Capítulo 11 — La versión de Santiago #3
Santiago negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Santiago.
—No lo sé. Pero sé que mi padre la buscó durante años. Tomás también. Y Bruno no compraría esta deuda ahora si creyera que solo hay papeles. Los papeles presionan. Una cinta destruye.
—¿Qué hay en la cinta?
El silencio fue demasiado largo.
Santiago miró a Daro.
Después a Jimena.
—Lo suficiente para que nadie pueda fingir que Julián murió en el acto.
Daro se levantó otra vez.
Esta vez no por rabia explosiva.
Por necesidad de aire.
Salió de la cafetería sin pedir permiso.
La puerta sonó al cerrarse.
Jimena se quedó sentada, con las manos heladas sobre la mesa.
Lola se levantó para seguirlo, pero Rafa le puso una mano en el hombro.
—Déjalo respirar diez segundos.
—Siempre le dejáis respirar a él —dijo ella—. Luego vuelve hecho un incendio.
—Por eso diez segundos. No diez minutos.
Jimena miró a Santiago.
—¿Eso era necesario?
—Sí.
—No.
—Jimena, si Daro entra esta noche en ese ring, Bruno gana. Si tú vas a Cáceres sin entender qué buscáis, Bruno gana. Si vuelves a Las Encinas sin nada que pueda sostenerse fuera de tu familia, tu padre gana. Estoy intentando que entiendas el tablero.
—No soy una pieza.
Santiago la miró con una intensidad que rozaba la desesperación.
—Para mí no.
—Ese es el problema. Que te crees eso.
Le dolió.
Jimena lo vio.
No retiró la frase.
Mateo habló desde la otra mesa, con voz débil:
—¿Yo era una pieza para ti?
Santiago se volvió hacia él.
Mateo no parecía desafiante ahora. Parecía roto. Y joven. Más joven incluso que Lola, aunque no lo fuera tanto.
—Mateo…
—¿Lo era?
Santiago tardó.
—Eras vulnerable.
Mateo rió sin fuerza.
—Qué forma tan bonita de decir sí.
—Quise ayudarte.
—Me diste un vaso para Jacinto.
—No sabía que iba a pasar eso.
—Pero sabías que no era agua.
Santiago bajó la vista.
Mateo se quedó sin moverse.
La confirmación no necesitó palabras.
Jimena sintió náuseas.
—Vete —dijo.
Santiago la miró.
—Jimena.
—Vete.
—No he terminado.
—Yo sí.
Él se levantó despacio.
No parecía sorprendido. Parecía triste. Y esa tristeza, otra vez, no estaba completamente fingida. Eso no lo absolvía. Solo lo volvía más insoportable.
—Te he dicho más de lo que debería.
—No. Me has dicho justo lo suficiente para intentar moverme hacia donde quieres.
—Y aun así, parte es verdad.
Jimena se levantó también.
—Eso es lo que te hace peligroso.
Santiago mantuvo la vista firme.
—No vayas al ring.
—No me des órdenes.
—No es una orden.
—En tu boca siempre acaba siéndolo.
Él aceptó el golpe en silencio.
Luego miró hacia la puerta, donde Daro seguía fuera, de espaldas, junto al cristal.
—Si él pelea esta noche, no lo hará por Julián.
Jimena no contestó.
Santiago bajó la voz:
—Lo hará porque cree que hay dolores que solo sabe traducir con el cuerpo.
La frase entró donde no debía.
Porque era cierta.
Y Jimena lo odió por seguir teniendo verdades útiles.
Santiago dejó un billete sobre la mesa para pagar cafés que nadie había bebido.
Antes de irse, se inclinó apenas hacia Jimena.
—Cuando quieras la dirección del depósito, llámame. No a Bruno. No a tu padre. A mí.
—¿A cambio de qué?
Él la miró con cansancio.
—De que sigas viva.
—No basta.
—Lo sé.
Salió.
Daro no lo tocó.
Ni siquiera se volvió del todo.
Santiago pasó a su lado y dijo algo que Jimena no oyó. Daro sí. Su cuerpo se tensó, pero no respondió. Santiago siguió hasta el coche negro, subió y se marchó.
Solo cuando el vehículo desapareció, Jimena salió de la cafetería.
La calle seguía igual.
Madrid no se había enterado de nada.
Daro estaba junto al cristal, con los brazos apoyados en la repisa exterior de la ventana y la mirada perdida en el tráfico. Jimena se acercó despacio.
No sabía qué decir.
Por una vez, decidió no decir nada útil.
—Era un niño —dijo Daro.
Jimena se quedó a su lado.
—Sí.
—Y mi tío respiraba.
—Sí.
—Y todos eligieron al niño rico.
Jimena exhaló despacio antes de responder.
La frase era injusta en su forma más simple.
Y terriblemente cierta en su fondo.
—Eligieron protegerse ellos —dijo.
Daro dejó escapar una risa seca.
—Qué diferencia.
Jimena se limitó a callar.
Daro miró hacia la calle por donde Santiago se había ido.
—No debería querer matarlo.
—No voy a decirte lo que deberías sentir.
Él la miró entonces.
Había algo desnudo en su cara.
Algo que no sabía quedarse mucho tiempo.
—Todo esto era más fácil antes de verte.
Jimena notó que la frase le tocaba la piel aunque no hubiera contacto.
—¿Antes de verme?
