Capítulo 12 — No eres de cristal #3
Jimena apretó los párpados un segundo.
—Has dicho que no fuera.
—Lo sé.
—¿Qué ha pasado?
Rocío respiró al otro lado.
—Tomás perdió el control.
La frase, en boca de su madre, era enorme.
—¿Te ha hecho daño?
—No como estás pensando.
—Mamá.
—Rompió cosas en el despacho. Buscaba la carta de Isabel.
Jimena sintió frío.
—La dejamos allí.
—Ya no está.
Daro dio dos pasos cortos.
Jimena puso el altavoz.
Rocío continuó:
—La encontró. O encontró el hueco. No lo sé. Después recibió una llamada. Creo que de Álvaro. Se fue hace veinte minutos.
—¿A dónde?
—No lo dijo.
Daro miró a Rafa.
Jimena preguntó:
—¿Está Medina con él?
—Medina llamó. No vino. Julia oyó parte. Dijo algo de Cáceres y de no mover papeles viejos sin orden judicial, como si alguna vez la hubieran necesitado.
El depósito.
La llave.
La ruta falsa quizá había provocado movimiento real.
—Mamá —dijo Jimena—, escucha. No abras a nadie. No hables con Santiago. No cojas llamadas de Álvaro.
Rocío soltó algo parecido a una risa cansada.
—Ahora me das tú órdenes.
—Sí.
—Bien.
La respuesta casi rompió a Jimena.
Rocío añadió:
—Paco está conmigo. Julia también. No estoy sola.
La frase valía más que cualquier promesa.
—Voy a volver a por ti.
—No vuelvas todavía.
—Mamá…
—Jimena, si vienes ahora, solo vuelves a la casa. Si vienes con la verdad suficiente, quizá puedas sacarnos de ella.
Jimena no pudo responder.
Rocío bajó la voz:
—Y una cosa más. Tomás habló de una cinta. Dijo que si Bruno la encuentra antes que ellos, todos los años de silencio no habrán servido para nada.
Daro bajó la cabeza un segundo.
—¿Dijo dónde?
—No. Pero nombró a Álvaro. Dijo: “Tu hijo no fue el único que salió en esa cinta.”
Santiago.
Pero no solo Santiago.
Jimena tuvo la impresión de que la habitación se estrechaba.
—Mamá, ¿quién más?
—No lo sé.
Una puerta sonó al otro lado de la llamada.
Rocío susurró:
—Tengo que colgar.
—Mamá.
—Estoy de pie, Jimena.
Colgó.
El silencio que quedó en el salón de Maribel pesó más que todos los ruidos de Madrid.
Daro fue el primero en hablar.
—Tomás va al depósito.
—O Álvaro —dijo Rafa.
—O los dos —añadió Alicia.
Mateo se levantó despacio.
—Santiago va al ring.
Jimena lo observó un instante.
—¿Por qué lo dices?
—Porque si Tomás y Álvaro van hacia la cinta, Santiago querrá saber qué hace Bruno con Daro. No va a dejar que Bruno compre algo que pueda hundirlo a él. Y tampoco va a dejar que Daro hable primero.
Daro cogió la chaqueta.
—Entonces vamos al ring.
Lola se puso de pie.
—Dijiste que no entrarías.
—Y no entraré.
Rafa cogió las llaves de Manolo, que las había dejado sobre la mesa.
—Yo voy con él.
Jimena también se levantó.
—Yo voy.
—No —dijo Daro.
No fue brusco.
Fue inmediato.
Eso la enfadó más.
—No empieces.
—Jimena, ese sitio no es para ti.
La frase cayó mal en cuanto salió.
Se le notó a Daro en la cara.
Lola hizo una mueca.
—Uuuh. Error de principiante.
Jimena se acercó a él.
—¿Qué sitio sí es para mí, Daro? ¿Las Encinas? ¿El comedor? ¿La galería? ¿El coche con Santiago? ¿Mi cuarto mientras los hombres deciden qué verdad puedo soportar?
