Capítulo 12 — No eres de cristal #4
Era un hombre de unos cincuenta años, pelo gris cortado con cuidado, camisa oscura, chaqueta ligera y una expresión casi amable.
No tenía la brutalidad visible de los hombres que se apoyaban en las paredes.
No necesitaba tenerla. Parecía más un gestor que un prestamista, más un asesor que un depredador.
Alguien capaz de ofrecerte agua antes de explicarte cuánto valía tu miedo.
Sonrió al ver a Daro.
—Rivas.
Luego miró a Jimena.
—Señorita Albares.
Jimena sintió una punzada de asco al oír el tratamiento allí, manchado por aquella voz.
—Jimena —corrigió.
Bruno sonrió más.
—Claro.
Su mirada pasó a Rafa.
—Rafa. Sigues vivo.
—A pesar de tus invitaciones.
—Nunca aceptabas las mejores.
—Por eso sigo vivo.
Bruno hizo un gesto hacia el ring.
—Pensé que venías a hablar en el idioma que entiendes.
Daro no miró el ring.
Jimena notó el esfuerzo.
—Vengo a hablar.
—Qué decepción.
—Te acostumbrarás.
Bruno soltó una risa baja.
—Eso decía tu tío.
El golpe fue exacto.
Daro se quedó donde estaba.
Rafa también.
Jimena notó que todo el cuerpo de Daro quería moverse hacia delante.
No terminó de hacerlo.
No entró.
No mordió.
Bruno lo observó con interés.
—Vaya. Has aprendido algo.
Daro habló con voz baja:
—Tú no conociste a mi tío.
—No tanto como otros. Lo suficiente para saber que tenía mala costumbre: creía que una verdad podía guardarse hasta que hiciera falta. Las verdades guardadas se pudren, Rivas. Como la fruta. Como las deudas. Como las familias.
Jimena dio un paso.
—¿Qué sabe del depósito?
Bruno la miró como si acabara de recordar que ella podía hablar.
—Directa. Bien.
—No he venido a entretenerle.
—No. Has venido creyendo que no obedecías a nadie porque has entrado por tu propio pie en un sitio que no entiendes.
Daro se movió apenas.
Jimena no apartó la mirada de Bruno.
—Entiendo que quería la llave. Entiendo que quiso llevar a Daro al ring. Entiendo que hay una cinta y que todos tienen miedo de que aparezca. Para empezar, no está mal.
Bruno sonrió.
—Tomás no te educó para hablar así.
—Mi padre no terminó de educarme.
El gesto de Bruno cambió.
No mucho.
Pero algo en él la reevaluó.
Rafa lo vio y sonrió sin alegría.
—Cuidado, Bruno. La señorita piensa.
—Ya lo veo.
Bruno se acercó a la mesa, cogió una botella de agua y la abrió. Bebió con calma. Demasiada.
—La llave abre una consigna que ya no existe —dijo al fin—. La estación cambió. Las cosas se movieron. Algunos objetos se reclamaron. Otros quedaron en depósito. Los que tenían dinero o miedo llegaron antes. Los muertos, como comprenderéis, no.
Daro cerró los dedos.
—¿Dónde está?
—Eso tiene un precio.
—No voy a pelear.
Bruno lo miró.
—No te lo he pedido todavía.
—Y yo te ahorro tiempo.
Una voz llegó desde la entrada de la nave.
—Qué noble.
Jimena se volvió.
Santiago acababa de entrar.
Solo.
O eso parecía.
Traje sin corbata, camisa clara, el rostro serio. No miró el ring. No miró a Rafa. No miró a Bruno primero.
La miró a ella.
—Jimena.
Daro exhaló por la nariz.
—Claro.
Bruno sonrió.
—Ahora sí estamos casi todos.
Santiago avanzó hacia la mesa.
—No hagas esto.
Jimena no supo si se lo decía a Bruno, a Daro o a ella.
Bruno levantó las cejas.
—Santiago de la Vega dando lecciones de prudencia en un sitio como este. Hay familias que envejecen con una ironía exquisita.
Santiago lo ignoró.
—Jimena, sal de aquí.
Ella no apartó los ojos de él.
—No.
—Esto no es Las Encinas.
—Ya lo sé.
—No. No lo sabes.
—Entonces deja de repetirlo y empieza a hablar.
Santiago miró a Bruno.
—Si quieres dinero, habla conmigo.
Bruno soltó una risa suave.
—Siempre habláis de dinero cuando el problema ya no cabe en una cuenta.
Daro intervino:
—El depósito.
Bruno lo miró.
—Qué obsesión con los lugares. El depósito, la finca, el ring. Como si los sitios tuvieran la culpa de lo que los hombres hacen dentro.
A Jimena le pareció que el móvil grababa contra su costado. O eso esperaba.
—¿Dónde está la cinta? —preguntó.
Bruno no respondió enseguida.
Santiago se tensó.
Ahí.
Esa tensión confirmó más que una frase.
Bruno la vio también.
—No sé si me gustas más que tu padre o mucho menos —dijo a Jimena—. Tomás tardaba más en enseñar hambre.
—Mi padre confundía hambre con apellido.
—Buena frase.
—No se la regalo.
Bruno sonrió con una alegría mal puesta.
Luego miró a Daro.
—La cinta no está aquí.
—Eso ya lo sabemos.
—No está en Cáceres tampoco. No completa.
Jimena tuvo la impresión de que el cuerpo se le helaba.
—¿Qué significa completa?
Santiago dio un paso.
—Bruno.
—No, hombre. Ahora queréis todos hablar, ¿no? Hablemos.
El murmullo de la nave había bajado hasta convertirse en respiración colectiva.
Bruno miró a Jimena.
—Hubo una cinta. Luego hubo una copia. Luego alguien separó la copia en dos partes porque incluso los cobardes tienen instinto de conservación. Una parte prueba que Julián Rivas estaba vivo después del disparo. La otra dice por qué lo dejaron morir.
Daro se quedó blanco.
No de miedo.
De algo peor.
Jimena notó que el suelo desaparecía bajo ella.
Santiago habló, con voz baja:
—Basta.
Bruno sonrió sin alegría.
—No. Bastante hubo hace quince años.
Rafa se acercó a Daro, apenas, preparado.
Jimena preguntó:
—¿Quién tiene las partes?
Bruno la miró.
—Esa es la pregunta correcta.
Un golpe sonó fuera de la nave.
Después un grito.
Los hombres de la entrada se movieron.
Bruno no perdió la calma, pero su mirada cambió.
Santiago se volvió hacia la puerta.
Daro aprovechó ese segundo para acercarse a Jimena.
—Detrás de mí.
Ella mantuvo la vista en él.
—A tu lado.
Él no discutió.
Esta vez.
La persiana metálica de la entrada subió de golpe.
Y al otro lado apareció Álvaro de la Vega.
No venía solo.
A su lado estaba Tomás Albares.
A Jimena le pareció que el aire abandonaba la nave.
Su padre la vio.
La vio de verdad: no en un comedor, no en una galería, no en el despacho donde podía cerrarle la puerta.
La vio en el centro de un lugar que no controlaba, junto a Daro Rivas, frente a Bruno Salvatierra, con Santiago entre ambos y la verdad empezando a partirse delante de todos.
Tomás no gritó.
Eso habría sido más fácil.
Solo dijo:
—Jimena, ven aquí.
Y, por primera vez en su vida, Jimena oyó aquella orden como lo que era.
No autoridad.
Miedo.
Bruno sonrió despacio.
—Ahora sí —dijo—. Podemos empezar.