Bravío Capítulo 12 — No eres de cristal
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Capítulo 12 — No eres de cristal

La casa de Maribel olía a lentejas, lejía y perro viejo.

Jimena no supo por qué aquello le dio ganas de llorar.

Quizá porque era un olor imposible de fingir.

Ninguna finca podía comprarlo, ningún apellido podía imponerlo, ningún comedor con vajilla heredada podía producir esa mezcla concreta de vida en marcha: comida hecha para más de una persona, suelo fregado con prisa, ropa secándose en una terraza interior y un animal respirando con cansancio bajo una mesa.

Maribel abrió la puerta con un delantal puesto, el pelo recogido con una pinza y una expresión de mujer que ya venía enfadada antes de saber por qué.

—Rafa —dijo—. Como me hayas traído un cadáver, te lo bajas tú.

Mateo levantó una mano desde detrás de Jimena.

—Estoy en proceso, pero aún no.

Maribel lo miró de arriba abajo.

—Tú siéntate antes de decorarme el rellano con sangre.

—Sí, señora.

—Qué educado. Seguro que es de los que dan problemas caros.

Lola soltó una risa.

—Me cae bien tu madre, Alicia.

—A todo el mundo le cae bien hasta que empieza a mandar —dijo Alicia, entrando con el portátil al hombro.

Un perro mestizo, enorme y gris de hocico, apareció detrás de Maribel. Miró a Rafa con resignación, a Daro con desconfianza, a Mateo con una especie de desprecio cansado y a Jimena con curiosidad. Luego decidió que Lola era la única persona interesante y fue directo a olisquearle la mochila.

—Este es Trasto —dijo Maribel—. Si te gruñe, te lo has ganado.

Mateo se apoyó contra la pared.

—¿A mí me ha mirado mal?

—Trasto tiene criterio.

Daro entró el último.

Antes de cruzar la puerta, miró el rellano, la escalera, el hueco del ascensor, la ventana del descansillo. Jimena lo vio hacer inventario del peligro incluso allí, en un portal lleno de felpudos, plantas de plástico y anuncios de fontaneros. No podía dejar de hacerlo. Quizá nunca había podido.

Maribel cerró con tres vueltas de llave, echó una cadena y colocó una silla bajo el pomo como si aquello fuera una ceremonia cotidiana.

—El salón —ordenó—. Nadie toca nada con sangre. Rafa, tú en la cocina. Alicia, cables fuera de la mesa buena. La niña, que coma. La otra niña, también.

Jimena tardó en entender que una de las niñas era ella.

—Tengo veintidós años.

Maribel la miró.

—Y cara de llevar dos días alimentándote de disgusto. Salón.

Jimena obedeció.

No porque se sintiera pequeña.

Porque, por primera vez desde que salió de Las Encinas, una orden no le sonó a jaula. Le sonó a alguien intentando que no se cayera.

El piso de Maribel era más amplio que el de Daro, aunque igual de lleno de vida.

Había mantas sobre el sofá, fotografías familiares en muebles oscuros, una estantería con novelas, medicinas, pilas y figuritas de porcelana, una televisión encendida sin sonido y una mesa camilla cubierta por un mantel de flores.

En una pared colgaba un calendario del año anterior con citas médicas escritas en bolígrafo.

En otra, un crucifijo pequeño y una foto de Alicia de niña con dos dientes menos y cara de no haber tolerado tonterías jamás.

Mateo se sentó en una silla y Trasto se colocó frente a él, observándolo.

—Creo que me está juzgando.

—Lo está haciendo —dijo Lola.

—¿Por qué?

—Porque respira y tiene ojos.

Alicia dejó el portátil sobre la mesa camilla.

—No pongas sangre en el mantel o mi madre te deja peor.

—Estoy empezando a echar de menos la gasolinera abandonada.

Maribel apareció con un plato de lentejas.

—Di eso después de comer y te echo yo misma.

Mateo miró el plato como si fuese una aparición religiosa.

—Gracias.

—No me des las gracias. Come.

Lola recibió otro plato.

—Yo no…

—Come.

Lola comió.

Jimena aceptó el suyo con las dos manos.

Al probar la primera cucharada, el cuerpo le recordó que llevaba demasiadas horas funcionando a base de café, miedo y una mitad de galleta que no recordaba haber tragado.

Las lentejas estaban calientes, espesas, con chorizo y patata.

Nada refinado. Nada delicado. Exactamente lo que necesitaba.

Daro se quedó de pie junto a la ventana.

No comió.

Rafa le puso un plato en la mano.

—Si no comes, te parto la boca antes que Bruno y así ahorramos gasolina.

Daro miró el plato.

—No tengo hambre.

—Qué frase tan novedosa. Come.

Lola, con la cuchara en la mano, señaló a Rafa.

—Gracias.

—No me las des. Me cae mal hambriento.

Daro acabó sentándose en el brazo de un sillón, plato en mano, como si aceptar comida fuera una derrota negociada. Comió poco, pero comió.

Jimena lo vio tragar con dificultad.

No por las lentejas.

Por estar allí, quieto, sentado, rodeado de gente que opinaba sobre él sin miedo. En Las Encinas, Daro había parecido intruso. En Carabanchel, empezaba a parecer un hombre al que todos conocían demasiado para dejarle convertirse en mártir sin protestar.

A Jimena le resultó extraño verlo así.

Menos invulnerable.

Más peligroso de otra manera.

Maribel dejó una jarra de agua en la mesa.

—Ahora alguien me explica por qué hay un coche dando vueltas abajo desde hace cinco minutos.

Daro dejó el plato.

—¿Qué coche?

—Uno blanco. No es de nadie del bloque. Ha pasado dos veces. La tercera se ha parado junto al contenedor y ha seguido.