—No he querido decir eso.
—Pero lo has dicho.
—Es peligroso.
—Todo es peligroso. Lo era antes de que tú llegaras. Lo seguirá siendo aunque me siente aquí a esperar con una manta y un perro viejo.
Trasto levantó la cabeza al oírse aludido y volvió a dormir.
Daro bajó la voz.
—Bruno va a usar cualquier cosa que vea.
—Entonces que me vea.
—Jimena.
—No como debilidad tuya. Como problema suyo.
Rafa soltó un gruñido que podría haber sido aprobación.
Alicia miró a Jimena con interés.
Lola sonrió despacio.
—Eso ha estado muy bien.
Mateo levantó la mano.
—Yo me quedo, por si alguien piensa que voy a ofrecerme a otra excursión criminal. Pero puedo ayudar desde aquí.
Jimena se volvió hacia él.
—¿Cómo?
—Santiago me escribirá cuando vea que no estoy con él ni con papá. Si quiere saber dónde estoy, le puedo dar algo. Una mentira. O media.
Alicia asintió.
—Podemos usar eso.
Rafa señaló a Mateo.
—Tú aquí. Con Maribel, Alicia y el perro. Si haces algo raro, Maribel te adopta y te cambia el nombre.
Maribel apareció desde la cocina.
—Le pondría Prudencio, a ver si se le pega.
Mateo palideció.
—No haré nada raro.
Lola cogió su mochila.
Daro no apartó la mirada de ella.
—Tú tampoco vienes.
—Correcto.
La facilidad de la respuesta lo descolocó.
—¿Correcto?
—Sí. Yo no voy al ring. No porque obedezca, sino porque no pienso darle a Bruno el placer de verme allí. Me quedo con Mateo y Alicia. Pero tú llevas el móvil viejo con ubicación compartida y si se apaga, llamo a la policía, a Rafa, a Maribel, a la vecina del cuarto y a Satanás si está disponible.
Maribel gritó desde la cocina:
—Satanás no, que luego no se va.
Daro miró a Lola.
Ella no apartó la mirada.
—Y vuelves —dijo.
Él asintió.
—Vuelvo.
—No con el cuerpo solo.
La frase volvió a alcanzarlo.
Daro humedeció la boca antes de hablar.
—Con todo lo que pueda.
Lola aceptó eso.
No porque bastara.
Porque era lo máximo que él sabía prometer sin mentir.
Salieron en dos coches.
Rafa conducía el de Manolo. Daro iba delante, Jimena detrás.
No porque nadie lo hubiera ordenado, sino porque necesitaban espacio para pensar sin mirarse demasiado.
Alicia se quedó en casa de Maribel con Lola y Mateo, moviendo rastros, preparando mensajes, vigilando teléfonos.
Maribel prometió llamar a la policía si alguien subía un escalón raro.
Trasto, según ella, mordería primero y preguntaría después, aunque el perro parecía más interesado en dormir que en la guerra.
Madrid había cambiado de luz.
La tarde caía despacio, dorando fachadas, cristales y coches.
La ciudad parecía otra vez normal, pero Jimena ya no confiaba en las apariencias normales.
El coche avanzó hacia el sur entre tráfico, pasos elevados, polígonos, bloques, gasolineras y naves industriales.
Rafa conducía con una mano en el volante y otra cerca del móvil. Daro miraba al frente.
Jimena veía su nuca.
La tensión en sus hombros.
Las manos quietas.
El cuerpo de alguien que había prometido no entrar al ring y ya estaba peleando contra la parte de sí mismo que lo echaba de menos.
—No tienes que demostrar nada —dijo ella desde atrás.
Daro no se volvió.
—Ya lo has dicho.
—Lo voy a repetir hasta que entre.
Rafa murmuró:
—Suerte con eso.
Daro miró por la ventanilla.
—No es demostrar.
—¿Entonces qué es?
Tardó en responder.
