Capítulo 13 — La otra mitad
Tomás Albares no gritó.
Jimena habría sabido defenderse de un grito. De un golpe en la mesa. De una amenaza dicha con la cara desencajada. De cualquier violencia visible que le permitiera llamar violencia a lo que estaba viendo.
Pero su padre no gritó.
Se quedó al otro lado de la nave, bajo la persiana metálica levantada, con Álvaro de la Vega a su lado y dos hombres detrás que no parecían guardaespaldas ni empleados, sino algo más difícil de nombrar: personas acostumbradas a obedecer órdenes que no necesitaban explicarse.
Tomás llevaba la camisa impecable, aunque la chaqueta abierta delataba prisa.
Tenía el pelo algo revuelto por el viaje y un cansancio duro bajo los ojos.
No parecía derrotado. Tomás Albares no sabía parecer derrotado.
Parecía un hombre que había encontrado a su hija en una habitación equivocada y estaba decidido a corregir el error antes de que nadie más entendiera lo que significaba.
—Jimena —repitió—. Ven aquí.
La nave entera esperó.
No porque todos supieran quién era ella.
Muchos ni siquiera la conocían. Pero la autoridad, cuando entra en una habitación, se reconoce aunque no se sepa su apellido.
Y aquella orden había atravesado el ring, las mesas, el humo, las botellas y los murmullos con la naturalidad de quien llevaba veintidós años esperando ser obedecido.
Jimena sintió el tirón antiguo en el cuerpo.
El reflejo.
La educación.
El miedo vestido de costumbre.
Una parte de ella quiso moverse antes de pensar. Dar un paso hacia su padre, explicar, justificar, pedir que no montara una escena, pedir que no la mirara así delante de esa gente, pedir que no la convirtiera otra vez en una niña con demasiada boca y poco permiso.
No se movió.
Daro estaba a su lado.
Rafa, al otro.
Bruno observaba con esa calma repugnante de los hombres que disfrutan viendo cómo otros enseñan sus heridas.
Santiago permanecía unos pasos más allá, entre Jimena y Álvaro, demasiado quieto.
Su cara había perdido la seguridad elegante del viaje.
Miraba a su padre como si hubiera temido exactamente aquella entrada y aun así no hubiera encontrado forma de impedirla.
—No —dijo Jimena.
Una palabra.
No muy alta.
No muy teatral.
La nave la oyó entera.
Tomás se inmovilizó.
Álvaro ladeó apenas la cabeza.
Bruno sonrió como si alguien acabara de confirmar una apuesta.
Daro no miró a Jimena, pero ella tuvo la impresión de que algo en él cambiaba. No orgullo. No sorpresa. Algo parecido a reconocimiento.
Tomás dio un paso.
—No sabes dónde estás.
Jimena mantuvo la vista en él.
—Eso me lo habéis dicho todos hoy.
—Porque es verdad.
—No. Porque necesitáis que lo crea.
El silencio que siguió ya no fue de curiosidad.
Fue de atención.
Incluso algunos hombres junto al ring dejaron de fingir que aquello no les importaba. Un chaval con vendas en las manos miró a Daro y luego a Jimena. Otro apagó un cigarro contra el suelo sin apartar la vista.
Tomás habló despacio:
—Vas a salir de aquí conmigo.
—No.
—Ahora.
—No.
La segunda negativa tuvo más peso que la primera.
Santiago dejó caer los párpados un instante.
Álvaro intervino entonces, con esa suavidad que en él siempre parecía educación y siempre era advertencia.
—Jimena, esto no tiene por qué empeorar.
Ella se volvió hacia él.
—Qué frase tan vuestra.
Álvaro sonrió sin llegar a hacerlo.
—¿Nuestra?
—De los que llegan tarde a todo menos al encubrimiento.
El golpe fue limpio.
Daro miró a Álvaro.
Rafa soltó un sonido bajo, casi de aprobación.
