Capítulo 12 — No eres de cristal #2
Daro dijo enseguida:
—No.
—Mi padre puede rastrearla. Santiago también, probablemente. Si compro un billete a Cáceres o pago algo cerca de la estación…
—No.
—No iría yo.
—No.
Lola levantó la mano.
—Me encanta esta fase del plan donde Daro aprende vocabulario nuevo y se queda con una palabra.
Jimena ignoró la interrupción.
—No digo exponerme. Digo usar lo que esperan de mí. Ellos creen que soy impulsiva. Que si mi madre está en peligro, correré a Extremadura. Que si tengo la llave, iré a Cáceres. Podemos hacer que eso parezca cierto.
Alicia asintió.
—Una compra online de billete. Una búsqueda. Un pago pequeño. Algo que deje rastro.
—¿Desde dónde? —dijo Rafa.
—Desde un dispositivo que no nos importe quemar.
Maribel apareció con una bandeja de café.
—Tengo una tablet vieja que solo uso para recetas y para espiar los precios del supermercado.
Alicia la miró horrorizada.
—Mamá, no.
—¿Qué pasa?
—Eso está lleno de tus contraseñas.
—Pues se las regalo. A ver si Bruno me compra detergente.
Rafa se rio.
Daro no.
—No podemos meterla más.
Maribel le puso una taza de café delante.
—Niño, yo estaba metida desde que mi hija cruzó esa puerta con cara de hacker funeraria y tú con cara de que ibas a hacer una idiotez. Mi casa, mis reglas. Se usa la tablet vieja, pero Alicia la limpia primero o como se diga.
Alicia bajó la cabeza.
—Se dice formatear.
—Pues formatéamela con cariño.
Lola, por primera vez desde que empezó la mañana, soltó una carcajada de verdad.
Breve.
Sorprendida.
Humana.
La risa cambió el aire un segundo.
Luego volvió el miedo.
Pero ya no era igual.
Jimena se dio cuenta de que eso también era resistencia: una casa donde alguien podía bromear mientras preparaba una trampa, donde una mujer con delantal podía entrar en un plan contra un prestamista porque nadie que come en su salón queda del todo fuera.
En Las Encinas, las bromas tapaban grietas.
Allí, las iluminaban.
Alicia empezó a trabajar con la tablet de Maribel en la mesa de la cocina.
Rafa llamó a Manolo para confirmar que el coche blanco había vuelto a pasar.
Lola se sentó en el suelo junto a Trasto y empezó a revisar su mochila como si necesitara tocar cuadernos y bolígrafos para recordar que existía una vida antes de todo aquello.
Mateo terminó las lentejas y luego se quedó mirando el plato vacío con una seriedad extraña.
Jimena se sentó junto a él.
—¿Cómo estás?
—Fatal. Pero con hierro.
—Mateo.
Él no apartó los ojos de ella.
Tenía los ojos cansados.
—No sé si Jacinto va a despertarse.
Jimena tragó con esfuerzo.
—No lo sabemos.
—Le di el vaso.
—Santiago te usó.
—Eso no borra que se lo di yo.
No había autocompasión en su voz.
Eso fue nuevo.
Jimena se quedó callada.
Mateo jugueteó con la servilleta.
—Cuando papá me miraba, yo siempre sabía lo que veía.
—Mateo…
—No. Déjame decirlo. Veía al hijo que no iba a salvar Las Encinas. Al que gastaba, al que molestaba, al que se reía en las comidas porque no sabía qué hacer con el silencio. Tú eras el problema importante. Yo era el error caro.
Jimena tuvo la impresión de que se le llenaban los ojos.
—Yo no te veía así.
Mateo sonrió apenas.
—Ya. Tú estabas ocupada intentando no ahogarte en tu parte.
La frase no acusaba.
Por eso dolió más.
—Santiago me miraba distinto —continuó—. Como si pudiera ser útil. Como si viera algo. Ahora sé que veía por dónde meter la mano. Pero entonces… —Se encogió de hombros y el gesto le dolió—. Entonces bastaba.
