Capítulo 11 — La versión de Santiago #2
Santiago lo observó con una calma ensayada.
—No estoy pidiendo compasión.
—Pues suena mucho a eso.
—Estoy intentando explicar por qué un chico de quince años acabó con una escopeta en las manos en una montería donde no debía decidir nada.
—Y aun así decidió algo.
La mandíbula de Santiago se marcó.
—No sabes eso.
Daro se inclinó hacia delante.
—Sé que mi tío respiraba.
El silencio fue brutal.
Santiago apartó la mirada.
Por fin, no pareció dueño de su cara.
—Sí —dijo.
Jimena notó que la confirmación le recorría el cuerpo como una fiebre.
Aunque ya lo sabía.
Aunque Rocío lo había dicho.
Aunque la carta de Isabel lo sostenía.
Oírlo en boca de Santiago convertía la verdad en algo nuevo. Más cercano. Más sucio.
—¿Lo viste? —preguntó.
Santiago tardó.
—Sí.
Daro cerró los dedos sobre la mesa.
Rafa, desde la mesa de al lado, se inclinó apenas, listo para levantarse si hacía falta.
Jimena no apartó los ojos de Santiago.
—Sigue.
Santiago respiró hondo.
—El disparo sonó desde el monte.
—¿Un disparo? —quiso saber Daro.
Santiago inclinó apenas la cabeza hacia él.
—Al principio, uno.
—¿Al principio?
El rostro de Santiago se cerró.
—No voy a hablar de lo que no sé.
—Qué conveniente.
—No, Rivas. Conveniente habría sido no venir. Conveniente habría sido dejar que Bruno te metiera en un ring esta noche y esperar a que salieras tan roto que Jimena tuviera que elegir entre acompañarte al hospital o seguir buscando una verdad que te está usando igual que todos.
Daro se levantó un poco.
Rafa también.
Jimena golpeó la mesa con la palma.
No fuerte.
Suficiente.
—No estáis en un patio de colegio.
Lola, desde la otra mesa, murmuró:
—Por desgracia, porque en un patio se resuelve antes.
Mateo soltó una risa mínima y luego se quejó por las costillas.
Jimena volvió a Santiago.
—El disparo.
Santiago tardó un segundo en hablar.
—Oímos un disparo. Luego gritos. No recuerdo quién corrió primero. Recuerdo a los perros volviéndose locos. Recuerdo a mi padre agarrándome del brazo tan fuerte que me hizo daño. Recuerdo tener la escopeta todavía en las manos y no saber si debía soltarla o sujetarla mejor.
Daro preguntó:
—¿Habías disparado?
Santiago lo miró como si eligiera cada palabra.
—No lo recuerdo así.
Daro soltó una risa seca.
—Qué respuesta.
—Es la única que tengo.
—No.
—Sí.
La tensión entre ambos volvió a subir.
Jimena intervino:
—¿Qué significa “no lo recuerdo así”?
Santiago respiró hondo un segundo.
Cuando los abrió, parecía más joven. No inocente. Joven.
—Significa que hubo un momento en que todos empezaron a gritar y yo ya no sabía qué había hecho, qué había pensado hacer y qué querían que creyera que había hecho.
Tenía la escopeta. Eso es verdad. Estaba en una zona donde no debía estar.
También. Pero no vi caer a Julián. Cuando llegué, estaba en el suelo.
Daro no aceptó la respuesta.
Se le vio.
Pero no habló.
Santiago continuó:
—Julián no debía estar en esa línea. Eso sí lo oí. Lo dijo Paco. Lo dijo otra persona. No sé quién. “No era su puesto.” Esa frase se repitió varias veces antes de que todos entendieran que repetirla era peligroso.
Jimena pensó en la fotografía de la lata.
No era su puesto.
La frase escrita en el reverso.
No era un enigma aislado.
Era una frase dicha aquella mañana.
Una protesta.
Una grieta.
