exista.
Rafa soltó una risa seca.
—Qué tranquilidad. Un santo.
Jimena miró el sobre.
Luego la entrada.
Luego a Santiago.
Luego a su padre.
Si entregaba la llave, perdía la única pieza física que Jacinto le había dado. Si no la entregaba, quizá perdían la dirección. Si se la daba a Tomás, la enterraría. Si se la daba a Bruno, la vendería. Si se la quedaba, todos seguirían empujándola hacia el lugar que eligieran.
Entonces entendió algo.
No tenía que elegir entre ellos.
Metió la mano en el bolsillo.
Daro se volvió hacia ella.
—Jimena.
Tomás también se movió.
—No.
Jimena sacó la llave.
Pequeña.
Gastada.
Ridícula entre tantos hombres grandes y tantos miedos antiguos.
La sostuvo en alto.
—La dirección primero.
Bruno sonrió con una alegría mal puesta.
—Eso no funciona así.
—Hoy sí.
—Jimena —dijo Tomás.
—Calla.
La palabra salió antes de que pudiera medirla.
Su padre se quedó clavado en el sitio.
La nave también.
Jimena no miró a nadie salvo a Bruno.
—La dirección primero. La escribes. Rafa la comprueba lo suficiente para saber que existe. Después decidimos qué hacemos con la llave.
—Eso no es un trato.
—No. Es lo máximo que vas a conseguir si quieres que no tire esto por una alcantarilla antes de salir.
Bruno la observó.
Por fin, no parecía divertido.
Parecía interesado de verdad.
—No lo harías.
Jimena cerró los dedos alrededor de la llave.
—Me habéis educado todos muy mal hoy. No pondría a prueba lo que puedo hacer.
Rafa soltó una carcajada breve.
Daro no sonrió.
La miraba como si acabara de encontrar una versión de ella que le preocupaba y le gustaba a la vez.
Bruno cogió un papel de la mesa.
Escribió algo.
Despacio.
Demasiado despacio.
Luego lo dobló y lo dejó bajo el sobre marrón.
—No se comprueba desde aquí.
Alicia, pensó Jimena.
No estaba allí.
Pero habían previsto algo.
Jimena miró a Rafa.
Rafa sacó el móvil viejo y llamó.
No dijo nombres.
—Te paso una dirección.
Leyó lo que Bruno había escrito cuando este apartó la mano.
La nave esperó.
Rafa escuchó.
—Sí. Comprueba si existe. No, ahora.
Un minuto.
Dos.
Jimena sintió el sudor bajo la chaqueta.
El móvil seguía grabando. O no. La llave se le clavaba en la palma.
Tomás la miraba con algo parecido a furia y súplica.
Álvaro parecía calcular diez caminos a la vez.
Santiago no apartaba los ojos de su padre.
Daro miraba a Bruno como si cualquier gesto pudiera convertirse en amenaza.
Rafa volvió a hablar.
—Vale.
Colgó.
Miró a Jimena.
—Existe. Depósito privado en las afueras de Cáceres. Cambió de nombre dos veces. Ahora figura como almacén judicial externalizado, pero tiene historial raro.
Bruno abrió las manos.
—Qué bonito suena lo público cuando lo gestionan amigos.
Jimena apretó la llave.
—No te la voy a dar.
Bruno dejó de sonreír.
Tomás dio un paso.
Álvaro también.
Santiago miró a Jimena como si acabara de hacer exactamente lo que esperaba y lo que temía.
—Has dicho que decidiríamos después —dijo Bruno.
—He decidido después.
El silencio se volvió peligroso.
Los hombres de la entrada se movieron.
Rafa también.
Daro se colocó al lado de Jimena.
No delante.
Al lado.
—Tenemos la dirección —dijo ella—. Y la llave. Y copias de parte de lo que habéis dicho aquí. Si alguien toca a Lola, a Mateo, a mi madre, a Jacinto o a cualquiera que esté fuera de este juego porque vosotros decidisteis meterlo, esa dirección deja de ser una pista y se convierte en una noticia.
No sabía si era posible.
No sabía si Alicia tendría bastante.
No sabía si la grabación valdría.
Pero la amenaza necesitaba sonar creíble antes de ser perfecta.
Bruno la miró durante largo rato.
Luego soltó una risa baja.
No alegre.
—Ahora sí eres hija de tu padre.
La frase la hirió.
Jimena no dejó que se notara.
—No. Soy consecuencia suya. Es distinto.
Daro clavó los ojos en ella.
Tomás también.
Y esa vez, en el rostro de su padre, Jimena vio algo que no esperaba.
Dolor.
No orgullo.
No amor limpio.
Dolor.