Jimena le cogió la mano.
Esta vez Mateo no se apartó.
—No eres solo lo que hicieron contigo.
Él mantuvo la vista en ella.
—Eso suena a frase que pondrías en una pared de clínica cara.
—Lo sé.
—Pero gracias.
Ella apretó sus dedos.
—Vamos a arreglarlo.
Mateo negó despacio.
—No. Vamos a intentar que no empeore. Arreglarlo es otra cosa.
Jimena no pudo discutir.
Daro, desde la ventana, los observaba sin parecer hacerlo. Cuando Jimena levantó la vista, él apartó la mirada.
Lola lo pilló.
—Disimula peor que un perro con jamón.
Daro frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada. La tensión ambiental me está afectando al rendimiento académico.
—No tienes rendimiento académico.
—Exacto. Imagínate.
Alicia volvió al salón con la tablet.
—He dejado un rastro bastante convincente. Búsqueda de consigna antigua Cáceres, horarios de tren, mapa del depósito, compra fallida con tarjeta de Jimena para un billete de autobús a Cáceres esta tarde. Fallida, pero visible para cualquiera que esté pendiente.
Daro miró a Jimena.
—¿Compra fallida?
Alicia asintió.
—No he completado el pago. Solo he generado intento y error. Si alguien rastrea actividad, verá intención, no desplazamiento.
Rafa cruzó los brazos.
—Bien.
—Además —siguió Alicia— he enviado desde una cuenta quemada un correo al número de mensajería convertido a pasarela SMS. Solo una frase: “La llave va a volver al sitio equivocado.” Si lo lee quien debe, se pondrá nervioso. Si lo lee quien no debe, pensará que es spam poético.
Mateo levantó la mano.
—Estoy aprendiendo mucho delito hoy.
Maribel le puso una manta sobre los hombros.
—Tú aprende a no sangrar en mi sofá.
El móvil de Daro vibró.
Todos se quedaron quietos.
Bruno.
Esta vez no era llamada.
Mensaje.
Daro lo abrió.
No me hagas perder la tarde con trenes que no vais a coger.
Alicia soltó una maldición.
—Rápido.
Rafa sonrió sin alegría.
—Pero ha mordido.
Otro mensaje entró.
La pelea sigue en pie. Si quieres hablar del depósito, gana tiempo con los puños.
Lola se levantó.
—No.
Daro se limitó a callar.
Jimena se acercó a él.
—Está intentando devolverte a su plan.
—Ya lo sé.
—Entonces no entres.
—Necesitamos que hable del depósito.
—Ya ha hablado.
—No suficiente.
Jimena notó que la rabia le subía.
No contra él.
Contra la forma en que Bruno había encontrado el hilo exacto del que tirar. Contra cómo Daro podía ver la trampa y aun así quedarse mirando la parte donde tal vez había una salida.
—Mírame —dijo.
Daro lo hizo.
La habitación entera pareció apartarse un poco sin moverse.
—No eres de cristal —dijo Jimena—. Eso ya lo sé. Lo sabe Lola. Lo sabe Rafa. Lo sabe cualquiera que te mire cinco minutos. No hace falta que lo demuestres dejando que te rompan.
La frase salió de algún lugar que ella no esperaba.
Daro dejó la frase en el aire.
Lola tampoco bromeó.
Jimena siguió:
—Y tampoco eres una pared. Si te golpean, duele. Si te usan, cuenta. Si te rompen, nos afecta. No porque seas débil. Porque estás aquí.
Daro le sostuvo los ojos.
Había algo en sus ojos que casi era enfado.
Casi gratitud.
Casi miedo.
—No sabes lo que significa ese sitio —dijo él.
—Entonces dime.
—No ahora.
—Siempre es no ahora.
Él apretó los párpados.
Rafa habló desde la pared:
—Ese ring era donde Bruno pescaba chicos con hambre y hombres con rabia. Les daba pelea, billete y deuda. Si ganabas, le debías por haberte puesto rival. Si perdías, le debías por haberte dejado salir entero. Daro peleó allí más veces de las que debería y menos de las que Bruno quería.