—Hay sitios que te recuerdan la peor versión de ti. Y lo peligroso no es que te dé asco. Lo peligroso es que sabes cómo sobrevivir allí.
Jimena se quedó callada.
Esa sí era una verdad.
—Las Encinas me pasa igual —dijo ella.
Daro giró un poco la cabeza.
No exactamente.
Lo suficiente para escucharla.
—Entro y sé dónde poner la cara, cómo responder, cuándo morderme la lengua, cuándo provocar, cuándo parecer hija obediente y cuándo romper una copa para que todos miren la copa y no a mí. Lo odio. Pero sé hacerlo.
Rafa no dijo nada.
Daro tampoco.
Jimena siguió:
—Quizá no se trata de no volver a esos sitios. Quizá se trata de entrar sin obedecerles.
Daro miró al frente.
—Eso suena a frase tuya.
—Estoy intentando tener mejores frases que mi padre.
—No es difícil.
—Gracias.
—No era cumplido.
—Lo imaginaba.
Por una vez desde que salieron de casa de Maribel, algo parecido a una sonrisa tocó la boca de Daro.
No duró.
Pero Jimena la vio.
El local estaba en una calle industrial, entre un almacén de fontanería y una nave sin rótulo.
La puerta principal estaba medio bajada.
A un lado había coches aparcados, algunos demasiado buenos para aquel lugar, otros demasiado discretos.
Dos hombres fumaban junto a la entrada. No parecían porteros, pero miraban como si lo fueran.
Rafa aparcó lejos.
—Aquí.
Daro observó la calle.
—Nico estará dentro.
—O alguien peor —dijo Rafa.
Jimena tocó el móvil escondido dentro de la chaqueta. Alicia había dejado una aplicación de grabación preparada, pero le había advertido que no confiara en milagros. Si podía registrar algo, bien. Si no, al menos tenían ubicación, copias y un plan que no dependía de una sola prueba.
Rafa se volvió hacia Daro.
—Lo repites.
Daro sostuvo la mirada sobre él.
—No voy a entrar al ring.
—Otra vez.
Daro apretó la mandíbula.
—No voy a entrar al ring.
Rafa aceptó con un gesto seco.
—Bien.
Jimena abrió la puerta.
Daro se giró.
—Quédate detrás de mí.
Ella lo observó en silencio.
—Voy a estar a tu lado.
Él pareció a punto de discutir.
No llegó a hacerlo.
Bajaron.
El aire olía a goma, aceite, tabaco y calor encerrado. Desde dentro de la nave llegaba un murmullo bajo: voces, golpes sordos, una risa, música grave, el sonido reconocible de algo vivo y violento esperando empezar.
Jimena caminó entre Daro y Rafa.
Los dos hombres de la entrada miraron primero a Daro.
Luego a Rafa.
Después a ella.
Uno sonrió.
—Rivas.
Daro guardó silencio.
—Pensábamos que vendrías solo.
Rafa se adelantó medio paso.
—Y yo pensaba que habríais aprendido a ducharos. Todos decepcionados.
El hombre dejó de sonreír.
El otro levantó la persiana lo suficiente.
—Bruno espera.
Daro miró a Jimena una vez.
No para pedir permiso.
No para advertir.
Para comprobar que seguía allí.
Ella le sostuvo los ojos.
Entraron.
La nave estaba iluminada con focos altos y sucios.
Había un ring improvisado en el centro, cuerdas negras, lona manchada, sillas alrededor, hombres de pie, algunos sentados sobre cajas, una mesa al fondo con botellas de agua, dinero, móviles boca abajo.
El ruido bajó al verlos. No se apagó. Se concentró.
Jimena sintió todas las miradas encima.
No como en San Brezo.
Peor.
Allí nadie fingía inocencia.
Daro avanzó sin bajar la cabeza.
Rafa a su lado.
Jimena hizo lo mismo.
Al fondo, junto a la mesa, un hombre se volvió.
Bruno Salvatierra no parecía un monstruo.
Eso fue lo que más la inquietó.