—¿Quién lo movió? —dijo ella.
Santiago la miró.
—No lo sé.
—¿Quién pudo mandarlo allí?
—Jimena.
—¿Quién?
—No lo sé.
—No me estás diciendo todo.
—Porque no todo lo sé.
—Pero algo sí.
La mano de Santiago se cerró alrededor de la taza.
—Mi padre y Tomás discutieron antes de salir al monte.
Jimena se quedó donde estaba.
Daro también.
—¿Por qué?
—No lo oí entero. Yo estaba fuera, con Mateo pequeño corriendo por el patio y tu madre intentando que no hubiera más vino en la mesa antes de las diez de la mañana.
Mateo levantó la cabeza desde la otra mesa.
—¿Yo estaba allí?
Santiago se volvió hacia él.
—Tenías cuatro años. No te acordarás.
Mateo notó la garganta seca.
Jimena tampoco lo sabía.
O quizá sí, de esa forma nebulosa en que una familia menciona acontecimientos sin colocarlos nunca en su sitio. Una montería. Un accidente antiguo. Mateo pequeño. Ella demasiado pequeña para recordar. La casa continuando.
Santiago volvió hacia ella.
—Discutían por dinero. Creo. O por tierra. O por algo que mi padre decía que Tomás le debía. Entonces nada de eso tenía sentido para mí. Solo recuerdo que mi padre salió del despacho con la cara blanca de rabia y Tomás detrás diciendo que en su casa las cosas se hacían como él decidía.
—¿Y Julián?
—Julián estaba en el patio. Con Paco. Hablaron con Tomás un momento antes de salir. No parecía una discusión. Pero Tomás le dijo algo. Julián no respondió. O respondió demasiado bajo. Después se fue hacia las cuadras.
Daro respiró hondo.
Jimena sostuvo los ojos en él.
Él no le devolvió la mirada.
—¿Qué le dijo Tomás? —preguntó.
—No lo oí.
—Claro.
—No lo oí —repitió Santiago, y por primera vez sonó enfadado de verdad—. ¿Quieres que invente? ¿Eso te ayudaría? ¿Quieres que te diga que vi a Tomás mandar a Julián a morir para que puedas odiarlo con una forma más limpia?
Daro se levantó.
La silla chirrió contra el suelo.
Rafa también se levantó.
Mari apareció detrás de la barra con un trapo en la mano y cara de estar dispuesta a convertirlo en arma.
Jimena no se movió.
Miró a Daro.
—Siéntate.
Él mantuvo la vista en ella.
Los ojos le ardían.
—Jimena.
—Siéntate.
No fue autoridad.
Fue súplica con borde.
Daro se quedó de pie un segundo más.
Después se sentó.
Santiago miró hacia otro lado.
—Yo no estoy aquí para salvar a tu padre —dijo a Jimena—. Ni al mío. Ni a mí mismo. Quizá eso ya no se pueda.
—Entonces ¿para qué estás?
Él levantó los ojos hacia ella.
—Para que no confundas a Bruno con una salida.
Jimena parpadeó.
—¿Por qué te importa Bruno?
—Porque Bruno no quiere la verdad. Quiere comprarla antes que nadie.
—¿Y tú no?
—Yo quiero que no te destruya.
—No me conviertas en excusa.
Santiago sonrió apenas.
Con tristeza.
—Siempre has odiado que alguien te cuide cuando no lo has pedido.
—No. Odio que lo llamen cuidar cuando quieren decir controlar.
La frase le dolió.
Esta vez Jimena no se alegró.
Santiago se quedó un momento mirando el café.
—Mi padre me sacó de Las Encinas esa misma tarde.
Me llevó a Madrid. A un piso que teníamos entonces.
Dijo que era para protegerme de las preguntas.
Yo no entendía qué preguntas podía haber si había sido un accidente.
Esa noche lo oí hablar por teléfono. Con Tomás.