Rafa se levantó.

—Voy a mirar.

—No vas a ningún sitio —dijo Maribel—. Para eso está la vecina del cuarto.

Como si la hubiera invocado, el teléfono fijo sonó.

Maribel descolgó.

—¿Sí? … Ya. … Blanco, sí. … No, policía todavía no. … Apunta matrícula. … ¿Cómo que has bajado? María, métete en tu casa, que un día te va a atropellar una trama ajena.

Colgó.

Alicia miró a Jimena.

—Mi madre tiene una red de vigilancia analógica superior a cualquier software.

Maribel se cruzó de brazos.

—La tecnología falla. Las viudas aburridas, no.

Mateo levantó la cuchara.

—Esto es el sitio más seguro en el que he estado en mi vida.

—Y tú has vivido en una finca con muro —dijo Lola.

—Exacto. Allí el peligro tenía llaves.

La frase se quedó en la habitación.

Mateo pareció darse cuenta de lo que había dicho después de decirlo. Bajó la vista al plato. Jimena sintió una punzada de ternura y tristeza. Su hermano empezaba a entender Las Encinas tarde, a golpes, con la ceja abierta y la culpa sentada en el pecho. Pero estaba entendiendo.

Eso también dolía.

Alicia abrió el portátil.

—Tenemos poco tiempo antes de que vuelvan a localizarnos. El coche blanco puede ser de Bruno, de Santiago, de Tomás o de alguien que ha aparcado fatal. Apostaría por una de las tres primeras, porque hoy estáis teniendo un gusto dramático excelente.

Rafa se apoyó contra la pared.

—Plan.

Daro dejó el plato en la mesa.

—Necesito ir al ring.

Lola golpeó la cuchara contra el plato.

—No.

—Escucha.

—No.

—Lola.

—He dicho que no. Te puedo hacer un PowerPoint si necesitas apoyo visual.

Jimena no habló enseguida.

Miró a Daro.

Él no estaba hablando como antes. No sonaba arrastrado por la rabia. Había algo más contenido en su voz. Eso, quizá, era peor. La decisión furiosa se podía discutir. La decisión pensada exigía más cuidado.

—Explícalo —dijo ella.

Lola la miró como si acabara de traicionarla.

—¿Perdona?

—He dicho que lo explique. No que vaya.

Daro sostuvo la mirada de Jimena.

—Bruno espera que huya o que obedezca. Si no aparezco, mandará a alguien. Si aparezco como él quiere, gana. Pero si aparezco de otra forma…

Rafa entornó los ojos.

—¿De qué forma?

Daro miró a Alicia.

—Con copias fuera, con gente mirando y sin aceptar dinero.

Alicia levantó una ceja.

—Eso reduce, pero no elimina la estupidez.

—No necesito que la elimine.

—Claro, porque entonces te quedas sin personalidad —dijo Lola.

Daro respiró hondo.

—El ring es un punto de reunión. Bruno no irá al depósito si cree que puedo aparecer con la llave o con información. Santiago tampoco se quedará quieto si piensa que puedo hablar con Bruno antes que él. Podemos hacer que se junten o que se contradigan.

Mateo dejó la cuchara.

—Y mi padre.

Todos lo miraron.

—Papá no irá al ring —dijo Jimena.

—No físicamente. Pero llamará. O mandará a alguien. Si cree que la llave va a cambiar de manos, no se quedará esperando en Las Encinas.

Rafa observó a Mateo con interés.

—El cadáver guapo empieza a servir.

Mateo respiró hondo antes de volver a mirar.

—No puedo creer que mi utilidad llegue con ese nombre.

Jimena se inclinó hacia él.

—¿Qué haría papá?

Mateo pensó.

No era una pregunta cualquiera. Jimena lo vio esforzarse por no responder desde el miedo ni desde el hábito de sentirse inútil. En ese momento en mucho tiempo, alguien le estaba pidiendo que conociera a Tomás no como hijo fallido, sino como testigo.

—Primero llamaría a Santiago —dijo—. Aunque estén enfadados. Santiago entiende a Bruno mejor que él. Después llamaría a Medina si cree que hay riesgo de que algo salga a la luz. No para detener nada. Para saber cómo taparlo si pasa.

—¿Y Álvaro? —preguntó Daro, desconfiado.

Mateo hizo una mueca.

—Álvaro no corre. Álvaro espera a que los demás se ensucien y luego aparece con una servilleta.

Lola lo miró.

—Esa frase ha sido buena. Qué rabia.

—Gracias. Estoy sufriendo una evolución personal muy molesta.

Jimena tocó la llave dentro del bolsillo.

—Si hacemos que todos crean que la llave estará en el ring, quizá desviamos la atención del depósito.

Rafa negó.

—No vais al depósito hoy.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado.

Jimena le sostuvo los ojos.

—He pensado que no podemos dejarlo sin mirar mucho más tiempo.

—Y yo he pensado que estáis vivos por una sucesión de milagros y mala puntería ajena. No tentéis.

Maribel, desde la cocina, intervino sin mirar.

—Haz caso al calvo.

Rafa levantó una mano.

—Gracias, creo.

Alicia giró el portátil hacia ellos.

—Hay una opción intermedia. No vamos al depósito, pero hacemos que parezca que alguien sí ha ido.

Daro acortó la distancia.

—¿Cómo?

—Con información falsa colocada donde ellos quieran encontrarla. Bruno no tiene acceso mágico a vuestros pensamientos. Tiene gente mirando móviles, coches, llamadas, quizá alguna tarjeta. Si queréis que crea que una cosa se mueve, hay que mover algo que pueda ver.

Jimena entendió antes de que Alicia terminara.

—Mi tarjeta.