—Antes de que tuvieras cara. Voz. Antes de que tu madre intentara ayudarlo. Antes de que tu hermano fuera un crío gilipollas y asustado en vez de solo otro Albares. Antes de que Santiago… —Se calló.
—Antes de que Santiago fuera también un crío de quince años.
Daro apretó los párpados con rabia.
—Sí.
La honestidad dolió.
A los dos.
Jimena apoyó la espalda contra la pared, a su lado, sin tocarlo.
—Mi padre sigue siendo mi padre aunque lo odie.
Daro no apartó la mirada de ella.
Ella siguió:
—Santiago sigue siendo alguien que conozco desde niña aunque me dé miedo. Mateo sigue siendo mi hermano aunque haya llevado ese vaso. Mi madre sigue siendo mi madre aunque callara. Nada se rompe limpio.
Daro miró al suelo.
—Yo necesitaba que se rompiera limpio.
—Lo sé.
—No sabes cuánto.
—No. Pero empiezo a entenderlo.
Él soltó aire despacio.
Durante un segundo, el ruido de Madrid pareció alejarse. No desapareció. Solo se volvió una capa de fondo: motores, pasos, una persiana subiendo, una moto acelerando, la vida empeñada en continuar.
—No vayas al ring —dijo Jimena.
Daro sonrió apenas.
No con diversión.
Con agotamiento.
—Tú tampoco me des órdenes.
—No es una orden.
Él la observó en silencio.
Ella aguantó sin moverse.
—Es una petición.
La palabra se quedó entre ellos de una forma incómoda.
Daro apartó la vista primero.
—No prometo cosas que no sé si puedo cumplir.
—Entonces prométeme que no decidirás solo.
Él no respondió enseguida.
La puerta de la cafetería se abrió. Lola salió con la mochila al hombro, Rafa detrás, Mateo apoyado en Alicia y Mari mirando desde la barra como si ya tuviera material para tres años de conversación.
Lola se plantó frente a su hermano.
—Te lo traduzco por si en versión romántica te lías: no vas solo a ninguna parte.
Daro clavó los ojos en ella.
—¿Versión romántica?
—Sí, ahora te haces el tonto. Muy oportuno.
Jimena sintió calor en la cara.
Mateo, pálido y todo, murmuró:
—Yo he notado tensión. Pero tengo una conmoción, quizá es eso.
Rafa le dio un golpe suave en la nuca.
—Tú no notes nada.
Alicia levantó el móvil.
—Hay novedades.
Todos la miraron.
—El número de mensajería que localicé acaba de moverse. La furgoneta salió del polígono hace diez minutos.
—¿Hacia dónde? —preguntó Rafa.
Alicia humedeció los labios.
—Hacia el norte.
Daro frunció el ceño.
—¿Norte de Madrid?
—No. Carretera de Extremadura.
A Jimena le pareció que todo el cuerpo se le helaba.
—Las Encinas.
Alicia asintió.
—O San Brezo. O Cáceres. Pero va en esa dirección.
El teléfono de Jimena vibró.
Esta vez era Rocío.
Contestó antes de pensar.
—Mamá.
No oyó la voz de su madre.
Oyó respiración.
Después un sonido. Como un golpe lejano. Una puerta.
—¿Mamá?
Nada.
Luego la voz de Rocío, muy baja:
—Jimena, no vengas.
La llamada se cortó.
Durante un segundo, nadie se movió.
Luego Daro dijo:
—Nos vamos.
—¿A Las Encinas? —preguntó Rafa.
Jimena miró el móvil.
El miedo había vuelto con una forma simple.
Madre.
Casa.
Peligro.
—No —dijo.
Todos la miraron.
Hasta Daro.
Jimena sintió la llave en el bolsillo, el peso del teléfono, la voz de Santiago, la advertencia de Bruno, la llamada cortada de Rocío.
Si corría hacia Las Encinas, haría exactamente lo que todos esperaban.
Si iba al ring, Bruno ganaba terreno.
Si iba a Cáceres sin saber más, quizá caminaba hacia una trampa.
Pero la furgoneta iba hacia Extremadura.
Y Rocío acababa de decir no vengas.
Jimena levantó la mirada.
—Vamos a hacer que vengan ellos a nosotras.
Lola sonrió despacio.
—Por fin.
Daro mantuvo la vista en ella.
—¿Qué estás pensando?
Jimena no apartó la mirada.
No tenía el plan entero.
Todavía.
Pero ya no era una chica saliendo de su casa con una llave en el bolsillo y miedo en la garganta.
Era una Albares aprendiendo a usar el apellido contra quienes lo habían convertido en jaula.
—Estoy pensando —dijo— que si Bruno quiere una pelea, Santiago una confesión y mi padre una hija obediente, quizá ha llegado la hora de darles una escena en la que ninguno tenga el papel que esperaba.
Rafa soltó aire.
—Eso suena peligrosamente a plan.
Mateo dejó caer los párpados un segundo.
—Qué horror. Mi hermana ha heredado lo dramático de papá y lo aterrador de mamá.
Lola miró a Jimena.
—Me empieza a caer bien. Me preocupa.
Daro no sonrió.
Pero algo en su cara cambió.
No era calma.
No era confianza completa.
Era una decisión empezando a hacerse compartida.
Y, en mitad de una acera de Carabanchel, con Madrid rugiendo alrededor y Las Encinas tirando de ellos desde lejos, Jimena entendió que quizá no podían elegir todavía la verdad.
Pero sí podían elegir dejar de correr detrás de la versión de otros.