Tomás se acercó más.
—No hables así a Álvaro.
Jimena soltó una risa breve.
No pudo evitarlo.
—¿Eso también forma parte del acuerdo? ¿A quién puedo hablar mal y a quién no?
—Estás fuera de ti.
—No, papá. Estoy fuera de tu casa. A lo mejor te confunde.
Algo se endureció en el rostro de Tomás.
No era solo enfado.
Era puro miedo.
Jimena lo vio por primera vez con una claridad incómoda.
Su padre no estaba allí únicamente para recuperarla.
Estaba allí porque Bruno había dicho algo que podía quitarle el control.
Porque la cinta, la llave, la copia, lo que fuera que llevaba quince años moviéndose entre hombres, estaba a punto de dejar de obedecer los cauces pactados.
Bruno dio una palmada suave.
Una sola.
—Qué familia tan expresiva cuando se aleja de Extremadura.
Tomás giró hacia él.
—Cierra la boca.
Bruno alzó las cejas.
—Tomás, por favor. En mi casa no.
La frase cambió el aire.
La nave no era elegante. No era legal. No tenía retratos ni escudos ni vajilla de plata. Pero era territorio de Bruno. Y Tomás, que en Las Encinas llenaba cada habitación con su autoridad, allí tuvo que medir la respuesta.
Jimena lo notó.
Y lo guardó.
—Esto no es tu casa —dijo Tomás.
Bruno enseñó los dientes.
—No. Es mejor. Aquí todos saben para qué han venido.
Álvaro se acercó a la mesa del fondo.
—No hemos venido a tus juegos.
—Claro que sí. Solo que a los hombres de apellido os gusta llamar negociación a cualquier juego donde creéis que podéis cambiar las reglas a mitad de partida.
Santiago habló al fin:
—Bruno, basta.
Bruno lo miró con una ternura falsa.
—El niño también da órdenes. Qué emocionante.
Santiago apretó la mandíbula.
—He dicho basta.
—Y yo te he oído. No ha cambiado nada.
Daro se aproximó a Bruno.
—El depósito.
Bruno volvió a él con una calma casi satisfecha.
—Qué directo eres cuando no estás sangrando.
—No voy a pelear.
—Eso ya me ha quedado claro. Todos hemos visto el bonito comité de prevención del martirio que te has traído.
Rafa sonrió.
—De nada.
Bruno lo ignoró.
—Pero si no peleas, Rivas, tendrás que ofrecer otra cosa.
—Tengo copias.
—De papeles que no entiendes por completo.
—Entiendo lo suficiente.
—No. Entiendes que tu tío respiraba. Eso te parece el centro de todo porque es tu dolor. Pero la cinta no importaba solo por eso.
Daro permaneció quieto.
Jimena tuvo la impresión de que el teléfono contra su costado seguía grabando. O esperaba que siguiera. La aplicación de Alicia podía haber fallado. El sonido podía estar mal. Alguien podía descubrirlo. Nada de eso la hizo retroceder.
—Entonces diga por qué importaba —dijo ella.
Bruno la miró.
—Tu padre no te ha enseñado paciencia.
—Mi padre me ha enseñado demasiadas cosas por accidente.
La sonrisa de Bruno se hizo más profunda.
—Bien contestado.
Tomás dio otro paso.
—No hables con él.
Jimena no apartó los ojos de Bruno.
—Llevo veintidós años escuchándote hablar con hombres como él detrás de puertas cerradas. Hoy voy a escuchar delante.
La frase dejó a Tomás sin réplica inmediata.
Álvaro, en cambio, sí encontró voz:
—Estás convirtiendo una tragedia antigua en un espectáculo.
Daro se giró hacia él.
—No. El espectáculo lo montasteis vosotros cuando decidisteis que mi tío valía menos que vuestros hijos.
Álvaro mantuvo la vista firme.