Jimena no miró a Rafa.
Siguió mirando a Daro.
—¿Por Lola?
—Por muchas cosas —dijo él.
Lola se abrazó a sí misma.
—Daro.
Él se volvió hacia ella.
—No voy a decir que fue por ti.
—Pero una parte sí.
Daro no mintió.
—Sí.
Lola tragó con esfuerzo.
—Pues esa parte te la devuelvo. No la quiero.
La frase dejó a Daro sin aire.
Se le vio.
Maribel, que hasta entonces había estado recogiendo platos para no mirar demasiado, se quedó quieta en la puerta de la cocina.
Daro bajó la vista.
—No funciona así.
—Entonces haz que funcione —dijo Lola—. Porque yo no puedo crecer cargando con golpes que decidiste recibir antes de preguntarme si quería que los recibieras.
A Jimena le pareció que algo en Daro cedía.
No se rompía.
Cedía.
Era distinto.
Rafa se acercó a él.
—Puedes ir al ring sin pelear.
Daro levantó la vista.
Lola dijo:
—No.
Rafa alzó una mano.
—Escucha. He dicho ir. No entrar. Bruno espera que Daro llegue solo, con rabia y sin plan. Pues llega con Rafa, con ojos mirando, con móvil grabando, con copias fuera, con una salida y sin aceptar pelea si no hay información antes.
Alicia negó.
—Grabar allí es difícil.
—Difícil no es imposible.
—No he dicho imposible.
Jimena entendió.
—Hacer que Bruno crea que Daro puede aceptar, pero obligarlo a hablar antes.
Daro miró a Rafa.
—¿Dónde es?
Rafa no quiso contestar.
Eso fue respuesta.
—Rafa.
El hombre suspiró.
—Un local viejo en Usera. Antes era almacén de repuestos. Ahora cambia de uso según la noche: apuestas, peleas, partidas, cosas que no existen si preguntas a la policía equivocada.
Mateo palideció.
—He estado allí.
Todos lo miraron.
—Con Santiago —dijo él—. Una vez. No entré al ring, solo estuve arriba, en una oficina. Había un hombre con una cicatriz en el cuello.
Daro se tensó.
—Nico Aranda.
Mateo asintió.
—Creo que sí.
Alicia volvió al portátil.
—Entonces el ring y el polígono están conectados. No son tres trampas. Son dos. El depósito por un lado, Bruno y la pelea por otro.
—Y Santiago entre las dos —dijo Jimena.
Mateo humedeció los labios.
—Santiago conoce ese local.
Rafa miró a Daro.
—Si vamos, vamos a sacar información, no a pelear.
—Si me provocan…
—Te van a provocar —dijo Lola.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Te van a hablar de Julián. De mí. De ella. —Señaló a Jimena—. De que eres pobre. De que eres perro de una Albares. De que vuelves siempre donde te mandan. Te van a tocar todos los botones porque tienes un panel enorme y mal protegido.
Mateo murmuró:
—Qué imagen tan específica.
Lola lo ignoró.
—Así que antes de ir, decides qué no vas a hacer. No cuando estés allí. Ahora.
Daro la observó en silencio.
—No voy a pelear si no hace falta.
—Eso es una trampa lingüística.
Rafa movió la cabeza una vez.
—Tiene razón.
Daro soltó aire.
—No voy a aceptar una pelea a cambio de información.
Lola esperó.
—Y no voy a entrar al ring.
La frase le costó.
Mucho.
Jimena lo vio en la forma en que la pronunció, como si estuviera sacándose un anzuelo de la carne.
Lola asintió.
—Vale.
No sonó triunfante.
Sonó asustada.
El móvil de Jimena vibró.
Rocío.
Todos callaron.
Jimena contestó.
—Mamá.
Esta vez sí oyó su voz, débil pero clara.
—Estoy bien.