Con Medina. No sé con quién más. Decían que Julián había muerto en el acto.
Daro apretó los párpados un instante.
Santiago siguió:
—Pero yo lo había visto respirar.
Nadie dijo nada.
Ni Lola.
Ni Mateo.
Ni Rafa.
La cafetería entera pareció volverse demasiado pequeña.
—¿Y callaste? —dijo Daro.
Santiago mantuvo la sonrisa un segundo de más.
—Tenía quince años.
—Mi hermana tenía tres cuando se quedó sin él.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Santiago aceptó el golpe.
No lo discutió.
—No —dijo—. No lo sé.
Aquella rendición parcial desarmó incluso a Daro durante un instante.
Jimena notó que Santiago elegía bien. No mentía siempre.
No se defendía siempre. Cedía lo justo para parecer humano.
Quizá lo era. Quizá ese era el problema.
Que un hombre pudiera haber sido víctima y convertirse después en carcelero.
Que el miedo de un niño pudiera alimentar el control de un adulto.
Que la culpa, mal enterrada, se pareciera demasiado al derecho.
—¿Por qué querías la llave? —insistió ella.
Santiago se quedó quieto.
—Porque Bruno la quiere.
—No has contestado.
—Porque si Bruno llega antes a lo que haya ahí, lo venderá al peor postor.
—¿Y tú al mejor?
—Yo puedo evitar que esto se convierta en una carnicería.
Daro soltó una risa baja.
—Qué noble.
Santiago lo ignoró.
—La llave no abre una taquilla normal. O no solo.
En la estación vieja había consignas privadas.
Algunas se trasladaron cuando cerraron parte del edificio.
Mi padre usó una durante años para guardar documentos que no quería en casa.
Tomás lo sabía. Bruno lo sabe porque ha comprado deudas vinculadas a esos movimientos.
Si Julián dejó algo allí, puede que no esté ya en una taquilla de estación.
Puede que esté en el depósito donde llevaron las consignas abandonadas.
O puede que alguien haya ido a buscarlo antes.
A Jimena le pareció que la frase de Bruno encajaba de otra manera.
La llave no abre lo que te dijo el viejo. Abre lo que queda después de que alguien llegue tarde.
—¿El depósito está en Cáceres? —preguntó.
Santiago asintió.
—En las afueras.
—¿Y por qué Jacinto dijo que no fuéramos?
—Porque quizá sabía que la estación ya no era el lugar correcto. O porque sabía que alguien os esperaría si seguíais la pista más evidente.
—¿Quién?
—Bruno. Mi padre. El tuyo. Alguien de Medina. No lo sé.
—Qué útil eres cuando no sabes cosas.
Santiago encajó la ironía.
—Sé otra.
Jimena esperó.
—Esta noche Bruno no quiere solo que Daro pelee. Quiere que Daro vuelva a deberle algo delante de testigos.
Daro se tensó.
—¿Qué sabes tú de eso?
Santiago lo observó con una calma ensayada.
—Sé que Bruno organiza esas peleas como otros organizan comidas.
No siempre importa quién gana. Importa quién se presenta, quién acepta las condiciones, quién cobra, quién debe un favor por salir andando.
Si vas, ya no irás como hombre libre buscando respuestas.
Irás como alguien que ha aceptado su escenario.
—Eso ya me lo han dicho.
—Entonces escucha.
Daro apretó los dientes.
Santiago se inclinó un poco hacia Jimena.
—Bruno quiere que el dolor de Daro haga ruido para que no escuchéis lo demás.
—¿Y lo demás qué es?
—Que alguien sacó una copia de la cinta hace años.
La palabra cayó como un vaso rompiéndose.
Jimena tuvo la impresión de que el corazón se le detenía.
Daro se quedó absolutamente quieto.
Rafa murmuró algo desde la otra mesa.
—¿Quién? —dijo Jimena, más seco de lo que pretendía.