—Ten cuidado, Rivas.
—¿Con qué? ¿Con herir sentimientos de quienes dejaron morir a un hombre?
Santiago se movió.
—No sabes lo que pasó.
Daro no apartó los ojos de él.
—Entonces habla.
Santiago se quedó callado.
Esa fue la respuesta que Daro esperaba y la que Jimena temía.
Bruno se inclinó sobre la mesa y cogió un sobre marrón. No lo abrió. Solo lo sostuvo entre los dedos.
—La cinta se dividió porque entera era demasiado peligrosa para todos. Media cinta servía para presionar. La otra media servía para sobrevivir.
Tomás habló con frialdad:
—No tienes esa cinta.
—No he dicho que la tenga.
—No la tienes.
—Qué rápido sabes lo que no tengo.
Álvaro intervino:
—Bruno, si esto es una forma de subir el precio, dilo y acabemos.
—Siempre pensando en precio, Álvaro. Por eso nunca entendisteis bien a Julián Rivas.
Daro levantó la cabeza.
—No digas su nombre.
Bruno lo miró.
—Julián entendía el precio de las cosas mejor que vosotros. Por eso grabó. Por eso guardó. Por eso no entregó todo al primero que prometió protegerlo.
Jimena notó que se le erizaba la piel.
—¿Julián sabía que iba a pasar algo?
Bruno la miró con una atención nueva.
—Sabía que algo estaba mal.
—¿Qué?
Tomás cortó:
—Nada que tengas que escuchar de su boca.
—De la tuya tampoco lo he escuchado.
—Porque no te corresponde.
Jimena se volvió hacia él.
—Murió un hombre en nuestra finca. Mi madre lo vio respirando. Mi abuela dejó una carta. Jacinto ha acabado en un hospital después de darme una llave. Mateo está golpeado porque alguien lo usó. Lola Rivas ha sido fotografiada en Madrid. ¿Qué parte exactamente no me corresponde?
Tomás no respondió.
No porque no tuviera qué decir.
Porque la respuesta verdadera habría sonado demasiado fea delante de todos.
Álvaro miró a Santiago.
—Vámonos.
Santiago no se movió.
—No.
El gesto fue mínimo.
La palabra, no.
Álvaro lo miró como si le hubiera hablado un extraño.
—¿Perdona?
Santiago estaba pálido, pero su voz salió firme.
—No voy a irme otra vez.
Tomás respiró hondo un segundo.
Bruno dejó que la sonrisa se le quedara demasiado tiempo.
Daro miró a Santiago con una desconfianza tan grande que casi parecía cansancio.
Álvaro se acercó a su hijo.
—No hagas esto aquí.
Santiago soltó una risa baja.
—¿Dónde, entonces? ¿En casa? ¿En Las Encinas? ¿En otro despacho? ¿En otro coche camino de Madrid mientras me explicas qué he visto y qué no he visto hasta que ya no sé distinguirlo?
El golpe alcanzó a todos.
Incluso a Bruno.
Álvaro se quedó muy quieto.
—Cuidado.
Santiago negó despacio.
—Eso me dijiste aquel día.
A Jimena le pareció que el mundo se estrechaba.
Daro no respiraba.
Santiago miraba a su padre, no a ellos.
—Me dijiste cuidado. No llores. No sueltes la escopeta. No digas que respiraba. No mires a Rocío. No escuches a Julián. No preguntes por qué Tomás no llama al médico. No preguntes por qué Medina mira el reloj. Cuidado. Cuidado. Cuidado.
Álvaro levantó una mano.
No llegó a tocarlo.
Santiago retrocedió medio paso.
—No.
La palabra no fue fuerte.
Pero fue de un niño diciéndola quince años tarde.
Jimena sintió una compasión horrible.
No quería compadecerlo.
No allí.
No después de Jacinto.
No después del vaso.
No después de verlo intentar encerrarla con frases suaves.